sábado, 29 de abril de 2017

La muerte


Por tanto,
la locura sabe mi nombre
y los féretros fueron calumniados:
la muerte es un retiro,
la muerte es una gárgola,
la muerte es la alfombra y turba necesaria,
pero yo
entonces
pregunto
por qué al primer disparo me saltaron los dientes
de leche,
por qué mi padre está muerto
y a salvo
y siento míos sus gusanos,
por qué me siguen comiendo,
día a día,
cada minuto,
por qué esta noche
los trenes huyen como leopardos,
no os entiendo,
la gente se muere
y no os atrevéis a cortar las calles,
no quemáis los contenedores,
no lanzáis piedras contra ellos,
no escapáis de los antidisturbios,
os odio, me dais asco,
quisiera meteros un cactus de carbón
en lo más hondo de la boca
y que ardierais en la misma pira
con vuestras malditas biblias de cobardes,
queréis acostumbrarme a la muerte
pero la muerte
no es ninguna maestra,
no es ningún telescopio,
la muerte no es un atlas,
no da sabiduría,
la muerte no da nada
más que miedo
silencio
soledad
y rabia.


martes, 25 de abril de 2017

El niño que lloró más alto que el ruido de los aviones y las bombas de Franco


–¡Alberto! ¡Teníamos miedo! ¡Ochenta aviones de Franco bombardeaban Vizcaya todos los días! ¡Miedo! ¿Tú sabes lo que es el miedo?
–Pero tía, una cosa es el miedo y otra muy diferente que os olvidéis del paradero de un niño casi bebé que además es vuestro hermano pequeño.
–¡Qué nos íbamos a acordar, si lo único que pensábamos era en salvar nuestro pellejo!

Cada tres o cuatro años manteníamos en Lauros la misma discusión que empezaba con asombro y reproches y acababa entre el jolgorio general de los participantes, cuando mis tías detallaban entre risas lo alto que lloró mi padre para salvarse, "más alto que el ruido de las bombas y aviones de Franco", en los sucesos que estuvieron a punto de acabar con su vida cuando era un niño de apenas un año. Sucedió en 1937, durante la Guerra Civil, cuando el Cinturón de hierro, fortaleza defensiva que pasaba por Lauros, estaba a punto de romperse por el empuje de las tropas franquistas. La fachada de Astobieta ya había sido ametrallada por la aviación; y meses después habría una batalla de bombas de mano en la misma campa donde vi a mi padre lanzar su primera piña cuarenta y cinco años más tarde. Pero antes del desastre llegaron gudaris a Astobieta con órdenes terminantes: el caserío debía ser abandonado de inmediato.

–Pero tía, ¡todo el mundo se fija en el más débil, hasta cuando se hunde un barco los niños son los primeros a quienes se salva!
–¡Alberto! ¿Sabes que mientras huíamos vimos con nuestros propios ojos cómo caía una bomba y destrozaba un caserío de Umbe? ¡Con nuestros propios ojos! ¿Sabes el ruido que hace una bomba? ¿Sabes lo que es mearse en las bragas? ¿Te ríes? ¡Lo que te estoy diciendo es cierto! ¡Nos meábamos en las bragas! ¡Pensábamos que de ahí no salíamos! ¿Crees que estábamos preocupadas por otra cosa que nuestras vidas?

Sucedió que mis abuelos, horas después de ser conminados por los gudaris, uncieron los bueyes al carro, cargaron de improviso los utensilios más importantes y tomaron dirección a Lejona, donde se les iba a buscar acomodo provisional. Pero después de caminar durante cuatro horas en medio de los bombardeos intermitentes de la aviación franquista y alcanzar el lugar esperado, se dieron cuenta de que no estaban todos: el niño más pequeño, el que había sido colocado dentro del carro mientras dormía, había desaparecido. Ese niño era mi padre.

–Alberto, cómo vamos a enterarnos si tu padre no dijo nada cuando se cayó del carro. Ni siquiera lloró.
–No, si al final va a tener la culpa él.
–¡Pues menos mal que se puso a llorar después, pues nuestro difunto padre nos contó más de cien veces que no lo encontraba y ya pensaba en darse la vuelta!

Mi padre se cayó del carro a la altura de la escuela vieja, a sólo doscientos metros de Astobieta, y de las once personas que iban acompañando el carro, entre mis abuelos, mis bisabuelos y mis siete tíos, ninguna se percató de la falta del niño hasta cuatro horas después, cuando ya habían alcanzado Lejona.

–No tenéis perdón de Dios. Cuatro horas, tía, ¡cuatro horas! ¡Qué vergüenza!
–¡Y otras cuatro que tardó el difunto padre en encontrarlo! Ay, Alberto, si me hubiera caído yo me habría pasado lo mismo. Tú no sabes lo poco que valía la vida de una persona entonces. Como la de una vaca, fíjate lo que te digo. ¿Qué una vaca? ¡Menos que una vaca!

A veces pienso en aquel capítulo y se me quedan los ojos blancos. Lo veo. Esta ahí. Hay un niño de doce meses abandonado al borde de un camino mientras la aviación franquista deja caer alguna bomba, pssssiiiiiiiuuuuuuu, boum, pssssiiiiiiiuuuuuuu, boum. Pasa una hora, dos horas, tres horas, y el niño sigue allí, llorando, pssssiiiiiiiuuuuuuu, boum, pssssiiiiiiiuuuuuuu, boum. Cuatro horas. Cinco. Seis. El tiempo transcurre y todo comienza a ponerse en riesgo: ese niño ya no va a crecer, no va a recoger argoma, no presumirá de que le llamaban Puskas, no se casará con una burgalesa, no beberá, no fumará, no lanzará piñas como un jugador de béisbol, no atacará los consensos establecidos, no tendrá hijos, ningún hijo, yo mismo no existiré, no podré escribir este libro...

Seis horas y media. Siete horas. De pronto llega la hora octava y mi abuelo, que ha vuelto en burro desde Leioa y está a punto de cejar en su empeño, escucha el llanto de un niño entre los sonidos de los aviones y las bombas. Cae entonces la pieza y el dominó se sucede: el niño crece, recoge argoma, se hace albañil, ordeña vacas, se casa con una burgalesa, tiene cuatro hijos, destroza el nosotros hasta hacerse enemigo, bebe, fuma, contrae un cáncer de pulmón, va a parar a un nicho del cementerio de Loiu y justo entonces, cuando al fin se ha hecho el silencio y parece acabada la historia, su hijo varón contrata una Fiat Iveco, viaja a Madrid y se pone a escribir esto, lo que ahora lees, el homenaje al niño que salvó la vida llorando más fuerte que las bombas de Franco.


jueves, 20 de abril de 2017

Tintín en el Congo


Un estudiante congoleño ha puesto una demanda contra la editorial Moulinsart para que retire de las librerías belgas el libro de cómic Tintín en el Congo. Aduce que el libro es racista y tiene razón. Como la iniciativa me parece buena, me he animado a hacer una lista con otras obras que en mi humilde opinión también deberían ser retiradas. Ahí va:

La Ilíada y La Odisea, por exaltación de la guerra y la mentira.
La República, de Platón, por totalitaria.
La Biblia, al menos Levítico y Apocalipsis de San Juan.
El Príncipe, de Maquiavelo, por maquiavélico.
El mercader de Venecia, de Shakespeare, por antisemita.
–Quevedo, de la A a la Z, y él sabrá por qué.
Tarzán, de Burroughs, por racista.
–Todo Kipling, por imperialista.
Juventud, egolatría, de Baroja, por menosprecio a los sudamericanos.
–Gilles, de Drieu La Rochelle, por fascista.
–Varios poemas de Alberti, Neruda, Vallejo y Miguel Hernández, por estalinistas.
Cien años de soledad, por invitación al bestialismo.
–Bukowski completo, por machista.

Es sólo un botón. He encontrado limpios de polvo y paja El Principito, Los Hollister y La cocina de Karlos Arguiñano. Tampoco he visto nada raro en la obra de Corín Tellado y Paulo Coelho.


lunes, 17 de abril de 2017

Los pelícanos


Adónde pelícanos ibas con una mujer girasola
que tenía portaaviones de pájaros en la cabeza,
tú que te acercas sin centímetro ni ascensores
a las verjas electrificadas de los cuarenta años,

tú que sigues cultivando en macetas diagonales
los mismos nilos y las mismas calas enfermas,
adónde pelícanos ibas, qué pasó por tu cráneo
de afónica cilindrada e ignorancia sin lagunas,

cuántos errores de cepa tierna y globo de helio
crearás de nuevo y de nuevo lucirás orgulloso,
cuántas veces caerás y recaerás en tus jaguares
de glucosa adolescente, cuántos crisantemos

llevarás al nicho de los amores descuartizados
si no rectificas, si no abandonas para siempre
a los pelícanos y no metes, dejas ya de meter
tus torpes dedos en los interruptores del viento.


miércoles, 12 de abril de 2017

Catorce centellas


• • • • • Lo mío es equivocarme con toda la razón del mundo.

• • • • • Lo que se parecen libertad y soledad. Si es que no son lo mismo.

• • • • • Soy de certezas movedizas y dudas implacables.

• • • • • Escribir es disciplinar la locura.

• • • • • Si no fuera por la muerte los hay que no sabrían que han vivido.

• • • • • Una sociedad que se cree las mentiras hace que la verdad se vuelva increíble.

• • • • • Cada libro leído es un metro de tierra que tu cerebro le gana al mar.

• • • • • Si la vida es un teatro, no entiendo por qué en el mío todos los papeles los tengo que hacer yo.

• • • • • La diferencia es la libertad: a nosotros nos queda pequeña y a vosotros grande.

• • • • • Para crear lazos no hace falta crear cadenas.

• • • • • Los adjetivos son el marisco de la literatura.

• • • • • Resignarse es dar los primeros hachazos al nogal de tu propio ataúd.

• • • • • Te imponen su patria porque tienen miedo de que formes la tuya.

• • • • • Si notas deseos de cambiar a la gente, es que te ha llegado el momento de cambiar de gente.


domingo, 9 de abril de 2017

A nadie le importa tu nadie


Aquí el poeta: luego diréis
contra el verso. Pero quién dice:
nadie dijo nada, nadie nunca
habló de nosotros, aquí
nadie habló de poetas
salvo después de muertos
o ahorcados por la cintura,
salvo la vez que lanzaron
la moneda y salió perro,
aquí nadie habló de nosotros,
nos sentimos perseguidos
por volutas de humo,
por el nilo y enjambre
de nosotros mismos, aquí
nadie persigue a nadie
salvo el tornado de tu mente
cuatrilliza, salvo tu fígaro
y teclado de neutrones,
aquí nadie nunca te dice nada,
aquí nadie nunca te persigue,
a nadie le importa un poeta,
a nadie le importa un poema,
a nadie le importa tu nadie.


viernes, 7 de abril de 2017

Vacas


Hablando de vacas, me molesta que el DRAE solucione la entrada de este animal definiéndolo como “hembra del toro” y haya que acudir al toro para saber de qué estamos hablando. Esto es tan escandaloso como si buscáramos a Montserrat Caballé en Wikipedia y apareciera “esposa de Bernabé Martí”. El prestigio y la importancia de algunos animales en su versión hembra es mayor que en la versión macho, y el toro, por más fiesta nacional que tenga, no llega ni a las ubres de la vaca, aunque los académicos no lo sepan. Lo mismo ocurre con la oveja, en el DRAE “hembra del carnero”. No tengo nada en contra del carnero, pero..., ¿quién coño conoce a ese señor?


miércoles, 5 de abril de 2017

Treinta grados bajo cero


El Rey y ETA estaban unidos, los herribatecos y los peneuvistas eran lo mismo, Fraga y Felipe lo mismo: aquellos aldeanos no tenían duda de que el poder político era una mera coraza al servicio de las alimañas empresariales de Neguri. Se comprende que al llegar el 29 de septiembre, fecha de San Miguel, fiestas patronales de Lauros, con toda la familia reunida en número de hasta veinticinco en mi caserío Astobieta, nunca se discutiera a la hora de los postres sobre política vasca o nacional, porque no hace falta discutir donde todos están de acuerdo. Pero otra cosa muy diferente era la política internacional. En política internacional se sostenían discusiones apasionadas con argumentos diversos y hasta golpes en la mesa. Se hablaba de la Thatcher y de Fidel Castro, del hambre de África y de los japoneses, pero el asunto estrella era la rivalidad entre estadounidenses y soviéticos, esto es: los americanos y los rusos.

–El americano –se escuchaba– es cosa grande. Este caserío, por ejemplo, con su hectárea y pico de terreno y su docena de vacas, es un caserío elegante, no digo que no, pero…, ¿qué es para un americano? El americano viene aquí y se echa a reír.

El que hablaba así era mi tío Txomin, que se fue a América en los años sesenta y había vuelto hipnotizado, al punto de que nadie entendía su regreso. Mi tío no trabajó en USA sino en Canadá, pero consideraba que la cercanía le daba derecho a hablar a todas horas de Kissinger, Nixon o Kennedy, a los que tenía por superhombres a cuyo lado políticos como Arzalluz o Alfonso Guerra le parecían “mamarrachos”. Para mi tío Euskadi era una caja de cerillas y España un botijo con faralaes: discutir sobre si éramos vascos o también españoles le parecía hacer el ridículo. Lo único digno era ser americano.

–El americano –continuaba–, si quiere poner una vaquería, compra cinco mil vacas. Menos no compra. Si quiere dedicarse a la siembra de la patata, compra un terreno de aquí a Guernica, porque con Lauros no tiene ni para empezar. En América hay patatales más grandes que toda Vizcaya.

–¿Toda Vizcaya? –se asombraba alguno de mis primos que, como yo, nunca habían salido del Txorierri.

–Más grande. Si vas por California en coche y con el depósito lleno, te juego una cena a que se te acaba la gasolina antes que el campo de patatas. Aquello es la órdiga. Ni una casa, ni una pensión, ni un alma. Sólo patatas. Kilómetros y kilómetros de patatas. Un aldeano americano, él solo, cosecha tantas patatas como para alimentar Bilbao y Baracaldo durante un año.

Aquellas comparaciones numéricas provocaban nuevas controversias, pues todos comenzaban a discutir el número de kilómetros que se pueden hacer en coche con el depósito lleno, o el número de patatas que comen los bilbaínos y los baracaldeses en un año. Algunos hasta pedían papel y bolígrafo para hacer las cuentas exactas. Eran sorprendentes los conocimientos de mi tío Txomin sobre California, él que había trabajado en Canadá. Solía ser por entonces, a esa altura de conversación internacional, cuando surgía una voz entre solemne y avisadora:

–Mucho cuidado con el ruso.

Quien hablaba ahora era la otra cara del folio, el rusófilo de la familia, mi tío Dámaso. Aquel tío no había salido nunca de Lauros, pero poseía una oratoria instintiva y eficacísima que le daba un gran ascendiente en las polémicas sobre alta política. El tío Dámaso alternaba ritmos lentos y silencios prolongados con mímicas varias, frases frenéticas y puñetazos en la mesa. Nadie sabía por qué se había hecho rusófilo.

–Al ruso –comenzaba–, según tengo entendido, nada más nacer lo tiran a una bañera de agua… ¡a treinta grados bajo cero!

Y mientras decía eso, con los brazos en alto, fingía que soltaba un niño desde una altura por encima de su cabeza, de tal forma que yo no sabía qué era más peligroso para el bebé ruso, si el agua a treinta grados bajo cero o el castañazo que se iba a pegar si lo dejaban caer desde tan alto.

–¿Treinta grados bajo cero? ¿Un bebé? ¿Y no se mueren? –se atrevía a decir alguna de mis tías.

–¡Claro que se mueren! –contestaba mi tío como una galerna–. ¡Se mueren a punta pala! Pero un ruso menos…, ¡allá cuidaos! ¡Hay rusos a patadas!

Sostenía mi tío que los rusos que superaban la prueba de la bañera se convertían en hombres inmunes a todo tipo de peligros, radiaciones atómicas incluidas. Esto último siguió repitiéndolo como cosa sabida hasta el accidente nuclear de Chernòbil; a partir de ahí reculó un poco. Tenía una visión muy particular de la Segunda Guerra Mundial:

–Hitler pensaba llegar a Moscú en diez días, pero no conocía al ruso… A la hora de la verdad…, ¡adiós Hitler! ¡Cada soldado alemán tenía cinco rusos metidos dentro del zapato! ¡Mecagüen sos! ¡Cinco rusos en cada zapato!

Y al decir esto se miraba en el zapato y movía el pie como si lo tuviera lleno de escorpiones, con tal apariencia de veracidad que todos los que ocupaban la mesa contenían la respiración y yo mismo sentía cosquilleos desagradables en mis playeras, repletas de rusos feroces por obra de aquel contador magnífico.

Tenía entonces cinco o seis años y no se me permitía abrir la boca en las conversaciones políticas de los mayores, prohibición que no me levantaron hasta los catorce. Ahora que lo escribo me río mucho, pero a esa edad aquellas polémicas me dejaban verdaderos surcos en la cabeza.

Recuerdo una pesadilla que se me repetía por entonces. Me hallaba en medio de un inmenso campo de patatas. No de trigo o de cebada o de maíz, no: de patatas. Caminaba y caminaba buscando una salida, pero se iban sucediendo los días y los meses y nunca conseguía salir. Mi angustia iba creciendo tanto que, al final, me echaba en el suelo y me ponía a llorar, porque entendía que la salida era imposible: me figuraba que el planeta Tierra al completo era un campo de patatas.

Recuerdo otra. Yo era campeón mundial de boxeo. Había retenido el título infinidad de veces. Los negros más grandes y más fuertes habían probado la dureza de mis puños. Me encontraba en el ring, y mi rival era un fideo escuchimizado con el que no tenía ni para empezar. De pronto, sin embargo, el presentador anunció que mi contendiente, Igor Gudianov, había nacido en San Petersburgo, momento en que se me mudaba el semblante y salía huyendo del ring. No se me apartaba de la cabeza, mientras corría muerto de miedo, la maldita bañera de los treinta grados bajo cero por la que habían pasado todos los rusos. Aquella prueba infernal que, según me detalló mi tío Dámaso en una confidencia, “sólo superaba uno de cada tres niños”.


jueves, 30 de marzo de 2017

Los límites


La amo cuando está
demasiado lejos
o demasiado cerca;
las distancias medias
solo sirven para amores a medias
y nosotros amamos al límite:
aquí se juega a trueno
o se juega a nada.


miércoles, 29 de marzo de 2017

Quince centellas


• • • • • Para ibuprofeno la risa.

• • • • • El ser humano es el peor meteorito que ha impactado contra el planeta Tierra.

• • • • • A mí también me costó darme cuenta de que los muros que veía crecer a mi lado los estaba levantando yo.

• • • • • Le llaman madurez al tiempo que transcurre desde que terminas de vivir hasta que te llega la muerte.

• • • • • La noche la dedico a dormir, que para soñar ya tengo el día.

• • • • • Por cada día de sociedad necesito cien de soledad.

• • • • • No entiendo los naufragios de quienes no se subieron al barco.

• • • • • Escuchar es de valientes.

• • • • • Si todos fuimos niños geniales y adolescentes con talento, ¿por qué de adultos ya somos como todo el mundo?

• • • • • En la escuela no me dieron instrucción, me dieron instrucciones.

• • • • • Para cuando terminé las primeras diez líneas el silencio ya había escrito tres folios.

• • • • • Un beso bien dado, por más que lo limpies, no se te quita nunca.

• • • • • Cada definición que aceptas es un eslabón añadido a tu cadena de preso.

• • • • • Que alguien escriba demasiado bien me parece la primera sospecha de su falta de salud.

• • • • • La diferencia entre decir una cosa y ponerla por escrito es la misma que existe entre tirar una piedra y lanzar un boomerang.


lunes, 27 de marzo de 2017

No quieres hacer la vida que te toca


Lo peor es cuando terminas un capítulo y la máquina de escribir no aplaude
ORSON WELLES


Ni los libros ni los bares ni las pantallas blogueras llevan la poesía al pueblo, me dije mientras le daba vueltas al segundo hemisferio de mi peonza, no sopesando las ideas sino empujándolas hasta la nuez del fondo, hasta el núcleo: lo que sucede realmente es que todo el mundo hace versos para gente que hace versos y ahora, socializadas las nuevas pistas de aterrizaje, desde el más poetísimo al poeta más cariado puede llegar a los otros poetas, fíjaos bien en lo que digo, los poetas forman tal plaga de langostas que hacen la ilusión de público pero no hay tales carneros, seguimos sin llegar al pueblo, la palabra gente sigue siendo un megaterio. ¿Quiénes acuden a las secciones de poesía de las bibliotecas o librerías salvo nosotros? ¿Quiénes abren blogs y quiénes los leen salvo nosotros? ¿Quiénes van a los bares de poetas salvo tú y tú y tú, joder, si ya os vi el pasado miércoles, si es siempre la misma culata y el mismo gatillo, siempre los mismos?

Llegado a este punto tuve que hacerme las preguntas definitivas. ¿Existe una manera de llegar con poesía a la gente que no acude a la poesía, que es casi todo el mundo? ¿Se puede llegar a Jaime el del cuarto, a Rafaela la del ático, al carnicero y a la modista, incluso al gato, aunque para ello no deba convocarles sino acudir hacia ellos, no citándoles sino saliéndoles al paso, casi agrediéndoles? Puestos en esta tesitura pensé, ya con el colmillo alegre, ¿existe una modalidad de poesía donde cada error del poeta merezca un castigo, una modalidad que evite la logorrea versimotora y donde se recuperen las ventajas y desventajas de la censura? Y ya en el colmo de la masturbación: ¿sería posible que a la sola vista de mis versos la gente no sólo aprobara sino dijera algo más fuerte, un “ESTE TÍO ES EL PUTO AMO” o, puestos a desaprobarlos, no se quedara en una mera negación sino en algo más agresivo, un “QUÉ HIJODEPUTA EL QUE HA ESCRITO ESTO”?

Serían las tres de la madrugada cuando me vinieron los deseos de correr: yo sólo quiero eso, me basta con ser un segundo más joven que ellos. Había comprado tres aerosoles Pinty Plus de color negro en una tienda de chinos, dos euros cada uno, y me fui a la calle Los Pajaritos, donde había visto una pared con aspecto de caerle bien (pero no: no es cierto que me guiñara un ojo). Mientras le hacía la pintada NO QUIERES HACER LA VIDA QUE TE TOCA no paré de mirar a todos los lados, más histérico que otra cosa, pues sólo empecé a disfrutar del miedo quince o veinte grafitos más tarde, y con los nervios ni siquiera advertí que había escrito la letra Q sin el rabito, igual que la O, y parece que digo “ouieres” en vez de “quieres”. Por la tarde le eché unas fotos: el pedazo gilipollas que aparece en la imagen soy yo. Era mi primera pintada, fea como todas y grande como siempre, como pensada para personas con la prueba del oculista no superada. Recuerdo que volví a casa muy contento, como si hubiera matado a un cíclope o hubiera rendido Cartago. Ya he dicho que sólo quiero correr: yo sólo frenaré cuando vea a mi padre. Era el 25 de agosto de 2008.

viernes, 24 de marzo de 2017

La escuela


Dejas a tu hijo en la escuela
con la sola bujía de tronchar su clavel
y matarle a Ícaro,
para que entre mercurio astronauta
y salga ajedrecista de 3`1416.
Le mandas a vivir a un corredor
forrado de coroneles,
donde batallones de maestros adiestrados
conspiran para ahogar al increíble
que oculta su camisa:
hay que
cortar su trenza alazana,
hay que
arrancarle los faetones,
hay que
granar su rostro de muérdago,
hay que:
amante del punto medio y el punto
miedo,
domador aventajado
del viento,
hombre de azules provechos,
sobresaliente en física
y práctica.


jueves, 23 de marzo de 2017

La Guerra de las Malvinas


No se perdían un solo telediario, al que seguían llamando parte, y al contarme las noticias más sensacionales nunca se olvidaban de referirme el presentador que las había pronunciado, Basterrechea, no sé si te has enterado, los Juegos Olímpicos serán en Barcelona, lo ha dicho Olga Viza, Prosinečki ficha por el Madrid, lo ha dicho Pedro Piqueras, ya hay tres millones de parados, lo ha dicho Elena Sánchez, no les dará vergüenza, etc. También leían muchos periódicos sin fijarse en la fecha: los aldeanos que yo conocí en Lauros daban el mismo valor al periódico de hoy que al de ayer. Era normal encontrárselos sentados en un taburete, a la sombra del portal, leyendo con dificultad un diario de tres meses antes.

–Pero hombre, Jesusín, qué haces leyendo un DEIA del año pasado.
–Qué más da. Todos dicen lo mismo.

En el caserío Etxebarri había ejemplares de La Gaceta del Norte una década después de que ese diario cerrara, y yo mismo pude leer, en ejemplares amarilleados de El Correo Español, todas las operaciones militares de la Guerra de las Malvinas, jornada a jornada, ocho o nueve años después de los sucesos. Los aldeanos leían sólo los titulares, claro, o recurrían a mí para que les leyera algunos editoriales o asuntos de calado, porque la mayoría de ellos no estaban completamente alfabetizados y manejaban un vocabulario de muy pocas palabras.

–A ver, Astobieta, tú que tienes estudios, ven aquí.
–Ya estoy.
–¿Qué significa “replicó”?
–¿Replicó? Como “contestó”.
–¡La órdiga! ¿Y por qué no ponen “contestó”? Estos periodistas..., bah. Sólo saben enredar.

A pesar de este fervor, ninguno de aquellos aldeanos, tampoco mi padre, consideraban las versiones de la prensa o de los telediarios más que como majaderías o comedias fantásticas. Consumían prensa y televisión para estar al tanto de las mentiras del mundo y hacerse una idea proyectada de la verdad, pero tenían a los periodistas como meros transmisores de lo que ellos llamaban “accionistas”. El poder, decía mi padre, no estaba en manos del rey ni del presidente ni de los ministros, sino en manos de los “accionistas”. Si el Athletic de Bilbao marchaba mal clasificado, por ejemplo, no se debía al entrenador ni a los jugadores ni a los rivales:

–Hacen falta accionistas. Gente de Neguri. Un De la Sota, por ejemplo. Que venga un De la Sota y verás qué rápido mejora el Athletic.

Los accionistas que se imaginaban mi padre y otros como mi padre eran seres todopoderosos que compraban los árbitros, pactaban los resultados y ordenaban a los jugadores marcar o fallar los penaltis. Mucho antes de “El show de Truman”, los aldeanos de Lauros que conocí daban por hecho que el mundo era eso: mano en la sombra, feria de títeres, Gran Hermano, pacto entre bambalinas, mentira.

Tenían sus propias maneras de estar informados. Cuando sucedía algo importante, mi padre arrancaba su erre seis amarillo y se iba a Gatika, donde formaba una troika con otros dos aldeanos, o a Lezama, donde nutría un pentágono con otros locos como él. Las conclusiones a las que llegaban tras horas de debate superaban con mucho el realismo mágico. Recuerdo aquella huelga de transportistas que dejó vacíos los anaqueles de los supermercados; mi padre y su consejo senatorial lo tenían muy claro:

–La huelga la ha organizado Eroski.
–¿Eroski? ¿Qué tiene que ver el supermercado Eroski en esto?
–Está claro. La han organizado para vender los yogures atrasados, la verdura que tienen a punto de tirar, la carne, todo. Se están hinchando a ganar dinero.

Esta manera de razonar valía tanto para asuntos internacionales como para asuntos recoletos. Cuando volvieron los jabalíes a Lauros, por ejemplo, después de años ausentes, y destrozaron algunas cosechas, mi padre arrancó el coche, se reunió con su comité de sabios y volvió enseguida con otra explicación estupefaciente:

–Los franceses. Han sido los franceses.
–¿Franceses? ¿Qué franceses?
–Los franceses no nos pueden ni ver a los vascos. Vienen por la noche con helicópteros y lanzan desde el aire culebras, jabalíes, lukis, de todo. El francés. Menudo bicho el francés.

Yo le hacía notar a mi padre que la aparición inesperada de los jabalíes entraba dentro de lo normal, porque son animales que pueden recorrer más de cuarenta kilómetros en un solo día. O que la historia de sus sabios flojeaba desde el punto de vista logístico, pues no hay manera de lanzar jabalíes desde un helicóptero sin peligro de muerte para los animales:

–Coplas –me decía–, no tienes más que coplas. No sé que te enseñan en el instituto.

También creía a pies juntillas que el hombre no subió a la luna. Que Maradona triunfó mientras tuvo a los accionistas de su parte y se hundió en las drogas cuando éstos le abandonaron. Que el Rey y ETA eran amigos: el asesinato de Carrero Blanco era un favor que ETA le había hecho al Rey para que pudiera coronarse sin tutelas de nadie. Esta descacharrante teoría, aunque parezca mentira, era mayoritaria en los caseríos de Lauros.

–No digáis tonterías –les decía yo–. Hace nada ETA preparó un atentado contra el Rey en Mallorca. Hasta han salido fotos del Rey sacadas por los terroristas.
–Y eso..., –me preguntaban–, ¿cómo lo sabes?
–Joder.., –replicaba yo–, lo sabe todo el mundo. Ha salido en los periódicos, en los telediarios...
–¡Ja! –contestaban triunfales–. No nos digas más. Periodistas. Todo mentira. Todo lo tapan.

Así eran aquellos aldeanos increíbles. No podían sufrir la verdad oficial, la verdad que es mezquina y es pequeña y es mentira. Se reunían a la sombra de un castaño en conciliábulos de queso, chorizo y txakolí y se fabricaban su propia verdad, una verdad que también era mentira pero era asombrosa y grande y era propia. Todavía puedo oír el sonido de los vengativos helicópteros franceses lanzando jabalíes nocturnos en los maizales de Lauros. Puedo ver al Rey guiñando el ojo a Artapalo mientras le entrega un maletín colmado de millones. Puedo recordar la rabia que sentí aquella tarde, al ojear en Etxebarri ejemplares antiguos de El Correo Español, cuando supe por primera vez y con ocho años de retraso que los malditos ingleses habían ganado la Guerra de las Malvinas.


martes, 21 de marzo de 2017

Dos chalados


Cómo iba a durar el amor entre dos chalados con flauta
que presumían de mojarse con una manguera de fuego,
tan mentecatos que iban perdiendo bellotas por la calle
y se hicieron preceptores en sembrados de pólvora,

cómo iba a durar el amor entre el espejo y la espeja,
entre el egosiempre rebelde y la egosiempre averías,
entre el alférez molusco de las bombas de mano
y la lectora alegrista del manual de venenos,

cómo iba a durar
si los dos quisieron ser mayusculosos,
si los dos quisieron ser grandipulgares,
si los dos prefirieron diosear entre nubes
y poner su pasión en toque de queda,
¡si nunca se vio ratón ni ratona
con semejantes humos de águilas, cómo
ibais a durar!!!


lunes, 20 de marzo de 2017

La mentiratura


Sobre la mentiratura. Se equivoca Baroja cuando llama “farsante” a Valle-Inclán y se equivoca Gore Vidal cuando llama “embustero” a Truman Capote, porque las mentiras que decían estos escritores, igual que las de Stendhal o Baudelaire o Hemingway, eran tan disparatadas y las practicaban con tanta asiduidad que se convertían en su negación. Cuando Nerval proclama que es hijo de Napoleón Bonaparte; o Valle-Inclán asegura que cabalgaba sobre un cocodrilo tapándole un ojo; o Cela mantiene que puede absorber dos litros de agua con el culo; o Huidobro presume de haberle robado el teléfono a Hitler; o Baudelaire afirma que poseyó a una jorobada por experimentar un placer sexual superior, no están mintiendo, porque han despojado a la mentira de todo lo que tiene de lucrativo o ventajista y la han convertido en una mentira desinteresada y de mayor calidad. Ya no son literatos que mienten: son mentiratos que hacen mentiratura.


jueves, 16 de marzo de 2017

Catorce centellas


• • • • • Nunca tuve el cerebro tan lleno como para que no me entrara una nueva duda.

• • • • • Quien te considera mejor de lo que eres te empuja a serlo.

• • • • • El desamor es un grifo mal cerrado.

• • • • • El soñador puro no pretende bajarse la luna sino ponerla mucho más alto.

• • • • • Los libros son lo mejor que se ha inventado para los que no aguantamos a la gente y sin embargo la necesitamos.

• • • • • Desde que te amo se ha comprimido tanto la geografía que tu cuerpo se ha vuelto todas las partes.

• • • • • Pusieron la tierra a sus pies porque nunca pusieron los pies en la tierra.

• • • • • Los solitarios solo sabemos admirar o despreciar, esas dos formas de lejanía.

• • • • • Nada puede detener a una oveja negra orgullosa de sí misma.

• • • • • La rebeldía es belleza en marcha.

• • • • • El lector que defiendo entra en las librerías como se entra en una tienda de juguetes.

• • • • • Negarse a todo rebaño también es rebaño.

• • • • • Escribir para salvar el mundo es como tratar de curar la muerte con mercromina.

• • • • • Los soñadores hacemos trampa, tenemos una máquina de multiplicar horizontes.


martes, 14 de marzo de 2017

La abeja reina


Tantos panales de plata, canela y estaño
y tantas abejas de antenas moradas
brillando y batiéndose cerca de ti,

sus alas nerviosas como un tren eléctrico,

y fuiste a enamorarte de la abeja reina,
tenías que prendarte del plutonio
de la abeja reina,

amarla
como aman las moscas los ojos de las vacas,
con un amor mezquino y magnífico,
tan bello y miserable que mejor no decirlo

ahora que te ha dejado,
a quién se le ocurre enamorarse
de la abeja reina,

te echó de sus mieles a trompa y garrotazo,
apenas te dio tiempo a decir

qué espanto de amor, y qué grande.


viernes, 10 de marzo de 2017

Pasiega


Aquellos aldeanos me inculcaron con tal fuerza la idea de caserío como persona o deidad adorada, que a mi llegada a Madrid no pude soportar que mi piso de alquiler se llamara fría y técnicamente 2º DCHA y decidí bautizarlo con el nombre de Pasiega. Pasiega era una vaca pinta que tuve, una vaca maligna que más parecía un áspid bicorne o un Satán con ubres. Pasiega y yo nos odiábamos.

Mi padre la compró en la feria de Mungia a un ganadero carranzano y uno de los detalles que me molestó desde el principio fue que viniera con el nombre puesto. Entonces yo tenía siete u ocho años y era el encargado de bautizar a las vacas o a los novillos, casi siempre con nombres de actrices, princesas de la revista Hola, presentadoras de la tele o cantantes que escuchaba en Radio Nervión. Bautizaba con nombres femeninos a las vacas de color claro y con nombres masculinos a las vacas de color oscuro, algo que ni el veterinario ni el carnicero entendían:

–¿Cómo se llama la vaca? –preguntaban a la hora de rellenar los formularios.
–Michael Jackson –respondía mi padre.
–¿Michael Jackson?
–A mí no me mires. Es cosa de mi hijo.
–Coño con los hijos, Nicasio. No sé para qué los mandamos a la escuela.

Tuve vacas a las que llamé Mayra, Silvia, Kim o Chicho en honor del programa Un, dos, tres, y otras a las que bauticé con Ana Obregón, Gwendolyne, Chabeli o Bertín Osborne, y también Madonna, Norma Duval, Estefanía, Carolina, Bosé, Lady Di, Ramoncín, Rocío, Tina Turner, Paquirri, Pantoja, Pimpinela o Chiquetete. A una que era muy rápida la llamé Carl Lewis y a otra que era muy grande le puse Perurena. También tuve una vaca muy fea y biroja a la que llamé Elena, como la infanta, algo de lo que me arrepiento, aunque hay que recordar en mi descargo que sólo era un crío y los críos somos crueles, incluso ahora que vamos disfrazados de mayores. También me equivoqué al ponerle Michael Jackson a aquella vaca negra, pero quién iba a pensar entonces que Jackson iba a volverse blanco.

Junto a estas vacas bautizadas por mí, convivían otras que mi padre compraba y que venían con el nombre puesto, como Dorotea, Faustina o la maldita Pasiega, vaca con la que me enfrenté desde el principio. Mi padre lo advirtió enseguida:

–No sé qué le has hecho, pero esta vaca no se fía de ti.

No le había hecho nada, al menos hasta entonces, pero ya nos caíamos mal y no lo disimulábamos. Cuando mi padre me dio un palo de avellano y me ordenó vigilar la línea de ocho o diez metros que separaba las campas de la cuadra de Astobieta, Pasiega fue la primera que comenzó a darme problemas.

A mis vacas no les gustaba pastar. Lo que les gustaba con locura, mucho más que la hierba, era el "birzay", pienso que mi padre mezclaba con pulpa y con harina para hacer un compuesto alimenticio. Por el birzay las vacas perdían la cabeza, las ubres y hasta la cornamenta, pero como mi padre no lo distribuía en los pesebres hasta la una del mediodía, mi función de pastor consistía en evitar que las vacas volvieran a la cuadra antes de esa hora.

Pero Pasiega no estaba por la labor de esperar tanto tiempo. Apenas salía a pastar, ya estaba pretendiendo volver a la cuadra a por el codiciado birzay. Y como enfrente no tenía más que a un pequeñajo de siete u ocho años con un palo raso de avellano, empezó a escaparse todas las veces que quería. La situación cambió cuando mi padre, superados mis dos o tres años de becario, me dio un palo de avellano con punta de acero. Al primer puyazo que le metí en el culo, Pasiega cambió de opinión sobre mí y decidió hacerse más astuta. Ya no pasaba tan tranquila a mi lado, sino que esperaba el más ligero despiste, que yo siempre cometía, para hacer un demarraje y plantarse directamente en la cuadra. Yo le daba siempre algún puyazo de más, pero un día mi padre me sorprendió:

–¡Qué le haces a la vaca!
–Joder, ¡es que siempre se escapa!
–¡El palo hay que utilizarlo poco! ¿No ves que si la pegas no da leche?

La cosa empeoraba. Mi crispación con ella aumentó tanto que un día aproveché que mi padre se había ido a la feria de Gernika para entrar en la cuadra y, con la pobre Pasiega atada, descargarle una somanta de palos durante una hora. Aquella fue la acción más cobarde que había cometido hasta entonces, pero aún iba a superarme.

Tras unos meses comedida, fuera porque se había quedado preñada o porque recordaba la paliza que le había dado, Pasiega trató de llegar otra vez a la cuadra antes de la hora, pero no lo consiguió. No sólo me interpuse y le arreé tres o cuatro puyazos sino que, con toda la mala idea, y con vistas a darle el escarmiento definitivo, lancé a Barrabás contra ella. Barrabás era un perro mío, un cruce de pastor vasco con pastor alemán, un perro muy bueno para guardar el caserío pero muy malo para cuidar vacas, pues las perseguía sin ningún orden y las mordía con apasionamiento. Así lo hizo: persiguió y mordió a Pasiega tan encarnizadamente que la vaca, nerviosa, cayó y quedó atrapada en el riachuelo que circundaba la campa. Y entonces fue el drama: por más que lo intentaba, la vaca no conseguía salir. Si no hubiera estado preñada, seguramente lo habría logrado, pero su inmensa tripa le dificultaba. Al final, desesperado, tuve que llamar a mi padre, hubimos de rodearla con cuerdas, y, después de llamar a cinco o seis aldeanos de los caseríos cercanos, tirando todos a una, conseguimos sacarla.

Nada más salir llegó el veterinario, quien examinó a Pasiega y dictaminó que iba a abortar. A esas alturas, yo llevaba un rato llorando por si acaso. Mi padre no dejaba de mirarnos, a Pasiega y a mí, y en su mirada comprendí que se creía la versión de la vaca.

Al final abortó y se quedó coja. Desde entonces ya no quiso escaparse nunca más: se quedaba con la cabeza en alto hasta la una del mediodía, lejos de mi presencia, triste y orgullosa, con su cojera arrogante, sin hacer ningún ademán de comer hierba. Cuando a los catorce años comencé a ordeñar las vacas algunas veces, Pasiega se quedaba rígida conmigo, actitud que contrastaba con la alegría que mostraba con mi padre.

Tenía Pasiega doce o trece años de edad cuando mi padre la vendió a César, un carnicero de Sondika, y la llevamos a sacrificar al matadero de Zorroza. Yo mismo la acompañé, la vi subir al camión y vi su cuerpo descabezado colgado de aquel gancho que se utilizaba para el pesaje. Más tarde mi madre, como acostumbraba cada vez que matábamos alguna vaca o novillo, compró tres kilos de chuletas a César. Tres kilos de Pasiega.

Creo que fue la primera vez que tuve algún escrúpulo para comerme las chuletas de un animal que yo mismo había cuidado y alimentado. Allí tenía a Pasiega, justo en el centro de mi plato. La vaca que me odiaba. La vaca que se quedó coja por mi culpa. La vaca que abortó y no pudo tener más crías por mi culpa.

La vaca a la que jodí la vida.


miércoles, 8 de marzo de 2017

Noches aquellas


Noches aquellas de iguanas calcinadas,
lanzados a fuego por la autopista A-8
a la salida tardía del bar Sebas,
borrachos hasta más allá de las fuerzas,
acelerando desnudos en una Nissan Vanette
que conducía con el pulgar de mi izquierda,
noches aquellas con sabor a velocidad
y a punto de matarnos, Iratxe,
cuando querías torcer el volante contra la mediana
para morir unidos como Filemón y Baucis,
cuando jugabas a esbozar las caras de los ertzainas
ante nuestros cadáveres desnudos y espléndidos,
las caras de los bomberos sacándonos con el cortafríos
y limpiándose nuestro semen con repugnancia,
noches aquellas del vino fácil y ardiente,
cuando mi padre era tan alto que nunca se acababa,
cuando tu cuerpo olía a belleza y a lluvia de primavera,
coreando como bandidos las letras de La Polla Records,
totalmente borrachos por el túnel de Malmasín,
totalmente desnudos por Kareaga Goikoa,
conduciendo libres y a mil ruedas por hora
mientras nos quejábamos de la ertzaintza,
la ertzaintza que nunca nos paraba,
la ertzaintza que nunca una multa,
la ertzaintza que nunca alcoholemia,
la ertzaintza que no se atrevía.


martes, 7 de marzo de 2017

Gracias a Internet


Gracias a Internet he levantado mi propio iglú con los cubos de hielo que extraje del frío adulto que me llegaba de la infancia, y gracias a ella he ido dejando una meada de letras que no querían marcar territorio sino dejar testimonio mitad cobarde mitad valiente de mi soledad a prueba de batallas.

Vine a Madrid a darle patadas a las palabras y a despertar a golpes a la belleza, pero solo gracias a Internet el Circo Batania ha podido sacar cada día su espectáculo ventrílocuo donde yo soy el payaso y el niño, el aro y el tigre, la red y el trapecista, el salto y la patada. Terminada la función, unos me llaman bueno, otros mediano y otros farsante, pero gracias a Internet cada vez que abro el portátil mis yemas notan la tensión del que mira desde el otro lado. ¿Y si mejoro el número de ayer? ¿Y si fracaso? ¿Y si convenzo a los que nunca he gustado? ¿Y si me dejan los que ya me querían?

Gracias a Internet soy mi lector y escritor y editor y maquetador y distribuidor y publicista, y me siento como ese raro corredor de relevos que a sí mismo se fuera entregando su testigo de palabras. Cada vez que he ganado a mí me he dedicado la victoria y cada vez que he perdido no he encontrado a otro culpable de mi fracaso. Gracias a Internet me estoy haciendo escritor a la vista de todos, y aunque a veces me siento como un gorila a cuya jaula los espectadores arrojaran cacahuetes, yo fui el que se metió en esa jaula y el que más de una vez ha besado sus barrotes.

No he enviado un solo mensaje a un escritor famoso ni he buscado sus casas, no he acudido a ateneos, no me he presentado a premios, no acepto figurar en antologías y he rechazado ofertas editoriales por las que estaría en cualquiera de las grandes librerías por las que otros matan. No me he mezclado con vascos, no me he mezclado con españoles, no he trepado ni he hecho intentos de hacerlo, no necesito vuestro antiguo sistema para nada.

Gracias a Internet.