lunes, 21 de mayo de 2018

Se tarda tanto en caer de un andamio


Se tarda tanto
en caer
de un andamio
si eres
marfileño,
si eres
argelino,
si eres
peruano,
que tienes tiempo
de sobra
para recordar
el azucarillo
del café
de las nueve,
la quiniela fallida
por culpa
del Barça
o el último beso
carminado
de aquella chica
que no era
tu mujer.
Se tarda tanto
en caer
de un andamio
si eres
búlgaro,
si eres
marroquí,
si eres
rumano,
que los diarios
publican tu muerte
cuando aún
vas por el aire,
y tu familia llora
ante el ataúd
y deja crisantemos
mientras sigues
cayendo,
y pasan los días
y los meses
y los años
y todavía estás
en el aire,
preguntando
dónde
habrá un suelo,
cuándo
se acabará todo,
por qué
no se pone fin a esto
si eres
saharaui,
si eres
esloveno
si eres
boliviano.



Una falda granate y una camiseta color plátano


No empecé a odiar de verdad a los organizados hasta el día en que vi por última vez con vida real a mi padre, justo antes de entrar en el coma que desembocaría en su muerte, pues la morfina ya no le hacía efecto por más que se la administraran en cantidades industriales. Fue justo en esas veinticuatro últimas horas que se mantuvo consciente en el hospital de Cruces, en una habitación de la planta reservada a oncología, cuando mi padre comenzó a decir a mi madre:

–Me voy a morir esta noche. Coge el bolso y vámonos a Toki-Ona.

Toki-Ona. De pronto mi padre citó un lugar al que no había vuelto en los últimos 26 años. Se pasó las últimas horas de su vida hablando del pasado feliz y remoto, de cuando jugaba al fútbol y decía que le llamaban Puskas, pero cada poco tiempo volvía a lo mismo:

–Coge el bolso y vámonos a Toki-Ona.
–Cállate.
–¡Coge el bolso, que me voy a morir esta noche!

Aquello estaba lleno de significado. Me pasé los cinco días de vela en Cruces, los que mi padre transcurrió en coma antes de su final definitivo, pensando en Toki-Ona, en el agujero negro de Toki-Ona, en el recuerdo aún nítido y fresco que tenía mi padre de Toki-Ona.

En Toki-Ona había ocurrido una historia en 1978.

Hasta entonces mi padre había sido modélico, el orgullo de la familia, tu padre es muy grande, etc. Había enseñado euskera a su primera hija, la había colmado de regalos, trabajaba de albañil con éxito y hasta se había planteado comprar un piso en Derio, planteamiento que casi se consuma pero que se vino abajo porque mi padre, al visitarlo, debió decir que “yo no voy a ser capaz de vivir en un lugar tan cerrado”, y eso que el piso tenía noventa metros. Cierto que se había casado con una burgalesa y por aquel detalle algunos familiares y laurotarras le habían dejado de hablar, pero ya hacía muchos años que había ocurrido aquello y mi madre había mostrado tal capacidad de trabajo que poco a poco se había ido haciendo con el pueblo, salvo con ese veinte por ciento imposible que siguió considerándola maqueta de por vida.

Cómo estaría de integrado en el pueblo mi padre que hasta se llevaba bien con los del Partido. Se llevaba bien con todos, incluso con los de Landachueta, parte del pueblo cubierta de chalets que estaba en el barrio Zabaloeche, muchos de cuyos miembros votaban a Alianza Popular y vivían dentro de sus muros a espaldas del resto del pueblo. Pero en aquel tiempo mi padre era tan supervasco que aún tiempos después siempre andaba diciendo:

–Está por nacer el que me enseñe a ser vasco. Yo he puesto ikurriñas en lugares donde nadie podía cogerlas, fíjate lo que te digo.
–Ya, aita. En la luna o más alto.
–Eso es cierto. Las que yo ponía, ni la Guardia Civil podía alcanzarlas.

Hasta había abandonado por propia decisión la construcción de la central nuclear de Lemoiz, central que el Partido apoyaba pero contra la que se alzaban todos los pueblos de alrededor. Lemoiz se hallaba a unos diez kilómetros de Lauros. Según contaba mi padre, al de una semana se enteró de los peligros de las centrales nucleares y fue de inmediato al encargado:

–Aquí os dejo la herramienta. No quiero finiquito ni nada, si sale esto adelante no se va a poder beber un litro de leche en todas las Vascongadas.

Entonces llegó aquel día fatídico de 1978. Refiero la historia a partir de lo que me contaron numerosas veces mi madre y mis dos hermanas mayores, porque yo tenía sólo cuatro años y no me acuerdo.

Por aquellos tiempos mis padres iban mucho al Batzoki o a Toki-Ona, bares donde solían ir los cabecillas del Partido o aquellos que simpatizaban con él. En realidad iba todo el mundo, porque ya he referido que la única sociedad que existía en Loiu era la que se articulaba en torno al Partido. Mis padres llegaban allí sobre las nueve o diez de la noche y se iban sobre las doce o una. A veces nos llevaban a nosotros y nos invitaban a un kas o a una partida en la máquina de petacos. Aquel día fuimos mi hermana y yo. Pero con las prisas, mi madre vistió a mi hermana con lo primero que encontró: una falda roja y una camiseta amarilla.

Nada más llegar, mi padre se puso a jugar al mus con sus amigos y mi madre se situó con sus amigas de hasta entonces:

–Piedad, por favor, cómo has vestido así a la cría.
–¿Qué pasa?
–¡Rojo y amarillo, por dios!
–Huy, ni me he dado cuenta.

Pareció al principio que la conversación se había quedado ahí y que la combinación de mi hermana se había olvidado, pero no:

–Piedad, ¿vistes de maqueta a la cría?
–Por favor, no me he dado cuenta.
–¡No estamos en tiempos para esos descuidos!

Y comenzaron a insistirle con tanta fuerza que al final mi madre se echó a llorar y a balbucear entre lágrimas por favor..., ya me lo habéis dicho..., no me he dado cuenta..., la vestí con lo primero que me encontré..., dejadlo ya... Se creó tal escándalo que mi padre, que hasta entonces había seguido jugando a cartas sin darse cuenta del suceso, preguntó al final por lo que pasaba. Y entonces se armó.

No era mi padre una persona que mostrara calma en momentos como ese. Cuando supo que las lágrimas de mi madre estaban causadas por los colores de la ropa de mi hermana, montó en cólera. “¿Quiénes sois vosotros para decir nada, basura de gente, si habéis sido todos unos franquistas?”, les dijo. Y era cierto, según se decía por todo el pueblo, que la mayoría de los cabecillas del Partido había vivido muy bien durante el régimen y había mantenido excelentes conexiones con los prebostes.

Así fue cómo, tras varios puñetazos en la mesa, mi padre le dijo a mi madre que cogiera el bolso y nos volvimos a Astobieta. Aquella fue la última vez que mi padre fue a Toki-Ona. No hubo ni una posibilidad de reconciliación. Poco más tarde, mi padre empezaría a votar a UCD y a ir contra el Partido. Empezó a fumar y a beber. Empezó a destruirse.

Todo por una falda y una blusa. Una falda que, para más inri, según decía mi madre, no era roja sino granate. Y una camiseta que era de color plátano.

Llevaba yo veinte días en el hospital de Cruces con esa tensión insoportable de ver cómo mi padre se moría, cuando aquel detalle de Toki-Ona agitó mi mente. Que mi padre, horas antes de morir, igual que en Ciudadano Kane con la palabra Rosebud, hubiera repetido tantas veces el nombre del lugar en que había sido feliz, aquello empezó a hacerse insufrible para mí.

De pronto todo se me hizo claro. Mi padre vencido no por el cáncer de pulmón, sino por el cáncer policial de las banderas. No por una enfermedad común, sino por la enfermedad moral de los hombres. No destruido por personas que vienen una a una y atacan de frente, sino aplastado por alimañas que se unen entre ellas, se ayudan entre ellas, crean sus propias leyes y te imponen su propio miedo.

Y arrastrado quizá por la misma sensibilidad que no se atreve a decir su nombre, por la misma capacidad afectiva castrada de mi padre, por las mismas facultades de manipulación y fantasía que él tenía, ya no vi a un hombre que moría de formal natural a los sesenta y siete años. No, mi padre no había muerto: a mi padre lo habían matado.

¿Y quién lo había matado? ¿Quiénes eran los culpables? Mi máquina ya no iba a descansar desde entonces.


Los culpables eran los organizados.



domingo, 20 de mayo de 2018

El montón de los poemas aparte


Yo también le escribía versos blancos
de lirios y arandelas, yo también
le dedicaba ninfas extraídas
de los libros y lamias de los libros
y volutas robadas de los libros,
con mucha Berenice y navego
en el lago dorado de tus ojos,

y ella los leía con las gafas
para leer poemas,
y me regalaba una sonrisa exacta
de dos por siete centímetros,
y me decía
“Son muy bonitos”,

y los dejaba en el montón
de los poemas bonitos,
con los poemas que le había dedicado
Pache
y los que le había dedicado Aitor
y los que le había dedicado Harkaitz
y los que le había dedicado Javi
y Manu
y Víctor
y Unai
y Gabriel
y Juanra,

por eso empecé a darle versos negros
de rosas con plutonio, le empecé
a dedicar arañas recortadas
y mañanas rientes y espinosas
con mucho de Iratxe y qué te crees,
a ver qué pasa, quién juega a otoños
y quién vive un sueño,

y ella comenzó a quitarse las gafas
para leerlos,
y le salía una risa millonaria
de dientes y calambres,
y me decía orgullosa
“Esta soy yo”,

y los dejaba en la mesilla
de los poemas aparte,
en el montón nuevo de poemas
que solo sabía escribirle
yo.



sábado, 19 de mayo de 2018

Convocatoria


Los asesinos reunidos bajo el árbol gigante y azul de los poetas; los drogadictos reunidos y mancornados bajo el paraguas azul de los poetas; las actrices porno reunidas y mancornadas y citadas en el hangar azul de los poetas, habiendo consultado las vísceras de las aves, los azules de Saturno y el oráculo de Delfos, luego de haber catado los azules del Fracaso, su esposa la Melancolía y su hijo el Resentimiento, quieren decir que, están en disposición de, se creen con derecho a, se erigen en, advierten de que, concluyen y pronuncian, afirman y proclaman, azules:

–Que la poesía y el asesinato se parecen, pero la poesía es más sangrienta.
–Que la poesía y las drogas se parecen, pero la poesía es más adictiva.
–Que la poesía y el porno se parecen, pero la poesía es más pornográfica.

Hoy. Martes. 21:00. Diablos Azules. C/Apodaca, 6. Nueva jam session de poesía.

La poesía ha vuelto y yo no tengo la culpa.



viernes, 18 de mayo de 2018

El renault amarillo rueda por la pendiente


Bebía y fumaba tanto que a los cuarenta y nueve años le dio un colapso y estuvo cerca de morirse, tan cerca que los médicos de Basurto le dijeron a mi madre que lo habían perdido durante minuto y medio, señora, casi se nos escapa, su marido se mantuvo un tiempo sin constantes vitales, tiene el hígado y los pulmones destrozados, no debe fumar ni un cigarro más, etc. Pero antes de este internamiento había protagonizado el episodio más increíble que yo recuerde nunca en Lauros, cuando una noche tomó su renault 6 amarillo, el de los faros cuadrados, y tras quitarle el freno de mano lo lanzó pendiente abajo.

Aquello era un escándalo.

Era fácil un escándalo en Lauros. Cualquier cosa era un escándalo. Un insulto, un mero divorcio, un perro que muerde al cartero, una vaca o un novillo que salta el alambre y come en la huerta del vecino, una trampa en las apuestas, un buey al que han metido guindillas en el culo para que gane en las pruebas, un mojón que se mueve con la riada, una seña secreta para ganar dinero en el mus, un hijo que rechaza al Partido y se hace de Herri Batasuna, un desconocido que entra en la ermita de San Miguel y se sienta a oír misa en los bancos exclusivos para las mujeres, todo eso era un escándalo en Lauros. Cuando mi hermana pequeña comenzó a sacar malas notas y el tutor le sugirió a mi madre que convendría llevarla a un psicólogo, mi madre me llamó aparte:

–Alberto, como se entere alguien del barrio de que tu hermana necesita psicólogo, fíjate que te mediomato.

Mi madre tenía razón al querer “mediomatarme”: al psicólogo podían ir los de Sondika o los de Derio o los de Bilbao, pero si en Lauros alguien se enteraba de que el tutor le había recomendado un psicólogo, mi hermana iba a coger fama definitiva de loca, pues en Lauros casi todos pensaban, y yo mismo participaba de ese pensamiento, que al psicólogo sólo iban los que estaban locos, y mi propia madre tuvo tal reacción de rechazo ante esa idea que el tutor, dándose cuenta del agujero en que se había metido, se echó atrás:

–No se ponga así, por dios, sólo era una sugerencia.

Pero una cosa era que mandaran a tu hija al psicólogo y otra cosa muy distinta es que un laurotarra cogiera su coche y lo lanzara pendiente abajo sin venir a cuento. En la gradación de los escándalos, aquello se pasaba de escándalo. Y allí estaba el coche, a la mañana siguiente, ciento cincuenta metros abajo, hundidas las ruedas en el fango. Nuestro coche. El renault 6 amarillo de los faros cuadrados. Lo había tirado mi padre hasta allí. Mi padre.

Contaba por entonces diez años y era feliz como son felices casi todos los niños, porque tiene algo la infancia de pedestal y disparo primero que permite superar todos los obstáculos, pero este tipo de sucesos te dejan una cicatriz invisible que sale a la superficie más tarde, cuando tienes veinte o treinta años. Recuerdo al día siguiente, cuando llamamos a los vecinos para que nos ayudaran a sacar el coche y Julián acudió a remolcarlo con el tractor, el silencio que nos atravesaba, la sensación de que estábamos viviendo un capítulo esencial de nuestras vidas, un silencio espeso, cortante, un silencio de cien metros de alto que no dejaba de avanzar y sólo era interrumpido por las frases entrecortadas de mi madre, qué vergüenza..., lanzar el coche a la huerta de abajo..., calamidad de hombre..., delante de sus hijos..., todo el pueblo hablando de nosotros..., etc.

Pero nadie preguntó nada.

Mi padre volvió al día siguiente y se sentó a la mesa como siempre. Nadie le preguntó nada.

Mi madre le echó la bronca, mi tío le echó la bronca, llegaron tías mías desde Erandio y Las Arenas y Astrabudua y le echaron la bronca. Pero nadie le preguntó nada. Cuando seis meses después tuvo el colapso que casi acaba con su vida, ocurrió lo mismo: recibió varias broncas mientras permanecía en absoluto silencio, pero nadie le preguntó nada.

Las preguntas esenciales, esto es, las preguntas básicas, aquellas que por el solo hecho de tener el carnet de seres humanos se deberían hacer sin ningún esfuerzo, esas preguntas nadie se las hizo. Estas preguntas:

–Aita, ¿por qué has tirado el coche por la pendiente?
–Aita, ¿qué te pasa?
–Aita, ¿por qué bebes y fumas tanto?
–Aita, ¿por qué parece que ya no nos quieres?
–Aita, ¿por qué te has comportado tan bien hasta los 42 años y ahora haces estas cosas?
–Aita, ¿qué te preocupa?
–Aita, ¿qué necesitas?

Nadie. Pasé treinta años con mi padre y yo tampoco se las hice. Allí nadie preguntaba nada y era imposible hacerlo, porque para eso hacen falta unos presupuestos mínimos, unas maneras de vivir y sentir frescas y abiertas y una sociedad que no castre y persiga la afectividad. Esas condiciones no existían en Astobieta ni en la mayoría de los caseríos que conocí. La gente no hablaba nada. Mi padre hacía seis o siete frases al día como mucho, y sólo con la bebida era capaz de “explayarse” durante tres o cuatro minutos seguidos. Y mi padre estaba en la media; había casos mucho peores que ni siquiera abrían la boca en las reuniones familiares, donde el calor del vino y el whisky conseguía encender hasta a los más mudos. Nunca me olvidaré de la conversación que mantuvo mi tía de Erandio con Iñaki, de Udazkena, cuando su mujer Eunate había dado a luz:

–Hombre, Iñaki, ¿qué tal está Eunate después del parto? ¿Estará contenta, no?
–Ah, no sé. Pregúntale a ella.
–Bueno, pero tú eres su marido, algo sabrás, ¿no?
–Ah, yo en lo suyo no me meto. Yo a lo mío.

La diferencia se notaba sobre todo cuando íbamos a Tobes y Rahedo, el pueblo burgalés de mi madre donde brillaba el alegrismo y la palabra fácil. Allí alucinaban con las pocas palabras de mi padre y sobre todo con las ningunas de mi tío Hilario:

–Alberto, ¿le pegáis a vuestro tío Hilario?
–¿Cómo?
–Que a ver si le pegáis, porque no habla nada.
–Ah, ja, no, él es así.
–Pero..., ¿sabe hablar?
–Ja, claro, en Lauros hay mucha gente como él.
–¿Cómo? ¿Más gente? No me lo creo.
–Sí, en serio, hay muchos.
–Pues qué triste, ¿no?
–Bueno.

No se habla, se ocultan las emociones, todo se guarda para dentro, y eso no está visto como un problema sino como una idiosincrasia de la que hay que estar orgullosos. Existen además unas personas que viven en Bilbao y desde allí escriben unos libros así de gordos, libros que festejan la parquedad esencial del vasco y condenan todo tipo de hacia afuera como síntoma de mentira, mal gusto, exhibicionismo, charlatanería y, en resumen, sospecha de españolidad. Y luego, cuando aparece alguien y lanza el coche hacia no sé dónde, todos miran para otro lado, porque se da por hecho que todo lo malo proviene de la ciudad, la ciudad es el verdadero enemigo, la sentina de las miserias, el centro de las enajenaciones y lo forastero, y en cambio el caserío y el aldeano son puros, perfectos, quintaesenciados, protovascos, matriarcales y blablabla.

Lanzó el coche contra los sembrados. Era increíble. Seis meses después estuvo a punto de morirse. Salió del hospital de Basurto con los ojos dalinianos, fuera de sus órbitas, como pintados aposta por un dibujante de cómic. A partir de ahí dejó de fumar y ya sólo bebía demasiado una vez cada quince o veinte días, pero conservó durante los dos años siguientes esa mirada penetrante de hombre que parece forzar la mirada. Era la mirada de un hombre desquiciado que asume su derrota pero no se arrepiente.

El Partido le cogió miedo. Sus cuatro o cinco cabecillas visibles intentaban evitarlo y se iban de los bares nada más verlo. Coincidía además que mi padre era fortísimo, muy fibroso genéticamente, capaz aún de levantar dos sacos de cemento Lemona a sus cincuenta años, tan fuerte y seguro de su fuerza que las tres peleas que le recuerdo habían constado de un sólo puñetazo, el que atizaba él, y era mejor tenerle bien alejado. Además, si ese hombre se había atrevido a lanzar el coche contra sus propios sembrados, ¿adónde no iría a llegar?

Así fue como se convirtió en el malo oficial, más malvado si cabe que antes. Recuerdo muy bien cómo rompía a reír cada vez que los del Partido se iban de los bares, y cómo, justo cuando pasaban al lado de él, les decía en voz baja “cobardes”. Era un cobardes dicho con la erre muy marcada, mirándoles fijamente, buscándoles, cobarrrrrrdes, mientras ellos tomaban camino de la puerta apartando la mirada. Era un cobardes especial. Aunque pasen cincuenta años, aunque me lo pronunciaran de un millón de modos distintos, yo sabría distinguir la manera exacta como la decía mi padre.



jueves, 17 de mayo de 2018

Las fresas


Siempre le pedía fresas a mi madre
y mi madre me gritaba
las fresas en mayo las fresas
en mayo.

Y cuando mayo llegaba
yo era un bosque de fresas
y en las piernas fresas
y en las muñecas
y en el puente de la risa.

Pero desde que la ingeniería genética
ha demostrado
que las fresas antiguas se equivocaban,
tengo fresas de enero a diciembre,
el lunes y el martes,
el miércoles
y el remiércoles
y también el 107 de abril.

Y ahora todo me es
un cansancio de fresas
y un tres por dos
y un bah
y un dejadme en paz.



lunes, 14 de mayo de 2018

Saussure en las tiendas de chinos


Se lo conté el miércoles a Verónica y todavía está pensando en denunciarme a la Oficina de Inmigración. El caso es que suelo comprar en dos chinos muy pequeños, uno situado al comienzo de la calle Doctor Esquerdo y otro en la Avenida Ciudad de Barcelona, y, como los que atienden no saben muy bien el español y yo soy el culebro Satanás, me gusta pedirles los productos con alguna letra o sílaba cambiada:

–Seis lanas de cerveza mahou, por favor.
–Una raja de galletas maría fontaneda, por favor.
–Un pote de tomate orlando, el más pequeño por favor.
–Un cabrón de huevos, que sea de docena, por favor.

Probad a hacerlo en vuestro barrio: veréis que siempre lo entienden todo y te sirven sin fallo los productos que has pedido. Si sois más rasputines aún, de esos que no tienen llave de vuelta, podéis permitiros audacias mayores:

–Seis fragatas de cerveza mahou, una jirafa de galletas fontaneda y un paquebote de tomate orlando, por favor.

Aunque para que salga bien esta audacia debéis decir muy rápido “fragata”, "jirafa", "paquebote" y muy despacio y nítido todo lo demás, os aviso.

La conclusión que extraigo de estas travesuras neorrabiosas es la siguiente: la poesía y su hija la precisión están sobrevaloradas. Lo esencial de la comunicación radica en el receptor, en el deseo o interés por ser escuchado. No existe poeta ni recitador tan pedestre que no pueda ser salvado por un lector u oyente atento.

Quién iba a pensar que los chinos me fueran a enseñar más que Saussure.



domingo, 13 de mayo de 2018

Póngame ocho o diez chiquitos mientras van llegando los amigos


Mi padre era alcohólico, xenófobo y machista.

Nunca se acordó de mi cumpleaños. Me llevaba a cortar lechugas y a coger pimientos en los invernaderos de Lezama o Larrabetzu y a la vuelta, con el coche cargado con la verdura que luego revendíamos en el Mercado de la Ribera, entraba en cualquier bar y le decía al camarero:

–Póngame ocho o diez chiquitos mientras van llegando los amigos. Y un kas de limón para el crío.

Nunca me hizo un solo regalo. Cuando en la televisión emitían los documentales de Rodríguez de la Fuente o los de fauna salvaje adquiridos a la BBC, se quedaba mirándolos con un interés desusado, como si fueran personas los animales que aparecían en la pantalla, y de pronto me decía medio en broma y medio en serio mira, esa leona se comporta igual que tu madre, lo que ha hecho esa cierva es lo mismo que hace tu prima la de Erandio, y como yo me reía al escuchar estas cosas sobre mi madre o mi prima, de pronto cambiaba el semblante y me decía muy firme:

–¿Te ríes? ¿Qué crees tú que son las mujeres salvo animales? Tú intenta entrar en razones con las mujeres, a ver adónde llegas.

Y como era pasmosamente detallista en algunas cosas y hasta divertido, de pronto volvía a desenfadarse y, con una sonrisa de medio lado, me matizaba alguna imagen:

–Mira ese leopardo, el mal genio que tiene, cómo se parece a tu hermana Nekane, hasta de cara se parece un poco.

Nunca me preguntó por mis estudios, si aprobaba o suspendía, si pasaba o no de curso y con qué calificaciones. Me llevaba con él a la feria de ganado de Mungia y me hablaba de la longitud de las patas de las vacas, la leche que podía dar cada una de las razas vacunas, de qué forma adivinar la envergadura y peso que podía alcanzar un novillo de dos meses cuando llegara a su edad adulta. De vuelta parábamos en algún bar y decía al camarero:

–A ver, ocho o diez chiquitos mientras van llegando los amigos y un kas de limón para el crío.
–No tenemos kas.
–Pues una fanta.

Nunca me llevó al cine o al fútbol. Tampoco al circo o al teatro. Consideraba a los negros, los moros, los gitanos y cualquier persona de piel mestiza como seres inferiores, aunque simpatizaba con ellos porque, como decía, “bastante tienen los pobres con llevar esa desgracia”. A los españoles los veía totalmente incapaces de levantar piedras o jugar a pelota mano:

–No pueden. Ponle a un español a levantar una piedra y verás que no puede.
–Qué tontería, aita.
–¿Tontería? ¿Por qué crees que los españoles no levantan piedras? ¡Porque no pueden! ¡Se fatigan!

La sola perspectiva de imaginarse a un español levantando piedras le hacía revolcarse de la risa y, aunque a mí me ponían enfermo esos arranques de racismo y me multiplicaba en su contra cada vez que se los escuchaba, él no se arredraba sino que se crecía:

–¿Un español levantando piedras? ¿Te das cuenta de la sinsorgada que estás diciendo? ¡Cómo va a levantar piedras un español, si es inútil total para eso! No vayas diciendo esas cosas por ahí, te lo pido por favor, porque te van a tomar por tonto completo.

Nunca me preguntó por mi relación con Iratxe, de dónde era, cuántos años tenía, nada. Con los que él llamaba “españoles” no guardaba ninguna animadversión sino al contrario, sobre todo con los andaluces. Su pasión por Andalucía era muy grande; cada vez que aparecían en la televisión Rocío Jurado o Fran Rivera o Jesulín de Ubrique o Carmina Ordóñez o Lola Flores o Antonio Gala o Isabel Pantoja u Ortega Cano, se quedaba pasmado ante sus palabras o ante su arte, sobre todo ante lo que llamaba su “mucho corazón”, y, comoquiera que incurría en el tópico de relacionar a España con lo andaluz, a veces solía decir:

–No cabe duda de que ser español es cosa grande. Ya me hubiera gustado a mí ser español...
–¿Y por qué no eres español? –le preguntaba yo.
–Porque soy vasco.
–¿Y por qué eres vasco?
–¡Porque soy vasco!

No había manera de sacarle de esa concepción racial: él era vasco y sólo vasco por la única razón de que era vasco. Pero de los vascos, con todo, no guardaba muy buena opinión: le parecían torpes, cobardes y salvajes. Solía repetir muchas veces, ya en el colmo de la resignación, que los vascos siempre votarían al Partido porque “el vasco no da para más”. Cómo sería la desconfianza que guardaba con ellos que, admirado ante la estructura de Astobieta, se pasaba los minutos estudiando la disposición de sus vigas y me decía:

–Este caserío..., ¡el talento con el que está levantado este caserío! Imposible que lo hayan hecho vascos.
–Ya estás diciendo tonterías, aita –le respondía yo–. Lo habrán levantado los chinos, no te jode.
–¡Vascos imposible! ¡El vasco no tiene tanto talento!

Nunca se interesó por los resultados o los goles que había marcado en mis partidos de fútbol, tampoco me preguntó si quería ir a la universidad o qué carrera quería escoger. Así era mi padre. Recuerdo la primera vez que pidió al camarero que le pusiera ocho o diez chiquitos mientras iban llegando sus amigos, con qué expectación esperé a que fueran llegando esos amigos. Cómo después fuimos a otro bar donde volvió a repetirse la escena y tampoco aparecieron sus amigos. Cómo empecé a comprender con los días y las semanas que mi padre, sus ojos siempre perdidos en un punto, se iba destruyendo mientras bebía uno detrás de otro los vasos de vino destinados a sus amigos, aquellos a los que no había llamado y que nunca iban a llegar.



sábado, 12 de mayo de 2018

Prefiero Natalia a la revolución


La prefiero a la defensa de la infancia, al cuidado del ozono.
La prefiero al final de las fronteras.
La prefiero a la Amazonia.

Más que alejar el hambre y la tormenta, el volcán y el terremoto.
Más que ahuyentar la crisis.
Más que parar la guerra.

Antes que salvar al tigre y al leopardo.
Antes que proteger al inmigrante.
Antes que el feminismo y la filantropía.

Por encima de la paz en Jerusalén.
Por encima de la paz en Kabul. De la paz en Trípoli.
Por encima de curar el cáncer o atajar el sida.

Mejor que el rescate de Grecia, la salvación de África, la sanidad, la lectura.
Mejor que la ayuda a Haití. Que la ayuda a Somalia.
Mejor que parar el racismo, la ignorancia, la policía.

Prefiero Natalia a los derechos humanos.
Prefiero Natalia a las libertades.
Prefiero Natalia a la democracia.
Prefiero Natalia a la concordia.
Prefiero Natalia a la justicia.
Prefiero Natalia a la revolución.



viernes, 11 de mayo de 2018

La lucidez de los godos


Esa técnica que usaban los godos a la hora de tomar una decisión importante, la de discutirla ora sobrios ora borrachos y solo actuar cuando las dos eran coincidentes, me parece un ejemplo formidable de sabiduría. Precisamente porque creemos que las decisiones hay que tomarlas en calma y en frío, de la forma más objetiva posible, el mundo en que vivimos es tan mediocre, tan aburrido y tan cobarde. Pero si diéramos las mismas oportunidades al alcohol, esto es, al entusiasmo sin el cual las acciones grandes son imposibles, el mundo sería mucho más loco, variado y digno de vivirse. Si los godos hubieran tomado todas sus decisiones cuando se hallaban sobrios, no habrían pasado a la posteridad: solo a unas tribus de borrachos se les pudo ocurrir que podían conquistar el Imperio Romano.