viernes, 24 de febrero de 2017

Vivienda / Viviendo


Señores del gobierno infinitivo,
participiamente diputados,
díganme cómo,
dónde comer sin comiendos,
dónde soñar sin soñandos,
de qué manera,
cómo reír sin riendos,
cómo cantar sin cantandos,
cómo el amor, cómo el beso,
cómo el feliz fornicio,
señores del gobierno infinitivo,
participiamente diputados,
escuchen, atiendan el gerundiando:

Si no hay vivienda no hay comiendo.
Si no hay vivienda no hay amando.
Si no hay vivienda no hay riendo.
Si no hay vivienda no hay soñando.

Si no hay vivienda no hay viviendo.


lunes, 20 de febrero de 2017

Desorden


Me desordenaba tanto
su presencia
que al dejarme le dije,

“Amaré te para yo siempre”,

con palabras revueltas
y exactos los ojos.


sábado, 18 de febrero de 2017

El niño que cogía las abejas con la mano


Los comportamientos de mi padre y aquellos aldeanos geniales no respetaban las reglas de la verosimilitud y tampoco lo hacía yo, qué le voy a hacer. De esta anormalidad me pude dar cuenta por primera vez a los seis años, cuando comencé a estudiar en el colegio Amor Misericordioso de Larrondo.

–Oye, chaval, ¿tú eres el de las abejas?
–Sí.
–¿Por qué no coges una?
–Vale.

Mi primer año en la escuela transcurrió con normalidad durante los seis primeros meses, con las habituales timideces y lloriqueos de los estrenos, pero al llegar la primavera fui trastornado por una noticia que comenzó a circular de aula en aula, una noticia sensacional: existía un niño en primero de EGB que cogía las abejas con la mano. El niño era yo.

–Te lo juro, Susana, las coge con la mano.
–Cállate.
–Ya verás. En el recreo le digo que coja una. Flipante.

La novedad se extendió con rapidez y dio lugar a muchas especulaciones. Unos decían que las abejas no me picaban porque yo tenía olor a vaca; otros me acusaban de tramposo; otros pensaban que estaba loco; otros sostenían que lo mío sólo era una racha de suerte. El episodio llegó a oídos del profe Goyo, que daba clases en octavo de EGB y era experto en química. Goyo nos solía hacer demostraciones de magia o se llenaba la lengua con la ceniza del cigarro en cada reunión anual del Día de la Familia. Aquel profesor me vio varias veces, examinó mi procedimiento y sentenció:

–No es magia, es valor y técnica. Las abejas no le van a picar nunca, no pueden.

Mi procedimiento consistía en aprovechar el medio segundo que transcurre desde que la abeja se posa en la flor y comienza a extraerle el jugo. En ese instante crítico, actuando lo más rápido posible con mis dedos índice y pulgar, asía a la abeja por las costillas, de forma que mis dedos quedaban a salvo tanto de su boca como de su aguijón. Comoquiera que además apretaba un poco, la abeja se quedaba sin aire y se sumergía en una suerte de anestesia. Cuando, al de quince o veinte segundos, después de enseñar mano en alto la abeja a la concurrencia, la volvía a soltar, el pobre insecto tampoco tenía la ocasión de vengarse, porque caía al suelo desmayado y no se despertaba hasta medio minuto más tarde. El único problema de esta técnica de cazar abejas con la mano es que a veces apretaba demasiado con los dos dedos y mataba a la abeja, pero cuando ocurría eso tampoco sentía muchos remordimientos porque, como decía mi tío a propósito de los rusos, hay abejas a punta pala y, una más o menos en el mundo, allá cuidados.

Esta técnica la empleaba también con las de mi caserío, pero los aldeanos de Lauros nunca se mostraron impresionados por mis capturas, sino que me ignoraban o se limitaban a decirme que dejara en paz a las pobres abejas. En el colegio, sin embargo, descubrí que los demás lo consideraban una hazaña. Todos los alumnos, que procedían de zonas no rurales como Sondika y Derio, alucinaban conmigo y me convirtieron en una sola semana en el chico más popular de primero de EGB, el único por el que se mostraban interesados los mayores. Los alumnos de sexto, séptimo y octavo nos trataban con mucho asco a los más pequeños, pero conmigo hacían una excepción.

–Sonia, ven. Quiero que veas lo que sabe hacer este canijo.

Mi éxito popular fue enorme y, como sucede en estos casos, dio lugar al nacimiento de los envidiosos y los imitadores. Hubo quien intentó aprender mi técnica, pero como lo intentaba con precipitación y sólo por impresionar a las chicas, fracasaba fácilmente y era picado por las abejas. Fue entonces cuando la travesura se salió de su cauce. Las monjas del colegio entendieron que el culpable de aquellas picaduras era yo y me llamaron al despacho; aquella fue la primera vez.

–Alberto –me dijo la hermana Sagrario–, que sea la última vez que te veo cogiendo abejas. Por tu culpa han picado a tres chicos.
–¿Qué culpa tengo yo? –repuse.
–¡Claro que es culpa tuya! –replicó–. ¡A nadie de este colegio se le ha ocurrido nunca coger abejas con la mano hasta que tú has llegado! Te recuerdo que las abejas son criaturas del Señor, iguales que tú: ¿te gustaría que te hicieran a ti lo que tú haces con ellas?

El problema se complicó en las tutorías de esa evaluación, la tercera, pues la profesora Edurne se lo contó a mi madre y mi madre me dio tres bofetones que, si los hubiera recibido ahora, con treinta y seis años, ni los habría sentido, pero hay que ver el daño que hacen cuando eres pequeño. En las fiestas de San Miguel la famosa caza de abejas también fue la comidilla obligatoria:

–Piedad –preguntó la tía Maritere–, ¿qué tal Alberto? ¿No ha comenzado en Larrondo este año?
–Calla, calla, Maritere –respondió mi madre–. Si te cuento, te echas a reír.
–¿Qué ha pasado?
–¡Pues no te mata que el tonto se dedica en los recreos a cazar abejas con la mano, como si estuviera viviendo aquí, en el caserío!

La gente rompía a reír y mi madre, crecida, viendo que la historia triunfaba, seguía:

–Según me ha dicho la tutora, el insustancial sale en el recreo a las dos campas que hay en el patio y lleva detrás a una tropa de doce o quince críos de todos los cursos que van mirando cómo coge las abejas. ¡El payaso de feria, vamos! ¡Tonto rematado!

La tempestad del primer año pasó y mi popularidad decayó un poco, porque lo extravagante que se repite acaba neutralizándose, pero cada vez que llegaba la primavera, sobre todo las dos primeras semanas, volvía a ser el centro de las miradas. Todavía continué cazando abejas dos o tres años, pensando que lo hacía de forma clandestina, pero en cuarto de EGB me llamó al despacho la hermana Irene, que no era cualquier monja. Irene era la superiora y me recibió con cara muy solemne.

–Alberto –me dijo–. Ya nos hemos cansado. A partir de ahora, puedes cazar las abejas que quieras. Tú sabrás lo que haces. Sólo deseo hacerte una pregunta para que la pienses esta noche en la almohada: ¿qué quieres ser en la vida, un hombre de provecho o un cazador de abejas?

Aquella pregunta me afectó mucho. Nunca, en la sala de profesores, me había hablado nadie así, dejándome la respuesta a mi entera libertad. Entonces yo no era tan inteligente como para saber que aquella monja había empleado conmigo un truco de gran comunicadora, de modo que aquella noche reflexioné y llegué a la conclusión de que la caza de abejas con la mano era poca cosa, por mucho que impactara tanto a las chicas de séptimo y octavo y me hiciera tan popular. No, me juré, yo no iba a ser cazador manual de abejas: lo que yo iba a ser de mayor era futbolista, ciclista o boxeador.

Ya no cogí más abejas con la mano. Tampoco me convertí en un hombre de provecho. Todavía, con veinte y veinticinco años, había gente que me recordaba aquel episodio en Sondika o en Derio. Hace unos diez años, incluso, gané una cena a un pelotari de Plentzia que no se la creía. Después de diecisiete años sin coger abejas, tuve que hacerle una demostración en la que pasé un miedo terrible, porque ya no era aquel niño que las cogía con naturalidad. Aquel niño nunca fallaba porque nunca se le pasó por la cabeza la posibilidad del error.

Luego, muchos años más tarde, al recordar esta historia, he pensado que es mucho más importante para mí de lo que parece a primera vista. Quizá me marcó. Fueron las abejas las que me convirtieron en el más popular de mi clase, las que fundaron en mí la necesidad de que los demás me miraran. También fui popular en el instituto, ya sin abejas, y luego en la universidad, y luego en los frontones. No sé. Como si de las abejas de los seis años a mis poemas de los treinta y seis no hubiera ni un solo centímetro, sino la misma búsqueda de los ojos grandes de las chicas de séptimo y octavo de EGB, aquellas chicas que ya tenían tetas y todo, que me seguían y me miraban a mí. A mí, joder, a mí. El niño que cogía las abejas con la mano.


jueves, 16 de febrero de 2017

Asociarse


Sí, de acuerdo, asociémonos. Pero escucha. Me uno a ti para hacerme más complejo. Me asocio contigo porque juntos hacemos cinco. Porque quiero todos los demonios tuyos para probármelos o juntarlos con los míos. Porque solo me conozco en conocimiento con los demás y no me perfecciono si no froto mi cerebro con el resto. Pero nada de multitudes futboleras ni partidos políticos ni desfiles patrióticos ni programas televisivos ni misas dominicales. No me llames para nada donde mi cerebro o voluntad deban limitarse. No me cites para empobrecerme. No me quieras para reducirme.


miércoles, 15 de febrero de 2017

Titanic / Iceberg


A un lado los que opinan
que el iceberg demuestra
que el casco del Titanic
no era insumergible,
los que moderan sus vidas
para escapar del iceberg.

Y al otro los que opinan
que el iceberg hace falta
para que el nombre del Titanic
se vuelva insumergible,
los que aceleran sus vidas
para encontrar el iceberg.


viernes, 10 de febrero de 2017

Diecisiete centellas


• • • • • De tanto tropezar en las palabras algún día lograrás despertar a la belleza.

• • • • • Dale una diferencia a un patriota y verás cuánto tarda en convertirla en frontera.

• • • • • Me molesta que solo por verme caminando la gente me pregunte adónde voy.

• • • • • Qué se puede esperar de quien tiene los dados y prefiere no tirarlos.

• • • • • A la tristeza o la echas pronto de casa o acabas tomando copas con ella.

• • • • • Los pájaros en la cabeza son mi rama favorita de la ornitología.

• • • • • Antes de proclamar que quieres ser libre piensa primero en la cantidad de soledad que estás dispuesto a soportar.

• • • • • A los buenos se les descubre en que se comportan como si los demás también fueran buenos. 

 • • • • • Más que necesaria, la poesía es inevitable.

• • • • • La amo porque me ha salvado varias veces de morir ahogado en un vaso de agua. 

 • • • • • Dedicas la primera parte de tu vida a dejar de ser un niño y el resto a recuperarlo.

• • • • • Quedarse en el suelo es una buena idea para no volver a caer.

• • • • • No confundamos a las personas de muchas ideas con las que solo tienen una que cambian todo el tiempo.

• • • • • Cuando no te atreves a hacer algo hacerlo se vuelve más necesario.

• • • • • A las ideologías el bosque no les deja ver los árboles.

• • • • • El silencio que se genera tras la lectura de un buen poema es la parte más importante de ese poema.

• • • • • El mundo avanza cada vez que al nunca le hace una grieta el quizá.


jueves, 9 de febrero de 2017

Masa


Nada más repugnante que una reunión de escritores a altas horas de la madrugada, cuando estos asteriscos profesionales, metidos a demostrarse todo lo sensibles y peculiares que son, se enzarzan en una lucha absurda por llevar el cetro de la iconoclastia. Y lo peor es que uno está allí, participando, contribuyendo a la cháchara con su palabrería, animando la misma mascarada, y luego vuelve a casa odiándose a sí mismo (¿cómo puedo ser yo eso?) y pidiendo al cielo por favor no quiero ser escritor ⇒quiero ser una persona normal ⇒quiero ser uno más ⇒quiero ser masa


martes, 7 de febrero de 2017

Gerundios


El miedo que tuve,
si pudiera encerrarlo en una ballena muerta
y ponerlo al sol colgado de unos cables eléctricos,

el miedo a vuestra necesidad de fruto,
a vuestros pájaros con números de oro
cantando en las jaulas registradoras,

el miedo que tuve
y ya no tengo porque sembré una casa:
la que ahora estalla de gerundios en flor.


lunes, 6 de febrero de 2017

Yo tampoco


A la condena y borrado del concepto de gloria hago responsable de este aburrimiento legislado, de este pájaro en mano que es la poesía actual. Cuánta victoria pequeña, dios mío. Se empieza negando el más allá de la posteridad y se cae en el más acá de los premios, las publicaciones y las antologías, que, para más desgracia, tampoco sirven de baremo desde que se multiplicaron de manera tan sonrojante. En efecto..., ¿qué importancia tiene publicar un libro cuando todos publican? ¿De qué sirve ganar un premio si al año se convocan dos mil? ¿De qué vale aparecer en una antología si proliferan como ratas? ¿Qué triunfo es firmar en la Feria del Libro si está al alcance de todos? Me hacen gracia los poetas que se ponen en trance de destruirse por el solo hecho de no salir en tal antología o no ganar tal premio, como si las antologías de hoy fueran las de Gerardo Diego o Castellet y los premios el Adonais de hace cincuenta años. Vamos, hombre. ¡Qué más da perder el premio del lunes si vais a ganar el del jueves! ¡Qué importa no salir en la antología de las cuatro y media si vais a salir en la de las siete en punto! Me entristece este escenario porque la consagración del éxito mezquino en favor de la gloria generosa está exterminando al poeta aristocrático: hablo del niño consentido, del arrogante que huye de los lugares donde huele a lo mismo, del vanidoso que observa el camino que toma la manada y dice: yo tampoco.


domingo, 5 de febrero de 2017

El cóndor del nosotros


Vas,
como un tímpano por un túnel,
como una bala lanzada contra el revólver,
mostrando tus venas salvajes tus tripas salvajes tus dientes,
y nada te falta nada te niebla
te sobra energía te sobran municiones.

Cuesta odiar las banderas que te han tocado.
Odiar a tu madre negar a tu madre borrarla.
Cuesta huir del rojo de los raigones,
fundar a otro hasta no reconocerse.

Cuesta el nadie y el cóndor del nosotros.
El padre arriado, la noche en huesos, el miedo.
Cuesta andar pero no quieres rendirte.
Escucha, poeta:
tu futuro es demasiado claro para ser cierto;
el que ataca a los dioses
no debe fracasar necesariamente.


viernes, 3 de febrero de 2017

Respirado / Aprendido


Lo respirado contra lo aprendido. Tu abuelo o tu prima, tu hermano, tu familia maravillosa o hijadeputa son lo respirado; Lavapiés es lo respirado; Madrid, España o Europa son lo aprendido. La ecología o la democracia o los primores de la lectura son lo aprendido; la acacia de la calle Aguilera es lo respirado, tratar bien a tu gato es lo respirado, la biblioteca Pedro Salinas es lo respirado, tu frutero es lo respirado. La mujer es lo aprendido y Susana es lo respirado. La justicia es lo aprendido y defender a tu compañero de trabajo es lo respirado. Cervantes y Galdós y Lorca son lo aprendido, los libros que necesitan que leas; Djuna Barnes y Luciano son lo respirado, los libros que lees porque te da la gana. Fernando Alonso es lo aprendido, Iker Casillas y Pau Gasol son lo aprendido, los deportistas que debes animar para mantener el tinglado; Valentino Rossi o Hamilton son lo respirado, los deportistas que animas a pesar de locutores monopatrios. “Yo voto para que Garzón o Rajoy o Pablo Iglesias nos saquen de esto”: así piensa una persona donde predomina lo aprendido. “Yo decido y a partir de mañana dejo de comprar en El Corte Inglés y cancelo mi cuenta en Bankia”: así piensa una persona donde predomina lo respirado. La vida es una lucha de lo respirado contra lo aprendido ⇒de lo que aprendes contra lo que te aprenden ⇒de lo que eliges contra lo que te eligen ⇒de lo que sueñas contra lo que te sueñan.

jueves, 2 de febrero de 2017

Los perros asilvestrados


Durante mi niñez y adolescencia estuve fascinado por la rara especie de los perros asilvestrados, animales mitad perros y mitad lobos que mordían a los novillos, malherían a las cabras, mataban ovejas o gallinas y atacaban a los perros domésticos. Cuando sucedían este tipo de ataques los aldeanos caían en la cuenta de que el causante no podía ser el lobo, porque el lobo había desaparecido de Lauros desde antes de la Guerra Civil, y la conclusión a la que llegaban después de examinar las mordeduras era la de que se trataba de perros asilvestrados. Estos perros solitarios y feroces eran escasos y solo los aldeanos de cierta edad habían visto algunos durante su vida, por lo que yo los asediaba a preguntas porque ya tenía catorce años y nunca había visto ninguno. Y entonces lo vi.

–Pero…, ¿son perros o son lobos?
–Ya no son perros. Tampoco son lobos.

La primera vez que vi uno de esos ejemplares me hallaba jugando en el portal de mi caserío Astobieta cuando le di con el balón a una maceta de geranios y mi madre comenzó a pegarme. Que mi madre me diera doscientas tortas al año era algo a lo que estaba acostumbrado, pero aquel día sucedió lo imprevisible: en lugar de dejarme pegar con la misma resignación de los diez años anteriores, me giré de modo inconsciente y con mi puño derecho le di un puñetazo en su ojo izquierdo, de forma tan rápida e inesperada que, después de hacerlo, y durante un segundo que igual fueron varios segundos, mi madre y yo nos quedamos mirándonos el uno al otro, muy sorprendidos de lo que había pasado, hasta que ella se dio la vuelta y empezó a gritar “¡Alberto me ha pegado! ¡Alberto me ha pegado!”, y yo, sabiendo al instante que aquel no era el lío del día sino el lío de todos los tiempos, eché a correr lejos del caserío, camino del cerezo.

–¿Y qué es entonces un perro asilvestrado?
–Es el perro de casa. El mismo perro de casa. De pronto se escapa y no vuelve más.

Entonces lo vi. Había pegado a mi madre y me hallaba corriendo camino del cerezo cuando lo vi. Hasta ese día nunca había entendido bien la diferencia entre un perro doméstico, un perro abandonado y un perro asilvestrado, por más que me lo explicaran con detalle los aldeanos, pero nada más verlo me di cuenta de que era uno de esos perros míticos porque tenía el pelo sucio y alborotado, la mirada esquiva y cierta rareza en su manera de correr, como si fuera un perro que no sabe adónde va pero sí sabe adónde no quiere ir. Pero lo que más me sorprendió de aquel perro, mientras yo corría despavorido camino del cerezo, es que él corría a mi lado sin hacer ademán de atacarme, sincronizado conmigo, colocando las patas en el suelo justo cuando yo ponía los pies, corriendo a la misma velocidad exacta que yo, como huyendo de algo, y tenía la misma respiración de animal asustado y fuera de control.

–Pero…, ¿por qué se vuelven asilvestrados?
–Nadie sabe. Unos dicen que es porque pasaron hambre. Otros dicen que porque se les maltrató. Y otros dicen que, simplemente, son perros que se han vuelto locos.
–¿Un perro se puede volver loco?
–¡Pues claro, mira qué pregunta! ¡Igual que una persona!

Estaba ya en el cerezo cuando oí la voz de mi padre, “Alberto, nun zaos?” y de inmediato me meé, porque sabía que mi padre venía hacia mí para pegarme. Mi padre siempre se dirigía a mí en castellano y si me hablaba esta vez en euskera era porque él también estaba fuera de control. Mi padre no ejerció nunca de padre conmigo salvo los cuatro o cinco últimos años de su existencia, era un ser lejano y desconectado de la vida que jamás se interesó por mis notas ni mi educación ni mi casi nada, pero no hasta el punto de permitir que pegara a mi propia madre sin consecuencias. Y allí estaba yo, en el cerezo, muerto de miedo, esperando a que mi padre me pegara por primera vez en su vida. A mi lado estaba el perro asilvestrado, y lo curioso de aquel perro es que me miraba mientras yo le miraba, y sus ojos eran marrones verdosos como los míos, y le temblaban las patas como a mí me temblaban las manos, y también se había meado como me había meado yo.

–¿Y por qué atacan los caseríos?
–Porque tienen hambre. Intentan alimentarse de carroña, pero si no la encuentran entran en los caseríos y atacan al ganado.
–¿Y atacan a las personas?
–A las personas no. De las personas huyen. Hasta apartan la mirada cada vez que ven a un aldeano. 

Entonces llegó mi padre como un avión, el puño cerrado y la cara desencajada, y me lanzó un puñetazo vertiginoso que yo, rapidísimo como era, logré desviar hacia mi hombro, pues si me llega a dar en la cabeza, con la velocidad a la que venía aquel puño, lo mismo me la arranca, y caí al suelo dando una, dos, tres vueltas. Mi padre hizo varios ademanes de rematarme en el suelo, pero se controló mientras me gritaba, ahora ya en castellano:

–¿Pegar a una madre? ¿Tú sabes lo que has hecho? ¿Sabes lo que has hecho?

Claro que sabía lo que había hecho. La figura de la madre, para un hombre, es lo más sagrado de los caseríos, al lado de la cual todo lo demás, los Basterrechea, los Echebarria, Astobieta, Lauros, Loiu, el Partido, Vizcaya, Euskadi, Cristo, Dios, por más que los hinches con la bomba de hinchar globos de helio, es mera calderilla. La relación que se establece entre los varones de los caseríos y sus madres es tan estrecha que puede ocurrir que te encuentres a un aldeano en el pajar, llorando, mientras habla a solas con una madre invisible que lleva más de treinta años muerta. Las mujeres o novias de los aldeanos tienen muy clarito que son unas segundonas y se guardan mucho de entrar en conflicto con las suegras porque saben que, puestos a elegir entre una madre y una novia, o entre una madre y una esposa, los aldeanos van a preferir a su madre. Pues bien: yo no quise nunca a mi madre, como no he querido en mi vida a nadie que me haya pegado con la frecuencia y por las tonterías que me pegaba ella. Y tampoco es que mi madre fuera una mala madre ni pegara más que las demás madres de los caseríos, teniendo en cuenta que a los hiperactivos y traviesos como yo nos llovían golpes de todos los lados y allí darle un tortazo a un crío se consideraba cosa necesaria y sin importancia: el asunto es que mi madre era una mujer llena de problemas y atacada de impaciencia, una mujer que padecía obsesión policial conmigo y que tuvo la mala suerte de que le naciera un hijo hipersensible y no-me-puedo-estar-quieto como yo.

–¿Por qué dices que un perro asilvestrado es peor que un lobo?
–Porque el lobo tiene miedo al aldeano y no se atreve a entrar en los caseríos. El perro asilvestrado, en cambio, sabe cómo entrar y dónde hacernos daño. ¿No te das cuenta de que ha vivido con nosotros y nos conoce?
–Pero…, ¿ataca en el mismo caserío donde vivió?
–Nunca. A ese caserío ya no vuelve más. Pero todos los caseríos son parecidos, y él lo sabe. 

Recuerdo que aquella noche tardaban mucho en llamarme para la cena y empecé a pensar que me echaban de Astobieta, y a esa preocupación se unía la preocupación por el estado de mi hombro tras el puñetazo que me había propinado mi padre, pues pensaba que tenía algún hueso roto o que se me había desencajado la clavícula. Al fin me llamaron, y cuando me puse a la mesa me di cuenta de que mis hermanas no me hablaban, mi padre no me miraba a la cara y mi madre estaba allí, en su sitio de siempre, con el ojo izquierdo morado y llorando. Se pasó toda la cena llorando y sin decirme nada y cuando se fue a la cama todavía se podía escuchar desde la cocina que seguía llorando. Y yo, aunque por una parte me decía dios mío, qué he hecho, he pegado a mi propia madre, aquí sí que he destruido para siempre mi vida, va a caer sobre mí la maldición de las maldiciones; por otra parte estaba rabioso y justiciero y me decía te jodes, hijadeputa, llevas diez años pegándome en serie y ya era hora de que te llevaras tu merecido. Pero lo más sorprendente de aquella cena terrible es que ni mi padre ni mi madre ni mis hermanas parecieron advertir al perro asilvestrado que había entrado a la cocina conmigo, se había sentado a mi lado y comía de mi mismo plato.

–¿Y esos perros se pueden curar y volver a ser perros normales?
–¡Qué se van a curar! ¿No ves que están endemoniados? Dos tiros en la cabeza, esa es la única forma de curarlos.

Aquel día puse una cruz roja y definitiva en mi vida. Ya los pedagogos de Larrondo venían notificando que yo estaba dando los peores datos en los test psicotécnicos del colegio, peores aún que los de los alumnos más conflictivos, y que lo que a mí me pasaba se podía definir con la palabra rechazo: rechazo a mis compañeros de clase, a las monjas, a los profesores, a mi familia y, sobre todo, rechazo brutal a mi padre, pues era a mi padre y no a mi madre a quien rechacé con mayor virulencia durante mi niñez y adolescencia. Pero no se hacía caso de esos datos porque nunca fui un niño conflictivo sino un niño solo travieso que además volvía a casa con notables y sobresalientes, cosa que no sucedía con los demás alumnos que como yo sufrían problemas para relacionarse, tener amigos o querer a los demás. Se confiaba en que con el tiempo mi rechazo al prójimo remitiría y yo mismo confiaba en ello, pero en el momento en que me revolví y lancé aquel puñetazo a mi propia madre ya me di cuenta de que no. Lo mío, simplemente, nunca iba a tener solución.

Desde entonces he tenido alguna racha de optimismo donde pienso que estoy equivocado sobre mi falta de órganos para relacionarme con el resto porque, además, siempre he sentido dentro de mí una capacidad inmensa para querer. Y alguna vez no solo he pensado que la tengo sino que me lo he creído y he hecho planes para incorporarme de nuevo a los perros, pero justo cuando estoy entre ellos me doy cuenta de que no. Qué va. Es inútil. Por más que lo intente, ya nunca volveré a ser un perro. 

Otras veces creo que el problema de mi vida es que he recibido trato y educación de perro cuando realmente soy un lobo. Y alguna vez también me he animado con este pensamiento y me lo he creído y he tratado de ingresar en el mundo de los lobos, pero nada más llegar a ellos me doy cuenta de que me pasa lo mismo y no hay nada que hacer. Es imposible.

Tampoco soy un lobo.


miércoles, 1 de febrero de 2017

Eurídice


Cuánta envidia me tendría Orfeo si supiera la de veces que logré recuperar a mi Eurídice. Pero esta vez la perdí en serio: me doy cuenta por la paloma enferma que camina por la pista de tenis. De ella siempre recordaré su mandrágora bolígrafa y su melena fluyendo como una manguera continua de agua amarilla. Gracias, sarampiona: tú fuiste lo mejor de la última olimpiada, el único asterisco que me ha pasado.

martes, 31 de enero de 2017

La nectarina


Esta misma mañana,
en la frutería de al lado,
al caerse al suelo
una de mis nectarinas,
el frutero me ha dicho
“perdone caballero,
ahora se la cambio”,
pero me he negado,
no me parecía justo
cambiar una nectarina
por una caída,
una caída sola,
yo que he sufrido tantas...