martes, 20 de noviembre de 2018

Una mujer kilimanjara


Sé muy bien que mi historia es la historia
……….del niño que miraba tanto al cielo
……….que al final se le puso cara de nube,
y que la mujer que me ame
……….deberá martillar mil veces en el vacío
……….para acertar una sola vez en mi clavo,
pero dejadme pedir este mi quiero,
perdón por la tontería,
una mujer es mi requiero, mujer con grapa o tridente
……….o blanco mogadiscio.

Una mujer con faros antiniebla. Quiero.
Una mujer que me sonría cuando descubra vacío el cofre
……….de mi tesoro.
Una mujer soleada y sin airbag para besarla transparente
……….en los extrarradios.
Una mujer con el alma impura y la piel impura y la cabeza
……….llena de calcetines sucios.
Una mujer para decirte, Sofía (si te llamaras Sofía),
solo soy una nuez, pero si te atreves a partir esta nuez
hallarás dentro galeones y grúas y muchos elefantes. 

Juntos crearemos una nueva versión de lluvia.
Patentaremos las pilas eternas para los Amores
……….Descomunales.
Tendremos un hijo lunático y ajedrecista que fabricará bolas
……….de palabras y destruirá el Bank of America.
Seremos como tenistas comiendo melón en el cine,
……….y la gente nos señalará indignada:
“Mirad a esos, no hay derecho, ¡se están amando
……….en pleno miércoles!”.

Perdón por la tontería,
pero no quiero mujeres que me nieguen el chocolate
……….de estrellas,
o mujeres que minen el suelo con bolas de cicuta
……….para que los koalas alegres de Lucifer
……….no puedan revolcarse.
No quiero mujeres que respeten la apertura de sonrisa
……….fijada por el gobierno,
o mujeres con paraguas que parezcan paraguas
……….que llevan mujeres.

Una mujer con pulgones. Quiero.
Una mujer con erratas de luna para amarla en picado a pesar
……….de sus virtudes.
Una mujer para plancharle las mejillas sobre latas de cerveza
……….y llenárselas de colas de lagarto.
Una mujer cuyas pisadas no dejen huellas en la nieve,
……….solo en los tétanos de mi corazón silvestre.
Una mujer para decirte, Paula, (si te llamaras Paula),
los fracasos que conoces son meras uñas de ratones:
los que yo te enseñaré serán leones enteros. 

Juntos robaremos a mano desarmada una violeta salvaje
……….y la llevaremos en la boca con la divisa
……….AMARNOS SIN DEBERNOS.
Criaremos caballos musicales cuyo galope sincronizado
……….será el nuevo rock de Occidente.
Escribiremos del viento la primera traducción Viento-Español y
……….Español-Viento.
Cocinaremos una nueva receta de beso con más de veinte
……….ingredientes distintos, y la gente dirá:
“¿Una receta mágica de beso? ¿Pero qué
……….sentido…?”.

Perdón por la tontería,
pero no quiero mujeres tan rectas que pongan comida
……….matadelfines en los desagües,
o tan serias que necesite comprarme una pértiga para saltar
……….la valla de sus cejas.
No quiero mujeres que no coman aceitunas por si el cáncer
……….de mama,
o no vean baloncesto por si la prórroga, o no beban cerveza
……….por si el embarazo.

Una mujer con algo de anaconda. Quiero.
Una mujer como un descampado para manosearla sobre
……….paisajes de Chagall tigreados.
Una mujer que no sea túnel sino puente, que no sea cebolla
……….sino naranja, que no sea triste y versitriste
……….sino alegrista y en parapente.
Una mujer tan kilimanjara que necesite dos sherpas y un
……….vaso de whisky para llegar del bajo de su carne
……….a la cima con puma de su alma.
Una mujer para decirte, Raquel (si te llamaras Raquel),
si escribo versos es porque no sé escribir aviones:
mis poemas son mi pequeña forma de acariciarte.

Solo he vivido en dos lugares de este mundo
y fue en las bocas de las dos mujeres que amé.
A las dos quise por su exceso de cilindrada
y las dos me quisieron por mi falta de simetría.
Una mujer. Quiero.
Color de viento. Quiero.
Que suene a limones.

En las sábanas del futuro.


(Perdón por la tontería).




Encontrada y fotografiada por @forgetisthenewblack (AQUÍ)


miércoles, 30 de mayo de 2018

El vuelo del pequepájaro sobre la jirafaronte


Creo que mide 1`80. No conozco su altura exacta, nunca se lo he preguntado, pero la mujer que amo es larga como una línea de Renfe o como una trenza de cebollas amarillas. Ella me jura que ya ha dejado de crecer, pero no me fío del todo. Me acerco a su cuerpo con la piel como navaja, queriendo besarla entera y en todos sus azules, pero pronto me voy aburriendo y al de una hora me siento cartón piedra, carne de lunes, derrotado. Quiero besarla al completo pero solo alcanzo a besarla a trozos.

Al principio quise ocuparla sin mayor cuidado, empezando por cualquier parte, como si aquello fuera un centímetro o una losa menchevique, pero fue a la segunda semana, después de pasarme cinco horas besando su brazo izquierdo y darme cuenta de que aún no había pasado de la muñeca, cuando comprendí que mi novia no es una novia normal. Qué va a ser normal: mi novia es el transiberiano.

No por ello me rendí sino al contrario: comencé a trazarle mapas a bolígrafo, acordoné zonas de su cuerpo, hice cuadrantes, contraté perros y hasta helicópteros, no escatimé en medios, nada me parecía bastante. Hasta me acostumbré a clavar, cada vez que terminaba mi jornada de besos, un letrero en su piel donde decía “Precaución: zona de Natalia YA besada”. Gracias a estos detalles y a los turnos intensivos de quince horas diarias, logré cubrir de besos el 3% de su cuerpo en tan solo una semana, pero también sufrí la lógica fatiga y hasta algunos desfallecimientos, todos producidos por la magnitud de su territorio. Dos labios dan para mucho, pero solo son dos labios. Y lo peor es que ella lo notaba, se da cuenta:

–¿Qué te pasa?
–Nada.
–¿Es por mi altura, verdad?
–No, claro, qué tontería.

Nunca le he dicho nada por este motivo, y ello por cuatro razones, que son las siguientes: una, dos, tres y cuatro. Además, su largura también tiene sus ventajas: ¿Sabéis lo maravillosos que son los abrazos de las mujeres largas? ¿Los habéis probado? Cuando una mujer así te rodea con sus brazos hasta dar cinco o seis vueltas sobre tu cuerpo, la sensación es indescriptible, uno se siente más abrazado que nunca. También cuenta con otras ventajas:

–Natalia, ¿Me alcanzas la sal?
–¿Qué sal?
–Aquella. La que está seis mesas a la izquierda.

Y la alcanza, no miento, nunca falla. Sus gadcheto-manos son tan portentosas que llegan a todo objeto situado diez metros a la redonda, aunque también conllevan sus problemas, sobre todo en el metro, donde tengo que controlar sus efusividades. El martes pasado, por ejemplo, dio un manotazo sin querer a un viajero que iba en el vagón siguiente, y eso que le tengo dicho que, al menos en los lugares públicos, debe ir con los pies juntos y los brazos cruzados, pero no siempre me hace caso.

Así es mi vida y mi amor con la mujer longilínea. Parece complicado pero poco a poco nos vamos acostumbrando. Tú eres el pequepájaro y yo la jirafaronte, me dice, siempre traviesa y habilidosa acuñando palabrujerías. Alguna vez le he comentado que quiero escribir algo sobre su largura y ella me ha respondido que bueno, que le parece bien, que escriba lo que quiera a condición de que no exagere. Y yo pienso que eso de que no exagere sobra, ¿no? Porque yo soy un escritor realista y minucioso, casi fotográfico: no se me ocurriría nunca contar un detalle que se desviara un solo centímetro de la realidad. Como todo el mundo sabe.



martes, 29 de mayo de 2018

Los organizados


A los organizados no les importa nada que hayas nacido en un caserío de Lauros con cerezos y manzanos y perales de San Juan. En un caserío donde los cantos de las malvices en primavera ahogan los zumbidos de las abejas.

A los organizados no les parece decisivo que Lauros careciera de autobús y cajero automático y tiendas de ultramarinos. Que en Astobieta no hubiera sofás ni alfombras ni calefacción central ni agua caliente.

Les da lo mismo que tu padre fuera alcohólico y brillante y parco y calamitoso.

Nada les dice que tu vida transcurriera rodeado de cinco mujeres fuertes y de carácter, cinco mujeres como cinco baobabs andantes que todo te lo llevaban y te lo hacían, todo te lo dejaban en la palma de las manos.

A los organizados les resulta indiferente que hayas plantado más de un millón de puerros, que conozcas qué luna es propicia para las acelgas, las distintas clases de lechugas, cómo se capan las plantas de tomate, los centímetros de profundidad a los que se han de sembrar las patatas.

Qué diferencia hay entre una culebra y una víbora, cómo matarlas, por qué las vacas se reúnen en torno a un poste de luz, qué significa, que sepas todo eso no les importa a los organizados.

A los organizados no les compete que nueve décimas partes de tu infancia y adolescencia las pasaras totalmente solo, jugando a pelota solo, caminando con el perro solo, haciendo nada, paseando con el tiempo.

A los organizados sólo les importa tu lugar de nacimiento. Ellos miran las coordenadas espaciales de Astobieta, 43° 18′ 57.96″ N y 2° 55′ 27.98″ W, y a partir de ahí disponen de tu vida. Entonces dicen, los unos:

–Astobieta pertenece a Euskadi.

Y dicen, los otros:

–Astobieta pertenece a España.

Aquella monja que insistió a tus padres para que siguieras estudiando, la hermana Sagrario, la que te salvó de las huertas y las vacas, todo eso les da igual a los organizados.

Aquel profesor de latín del instituto Txorierri, José Antonio Beobide, el que te enseñó los primeros versos de la Eneida y te inoculó su pasión por la antigüedad grecolatina, todo eso es accesorio para los organizados.

Todo lo que te enseñó en la universidad Francisco Letamendia. Todo lo que te enseñó Álvaro Gurrea. Lo importantes que fueron para ti. Qué más les da.

Que la ermita de Lauros tuviera una parte izquierda para que se sentaran las mujeres y una parte derecha para los hombres; que en tu colegio hubiera un patio para las chicas y un patio para los chicos, les parece indiferente.

Que estuvieras rodeado de laurotarras fantasiosos que negaban las versiones de los diarios y se inventaban las suyas propias, qué les va a importar eso.

Los organizados sólo se encargan de las historias grandes. No atienden a los casos particulares. Sólo se preocupan de las estructuras y las esencias y no pueden descender a las personas. Ellos están muy ocupados escribiéndote la historia que debes aprender, los libros que debes leer, los atletas a los que debes animar, el idioma que debe estar por encima y el idioma que debe estar por debajo.

Lo hacen porque saben y están capacitados. Los organizados no dudan nunca. Tú estás escribiendo una historia subjetiva y no sabes ni sabrás nunca si tu padre fue un genio o un loco o un borracho, y eso que compartiste miles de horas a su lado, pero eso no les pasa nunca a ellos. Los organizados escriben con método sobre cosas que nunca han visto y no se limitan a opinar o proponer, no: ellos demuestran. Son sabios. Informan de forma objetiva. Por eso sorprende tanto que las conclusiones a las que llegan unos organizados sobre los mismos hechos sean tan diferentes a las de los otros organizados.

Les da igual que la única memoria de los laurotarras se remita a la Guerra Civil. Que la única constancia que tienen de sus antepasados sea la de que cultivaban la tierra, cortaban la hierba y ordeñaban las vacas.

Nada les altera lo que supuso para ti el descubrimiento de Victor Hugo. Lo que supuso la primera vez que viste correr a Hicham el Guerrouj. El combate de Alí contra Cleveland Williams. La curva de Laguna Seca en la que Rossi superó a Stoner.

Nada les dice tu historia propia, tus libros propios, tus deportistas favoritos, tus cantantes, tu manera de hablar con tu perro, la forma en que te asusta la muerte.

A los organizados nada les importa eso. Son hombres que están muy ocupados tomando decisiones de tu parte y por tu propio bien. Lo único que les importa es la maldita casualidad del punto exacto donde has nacido. Se limitan a mirar las coordenadas espaciales de Astobieta, 43° 18′ 57.96″ N y 2° 55′ 27.98″ W, y se imponen la tarea, los unos:

–Es vasco y hay que adoctrinarlo.

Y se aplican al trabajo, los otros:

–Es español y hay que adoctrinarlo.



lunes, 21 de mayo de 2018

Se tarda tanto en caer de un andamio


Se tarda tanto
en caer
de un andamio
si eres
marfileño,
si eres
argelino,
si eres
peruano,
que tienes tiempo
de sobra
para recordar
el azucarillo
del café
de las nueve,
la quiniela fallida
por culpa
del Barça
o el último beso
carminado
de aquella chica
que no era
tu mujer.
Se tarda tanto
en caer
de un andamio
si eres
búlgaro,
si eres
marroquí,
si eres
rumano,
que los diarios
publican tu muerte
cuando aún
vas por el aire,
y tu familia llora
ante el ataúd
y deja crisantemos
mientras sigues
cayendo,
y pasan los días
y los meses
y los años
y todavía estás
en el aire,
preguntando
dónde
habrá un suelo,
cuándo
se acabará todo,
por qué
no se pone fin a esto
si eres
saharaui,
si eres
esloveno
si eres
boliviano.



Una falda granate y una camiseta color plátano


No empecé a odiar de verdad a los organizados hasta el día en que vi por última vez con vida real a mi padre, justo antes de entrar en el coma que desembocaría en su muerte, pues la morfina ya no le hacía efecto por más que se la administraran en cantidades industriales. Fue justo en esas veinticuatro últimas horas que se mantuvo consciente en el hospital de Cruces, en una habitación de la planta reservada a oncología, cuando mi padre comenzó a decir a mi madre:

–Me voy a morir esta noche. Coge el bolso y vámonos a Toki-Ona.

Toki-Ona. De pronto mi padre citó un lugar al que no había vuelto en los últimos 26 años. Se pasó las últimas horas de su vida hablando del pasado feliz y remoto, de cuando jugaba al fútbol y decía que le llamaban Puskas, pero cada poco tiempo volvía a lo mismo:

–Coge el bolso y vámonos a Toki-Ona.
–Cállate.
–¡Coge el bolso, que me voy a morir esta noche!

Aquello estaba lleno de significado. Me pasé los cinco días de vela en Cruces, los que mi padre transcurrió en coma antes de su final definitivo, pensando en Toki-Ona, en el agujero negro de Toki-Ona, en el recuerdo aún nítido y fresco que tenía mi padre de Toki-Ona.

En Toki-Ona había ocurrido una historia en 1978.

Hasta entonces mi padre había sido modélico, el orgullo de la familia, tu padre es muy grande, etc. Había enseñado euskera a su primera hija, la había colmado de regalos, trabajaba de albañil con éxito y hasta se había planteado comprar un piso en Derio, planteamiento que casi se consuma pero que se vino abajo porque mi padre, al visitarlo, debió decir que “yo no voy a ser capaz de vivir en un lugar tan cerrado”, y eso que el piso tenía noventa metros. Cierto que se había casado con una burgalesa y por aquel detalle algunos familiares y laurotarras le habían dejado de hablar, pero ya hacía muchos años que había ocurrido aquello y mi madre había mostrado tal capacidad de trabajo que poco a poco se había ido haciendo con el pueblo, salvo con ese veinte por ciento imposible que siguió considerándola maqueta de por vida.

Cómo estaría de integrado en el pueblo mi padre que hasta se llevaba bien con los del Partido. Se llevaba bien con todos, incluso con los de Landachueta, parte del pueblo cubierta de chalets que estaba en el barrio Zabaloeche, muchos de cuyos miembros votaban a Alianza Popular y vivían dentro de sus muros a espaldas del resto del pueblo. Pero en aquel tiempo mi padre era tan supervasco que aún tiempos después siempre andaba diciendo:

–Está por nacer el que me enseñe a ser vasco. Yo he puesto ikurriñas en lugares donde nadie podía cogerlas, fíjate lo que te digo.
–Ya, aita. En la luna o más alto.
–Eso es cierto. Las que yo ponía, ni la Guardia Civil podía alcanzarlas.

Hasta había abandonado por propia decisión la construcción de la central nuclear de Lemoiz, central que el Partido apoyaba pero contra la que se alzaban todos los pueblos de alrededor. Lemoiz se hallaba a unos diez kilómetros de Lauros. Según contaba mi padre, al de una semana se enteró de los peligros de las centrales nucleares y fue de inmediato al encargado:

–Aquí os dejo la herramienta. No quiero finiquito ni nada, si sale esto adelante no se va a poder beber un litro de leche en todas las Vascongadas.

Entonces llegó aquel día fatídico de 1978. Refiero la historia a partir de lo que me contaron numerosas veces mi madre y mis dos hermanas mayores, porque yo tenía sólo cuatro años y no me acuerdo.

Por aquellos tiempos mis padres iban mucho al Batzoki o a Toki-Ona, bares donde solían ir los cabecillas del Partido o aquellos que simpatizaban con él. En realidad iba todo el mundo, porque ya he referido que la única sociedad que existía en Loiu era la que se articulaba en torno al Partido. Mis padres llegaban allí sobre las nueve o diez de la noche y se iban sobre las doce o una. A veces nos llevaban a nosotros y nos invitaban a un kas o a una partida en la máquina de petacos. Aquel día fuimos mi hermana y yo. Pero con las prisas, mi madre vistió a mi hermana con lo primero que encontró: una falda roja y una camiseta amarilla.

Nada más llegar, mi padre se puso a jugar al mus con sus amigos y mi madre se situó con sus amigas de hasta entonces:

–Piedad, por favor, cómo has vestido así a la cría.
–¿Qué pasa?
–¡Rojo y amarillo, por dios!
–Huy, ni me he dado cuenta.

Pareció al principio que la conversación se había quedado ahí y que la combinación de mi hermana se había olvidado, pero no:

–Piedad, ¿vistes de maqueta a la cría?
–Por favor, no me he dado cuenta.
–¡No estamos en tiempos para esos descuidos!

Y comenzaron a insistirle con tanta fuerza que al final mi madre se echó a llorar y a balbucear entre lágrimas por favor..., ya me lo habéis dicho..., no me he dado cuenta..., la vestí con lo primero que me encontré..., dejadlo ya... Se creó tal escándalo que mi padre, que hasta entonces había seguido jugando a cartas sin darse cuenta del suceso, preguntó al final por lo que pasaba. Y entonces se armó.

No era mi padre una persona que mostrara calma en momentos como ese. Cuando supo que las lágrimas de mi madre estaban causadas por los colores de la ropa de mi hermana, montó en cólera. “¿Quiénes sois vosotros para decir nada, basura de gente, si habéis sido todos unos franquistas?”, les dijo. Y era cierto, según se decía por todo el pueblo, que la mayoría de los cabecillas del Partido había vivido muy bien durante el régimen y había mantenido excelentes conexiones con los prebostes.

Así fue cómo, tras varios puñetazos en la mesa, mi padre le dijo a mi madre que cogiera el bolso y nos volvimos a Astobieta. Aquella fue la última vez que mi padre fue a Toki-Ona. No hubo ni una posibilidad de reconciliación. Poco más tarde, mi padre empezaría a votar a UCD y a ir contra el Partido. Empezó a fumar y a beber. Empezó a destruirse.

Todo por una falda y una blusa. Una falda que, para más inri, según decía mi madre, no era roja sino granate. Y una camiseta que era de color plátano.

Llevaba yo veinte días en el hospital de Cruces con esa tensión insoportable de ver cómo mi padre se moría, cuando aquel detalle de Toki-Ona agitó mi mente. Que mi padre, horas antes de morir, igual que en Ciudadano Kane con la palabra Rosebud, hubiera repetido tantas veces el nombre del lugar en que había sido feliz, aquello empezó a hacerse insufrible para mí.

De pronto todo se me hizo claro. Mi padre vencido no por el cáncer de pulmón, sino por el cáncer policial de las banderas. No por una enfermedad común, sino por la enfermedad moral de los hombres. No destruido por personas que vienen una a una y atacan de frente, sino aplastado por alimañas que se unen entre ellas, se ayudan entre ellas, crean sus propias leyes y te imponen su propio miedo.

Y arrastrado quizá por la misma sensibilidad que no se atreve a decir su nombre, por la misma capacidad afectiva castrada de mi padre, por las mismas facultades de manipulación y fantasía que él tenía, ya no vi a un hombre que moría de formal natural a los sesenta y siete años. No, mi padre no había muerto: a mi padre lo habían matado.

¿Y quién lo había matado? ¿Quiénes eran los culpables? Mi máquina ya no iba a descansar desde entonces.


Los culpables eran los organizados.



domingo, 20 de mayo de 2018

El montón de los poemas aparte


Yo también le escribía versos blancos
de lirios y arandelas, yo también
le dedicaba ninfas extraídas
de los libros y lamias de los libros
y volutas robadas de los libros,
con mucha Berenice y navego
en el lago dorado de tus ojos,

y ella los leía con las gafas
para leer poemas,
y me regalaba una sonrisa exacta
de dos por siete centímetros,
y me decía
“Son muy bonitos”,

y los dejaba en el montón
de los poemas bonitos,
con los poemas que le había dedicado
Pache
y los que le había dedicado Aitor
y los que le había dedicado Harkaitz
y los que le había dedicado Javi
y Manu
y Víctor
y Unai
y Gabriel
y Juanra,

por eso empecé a darle versos negros
de rosas con plutonio, le empecé
a dedicar arañas recortadas
y mañanas rientes y espinosas
con mucho de Iratxe y qué te crees,
a ver qué pasa, quién juega a otoños
y quién vive un sueño,

y ella comenzó a quitarse las gafas
para leerlos,
y le salía una risa millonaria
de dientes y calambres,
y me decía orgullosa
“Esta soy yo”,

y los dejaba en la mesilla
de los poemas aparte,
en el montón nuevo de poemas
que solo sabía escribirle
yo.



sábado, 19 de mayo de 2018

Convocatoria


Los asesinos reunidos bajo el árbol gigante y azul de los poetas; los drogadictos reunidos y mancornados bajo el paraguas azul de los poetas; las actrices porno reunidas y mancornadas y citadas en el hangar azul de los poetas, habiendo consultado las vísceras de las aves, los azules de Saturno y el oráculo de Delfos, luego de haber catado los azules del Fracaso, su esposa la Melancolía y su hijo el Resentimiento, quieren decir que, están en disposición de, se creen con derecho a, se erigen en, advierten de que, concluyen y pronuncian, afirman y proclaman, azules:

–Que la poesía y el asesinato se parecen, pero la poesía es más sangrienta.
–Que la poesía y las drogas se parecen, pero la poesía es más adictiva.
–Que la poesía y el porno se parecen, pero la poesía es más pornográfica.

Hoy. Martes. 21:00. Diablos Azules. C/Apodaca, 6. Nueva jam session de poesía.

La poesía ha vuelto y yo no tengo la culpa.



viernes, 18 de mayo de 2018

El renault amarillo rueda por la pendiente


Bebía y fumaba tanto que a los cuarenta y nueve años le dio un colapso y estuvo cerca de morirse, tan cerca que los médicos de Basurto le dijeron a mi madre que lo habían perdido durante minuto y medio, señora, casi se nos escapa, su marido se mantuvo un tiempo sin constantes vitales, tiene el hígado y los pulmones destrozados, no debe fumar ni un cigarro más, etc. Pero antes de este internamiento había protagonizado el episodio más increíble que yo recuerde nunca en Lauros, cuando una noche tomó su renault 6 amarillo, el de los faros cuadrados, y tras quitarle el freno de mano lo lanzó pendiente abajo.

Aquello era un escándalo.

Era fácil un escándalo en Lauros. Cualquier cosa era un escándalo. Un insulto, un mero divorcio, un perro que muerde al cartero, una vaca o un novillo que salta el alambre y come en la huerta del vecino, una trampa en las apuestas, un buey al que han metido guindillas en el culo para que gane en las pruebas, un mojón que se mueve con la riada, una seña secreta para ganar dinero en el mus, un hijo que rechaza al Partido y se hace de Herri Batasuna, un desconocido que entra en la ermita de San Miguel y se sienta a oír misa en los bancos exclusivos para las mujeres, todo eso era un escándalo en Lauros. Cuando mi hermana pequeña comenzó a sacar malas notas y el tutor le sugirió a mi madre que convendría llevarla a un psicólogo, mi madre me llamó aparte:

–Alberto, como se entere alguien del barrio de que tu hermana necesita psicólogo, fíjate que te mediomato.

Mi madre tenía razón al querer “mediomatarme”: al psicólogo podían ir los de Sondika o los de Derio o los de Bilbao, pero si en Lauros alguien se enteraba de que el tutor le había recomendado un psicólogo, mi hermana iba a coger fama definitiva de loca, pues en Lauros casi todos pensaban, y yo mismo participaba de ese pensamiento, que al psicólogo sólo iban los que estaban locos, y mi propia madre tuvo tal reacción de rechazo ante esa idea que el tutor, dándose cuenta del agujero en que se había metido, se echó atrás:

–No se ponga así, por dios, sólo era una sugerencia.

Pero una cosa era que mandaran a tu hija al psicólogo y otra cosa muy distinta es que un laurotarra cogiera su coche y lo lanzara pendiente abajo sin venir a cuento. En la gradación de los escándalos, aquello se pasaba de escándalo. Y allí estaba el coche, a la mañana siguiente, ciento cincuenta metros abajo, hundidas las ruedas en el fango. Nuestro coche. El renault 6 amarillo de los faros cuadrados. Lo había tirado mi padre hasta allí. Mi padre.

Contaba por entonces diez años y era feliz como son felices casi todos los niños, porque tiene algo la infancia de pedestal y disparo primero que permite superar todos los obstáculos, pero este tipo de sucesos te dejan una cicatriz invisible que sale a la superficie más tarde, cuando tienes veinte o treinta años. Recuerdo al día siguiente, cuando llamamos a los vecinos para que nos ayudaran a sacar el coche y Julián acudió a remolcarlo con el tractor, el silencio que nos atravesaba, la sensación de que estábamos viviendo un capítulo esencial de nuestras vidas, un silencio espeso, cortante, un silencio de cien metros de alto que no dejaba de avanzar y sólo era interrumpido por las frases entrecortadas de mi madre, qué vergüenza..., lanzar el coche a la huerta de abajo..., calamidad de hombre..., delante de sus hijos..., todo el pueblo hablando de nosotros..., etc.

Pero nadie preguntó nada.

Mi padre volvió al día siguiente y se sentó a la mesa como siempre. Nadie le preguntó nada.

Mi madre le echó la bronca, mi tío le echó la bronca, llegaron tías mías desde Erandio y Las Arenas y Astrabudua y le echaron la bronca. Pero nadie le preguntó nada. Cuando seis meses después tuvo el colapso que casi acaba con su vida, ocurrió lo mismo: recibió varias broncas mientras permanecía en absoluto silencio, pero nadie le preguntó nada.

Las preguntas esenciales, esto es, las preguntas básicas, aquellas que por el solo hecho de tener el carnet de seres humanos se deberían hacer sin ningún esfuerzo, esas preguntas nadie se las hizo. Estas preguntas:

–Aita, ¿por qué has tirado el coche por la pendiente?
–Aita, ¿qué te pasa?
–Aita, ¿por qué bebes y fumas tanto?
–Aita, ¿por qué parece que ya no nos quieres?
–Aita, ¿por qué te has comportado tan bien hasta los 42 años y ahora haces estas cosas?
–Aita, ¿qué te preocupa?
–Aita, ¿qué necesitas?

Nadie. Pasé treinta años con mi padre y yo tampoco se las hice. Allí nadie preguntaba nada y era imposible hacerlo, porque para eso hacen falta unos presupuestos mínimos, unas maneras de vivir y sentir frescas y abiertas y una sociedad que no castre y persiga la afectividad. Esas condiciones no existían en Astobieta ni en la mayoría de los caseríos que conocí. La gente no hablaba nada. Mi padre hacía seis o siete frases al día como mucho, y sólo con la bebida era capaz de “explayarse” durante tres o cuatro minutos seguidos. Y mi padre estaba en la media; había casos mucho peores que ni siquiera abrían la boca en las reuniones familiares, donde el calor del vino y el whisky conseguía encender hasta a los más mudos. Nunca me olvidaré de la conversación que mantuvo mi tía de Erandio con Iñaki, de Udazkena, cuando su mujer Eunate había dado a luz:

–Hombre, Iñaki, ¿qué tal está Eunate después del parto? ¿Estará contenta, no?
–Ah, no sé. Pregúntale a ella.
–Bueno, pero tú eres su marido, algo sabrás, ¿no?
–Ah, yo en lo suyo no me meto. Yo a lo mío.

La diferencia se notaba sobre todo cuando íbamos a Tobes y Rahedo, el pueblo burgalés de mi madre donde brillaba el alegrismo y la palabra fácil. Allí alucinaban con las pocas palabras de mi padre y sobre todo con las ningunas de mi tío Hilario:

–Alberto, ¿le pegáis a vuestro tío Hilario?
–¿Cómo?
–Que a ver si le pegáis, porque no habla nada.
–Ah, ja, no, él es así.
–Pero..., ¿sabe hablar?
–Ja, claro, en Lauros hay mucha gente como él.
–¿Cómo? ¿Más gente? No me lo creo.
–Sí, en serio, hay muchos.
–Pues qué triste, ¿no?
–Bueno.

No se habla, se ocultan las emociones, todo se guarda para dentro, y eso no está visto como un problema sino como una idiosincrasia de la que hay que estar orgullosos. Existen además unas personas que viven en Bilbao y desde allí escriben unos libros así de gordos, libros que festejan la parquedad esencial del vasco y condenan todo tipo de hacia afuera como síntoma de mentira, mal gusto, exhibicionismo, charlatanería y, en resumen, sospecha de españolidad. Y luego, cuando aparece alguien y lanza el coche hacia no sé dónde, todos miran para otro lado, porque se da por hecho que todo lo malo proviene de la ciudad, la ciudad es el verdadero enemigo, la sentina de las miserias, el centro de las enajenaciones y lo forastero, y en cambio el caserío y el aldeano son puros, perfectos, quintaesenciados, protovascos, matriarcales y blablabla.

Lanzó el coche contra los sembrados. Era increíble. Seis meses después estuvo a punto de morirse. Salió del hospital de Basurto con los ojos dalinianos, fuera de sus órbitas, como pintados aposta por un dibujante de cómic. A partir de ahí dejó de fumar y ya sólo bebía demasiado una vez cada quince o veinte días, pero conservó durante los dos años siguientes esa mirada penetrante de hombre que parece forzar la mirada. Era la mirada de un hombre desquiciado que asume su derrota pero no se arrepiente.

El Partido le cogió miedo. Sus cuatro o cinco cabecillas visibles intentaban evitarlo y se iban de los bares nada más verlo. Coincidía además que mi padre era fortísimo, muy fibroso genéticamente, capaz aún de levantar dos sacos de cemento Lemona a sus cincuenta años, tan fuerte y seguro de su fuerza que las tres peleas que le recuerdo habían constado de un sólo puñetazo, el que atizaba él, y era mejor tenerle bien alejado. Además, si ese hombre se había atrevido a lanzar el coche contra sus propios sembrados, ¿adónde no iría a llegar?

Así fue como se convirtió en el malo oficial, más malvado si cabe que antes. Recuerdo muy bien cómo rompía a reír cada vez que los del Partido se iban de los bares, y cómo, justo cuando pasaban al lado de él, les decía en voz baja “cobardes”. Era un cobardes dicho con la erre muy marcada, mirándoles fijamente, buscándoles, cobarrrrrrdes, mientras ellos tomaban camino de la puerta apartando la mirada. Era un cobardes especial. Aunque pasen cincuenta años, aunque me lo pronunciaran de un millón de modos distintos, yo sabría distinguir la manera exacta como la decía mi padre.



jueves, 17 de mayo de 2018

Las fresas


Siempre le pedía fresas a mi madre
y mi madre me gritaba
las fresas en mayo las fresas
en mayo.

Y cuando mayo llegaba
yo era un bosque de fresas
y en las piernas fresas
y en las muñecas
y en el puente de la risa.

Pero desde que la ingeniería genética
ha demostrado
que las fresas antiguas se equivocaban,
tengo fresas de enero a diciembre,
el lunes y el martes,
el miércoles
y el remiércoles
y también el 107 de abril.

Y ahora todo me es
un cansancio de fresas
y un tres por dos
y un bah
y un dejadme en paz.



lunes, 14 de mayo de 2018

Saussure en las tiendas de chinos


Se lo conté el miércoles a Verónica y todavía está pensando en denunciarme a la Oficina de Inmigración. El caso es que suelo comprar en dos chinos muy pequeños, uno situado al comienzo de la calle Doctor Esquerdo y otro en la Avenida Ciudad de Barcelona, y, como los que atienden no saben muy bien el español y yo soy el culebro Satanás, me gusta pedirles los productos con alguna letra o sílaba cambiada:

–Seis lanas de cerveza mahou, por favor.
–Una raja de galletas maría fontaneda, por favor.
–Un pote de tomate orlando, el más pequeño por favor.
–Un cabrón de huevos, que sea de docena, por favor.

Probad a hacerlo en vuestro barrio: veréis que siempre lo entienden todo y te sirven sin fallo los productos que has pedido. Si sois más rasputines aún, de esos que no tienen llave de vuelta, podéis permitiros audacias mayores:

–Seis fragatas de cerveza mahou, una jirafa de galletas fontaneda y un paquebote de tomate orlando, por favor.

Aunque para que salga bien esta audacia debéis decir muy rápido “fragata”, "jirafa", "paquebote" y muy despacio y nítido todo lo demás, os aviso.

La conclusión que extraigo de estas travesuras neorrabiosas es la siguiente: la poesía y su hija la precisión están sobrevaloradas. Lo esencial de la comunicación radica en el receptor, en el deseo o interés por ser escuchado. No existe poeta ni recitador tan pedestre que no pueda ser salvado por un lector u oyente atento.

Quién iba a pensar que los chinos me fueran a enseñar más que Saussure.