sábado, 26 de octubre de 2019

Se va a caer


Ningún sin papeles será detenido esta noche en Madrid;
cuando la mujer que amo se acerque y me bese en los centros,
las patrullas huirán acosadas por troyas de niños salvajes.

Me besa y siento que cae El Corte Inglés. Me besa
y se apagan las luces de La Caixa. Me besa tan alto
que quiebran las bolsas, y muere el dinero,
y sufre el anciano incoloro de los metales.

Se va a caer el sistema si me sigue besando.
Con besos pedrada contra los lunes.
Con besos de lapa bajo los coches.
Con besos saliva contra las balas.
Con besos tornillo contra la usura.

Se va a caer, en serio, se va a caer.
Se están despertando los osos del viento.
Estamos a punto de vivirnos. Si
me sigues besando tan alto se va a caer,
Natalia, se va a venir al suelo
El Corte Inglés.



miércoles, 16 de octubre de 2019

Por si acaso


Por si acaso. Porque nunca se vio césar derrocado por un verso o guerra detenida por un libro, pero por si acaso. Nunca se curó la enfermedad con una metáfora ni cedió el hambre con un adjetivo, nunca se detuvo un banquero ante una coma ni temió un general el alfabeto fenicio, pero por si acaso (seguiré escribiendo. seguiré intentando. aunque la literatura no pueda. aunque la palabra no alcance. aunque mi voz no sirva. contra los fabricantes de muerte. por si acaso.)



viernes, 4 de octubre de 2019

Batania / neorrabioso


BATANIA no es capricho, confeti o taconeo: si me hubiera llamado Ricardo Neftalí Reyes o Lucila Godoy nunca lo habría sustituido por Pablo Neruda o Gabriela Mistral. Pero ocurre que las termitas del pasado trabajaron en contra y cargaron mi nombre y apellidos de connotaciones políticas, ideológicas y territoriales que yo juzgo malsanas, de forma que, al morir mi padre y producirse en mi interior el gran estallido, decidí desprenderme de ellas: de ahí el sueño de escribir. Escribir en político, se entiende, escribir alejándome y denunciando lo falso adquirido, lo sectario heredado, lo nuestro que no es nuestro. Batania no responde a motivos eufónicos ni literarios sino a motivos políticos y existenciales. Dicho de otra manera: me niego al espacio y el tiempo que me han asignado, no quiero hacer la vida que me toca. Por eso a mi tiempo personal lo he llamado neorrabioso: porque quiero ser vehemente, porque quiero ser invasivo, porque quiero demasiado. Por eso a mi espacio lo he llamado Batania: porque quiero ser cercano, porque quiero ser concreto, porque tomo el té de las cinco en el patio de mi contrapaís. Por otra parte, que el nombre de Batania sea femenino no es casual sino premeditado: si escribo es gracias a la tensión entre las tres aes del espacio Batania y las tres oes del tiempo neorrabioso. Me referí una vez al artista como andrógino y sostuve que el poeta ideal tenía su parte de poeta y su parte de poetatriz. Por eso fundé neorrabioso: porque soy macho. Por eso Batania: porque soy hembra.



lunes, 30 de septiembre de 2019

Decálogo de supervivencia para el poeta solo


1. Si quieres lanzar las palabras más lejos tendrás que muscularte todos los días.

2. Nunca pienses que tu cerebro averiado es inferior a un cerebro de fábrica que todavía conserva el papel de regalo.

3. Cuida tu megalomanía, es ella la que te mantiene lejos de los sueños fáciles de conseguir.

4. No trates de domar a tu soledad, no se puede.

5. Recuerda que las ruedas pinchadas también giran. Que los juguetes rotos también sirven para jugar. 

6. No trates de destruirte, la vida es un búfalo demasiado grande como para que un cobarde como tú pueda matarlo con un palillo.

7. No dejes que tu ego y tu antiego duerman juntos en la misma cama.

8. Escribe como si estuvieras ya dentro del ataúd.

9. No llores. No te quejes. No inventes cicatrices.

10. Nunca mires a las estrellas, que las estrellas te miren a ti.



Qué lástima


¡Qué lástima nos dais,
madrileños sopladores de banderas,
qué lástima vuestra triste ciudad
parada en el mismo lugar de la tierra!

¡Qué lástima vuestros hombres heteros
que nunca ofrecerán sus pollas
por miedo al semen de las linternas!

¡Qué lástima vuestras mujeres heteras
que nunca ofrecerán su culo
a los taladros de las cervezas!

¡Qué lástima vuestros policías milojos
que al negro vigilan y acosan y encarcelan!

¡Qué lástima tanto fuego que no arde,
tanta ley que no abriga,
tanto alcohol que no prende,
tanta paz que no llena!


¡Madrid capital de nada,
que naciste sola y morirás sola,
qué lástima!



No humano


De muchos errores soy responsable,
pero nunca he tratado de ser un hombre.

No tengo hijos. No tengo propiedades.
No pertenezco a nada.
No he firmado contratos
que limitaran mi libertad
con la de nadie.

Siempre me he sentido extraño entre ellos.
Van a votar, yo no voto.
Van de vacaciones, yo me quedo.
Tienen amigos, yo no tengo.
Quieren a su madre, yo no la quiero.
Aman a su patria, yo no la amo.

Por más que busque,
no hallo prueba
que me vincule con esa especie.

Ni siquiera los conozco.
A golpe de “clic” veo documentales sobre ellos
y observo que son criaturas nacidas para rebaño.
Las hembras parecen un poco más limpias, eso es todo.

De algunos fracasos soy responsable, eso sí.
De algunas flaquezas y caídas.
De muchas erratas en mi escritura.


Pero nunca he tratado de ser un hombre.




Te amo


Qué difícil es volver a decir teamo
después de haber lanzado teamos a otras mujeres
que se fueron como claveles de humo o naves en llamas,
mujeres que ahora ni me saben ni me recuerdan
o me recuerdan con un hierro negro
ardiendo en la punta de su corazón,
y además, créeme,
no es lo mismo decir teamo a los veinte
que ahora a los cuarenta y cuatro años,
cubierto ya mi estanque de agua sucia,
y sé que me voy a reír al decirlo
y tú también te vas a reír…

Pero qué más da.
Volveré a decirlo apretando una piedra
y temblando ante el lobo de tus ojos.
Repetiré lo que me diga el viento
cuando el rojo del cielo sea tan rojo como verte.
Cuando tu voz se eleve en el aire
y vacilen las charnelas de las puertas, diré te amo.
Diré te amo aquí y en Atenas, te amo
en Londres y en Acapulco, te amo
hacia el futuro y hacia el pasado,
en el ascenso y en la caída,
como un submarino te amo,
cuando seas barco te seguiré amando
y cuando seas naufragio te echaré
mis quince y quinientas manos.

Te amo y no importa que sea diciembre,
te amo y qué escarabajo en tus ojos,
te amo y qué atlas tus cremalleras.




El calibre de las corbatas


Poeta que tiene un hijo
se enfría, poeta que gana
un premio se relaja, poeta
que matrimonia y adquiere un chalet en Laredo
sufre una muerte horrible, se muere
de plástico y brindis y homenajes,
se muere de lazos y aplausos
y ya no encuentra al demonio
que le escribía las metáforas,
ya no siente las tenazas del ritmo
ni escucha voces ni ángeles desde que
lo recibieron el alcalde y el presidente,
desde que lo nombraron predilecto y gloria de la patria,
desde que hombres muy gordos
le entregaron una bolsa de monedas y
mataron a su tigre,
¡el tigre que había esquivado mil balas,
que pronto cayó
ante la primera ráfaga de corbatas!




Quince patas


Lo que pasa es que eres como una cierva de quince patas que no coordina el trote, eres un cúmulo y confusión de patas que no sincronizan y por eso caes y recaes y eres la mujer del continuo tropezarse porque sigues aferrada a tu cerebro de quince patas y a tu cuerpo de quince patas y a tus sueños de quince patas.

Tú sabes muy bien que en este bosque las ciervas que funcionan tienen cuatro patas, los cerebros que funcionan tienen cuatro patas, las personas que suben y ganan y pisan fuerte tienen cuatro patas, y sin embargo, mira si serás pelirroja, te niegas a desprenderte de tus quince patas y sigues enamorada de tus caídas y errores, de tus continuos fracasos, trabajos perdidos, amantes de tres días y discusiones con tu madre.

¿Que el matrimonio tiene cuatro patas? A ti te gustaría besar a todos los hombres y mujeres con lunares en el cerebro, solo por escuchar de cerca cómo se abren las velas de los barcos vikingos que guardan en su estómago, porque solo crees en los amantes de quince patas y los matrimonios de quince patas.

¿Que la patria tiene cuatro patas? A ti te gustaría vivir en lugares por ti creados y mezclados como Berlinecia o Villapulco o Madrilonia, y subirte a los manzanos y a los magnolios para escribir poemas, porque solo crees en los lugares de quince patas y en las patrias de quince patas.

¿Que el trabajo tiene cuatro patas? A ti te gustaría ser pianista de gatos o contadora de nubes o albañil si pudieras tocar el saxo en el andamio una vez cada hora, porque solo crees en las jornadas de quince patas y los oficios de quince patas.

Por eso te admiro y te adoro y te beso desde el meñique hasta el mediodía, porque a los cinco años todos tenemos quince patas pero a los 43 años en punta es muy difícil hallar a alguien que las siga conservando como tú las conservas, orgullosa, con todos los toboganes y cicatrices y moratones de la que se niega al rebaño cuadrúpedo, esas cuatro patas que son conformismo que son tristeza que son planicie. Por eso lanzo mis vítores y hurras y brindis por las mujeres como tú:

¡Tres vítores por los helicópteros y las mujeres de quince patas!
¡Tres hurras por las que buscan y rebuscan tréboles de quince patas!
¡Tres brindis por las que ríen y roen y rugen con quince patas!



Antes de que el fascismo vuelva a España


Antes de que el fascismo vuelva a España,
dile a la chica de la media melena amarilla
que te gusta el reflejo que hacen sus ojos
cada vez que se pone su jersey de cuadros,

planta un árbol, quita el polvo a tus libros,
pide hora para una nueva revisión médica,
repasa el pasaje de Tácito donde Calgaco
arenga a los caledonios contra los romanos

y escribe, sobre todo escribe
lo que quizá puedas escribir por última vez
causando tan solo silencio o indiferencia,
ataca a esta España racista que persigue
a las cebras azules y a los cisnes rojos,
di lo que hace ese estado, denuncia que

España nació contra el moro y el judío,
fletó barcos bajo la cruz de la codicia
y destruyó al indio de cien cabezas,
España robó tierras y borró mentes,
prohibió libros, quemó los códices
y pagó la plata con pólvora y viruela,
España embruteció, extendió los piojos
de la culpa, propagó un dios demente
que teme a las mujeres y a los cuerpos,

escríbelo, ¡ya estás tardando en escribirlo!,
y saca pecho, que vean que no tienes miedo,
recuerda que has venido a Madrid a destruirte
y que la cárcel no es nada para un poeta,
¡la cárcel en España siempre fue un hogar,
otra fragua de palabras para el poeta!,

y vete por fin a ver un partido del Rayo,
riega los geranios, paga tus deudas,
termina de una vez La montaña mágica,
llena de comida y agua el bol de tus gatos,
camina por el medio de la calle sin paraguas
y disfruta hasta empaparte de lluvia,


antes de que el fascismo vuelva a España.




jueves, 4 de julio de 2019

Lo adecuado


Lo adecuado sería enamorarme
de mujeres con fresas en el pelo
y lamerles sus rojos sosegados
veinte veces o treinta por semana,
lo adecuado sería evitarme
las mujeres tormenta
las mujeres navaja
las mujeres combate
las mujeres pregunta
las mujeres tornado
las mujeres problema
las mujeres batalla,
lo adecuado sería apartarme
de los centros, huir
de las zonas urbanas y escapar
al extrarradio, que no puedan
conseguir mi correo ni mi número
de preso, que no conozcan las señas
del niño mío ni la mosca mía,
que no me encuentren, que
no se repita Iratxe:
que a ninguna le sea posible acercarse,
que no tengan ocasión de dirigirme
ni
la
más
mínima
palabra.



sábado, 12 de enero de 2019

El amor


Era domingo y yo dibujaba peonzas. Iratxe me dejó. El amor
es un ave sin nido que pone huevos en el aire. El amor
es un sapo que luce joyas de circonio. El amor.

El amor.

Ella robó el manual de naranjerías. Yo me quedé sin nada. El amor
es el brillo de astracán que esconde al cordero asesinado. El amor
es un mapa que apunta al desoriente. El amor.

El amor.

Ella nació de la cópula de los tréboles con la escarcha. Yo era
un hijo corrupto de los cardos. El amor no conoce el alfabeto
ni la rueda. El amor es un cuervo blanco. El amor.

El amor.

Era domingo y yo dibujaba peonzas. Me dejó
y no quiero olvidarla.

El amor.



martes, 20 de noviembre de 2018

Una mujer kilimanjara


Sé muy bien que mi historia es la historia
……….del niño que miraba tanto al cielo
……….que al final se le puso cara de nube,
y que la mujer que me ame
……….deberá martillar mil veces en el vacío
……….para acertar una sola vez en mi clavo,
pero dejadme pedir este mi quiero,
perdón por la tontería,
una mujer es mi requiero, mujer con grapa o tridente
……….o blanco mogadiscio.

Una mujer con faros antiniebla. Quiero.
Una mujer que me sonría cuando descubra vacío el cofre
……….de mi tesoro.
Una mujer soleada y sin airbag para besarla transparente
……….en los extrarradios.
Una mujer con el alma impura y la piel impura y la cabeza
……….llena de calcetines sucios.
Una mujer para decirte, Sofía (si te llamaras Sofía),
solo soy una nuez, pero si te atreves a partir esta nuez
hallarás dentro galeones y grúas y muchos elefantes. 

Juntos crearemos una nueva versión de lluvia.
Patentaremos las pilas eternas para los Amores
……….Descomunales.
Tendremos un hijo lunático y ajedrecista que fabricará bolas
……….de palabras y destruirá el Bank of America.
Seremos como tenistas comiendo melón en el cine,
……….y la gente nos señalará indignada:
“Mirad a esos, no hay derecho, ¡se están amando
……….en pleno miércoles!”.

Perdón por la tontería,
pero no quiero mujeres que me nieguen el chocolate
……….de estrellas,
o mujeres que minen el suelo con bolas de cicuta
……….para que los koalas alegres de Lucifer
……….no puedan revolcarse.
No quiero mujeres que respeten la apertura de sonrisa
……….fijada por el gobierno,
o mujeres con paraguas que parezcan paraguas
……….que llevan mujeres.

Una mujer con pulgones. Quiero.
Una mujer con erratas de luna para amarla en picado a pesar
……….de sus virtudes.
Una mujer para plancharle las mejillas sobre latas de cerveza
……….y llenárselas de colas de lagarto.
Una mujer cuyas pisadas no dejen huellas en la nieve,
……….solo en los tétanos de mi corazón silvestre.
Una mujer para decirte, Paula (si te llamaras Paula),
los fracasos que conoces son meras uñas de ratones:
los que yo te enseñaré serán leones enteros. 

Juntos robaremos a mano desarmada una violeta salvaje
……….y la llevaremos en la boca con la divisa
……….AMARNOS SIN DEBERNOS.
Criaremos caballos musicales cuyo galope sincronizado
……….será el nuevo rock de Occidente.
Escribiremos del viento la primera traducción Viento-Español y
……….Español-Viento.
Cocinaremos una nueva receta de beso con más de veinte
……….ingredientes distintos, y la gente dirá:
“¿Una receta mágica de beso? ¿Pero qué
……….sentido…?”.

Perdón por la tontería,
pero no quiero mujeres tan rectas que pongan comida
……….matadelfines en los desagües,
o tan serias que necesite comprarme una pértiga para saltar
……….la valla de sus cejas.
No quiero mujeres que no coman aceitunas por si el cáncer
……….de mama,
o no vean baloncesto por si la prórroga, o no beban cerveza
……….por si el embarazo.

Una mujer con algo de anaconda. Quiero.
Una mujer como un descampado para manosearla sobre
……….paisajes de Chagall tigreados.
Una mujer que no sea túnel sino puente, que no sea cebolla
……….sino naranja, que no sea triste y versitriste
……….sino alegrista y en parapente.
Una mujer tan kilimanjara que necesite dos sherpas y un
……….vaso de whisky para llegar del bajo de su carne
……….a la cima con puma de su alma.
Una mujer para decirte, Raquel (si te llamaras Raquel),
si escribo versos es porque no sé escribir aviones:
mis poemas son mi pequeña forma de acariciarte.

Solo he vivido en dos lugares de este mundo
y fue en las bocas de las dos mujeres que amé.
A las dos las quise por su exceso de cilindrada
y las dos me quisieron por mi falta de simetría.
Una mujer. Quiero.
Color de viento. Quiero.
Que suene a limones.

En las sábanas del futuro.


(Perdón por la tontería).




Encontrada y fotografiada por @forgetisthenewblack (AQUÍ)


miércoles, 12 de septiembre de 2018

La misión


No recuerdo la fecha exacta en que mi padre me habló por primera vez de la misión, quizá fuera un lunes o viernes de pelota o boxeo en la Euskal Telebista, o quizá un sábado de liga o un miércoles de partido europeo de Champions League, pero recuerdo muy bien la insistencia y solemnidad con que me lo repitió en los tres últimos años de su vida, cuando sintió que la muerte se acercaba a pesar de la opinión contraria que sostenía su médico de cabecera, Nicasio, antes me voy a morir yo, respiras como un búfalo, tú nos entierras a todos, etc. Cuando nos quedábamos solos viendo el fútbol o los combates de Boxeo Izarrak o los partidos de pelota a mano que duraban hasta la madrugada, a mi padre le bastaba la mínima calentura del alcohol para volverse a mí y comenzar con su habitual cantinela de lo importante que era para mi futuro evitar a los amigos. Su oposición a la amistad era uno de los pocos consejos que me repetía desde pequeño: para ser bueno y honrado, me recalcaba, no se puede tener amigos. Fue por aquellas fechas, comienzos de 2001, en aquellas charlas forjadoras y cruciales en que imitábamos a Ulises y a Telémaco, cuando dejó de lado sus diatribas contra la amistad y pronunció por primera vez la palabra que acabaría cambiando mi vida:

–Cuando yo muera, recuerda que tienes una misión.
–¿Qué misión?
–Una misión.
–¿Pero qué misión?
–Una misión.

Nunca me explicó el contenido ni los detalles de aquella misión. Durante los tres años siguientes, apenas bebía un vaso de vino o sorbía un poco del whisky que le gustaba echar en una tacita blanca de café, ponía los ojos duros y volvía con gravedad sobre la misión que estaba obligado a cumplir. Por más que le instaba a las precisiones, mi padre se callaba y fingía beber de la copa de whisky o, acorralado y hastiado ante mi insistencia, perdía los nervios y gritaba:

–¡Una misión! ¿No sabes lo que es una misión? ¡Qué cojones te han enseñado en la Universidad! ¡Una misión!

Todavía en el hospital de Cruces, pocos días antes de morir a causa del cáncer de pulmón que lo venía destruyendo desde años antes, mi padre me abundó sobre lo equivocado de tener amigos y volvió sobre la misión que debía desarrollar en Madrid, pues entonces ya le había confesado que deseaba venirme a la capital. Aquella fue la única vez que mi padre añadió algo nuevo:

–Yo no voy a salir de esta cama, pero recuerda que tienes una misión.
–Ya lo sé, aita.
–Y recuerda que en Madrid también manda el PNV.
–¿Cómo?
–En Madrid también manda el PNV. Acuérdate bien de esto.

Mi padre murió el 22 de enero de 2004 y a su muerte me comporté con la habitual frialdad que suelo mostrar en los momentos tristes o luctuosos, en los que nunca logro llorar y me comporto con asombrosa indiferencia ante las personas que aún consiguen hacerlo. Aquella misma noche, sin embargo, a la vuelta a casa, me ocurrió algo extraordinario que no me ha cesado de suceder hasta hoy: en lugar de sentarme en la cama como acostumbraba, me dio por sentarme en el suelo y me puse a escuchar durante horas el sonido de mi respiración. Es un sonido increíble, especial, muy distinto al que escuchaba antes de morir mi padre. Es una respiración extraña.

Es una respiración entrecortada, ansiosa, arrítmica.

Es una respiración como de alguna inminencia.

Es una respiración como de un hombre salido de sus quicios.

Es una respiración como si mi interior ocultara una verdad terrible que no consigo descifrar.

Con esa respiración alquilé una Fiat Iveco en la empresa National Atesa y partí un lunes de octubre hacia Madrid llevando mil euros en el bolsillo, sólo diez meses después de la muerte de mi padre. En el camino paré en el cementerio de Loiu, al que no había vuelto desde el entierro, y, comoquiera que estaba cerrado, salté la verja para llegar al nicho que estaba decorado con un ramo de rosas lacias. Allí estaba. Mi padre.

Nicasio Basterretxea Etxebarria (1936-2004)

Aquella fue la primera de las tres veces que he llorado en los últimos siete años, todas por mi padre, pero nunca lloré tanto y tan largo como en aquella ocasión, arrodillado en la grava del cementerio. Camino de Madrid seguía llorando ante la mirada estupefacta de mi perro Argi, el perro pastor vasco que me acompañaba en el asiento delantero y con el que viajaba solo. La noche anterior había discutido con Iratxe:

–¡Te he dicho que no te acompaño a Madrid! ¡Estás loco!
–Iratxe...
–¡Alberto! ¡La gente se muere! ¡Es ley de vida! ¡Los que se quedan sufren pero lo acaban superando! ¡Te has vuelto loco con la muerte de tu padre y no pienso ayudarte en tu locura!

El 18 de octubre de 2004 entré en Madrid por la autopista A-1 y me puse a vivir en el número 16 de la calle Mira el Sol, un piso de 17 metros cuadrados por el que pagaba 390 euros mensuales de alquiler. Nada más llegar me senté en el suelo y lo primero que hice fue escuchar de nuevo y con el mismo placer del principio el sonido brutal de mi respiración. Es una respiración inexplicable.

Es la respiración de alguien que tiene miedo y está orgulloso de tenerlo.

Es la respiración de alguien que se siente incapaz de nada y capaz de todo.

Es la respiración de un hombre en trance.

Es la respiración de alguien superado por los acontecimientos.

Es una respiración que me empuja a sacrificarme, que me llena de violencia y fantasía, que me dice: “Haz”, “Entrégate”, “No te rindas”, “Adelante”.

Iratxe cambió de opinión al de dos meses y se vino a Madrid para unirse a mis desquiciamientos, pero en los años siguientes comenzó a contemplar con tristeza que sus temores se iban cumpliendo y que yo había emprendido una operación de aniquilamiento del pasado. Cuando en 2008 me llegó la comunicación de que mi tío Hilario había muerto y me correspondían 9000 euros de herencia, no lo dudé: me trasladé con Iratxe a una notaría y rechacé no solo esa herencia, sino también las otras más grandes que me correspondían en el futuro. Me sentía obligado a cortar todos los lazos. A cerrarme todas las salidas. En la notaría, los impresos para rechazar herencias no aparecían y un empleado se creyó obligado a presentarnos excusas:

–Miren, a esta notaría viene mucha gente a reclamar herencias, pero que venga alguien a rechazarlas es algo que no nos había ocurrido desde hace año y medio.

A la hora en que comienzo a escribir estos recuerdos, Argi está muerto e Iratxe, después de aguantar mi cara de túnel con paciencia digna de encomio, acabó abandonándome después de diecisiete años. Tampoco tengo ni un solo amigo y no porque haya querido seguir a rajatabla los consejos de mi padre, sino porque tomarme en serio a una persona de ciudad es algo de lo que hasta ahora no he logrado persuadirme. Por otra parte, no sé nada de mi madre y mis hermanas, las cuales no conocen desde hace quince años ni la dirección de mi domicilio ni mi número de teléfono, y yo mismo no sé ni quiero saber nada de ellas, si están vivas o están muertas, qué más me da. Hasta mi propio nombre, Alberto, ha sido destrozado y sustituido por otro, Batania, que he creado e interiorizado de tal manera que hoy en día, lo mismo cuando sueño dormido o despierto, nunca me dirijo a mí como Alberto sino como vamos, Batania, adelante, Batania, no tengas miedo, Batania.

A veces siento que mis comportamientos de estos años son monstruosos y tengo algún amago de sentirme culpable, pero me basta para superar la tristeza con entrar en mi habitación, apagar la luz y volver a sentarme en el suelo, como hago desde hace siete años, para pasarme tres o cuatro horas a oscuras totalmente absorto en mí mismo, escuchando con pasión mi forma de respirar.

Es la respiración de un loco que cambió el pasado por el futuro.

Es la respiración de un hombre que aún no se ha resuelto.

Es la respiración de alguien que no se pertenece.

Es la respiración de un hombre aplastado por el recuerdo de un muerto.

No hago responsable a nadie. Soy yo el que ha elegido con precisión y frialdad mi manera de destruirme. Ni siquiera soy consciente de ser feliz o ser desgraciado y me da igual: ¿qué me importa ya la felicidad a estas alturas de muerte? Lo único importante es que mi padre ha desaparecido y todo lo que soy, el hombre susto en que me he convertido, se lo adeudo a él. Debo hacerle un homenaje.


Debo cumplir la misión.


sábado, 1 de septiembre de 2018

La Guerra de las Malvinas


No se perdían un solo telediario, al que seguían llamando parte, y al contarme las noticias más sensacionales nunca se olvidaban de referirme el presentador que las había pronunciado, Basterrechea, no sé si te has enterado, los Juegos Olímpicos serán en Barcelona, lo ha dicho Olga Viza, Prosinečki ficha por el Madrid, lo ha dicho Pedro Piqueras, ya hay tres millones de parados, lo ha dicho Elena Sánchez, no les dará vergüenza, etc. También leían muchos periódicos sin fijarse en la fecha: los aldeanos que yo conocí en Lauros daban el mismo valor al periódico de hoy que al de ayer. Era normal encontrárselos sentados en un taburete, a la sombra del portal, leyendo con dificultad un diario de tres meses antes.

–Pero hombre, Jesusín, qué haces leyendo un DEIA del año pasado.
–Qué más da. Todos dicen lo mismo.

En el caserío Etxebarri había ejemplares de La Gaceta del Norte una década después de que ese diario cerrara, y yo mismo pude leer, en ejemplares amarilleados de El Correo Español, todas las operaciones militares de la Guerra de las Malvinas, jornada a jornada, ocho o nueve años después de los sucesos. Los aldeanos leían sólo los titulares, claro, o recurrían a mí para que les leyera algunos editoriales o asuntos de calado, porque la mayoría de ellos no estaban completamente alfabetizados y manejaban un vocabulario de muy pocas palabras.

–A ver, Astobieta, tú que tienes estudios, ven aquí.
–Ya estoy.
–¿Qué significa “replicó”?
–¿Replicó? Como “contestó”.
–¡La órdiga! ¿Y por qué no ponen “contestó”? Estos periodistas..., bah. Sólo saben enredar.

A pesar de este fervor, ninguno de aquellos aldeanos, tampoco mi padre, consideraban las versiones de la prensa o de los telediarios más que como majaderías o comedias fantásticas. Consumían prensa y televisión para estar al tanto de las mentiras del mundo y hacerse una idea proyectada de la verdad, pero tenían a los periodistas como meros transmisores de lo que ellos llamaban “accionistas”. El poder, decía mi padre, no estaba en manos del rey ni del presidente ni de los ministros, sino en manos de los “accionistas”. Si el Athletic de Bilbao marchaba mal clasificado, por ejemplo, no se debía al entrenador ni a los jugadores ni a los rivales:

–Hacen falta accionistas. Gente de Neguri. Un De la Sota, por ejemplo. Que venga un De la Sota y verás qué rápido mejora el Athletic.

Los accionistas que se imaginaban mi padre y otros como mi padre eran seres todopoderosos que compraban los árbitros, pactaban los resultados y ordenaban a los jugadores marcar o fallar los penaltis. Mucho antes de “El show de Truman”, los aldeanos de Lauros que conocí daban por hecho que el mundo era eso: mano en la sombra, feria de títeres, Gran Hermano, pacto entre bambalinas, mentira.

Tenían sus propias maneras de estar informados. Cuando sucedía algo importante, mi padre arrancaba su erre seis amarillo y se iba a Gatika, donde formaba una troika con otros dos aldeanos, o a Lezama, donde nutría un pentágono con otros locos como él. Las conclusiones a las que llegaban tras horas de debate superaban con mucho el realismo mágico. Recuerdo aquella huelga de transportistas que dejó vacíos los anaqueles de los supermercados; mi padre y su consejo senatorial lo tenían muy claro:

–La huelga la ha organizado Eroski.
–¿Eroski? ¿Qué tiene que ver el supermercado Eroski en esto?
–Está claro. La han organizado para vender los yogures atrasados, la verdura que tienen a punto de tirar, la carne, todo. Se están hinchando a ganar dinero.

Esta manera de razonar valía tanto para asuntos internacionales como para asuntos recoletos. Cuando volvieron los jabalíes a Lauros, por ejemplo, después de años ausentes, y destrozaron algunas cosechas, mi padre arrancó el coche, se reunió con su comité de sabios y volvió enseguida con otra explicación estupefaciente:

–Los franceses. Han sido los franceses.
–¿Franceses? ¿Qué franceses?
–Los franceses no nos pueden ni ver a los vascos. Vienen por la noche con helicópteros y lanzan desde el aire culebras, jabalíes, lukis, de todo. El francés. Menudo bicho el francés.

Yo le hacía notar a mi padre que la aparición inesperada de los jabalíes entraba dentro de lo normal, porque son animales que pueden recorrer más de cuarenta kilómetros en un solo día. O que la historia de sus sabios flojeaba desde el punto de vista logístico, pues no hay manera de lanzar jabalíes desde un helicóptero sin peligro de muerte para los animales:

–Coplas –me decía–, no tienes más que coplas. No sé que te enseñan en el instituto.

También creía a pies juntillas que el hombre no subió a la luna. Que Maradona triunfó mientras tuvo a los accionistas de su parte y se hundió en las drogas cuando éstos le abandonaron. Que el Rey y ETA eran amigos: el asesinato de Carrero Blanco era un favor que ETA le había hecho al Rey para que pudiera coronarse sin tutelas de nadie. Esta descacharrante teoría, aunque parezca mentira, era mayoritaria en los caseríos de Lauros.

–No digáis tonterías –les decía yo–. Hace nada ETA preparó un atentado contra el Rey en Mallorca. Hasta han salido fotos del Rey sacadas por los terroristas.
–Y eso..., –me preguntaban–, ¿cómo lo sabes?
–Joder.., –replicaba yo–, lo sabe todo el mundo. Ha salido en los periódicos, en los telediarios...
–¡Ja! –contestaban triunfales–. No nos digas más. Periodistas. Todo mentira. Todo lo tapan.

Así eran aquellos aldeanos increíbles. No podían sufrir la verdad oficial, la verdad que es mezquina y es pequeña y es mentira. Se reunían a la sombra de un castaño en conciliábulos de queso, chorizo y txakolí y se fabricaban su propia verdad, una verdad que también era mentira pero era asombrosa y grande y era propia. Todavía puedo oír el sonido de los vengativos helicópteros franceses lanzando jabalíes nocturnos en los maizales de Lauros. Puedo ver al Rey guiñando el ojo a Artapalo mientras le entrega un maletín colmado de millones. Puedo recordar la rabia que sentí aquella tarde, al ojear en Etxebarri ejemplares antiguos de El Correo Español, cuando supe por primera vez y con ocho años de retraso que los malditos ingleses habían ganado la Guerra de las Malvinas.


jueves, 30 de agosto de 2018

Treinta grados bajo cero


El Rey y ETA estaban unidos, los herribatecos y los peneuvistas eran lo mismo, Fraga y Felipe lo mismo: aquellos aldeanos no tenían duda de que el poder político era una mera coraza al servicio de las alimañas empresariales de Neguri. Se comprende que al llegar el 29 de septiembre, fecha de San Miguel, fiestas patronales de Lauros, con toda la familia reunida en número de hasta veinticinco en mi caserío Astobieta, nunca se discutiera a la hora de los postres sobre política vasca o nacional, porque no hace falta discutir donde todos están de acuerdo. Pero otra cosa muy diferente era la política internacional. En política internacional se sostenían discusiones apasionadas con argumentos diversos y hasta golpes en la mesa. Se hablaba de la Thatcher y de Fidel Castro, del hambre de África y de los japoneses, pero el asunto estrella era la rivalidad entre estadounidenses y soviéticos, esto es: los americanos y los rusos.

–El americano –se escuchaba– es cosa grande. Este caserío, por ejemplo, con su hectárea y pico de terreno y su docena de vacas, es un caserío elegante, no digo que no, pero…, ¿qué es para un americano? El americano viene aquí y se echa a reír.

El que hablaba así era mi tío Txomin, que se fue a América en los años sesenta y había vuelto hipnotizado, al punto de que nadie entendía su regreso. Mi tío no trabajó en USA sino en Canadá, pero consideraba que la cercanía le daba derecho a hablar a todas horas de Kissinger, Nixon o Kennedy, a los que tenía por superhombres a cuyo lado políticos como Arzalluz o Alfonso Guerra le parecían “mamarrachos”. Para mi tío Euskadi era una caja de cerillas y España un botijo con faralaes: discutir sobre si éramos vascos o también españoles le parecía hacer el ridículo. Lo único digno era ser americano.

–El americano –continuaba–, si quiere poner una vaquería, compra cinco mil vacas. Menos no compra. Si quiere dedicarse a la siembra de la patata, compra un terreno de aquí a Guernica, porque con Lauros no tiene ni para empezar. En América hay patatales más grandes que toda Vizcaya.

–¿Toda Vizcaya? –se asombraba alguno de mis primos que, como yo, nunca habían salido del Txorierri.

–Más grande. Si vas por California en coche y con el depósito lleno, te juego una cena a que se te acaba la gasolina antes que el campo de patatas. Aquello es la órdiga. Ni una casa, ni una pensión, ni un alma. Sólo patatas. Kilómetros y kilómetros de patatas. Un aldeano americano, él solo, cosecha tantas patatas como para alimentar Bilbao y Baracaldo durante un año.

Aquellas comparaciones numéricas provocaban nuevas controversias, pues todos comenzaban a discutir el número de kilómetros que se pueden hacer en coche con el depósito lleno, o el número de patatas que comen los bilbaínos y los baracaldeses en un año. Algunos hasta pedían papel y bolígrafo para hacer las cuentas exactas. Eran sorprendentes los conocimientos de mi tío Txomin sobre California, él que había trabajado en Canadá. Solía ser por entonces, a esa altura de conversación internacional, cuando surgía una voz entre solemne y avisadora:

–Mucho cuidado con el ruso.

Quien hablaba ahora era la otra cara del folio, el rusófilo de la familia, mi tío Dámaso. Aquel tío no había salido nunca de Lauros, pero poseía una oratoria instintiva y eficacísima que le daba un gran ascendiente en las polémicas sobre alta política. El tío Dámaso alternaba ritmos lentos y silencios prolongados con mímicas varias, frases frenéticas y puñetazos en la mesa. Nadie sabía por qué se había hecho rusófilo.

–Al ruso –comenzaba–, según tengo entendido, nada más nacer lo tiran a una bañera de agua… ¡a treinta grados bajo cero!

Y mientras decía eso, con los brazos en alto, fingía que soltaba un niño desde una altura por encima de su cabeza, de tal forma que yo no sabía qué era más peligroso para el bebé ruso, si el agua a treinta grados bajo cero o el castañazo que se iba a pegar si lo dejaban caer desde tan alto.

–¿Treinta grados bajo cero? ¿Un bebé? ¿Y no se mueren? –se atrevía a decir alguna de mis tías.

–¡Claro que se mueren! –contestaba mi tío como una galerna–. ¡Se mueren a punta pala! Pero un ruso menos…, ¡allá cuidaos! ¡Hay rusos a patadas!

Sostenía mi tío que los rusos que superaban la prueba de la bañera se convertían en hombres inmunes a todo tipo de peligros, radiaciones atómicas incluidas. Esto último siguió repitiéndolo como cosa sabida hasta el accidente nuclear de Chernòbil; a partir de ahí reculó un poco. Tenía una visión muy particular de la Segunda Guerra Mundial:

–Hitler pensaba llegar a Moscú en diez días, pero no conocía al ruso… A la hora de la verdad…, ¡adiós Hitler! ¡Cada soldado alemán tenía cinco rusos metidos dentro del zapato! ¡Mecagüen sos! ¡Cinco rusos en cada zapato!

Y al decir esto se miraba en el zapato y movía el pie como si lo tuviera lleno de escorpiones, con tal apariencia de veracidad que todos los que ocupaban la mesa contenían la respiración y yo mismo sentía cosquilleos desagradables en mis playeras, repletas de rusos feroces por obra de aquel contador magnífico.

Tenía entonces cinco o seis años y no se me permitía abrir la boca en las conversaciones políticas de los mayores, prohibición que no me levantaron hasta los catorce. Ahora que lo escribo me río mucho, pero a esa edad aquellas polémicas me dejaban verdaderos surcos en la cabeza.

Recuerdo una pesadilla que se me repetía por entonces. Me hallaba en medio de un inmenso campo de patatas. No de trigo o de cebada o de maíz, no: de patatas. Caminaba y caminaba buscando una salida, pero se iban sucediendo los días y los meses y nunca conseguía salir. Mi angustia iba creciendo tanto que, al final, me echaba en el suelo y me ponía a llorar, porque entendía que la salida era imposible: me figuraba que el planeta Tierra al completo era un campo de patatas.

Recuerdo otra. Yo era campeón mundial de boxeo. Había retenido el título infinidad de veces. Los negros más grandes y más fuertes habían probado la dureza de mis puños. Me encontraba en el ring, y mi rival era un fideo escuchimizado con el que no tenía ni para empezar. De pronto, sin embargo, el presentador anunció que mi contendiente, Igor Gudianov, había nacido en San Petersburgo, momento en que se me mudaba el semblante y salía huyendo del ring. No se me apartaba de la cabeza, mientras corría muerto de miedo, la maldita bañera de los treinta grados bajo cero por la que habían pasado todos los rusos. Aquella prueba infernal que, según me detalló mi tío Dámaso en una confidencia, “sólo superaba uno de cada tres niños”.