lunes, 20 de mayo de 2013
domingo, 19 de mayo de 2013
Convocatoria para la presentación de "La intermitencia de los faros" (Canalla Ediciones), de Natalia Castro, el 2 de abril de 2013
Cuando Natalia y su talento se vinieron a Creta
no me preocupé demasiado, pero a medida que convivíamos empecé
a ver los peligros. Un día me corté en la ducha con uno de sus adjetivos. Otro día
casi me sepulta un desprendimiento de su sintaxis. Así no se podía vivir:
–Natalia, tenemos que
hablar de tu talento.
–¿Qué ha hecho?
–¿Que qué ha hecho? Natalia, por
favor, caga metáforas en cualquier parte, suele llenar el bidé de metáforas, nunca recoge los hipérbatos del suelo,
deja en el sofá migas de elipsis y en el lavabo pelos de argentinismos,
¡esto no puede seguir así!
Que se me entienda, no estoy en
contra del talento, yo mismo quise tenerlo, pero las dimensiones de mi casa no dan para más y hube de conformarme con el ingenio. El problema del
talento de Natalia no es solo que sea grande, sino que nunca deja de
crecer. Al final creo que lo ha entendido:
–Natalia, con todo el
dolor de mi alma, pero debes sacarlo de aquí y llevarlo a una casa más
grande.
–¿Cómo de grande?
–No sé. Como el mundo entero.
Hoy. Martes. 2 de abril. 21:30.
Sala Triángulo. C/ Zurita, 20. Metro Lavapiés. Presentación de “La
intermitencia de los faros” (Canalla Ediciones), de Natalia Castro.
La poesía ha vuelto y yo no tengo
la culpa.
miércoles, 15 de mayo de 2013
Ni tréboles, ni grillos, ni manzanas
La primera ocasión en que noté que las personas de núcleos urbanos como Sondika, Derio, Mungia o Bilbao, aunque tienen los ojos justo en la parte de los ojos, la nariz
en el lugar de la nariz y las orejas en las orejas, eran personas tan diferentes
a nosotros como las alubias son diferentes a las vainas o los cerdos a los
jabalíes, fue cuando Rubén consiguió ser el más popular de la clase el día en
que llegó al colegio con un trébol de cuatro hojas.
–Qué tontería –le dije yo–. Si
quieres, mañana vengo con diez.
–Calla, envidioso.
–Apuesta.
Se piensan los de ciudad que un
trébol de cuatro hojas es difícil de conseguir y hasta lo consideran una señal
de buena suerte, pero qué suerte ni qué carneros si los hay a miles en las
campas de Lauros. Por eso, cuando al día siguiente me presenté en mi colegio de
Larrondo con veinte tréboles de cuatro hojas, mis compañeros abrieron mucho los
ojos y alucinaron hasta el culmen cuando vieron que traía dos aún más especiales:
–¡No puede ser! ¡Dos tréboles de
cinco hojas!
El impacto que causaron mis tréboles
de cinco hojas eclipsó a los otros veinte y, luego de que se
demostrara que eran reales y no había pegado sus hojas con
supergén, como me acusaron al principio los más suspicaces, propiciaron que pudiera hacer
uno de mis discursos jactanciosos, pues la gente de ciudad sólo sabe de
aparatos con botones y del resto hay que andar siempre explicándoles todo.
Rodeado por un enjambre de compañeros, expuse triunfal que en los alrededores
de Astobieta y de otros caseríos había campas enteras de tréboles, miles y
millones de tréboles, y aunque el 95% de ellos eran de tres hojas, bastaban
unos cuantos minutos de búsqueda para encontrar alguno de cuatro, y se podía
encontrar alguno de cinco si uno tenía paciencia para mirar durante unas horas
entre aquella marabunta de tréboles.
–Entonces..., en Lauros todos
tenéis mucha suerte...
–No, –contesté–, porque en Lauros
los tréboles de cuatro hojas son más comunes que las abejas y la verdadera
suerte es encontrar un trébol de seis hojas.
–¿De seis? ¿Existen los tréboles
de seis?
–Yo nunca me he encontrado ninguno,
pero mi hermana Lourdes se pasa tardes enteras mirando tréboles y ya ha encontrado dos que tiene guardados
en un libro.
–Flipa.
Ahí me di cuenta de que uno de
los defectos de la gente de ciudad es que no tienen paciencia para nada. Van a
toda velocidad y todo tiene que ser ya. Si encuentran un trébol de cuatro
hojas, se dan por satisfechos y no avanzan hacia el más difícil de los tréboles
de cinco o hasta seis hojas. De esto pude darme cuenta de nuevo cuando comenzó
la temporada de grillos y la mayoría de mis compañeros, que en su mayoría
procedían de Derio y Sondika, se lanzaron a cazarlos en la campa que existía al
lado del colegio, que en primavera se inundaba de sus cantos.
Para coger un grillo basta con
observar las costumbres del grillo y procurar que no se meta de culo en su
madriguera, pues si lo hace ya puedes llamar al ejército porque lo tienes casi imposible. Ocurre eso por una razón elemental: si el grillo comienza a salir de su escondrijo
con los ojos hacia el exterior y ve que allí está un renacuajo humano de siete a diez años esperándole, lo habitual es que cambie de opinión y se vuelva por donde
solía. Este detalle no parecía entrar en la cabeza de mis compañeros, que
recurrían a diversos métodos, desde el más fino de la pajita de hierba hasta
los más brutos de inundar de agua los agujeros o venir con un palo o con una
azada a destruir la madriguera. En la mayor parte de los casos no conseguían nada y
sólo en algunos conseguían algún “trozo”:
–Mira qué grillo he cogido,
Alberto.
–Macho, pero si tiene las alas rotas
y sólo tiene una pata.
–Bah, no importa.
Les arrancan las patas, les
aplastan las alas, los ahogan, pisotean sus agujeros, los parten,
arruinan sus casas: de las barbaridades que hacen los niños con los grillos podría
escribir un capítulo entero y aún hoy me sorprendo de que haya personas que
sigan sosteniendo que los niños son mejores personas que los mayores, opinión
que sólo se puede sostener si uno se ha olvidado de sus tiempos de niño o nació
con cuarenta años de edad. En lo que a mí respecta, las cazas de grillos de mi
infancia las recuerdo como un espectáculo de crueldad supina, y la razón por la que no
voy a exponer en este capítulo la manera efectiva y respetuosa por la cual se
pueden coger diez o quince grillos en una tarde sin necesidad de lastimar al
insecto ni a su escondrijo, es porque a la hora en que escribo esto tengo 38
años y mi opinión actual es que la única manera “respetuosa” de cazar un grillo
es no cazarlo. No vaya a ser que este libro caiga en manos de un niño de ciudad y
aprenda lo que por sí mismo no aprenderá en su vida, esto es: que para coger un
grillo basta con ponerse a pensar como un grillo.
Con estos sucedidos de tréboles y
de grillos comencé a fortalecer mis reticencias hacia las gentes urbanas,
reticencias que venían precedidas por las enseñanzas de mi padre y de mi tío
Hilario, habitualmente reluctantes a la “gente de Neguri”, pues así llamaban a
cualquier influencia que viniera de la ciudad, fuente para ellos de todo esnobismo, corrupción y
tontería. Pero el suceso que más me
marcó contra los urbanitas fue el de la manzana reineta de mi prima Ángeles,
cuando mi tío me llevó a una comida familiar en Erandio.
Aquella era la primera vez
que entraba a un piso: la primera vez que subí en ascensor o me senté en un
sofá. Todo era nuevo para mí. Parecía todo más limpio, más ordenado,
más adrede. ¡Y cuántos espejos por todas partes! Comí como un gladiador
romano, pero a la hora del postre, mi prima, que compartía mesa con nosotros,
dividió su manzana en dos y dijo:
–Esta mitad la dejo para la noche.
Quedé muy impresionado. En Lauros nunca había visto algo semejante. Cuando volví a casa lo conté:
–¡No digas tonterías! –decía mi madre.
–Que sí, ama. Se comió una mitad
y la otra la dejó para la noche.
–Bah, estaría golpeada o tendría
bicho.
–Que no, estaba perfecta.
–Pues estará haciendo dieta. Esa
gente es muy fina.
–Pero si está delgadísima.
Fue la primera vez que oí pronunciar la palabra dieta. Más tarde fui descubriendo que, al otro lado del monte, en Sondika, en Derio, en Erandio, en Bilbao, existían personas con unos problemas diferentes a los nuestros, algunas de las cuales estaban obsesionadas con su imagen o acudían a médicos de la cabeza porque padecían un tipo de enfermedades, estrés, depresión, bulimia, anorexia, que entonces no lograba comprender.
Aquellas gentes de asfalto que vivían en casas amontonadas eran distintas, pensé. No me daban buena espina: ¿cómo amistarse con personas que se entusiasman al encontrar algo tan ordinario como un trébol de solo cuatro hojas, habiéndolos de cinco o de seis? ¿Cómo creer en gente que celebra la caza de un grillo a pesar de haberle amputado varios de sus miembros? ¿Cómo fiarse de personas que no son capaces de comerse una manzana entera?
Sigo sin fiarme de ellas.
martes, 7 de mayo de 2013
Pobrecita mía
.
Pobrecita (quería frotarte lubricarte arañarte)
inocente (tus centros mazapanes de mamífera)
Natalia (tu cadera de whisky y corrupciones)
mía, (tu culo de peonza y pan caliente)
cómo (y jugar a la petanca en tu cintura)
pudiste (y poner una vela en tu boquita)
creer (so idiota so bellota so gaviota)
que (y comerte y masticarte y relamerte)
perseguía (suciamente, negramente, libremente)
pura (y saciarme de tu fresa tu tenaza)
y (y besaaaaaaaaaaaaaaaaaaaaaaaaarte)
solamente (y tragarme tus pelusas una a una)
el (y estrenarme en tu hembra acordeona)
brillo (en tus labios rompecirios lamelápiz)
de (en las pieles de tu fuera y de tu dentro)
tu (y asarte tiburones en el pelo)
cráneo (y decirte yo soy Francis tú eres Zelda)
de (y apretarte en arrecife con la cama)
leona (y no pararme ni dejarte hasta que digas)
política (los decimales del número pi al completo)
.
Pobrecita (quería frotarte lubricarte arañarte)
inocente (tus centros mazapanes de mamífera)
Natalia (tu cadera de whisky y corrupciones)
mía, (tu culo de peonza y pan caliente)
cómo (y jugar a la petanca en tu cintura)
pudiste (y poner una vela en tu boquita)
creer (so idiota so bellota so gaviota)
que (y comerte y masticarte y relamerte)
perseguía (suciamente, negramente, libremente)
pura (y saciarme de tu fresa tu tenaza)
y (y besaaaaaaaaaaaaaaaaaaaaaaaaarte)
solamente (y tragarme tus pelusas una a una)
el (y estrenarme en tu hembra acordeona)
brillo (en tus labios rompecirios lamelápiz)
de (en las pieles de tu fuera y de tu dentro)
tu (y asarte tiburones en el pelo)
cráneo (y decirte yo soy Francis tú eres Zelda)
de (y apretarte en arrecife con la cama)
leona (y no pararme ni dejarte hasta que digas)
política (los decimales del número pi al completo)
.
martes, 30 de abril de 2013
Con la boca muy abierta
No tengo tarjeta médica. Tampoco suelo estar enfermo, salvo las dos semigripes que padezco cada año y que soluciono con tres días de sufrimiento, unos litros de zumo de naranja y un paquete de aspirinas. Pero el viernes pasado me atacó con tridente la muela del juicio y me dejó tan desfigurado que mi compañero de trabajo, el de turno de tarde, me mira y me suelta:
–Joder, macho, qué cara traes, ¿te has hecho saxofonista?
El saxofón de la muela del juicio me había dejado tal papada y tan destruido que llevaba dos días alimentándome de caldos y zumos de biofruta, que son los únicos alimentos con algo de sustancia que se pueden beber con pajita, pues no podía abrir la boca para meterme nada más grande que esa pajita; me era imposible comerme una galleta, por ejemplo, y tampoco podía lavarme los dientes porque hasta el cepillo es demasiado grande para la apertura que ofrecía mi boca por culpa del puto saxofón. Por otra parte, se me ha olvidado decir que yo, cuando enfermo, me pongo de un genio intempestivo y un dejar de ducharme por completo, a tal punto que la única vez que me ha visto Natalia en estos días me ha dicho:
–Qué asquete das, por favor.
El lunes por la tarde decidí que necesitaba ayuda. Que a veces necesito ayuda es muy difícil de admitir para una misantropía y un ego como los míos, pero a ese nivel llegaba mi necesidad. A escasos metros de San Dimas hay un centro médico que se llama La Palma Norte. Allí me dirigí. Sabía que la cosa estaba chunga y así pareció al principio:
–Hola, venía a que me atendieran pero no tengo tarjeta médica.
–¿Cómo que no tiene tarjeta médica?
–Cambié de residencia de Pacífico a Príncipe Pío, y en Príncipe Pío me dieron un papel y no les dio tiempo a hacérmela.
–Claro. Porque la tarjeta tarda su tiempo. ¿Ha traído el papel?
–No. Soy un desastre. Los papeles viejos los tiro. A saber dónde está.
–¿A qué médico de cabecera pertenece usted?
–No lo sé.
–¿Cómo que no sabe?
–Es que nunca me pongo enfermo. La última vez que me puse fui a un centro cercano a Príncipe Pío, pero no sé cómo se llama el centro ni la médica. Tenía el número pero cambié de móvil y ya no lo tengo.
A todo esto, mis palabras con la enfermera no se desarrollaban en el lenguaje que estoy transcribiendo arriba, sino en otras más gangosas y de perro apaleado, pues es difícil hablar y sobre todo hacer algunas vocales o letras cuando sólo puedes abrir la boca un centímetro. La palabra bobo, por ejemplo, se puede decir bien, pero la palabra mamá ya es más difícil, te sale un memem o memmm. Pero nos íbamos entendiendo:
–Pues va a ser complicado que le busque su médico de cabecera. ¿Qué le ocurre, por cierto?
–La muela del juicio. No puedo abrir la boca. Por eso estoy hablando así. Cuando estoy bien hablo de otro modo.
–Ah. Entiendo. ¿Ha traído al menos el carnet de identidad?
–Sí.
–Pues váyase a la calle La Palma, 51, presente el carnet y dígales que acude para urgencias.
Cuando llegué a La Palma 51 volví a repetir esta conversación con otra enfermera, ya con la boca unos milímetros más abierta, pues no hay nada como forzar un poco para irle ganándole espacio a la boca. Llevaba una antinovela de Ramón Gómez de la Serna, El novelista, pensando que iban a tardar en llamarme, pero me equivoqué, pues al de pocos minutos de haberme sentado, sale el médico de cabecera y dice:
Cuando llegué a La Palma 51 volví a repetir esta conversación con otra enfermera, ya con la boca unos milímetros más abierta, pues no hay nada como forzar un poco para irle ganándole espacio a la boca. Llevaba una antinovela de Ramón Gómez de la Serna, El novelista, pensando que iban a tardar en llamarme, pero me equivoqué, pues al de pocos minutos de haberme sentado, sale el médico de cabecera y dice:
–¿Alberto Basterrechea?
–Sí, soy yo.
–Pase, pase, que usted está de urgencias.
Y pasé a consulta ante la mirada rencorosa de los demás pacientes, algunos de los cuales llevaban tiempo esperando pero estaban de visita ordinaria y no “de urgencias”. En la consulta, el médico intentó abrirme la boca una vez y dos veces y tres veces, pero al final me dijo:
–¿Le puedo pedir una cosa?
–Dígame.
–Tiene que intentar abrir la boca un poco más. Sólo un poco más, por favor. Inténtelo, no va a pasarle nada.
Al final, tras muchos esfuerzos y miedos que ni te cuento, conseguí abrir la boca todo lo necesario y el médico, después de soltar un “buff” al ver el estado de mi muela del juicio, pasó a darme hasta cuatro recetas para curarme la avería. A la salida, volví a hablar con la misma enfermera, que ya conseguía entender a la primera mi lenguaje de gangoso, y hasta rellené las instancias para hacerme una nueva tarjeta médica, aparte de lograr cita para que me saquen la muela del juicio este mismo viernes.
En fin. Se me ha olvidado decir que los cuatro medicamentos me costaron tres euros y veinte céntimos, una ganga. Y que al de cuatro horas de comenzar a utilizarlos, mi boca se abre ya lo suficiente como para lavarme los dientes y hasta comerme gajo a gajo una naranja. Estoy mejorando tanto que hasta puedo escribir lo de aquí, pues anteriormente, en mi fase de automedicación=ibuprofeno, estaba tan aniquilado que no podía estrujarme las meninges ni así de poco.
O sea: llega un menda a un centro médico que no le pertenece, sin tarjeta médica, cinco días sin ducharse, lenguaje de gangoso, poca gana de facilitar las cosas al médico de cabecera y en ese plan, y los responsables sanitarios de la zona Noviciado/Malasaña, en lugar de mandarle a hacer gárgaras, se las arreglan para taparse la nariz y poner buena cara, facilitarle una nueva tarjeta y una nueva médica de cabecera, hacer que pase el primero la consulta, ponerle hora para que le saquen la muela y recetarle los medicamentos a un precio ridículo. Medicamentos que funcionan, oye, pues aunque no os lo creáis, en estas tierras existen técnicas que funcionan y personas que las hacen funcionar.
De las dos enfermeras que me atendieron, tanto la de la calle La Palma, 59, como la de La Palma, 51, no conozco sus nombres y vaya que lo lamento, pues su esfuerzo por entenderme fue de tal magnitud que a partir de ahora estarán preparadas para entender el glíglico. Del médico que me atendió sí que puedo dar el nombre porque viene en la receta: se llama Juan Manuel Hernández Pérez. Muchas gracias.
Y a todo esto. Espero estar recuperado del todo para este sábado 23. Para ese día se ha convocado una manifestación en defensa de un ramo de derechos que nos están recortando, uno de ellos la sanidad, y si los medicamentos de la imagen me siguen funcionando como en las últimas veinticuatro horas, ya no iré con la boca de ahora, que aún no consigue abrirse del todo y mucho menos proferir gritos, sino con la boca de entonces, que gracias a unos cuantos verdaderos profesionales estará completamente abierta, capaz de gritar a trueno SÍ a la sanidad pública, NO a quienes van contra ella.
.
jueves, 25 de abril de 2013
Por el derecho a estar enfadado
En otros muchos asuntos prefiero Madrid,
pero una de las cosas que añoro de Lauros es que allí la gente guardaba una
gran consideración con las personas enfadadas y se respetaba el derecho al
enfado igual que se respeta el derecho a beber, mear o sonarse los mocos.
Aquellos aldeanos sabían que existen enojos que se pueden y deben solucionar
enseguida, pero a su vez conocían la existencia de enfados más sostenidos, los enfados
de larga eslora, que se utilizan y se necesitan para grandes descargas y
alivios, y donde la urgencia y necesidad de solucionarlos puede resultar
nociva. Por eso, cuando uno se enteraba en Lauros de que alguien se había
enfadado contigo, lo primero que hacía era tratar de aclararlo y solucionarlo
al instante, pero, cuando se daba cuenta de que no era un enfado de poco minutaje
sino un enfado de zeppelin para arriba, tenía el respeto y la decencia de
permitir que lo mantuvieras y de dejarte en paz, pues enfadarse en serio con
alguien no es nada sencillo, sino algo tan cansado que tarde o temprano se te
pasa y al de unas semanas o meses se te puede ver con el mismo menda al que parecía
que odiabas, al lado de dos cervezas, mientras la peña te dice:
–Joder con la parejita, quién os
ha visto y quién os ve.
Este comportamiento de los
laurotarras me ha parecido siempre de una gran sabiduría, porque los enfados
pequeños se pueden resolver con razones y carantoñas, pero los enfados grandes,
al menos en mi caso, son imposibles de resolver con las mismas leyes porque provienen
de motivos que están en las carboneras de tu alma y que ni tú mismo entiendes
ni tratas de entenderlos, motivos que no proceden siempre de tu ego bueno
(existen dentro de nosotros muchos egos buenos) sino a veces de tu ego malo e
inconfesable (miedo, envidia, celos, competitividad, macherío, complejos de
inferioridad y por ahí). Por otra parte, aquellos que somos victimistas de
profesión lo teníamos muy difícil en Lauros, pues, en el caso de que intentaras
sacar partido ventajista de tu enfado o bien haciéndote el terrible o el
autolastimero, te paraban los pies de inmediato:
–¿Estás enfadado? ¡Hola! Pues
ahora tienes dos trabajos: enfadarte y desenfadarte.
Con lo que uno, cuando nota que
nadie le hace ni puto caso, que tu enfado aburre y se está pasando de moda, que
estás cobrando fama aún más exagerada de crío y que, en definitiva, tu enfado
es un negocio ruinoso que estás estirando por puro capricho, decides
reconciliarte sin comunicárselo a tu anterior enemigo ni decirle a nadie que te
has reconciliado, pues esa es otra de las diferencias: uno puede presumir en
Lauros de estar enfadado, que es asunto excepcional y neorrabioso, pero nunca
de haberse reconciliado, que es ordinario y cursilíneo. A partir de ahí, es
decisión del que sufrió tu enfado el aceptar la reconciliación o mandarte a
tomar el viento, con lo que comienza un nuevo enfado en el que, eso sí, los
papeles se cambian y tú eres el ex enfadado que sufre ahora un enfado.
Eso es lo que me pasaba en
Lauros. Ahora voy a contar lo que me pasa en Madrid.
Aquí en Madrid me es imposible
enfadarme en serio. No se respeta ni se reconoce el derecho a enfadarse. En
cuanto alguien descubre que estás enfadado, se pone en marcha una maquinaria para
hacerte la vida imposible hasta que vuelvas a ser amigo de una persona de la
que ni puta gracia el ser su amigo durante unos meses. Todo es una mierda.
Abres la boca y ya tienes a los cuatro cristobudistas de turno colocándote el
rollo:
–Pero Batania, entiende que...
–Pero Batania, te estás
obcecando...
–Pero Batania, mira que él te
aprecia...
–Pero Batania, te comportas como
un crío...
–Pero Batania, tienes que entrar
en razones...
Todo funciona al revés y peor.
Para empezar, las personas con las que estás enfadado, una vez que se enteran de
que tu enfado es de jirafa y creciendo, de esos enfados que son irresolubles a
corto plazo porque uno disfruta y se crece en el enfado, en lugar de DEJARTE EN
PAZ hasta que se te pase, deciden intervenir de dos maneras distintas: las hay
que deciden enfadarse a su vez contigo (lo cual es de un estúpido, esnobista y
envidioso tremendo, porque lo de enfadarse se te había ocurrido a ti primero, y
siempre por necesidad y con razones verdaderas, por mucho que fueran
inexplicables o ególatras); o las que, al contrario, deciden humillarse,
ponerse melosas y darte la matraca día tras día hasta que te reconcilies con
ellas, lo cual es de un egoísta de cien puntas, pues, ¿qué es un enfado en serio
sino un castigo, una forma de decirle al otro que el daño que te ha infligido
es tan grande que no se soluciona en dos minutos con las palabras baratas del
“te pido perdón”?
Al final, por culpa de todos
estos gandhis comelirios, de profesión buenistas y reconciliadores, que actúan
siempre “por tu propio bien”, y de que las personas objeto del enfado no saben comportarse
y sufrir en silencio durante una temporada, ocurre que un enfado burro pero
controlable, de esos que se solucionan en tres o cuatro meses, por obra de
estos artistas del bien se te convierte en un enfado transiberiano que puede
durar años. Eso es lo que me viene pasando en Madrid: todos mis enfados en
serio comienzan muy alto y, en vez de ir descendiendo como me pasaba en Lauros,
siguen escalando y escalando y escalando hasta llegar al Tourmalet. Al final no
sé muy bien por qué estoy tan enfadado, si por el menda o la menda en cuestión
o toda la cofradía de idiotas de buena voluntad que, además de intentar que me
reconcilie, incurren en el error de HACERME CASO, pues todo se solucionaría
mucho más rápido si nadie me hiciera caso, igual que se desactivan enseguida
los niños cuando les falta público.
No hacerme caso y respetar. Eso
es lo que hace falta. Respetar al que está enfadado. No voy a matar a la
persona con la que estoy enfadado, no voy a pegarle, no voy a escribir contra
ella: sólo quiero estar enfadado durante un tiempo porque lo necesito y creo
que lo merezco, ¿es que no lo entendéis?
Qué falta de tacto. No sé si me
va quedando cómico o indignado el texto, pero mi intención era la segunda. Respeto,
repito, respeto. Habrá que pedir un Día Internacional de las Personas Enfadadas,
sí, o una Declaración Universal de los Derechos de las Personas Enfadadas,
hablo muy en serio. No estoy abogando por el odio ni por la guerra ni por esas
cosas horribles, no: se trata solamente de enfadarse, de ignorar durante un tiempo
equis a una persona que crees que te ha hecho daño. Sólo es un tiempo pequeño, unas
semanas o unos meses, ya se me pasará, os juro que se me va a pasar en el
momento en que me dejéis en paz, pero dejadme en paz y a solas con mi enfado, sólo os
pido eso.
.
jueves, 18 de abril de 2013
La rosa radiactiva
Cuídate, poeta,
de las mujeres de ojos zurdos
que hacen mejores tus poemas,
pues los amores perfectos
sólo sirven para escribir poemas
de puerro y alcachofa;
En esto no hay más bisagra:
En esto no hay más bisagra:
o los escribes malos
porque el amor triunfa
y tu amada es la rosa más limpia,
o los escribes buenos
porque el amor fracasa
y tu amada es la rosa radiactiva.
.
sábado, 30 de marzo de 2013
LO PEOR ES CUANDO TERMINAS LA PINTADA Y LA PARED NO APLAUDE (5): No soporto la poesía miraquelinda
“¡Hijodeputa!”, “Hijodeputa”, comencé a escuchar por detrás, tres de la mañana, Paseo de la Reina Cristina, cuando aún no había terminado la pintada que estaba haciendo en un Caja Madrid contra los miraquelindos, esos poetas que escriben con un léxico de madrépora para arriba y llenan sus poemas de versos falsos y cursilíneos (aunque en el fondo también quiero a esos poetas y mucho más si no tuviera que leerlos). “Hijodeputa, pinta en tu puta casa”, seguía oyendo, “pinta en tu puta casa”, escuchaba, y entonces me giré y vi que se trataba de un taxista fuera de sí que seguía gritándome con la ventanilla bajada, “pinta en tu puta casa”, “pinta en tu puta casa”. Le dije que no tengo casa (siempre vivo de alquiler en pisos que no tienen ventanas) y me marché corriendo con la pintada sin terminar. Más tarde volví y la acabé, pero tenía tanto miedo que no la subrayé (suelo hacer dos o tres subrayados para darle grosor a las letras) y la pintada me salió más fea que nunca. Camino de casa aún volvía con el miedo en el cuerpo y me dije, Batania, mucho cuidado con algunos taxistas, estos tíos se creen que la ciudad es suya, se han metido al taxi porque no pasaron las pruebas para policías, están de parte de los poetas miraquelindos y endecapléjicos, etc.
.
sábado, 16 de marzo de 2013
A veces los caseríos mienten
Mi caserío se llamaba Astobieta y la mayoría de los aldeanos se dirigían a mí con su nombre, mutile, tú eres Astobieta, cómo se nota que eres Astobieta, te reconocería a mil kilómetros de distancia, etc. Pocos vecinos me llamaban Alberto, algunos ni siquiera conocían mi nombre. Me decían Astobieta o me llamaban por mi apellido, que es también otra casa: Basterrechea significa en castellano "casa de la esquina". En Lauros existía tal adoración por la casa que se llegaba al punto de atribuir algunos rasgos de tu físico o personalidad al caserío exacto donde habías nacido. Estas cosas Iratxe no las entendía mucho:
–¿Cómo? ¿Que tú eres soñador y tienes la nariz grande porque el caserío Astobieta te ha hecho así?
–Sí, eso dicen.
–Estáis locos.
Los de Astobieta éramos soñadores y teníamos la nariz grande, los de Landabaso eran chaparros y de genio vivo, los de Udaberri gordos y fanfarrones, los de Ibarrekolanda finos y trabajadores, y en ese plan. Existían multitud de casos que iban contra estas estereotipias, pero también para ellos existían los correspondientes antídotos:
–¿Y cómo es que Julián pesa ciento veinte kilos si ha nacido en Iberres?
–No, es que Julián nació en Udaberri. No llegó a Iberres hasta el día siguiente.
La consideración de la propia casa como deidad era tan exagerada que en las ocasiones más trascendentales y de tristeza inusitada algunos aldeanos hablaban con los caseríos. Esto parece increíble y también nos lo parecía a los chavales de entonces, que celebrábamos mucho algunos sucedidos de nuestros padres y abuelos:
–Si os cuento una cosa os vais a reír.
–Di.
–No te mata que el martes pasado, cuando voy por la tarde a coger moras, me encuentro a aita hablando con la casa. Os lo juro: ¡hablando con la casa!
Y era cierto que algunos lo hacían, y no era el común “hablar con las paredes”, que solemos decir, sino que hablaban literalmente con la casa: se iban a la parte trasera del caserío y allí, separados cinco o seis metros de la pared, ora mirando hacia el tejado, ora mirando al suelo y ora mirando a todas las piedras comprendidas entre ellos, se ponían a decir cosas íntimas y tremendas, como si estuvieran confesándose ante un cura.
–¿Y qué decía?
–Que los hijos le tenemos abandonado, que desde que murió el difunto aitite todo va a peor, que nosotros somos unos zánganos, que el precio de la leche cada vez es más barato y como la cosa siga así va a tener que vender algún terreno, que siente que se va a morir enseguida...
–¿Y a vosotros no os ha dicho lo mismo?
–¿A nosotros? A nosotros ni mu.
Decían a los caseríos confidencias que nunca se atrevían a hacer con nosotros, y de ahí esa impresión mía que abundaré en capítulos posteriores, de que el gran fallo de los aldeanos, al menos de los aldeanos de Lauros que conocí, es que la mayoría de sus moradores eran unos castrados afectivos, muy poco dados a efusividades ni confesiones, con lo que eso consuela. Esa carencia la subsanaban poniéndose a hablar con la casa, que se convertía para ellos en una válvula de escape. Cuántas veces, en mis conversaciones con algunos de ellos, y a la hora de despedirnos, me decían medio en broma medio en serio:
–Bueno..., ya es tarde. Me voy a hablar con la casa.
Los aldeanos hablaban a la casa de forma clandestina, pero conocí uno que lo hacía a plena luz del día y delante de todos, y con el que guardo una historia con burro que me ha marcado un poco. Ese aldeano era Tiburcio, que vivía en Leku-Berri, un caserío blanco y cuadrado que contaba con una sola bombilla y el tejado sin terminar. Tenía diez o doce vacas y un burro que le acompañaba a todas partes, lo mismo cuando cortaba hierba que cuando apacentaba el ganado que cuando dormía, pues Tiburcio solía dormir allí donde tenía sueño, lo mismo en la hierba que encima de la carretilla. A Tiburcio le vi una vez pegando e insultando al agua de su fuente, siempre acompañado de su burro, y entre varias barbaridades decía que la trenza que llevaba mi hermana mayor era suya, pero ni con esas pudimos convencer mis tres hermanas y yo a nadie de que Tiburcio estaba completamente loco:
–¿Loco Tiburcio? ¡El más inteligente! –decía mi padre.
–¿Loco? Se hace el loco. Menudo bicho es ese –decía Higinio.
–¿Loco? Ya me gustaría estar a mí así de loco –decía mi tío Hilario.
Tiburcio era una especie de Diógenes que vivía con su burro y no se lavaba ni usaba cubiertos para comer ni mantenía relación con ningún otro aldeano, a tal punto que pensé hasta los doce o trece años que no sabía castellano, pues siempre que hablaba con su casa lo hacía en euskera, pero una vez vino a mí con el semblante demudado y me dijo en castellano:
–Basterrechea, ¿no está mi burro aquí?
–No, Tiburcio, aquí no está.
–¡Pues la casa me ha dicho que el burro está en Astobieta!
–Pues no, Tiburcio, aquí no está.
Con lo que descubrí que Tiburcio no sólo hablaba con la casa, como hacían otros aldeanos, sino que la casa le contestaba, detalle éste que tampoco me sirvió para convencer a los demás de que estaba loco. Uno o dos años después su burro se moriría y comenzó a extender por el pueblo, no te lo pierdas, que se lo había matado yo, y así me lo dijo también a mí:
–Me has matado el burro, Astobieta, me has matado el burro.
–Qué te voy a matar el burro, Tiburcio.
–La casa me lo ha dicho: “El hijo de Nicasio te ha matado el burro”. Y la casa no miente.
–¡Calla, loco!
Dos meses después de esta conversación Tiburcio murió y su muerte me hizo sentirme un poco culpable, porque aunque Tiburcio tenía 70 años y había vivido en condiciones de dejadez y mala alimentación, justamente se fue a morir dos meses después de la muerte del burro que le había acompañado los últimos veinte años de su vida, el animal que era su única compañía, y en Lauros se empezó a decir que no había podido superar la muerte de su burro. El mismo burro que le maté yo, según la delación de su mentirosa casa.
Luego, ya en Madrid, a pesar de que no creo en los espíritus de los caseríos y tampoco en su capacidad para configurar la personalidad y rasgos físicos de sus moradores, como creían la mayoría de aquellos aldeanos, no pude soportar que las gentes madrileñas vivieran en pisos con nombres como 3º B, 7º IZQ, 10-6..., nombres fríos y exactos, nombres masculinos, pues los números se me hacen masculinos, y para luchar contra ese desnatural le propuse a Iratxe llamar al nuestro Pasiega, nombre de vaca, y así se llamó mi primer piso de alquiler, Pasiega, vaca carranzana que tuve en mi adolescencia, ante el asombro cada vez más grande de Iratxe:
–¿Llamar a un piso con nombre de vaca? Confirmado: estás peor de la cabeza que ellos.
Pensé ponerle Tiburcio en homenaje a aquel loco, pero ya he dicho que no me gustan los nombres masculinos para nombres de casa. Más tarde, cuando se me murió mi perro Argi y me di cuenta del daño que puede hacerte la muerte de un animal querido, me volvió el recuerdo de Tiburcio y su burro, y me arrepentí de nuevo de haberle tratado así, por mucho que la acusación que me dirigió fuera muy grave, pues yo ya sabía que Tiburcio estaba loco. Aquel hombre se murió y no pude decirle de buenas maneras Tiburcio, loco, yo no te maté al burro, ya sé que lo querías, te juro por mi padre que no lo hice, no te creas todo lo que dice tu casa, tu casa puede equivocarse, a veces los caseríos mienten.
.
miércoles, 13 de marzo de 2013
El disparate del mundo
.
Afortunadamente, aún no he aprendido nada de mí.
Existe un tipo que me ha puesto nombre, Batania,
y va escribiendo poemas en que trata de explicarme,
y me toma la temperatura, y me tira la plomada,
y me parte en celdillas, y va anotando sin margen de error
mis metros exactos de alegría o los gramos de mi tristeza,
sin olvidarse las marcas de petunia y notas a pie de página,
y es admirable su trabajo y es asombroso su trabajo
y en verdad es magnífico y loable su trabajo y
es inútil.
Pobrecito.
Pretende conocerme,
pero toda su herramienta de explorador se reduce
a un triste y viejo alfabeto de veintiséis letras.
Y además,
aunque pudiera,
¿Para qué necesita conocerme?
¿Cuánto de felicidad encuentra en conocerme?
¿Por qué no trata de besar a las mujeres sin escribirlas,
de caminar por los senderos sin numerarlos,
de mirar las gotas de lluvia sin registrarlas,
por qué no disfruta sencilla y simplemente
del soberbio disparate del mundo, por qué?
.
Afortunadamente, aún no he aprendido nada de mí.
Existe un tipo que me ha puesto nombre, Batania,
y va escribiendo poemas en que trata de explicarme,
y me toma la temperatura, y me tira la plomada,
y me parte en celdillas, y va anotando sin margen de error
mis metros exactos de alegría o los gramos de mi tristeza,
sin olvidarse las marcas de petunia y notas a pie de página,
y es admirable su trabajo y es asombroso su trabajo
y en verdad es magnífico y loable su trabajo y
es inútil.
Pobrecito.
Pretende conocerme,
pero toda su herramienta de explorador se reduce
a un triste y viejo alfabeto de veintiséis letras.
Y además,
aunque pudiera,
¿Para qué necesita conocerme?
¿Cuánto de felicidad encuentra en conocerme?
¿Por qué no trata de besar a las mujeres sin escribirlas,
de caminar por los senderos sin numerarlos,
de mirar las gotas de lluvia sin registrarlas,
por qué no disfruta sencilla y simplemente
del soberbio disparate del mundo, por qué?
.
martes, 12 de marzo de 2013
LO PEOR ES CUANDO TERMINAS LA PINTADA Y LA PARED NO APLAUDE (4): Me han robado mi cartera vacía
Llevaba como doscientas pintadas cuando hice la que se ve en esta imagen, pintada que terminó siendo importante porque a partir de ella acabé con los rumores que apuntaban a que las hacía con photoshop. Este rumor, aunque parezca mentira, era un rumor muy extendido que me habían trasladado varios poetas, y se sustentaba en que casi nadie había visto nunca una pintada mía, por mucho que colgara las imágenes de cada una de ellas en mi blog. Tampoco me ayudaba mucho que las brigadas de limpieza me las borraran enseguida, antes de que nadie pudiera verlas, o que casi todas ellas las cometiera en calles poco frecuentadas de la zona Pacífico y Puente de Vallecas.
Decidí por tanto dejar mis vuelos gallináceos y me atreví a hacer varias pintadas en la Avenida del Mediterráneo, una vía muy larga y amplia por la que pasan coches incluso durante la madrugada, y la que hice en este BBVA se vio favorecida por tres circunstancias. La primera, que al menos duró cuatro días sin ser borrada. La segunda, que un bloguero pasó por ahí, la fotografió y subió una imagen a internet (AQUÍ). Y la tercera, qué casualidad, es que cerca de ese BBVA vive Alberto María Román, habitual del bar de poetas Bukowski Club, que fue el primero que empezó a decir que las pintadas eran reales. A partir de esta pintada se acaban mis tiempos de hierro en las paredes madrileñas y la gente comienza a hacerme un poco de caso. Sí. Existía un tal neorrabioso que pintaba sus deplorables versos en las paredes. Y los pintaba en feísta pero de verdad. En serio. Nada de photoshop.
miércoles, 6 de marzo de 2013
Prefiero Natalia a la revolución
La prefiero a la defensa de la infancia, al cuidado del ozono.
La prefiero al final de las fronteras.
La prefiero a la Amazonia.
Más que alejar el hambre y la tormenta, el volcán y el terremoto.
Más que ahuyentar la crisis.
Más que parar la guerra.
Antes que salvar al tigre y al leopardo.
Antes que proteger al inmigrante.
Antes que el feminismo y la filantropía.
Por encima de la paz en Jerusalén.
Por encima de la paz en Kabul. De la paz en Trípoli.
Por encima de curar el cáncer o atajar el sida.
Mejor que el rescate de Grecia, la salvación de África, la sanidad, la lectura.
Mejor que la ayuda a Haití. Que la ayuda a Somalia.
Mejor que parar el racismo, la ignorancia, la policía.
Prefiero Natalia a los derechos humanos.
Más que alejar el hambre y la tormenta, el volcán y el terremoto.
Más que ahuyentar la crisis.
Más que parar la guerra.
Antes que salvar al tigre y al leopardo.
Antes que proteger al inmigrante.
Antes que el feminismo y la filantropía.
Por encima de la paz en Jerusalén.
Por encima de la paz en Kabul. De la paz en Trípoli.
Por encima de curar el cáncer o atajar el sida.
Mejor que el rescate de Grecia, la salvación de África, la sanidad, la lectura.
Mejor que la ayuda a Haití. Que la ayuda a Somalia.
Mejor que parar el racismo, la ignorancia, la policía.
Prefiero Natalia a los derechos humanos.
Prefiero Natalia a las libertades.
Prefiero Natalia a la democracia.
Prefiero Natalia a la concordia.
Prefiero Natalia a la justicia.
Prefiero Natalia a la revolución.
jueves, 28 de febrero de 2013
La felicidad consiste en descubrir un Ford Taunus
Cuando tomé aquella Fiat Iveco y me vine a Madrid hacía tiempo que Lauros se había convertido en una zona casi residencial donde los chalets superaban en número a los caseríos y una estupenda carretera de amplias aceras unía Larrakoetxe con Gatika, pero durante los primeros años de mi vida Lauros fue un lugar aislado, anónimo, desconocido incluso para personas de localidades cercanas, un lugar campesino de vacas y estrellas cuyo único paisaje lo formaban algunos caseríos comunicados por senderos que no sobrepasaban el ancho de un carro de bueyes. Existía además una carretera principal de un solo carril tan estrecho que había que tocar el claxon en cada curva, y tan poco frecuentada que parecía una carretera fantasma:
–¡Alberto, ven, corre, corre! –me gritaba alguna de mis hermanas.
–¿Qué pasa?
–¡Viene un coche! ¡Un coche!
Al menor ruido motorizado mis hermanas y yo salíamos a fuego hacia la carretera y metíamos los dos pies en la calzada, tan ávidos de admirar de cerca el vehículo desconocido que a menudo los conductores de los coches, viéndose objetos de tanta expectación y contentos de ella, se finchaban con orgullo y bajaban la ventanilla y hasta nos saludaban o tocaban el claxon para correspondernos. Fuera del camión lechero de RAM y de la furgoneta del panadero Hijos de Cosme, que eran los únicos vehículos que llegaban diariamente, podían transcurrir días enteros sin que avistáramos ningún coche, por lo que una de mis aficiones consistía en anotar el número de todos, semana del 4 al 11 dos coches, semana del 12 al 19 cuatro coches, semana del 20 al 27 tres coches, etc., con las marcas y los colores exactos:
–¿Cómo va la clasificación del año? –me preguntaba mi hermana mayor.
–Noventa y dos coches en ocho meses. Gana el Seat 131 con once y segundo va el Renault 5 con diez.
–¿Y los colores?
–El primero el blanco, con treinta y cinco coches, y el segundo el rojo, con veinticuatro.
Existía una lucha ajustada entre el Seat 131, el Renault 5, el Ford Fiesta y el Citroen 2CV, a los que se unió uno o dos años más tarde el Renault 11 y el Opel Corsa, a medida que los fabricantes sacaban nuevos modelos que se iban sumando a los antiguos. También comenzaron a aparecer muchos coches de color gris metálico, con lo que algunos meses el gris consiguió desbancar al blanco. Pero más que el número de coches o sus marcas y colores respectivos, lo que mayor felicidad me daba era descubrir coches raros que no había visto nunca, como la vez que pasó un Renault Fuego delante de mis ojos entusiasmados y, sobre todo, la vez que pasó un coche rectangular y enorme, el coche más grande que había visto nunca, y tuve que acercarme más que nunca para ver su marca, un coche tan raro que todavía después seguía corriendo detrás de él.
–¡Un Ford Taunus! ¡Lourdes, he visto un Ford Taunus!
Había pasado por Lauros un Ford Taunus. Recuerdo la rabia que sentí porque era mes de julio y el colegio no empezaba hasta finales de septiembre, pues aquel coche era la prueba irrefutable de que en Lauros también sucedían cosas y estaba seguro de que iba a impresionar a mis compañeros, que siempre se reían de mí y comentaban que “Alberto vive en el culo del mundo”.
No es que Lauros fuera el culo del mundo, porque estaba a veinticinco kilómetros de Bilbao y a tan sólo cinco de Mungia, Sondika, Leioa o Derio; pero ocurría que no teníamos autobús ni tren ni carretera decente y no nos conocía casi nadie, ni siquiera los propios laurotarras que vivían en la parte de abajo, pues entre el comienzo de Lauros en Larrakoetxe hasta el final en la ermita de San Miguel había tres kilómetros. La situación comenzó a cambiar cuando irrumpieron las excavadoras e hicieron una carretera de dos carriles que unió Bilbao y Plentzia. A partir de ahí el tráfico aumentó tanto que en tres o cuatro años dejé de anotar los coches y empecé a aburrirme y casi a odiarlos, porque fueron ellos los que atropellaron y mataron a muchos de mis gatos preferidos, y por su culpa tuvimos que atar a nuestro perro Clay, un enorme pastor alemán cuyo nombre se lo puso mi padre en honor al boxeador que todavía hoy me sigue obsesionando. La afluencia masiva de coches también trajo nuevas broncas de mi madre, cuya principal ocupación era preocuparse por todo, a todas horas, por cualquier motivo:
–¡Alberto, como te atropelle un coche te mediomato!
Tampoco teníamos agua corriente. El ganado bebía en los arroyos que cruzaban nuestras huertas y existía una fuente central junto a la casa de Tiburcio de la que extraíamos el agua potable y donde acudían las laurotarras a lavar a mano la ropa. No había comercios ni bancos ni panaderías ni quioscos. No teníamos teléfono y la antena de televisión ni siquiera cogía la UHF. Y no había manera de salir de ese círculo hasta hacerte mayor de edad y sacar el permiso de conducir. Casi toda mi vida en Lauros hasta los diecinueve años, edad en que me saqué el carnet, se basó en los diez caseríos que iban del colegio Munabe hasta Goikogane, pues todo lo que quedaba por arriba o por abajo se situaba fuera de mi alcance. Las distancias y el desconocimiento entre nosotros eran tan grandes que un día de colegio, enterado uno de mis compañeros de que yo era de Lauros, preguntó por mí a una prima suya que también vivía en Lauros, ella en la parte de abajo, y se encontró con que, tras unos momentos de confusión en los que parecía no saber quién era, le dijo:
–¿Alberto Basterrechea? ¿De Astobieta? No caigo... ¿No será ese chico muy raro muy raro que no se relaciona con nadie y va solo a la ikastola a jugar a pelota o baloncesto?
Cómo me iba a relacionar con nadie si el chico más cercano a mi edad, Juan Mari, tenía nueve años más que yo, y con las chicas no jugaba porque me habían enseñado que los hombres grandes como yo no debíamos jugar con chicas. Por otra parte, el Partido nos tenía marginados por las hazañas continuas de mi padre. Pero ello no quiere decir que mi infancia fuera trunca o aburrida, no.
Al contrario.
Dentro de aquellos ocho o diez caseríos descubrí las personas más extraordinarias que me he encontrado nunca, personas que no he visto más tarde cuando he vivido en Bilbao, o más tarde en Barakaldo, o ahora en Madrid. Aquellos aldeanos, golpeados sucesivamente por la guerra civil y por la iglesia, por los avances técnicos que traía la modernidad y por los organizados de un signo y de otro, siguieron siendo ellos mismos en aquellos tiempos turbulentos en que sólo la luna garantizaba que no iba a cambiarse de bando. Racistas y espléndidos, sencillos y fantasiosos, siempre recalcitrantes, demostraron unas facultades inesperadas para fabricarse sus propias mentiras, las que ellos necesitaban, y se salvaron de la uniformación y vulgaridad ciudadana.
Los recuerdo todo silencio y piedra trabajando en las huertas o en las cuadras hasta que, de pronto, al acercarse las tres o las nueve de la noche, hora de los telediarios, se sucedían los gritos para comer o cenar, también los de mi madre:
–¡Chavaaaaaaaal! ¡A comer!
Entonces me bajaba del cerezo, o dejaba de perseguir gatos, o cerraba el cuaderno donde apuntaba todas las marcas y colores de los coches, y me iba a la cocina a comer mientras veíamos las noticias del telediario:
–¿Qué hacías en la carretera detrás de los coches?
–Es que si no me acerco no se distinguen las marcas.
–Tú eres tonto rematado.
Me sentaba en la mesa mientras mi madre continuaba con su misma cantinela, he parido un hijo insustancial, va corriendo detrás de los coches como un perro ratonero, el día que lo atropellen lo voy a mediomatar, etc, pero a mí no me importaban sus gritos porque para entonces ya sabía que la fortuna sólo se concede a quien se la trabaja, y había que meter muchas horas a pie de carretera para que alguna vez, casi de forma mitológica, apareciera a lo lejos un coche tan raro y fabuloso como un Ford Taunus.
.
martes, 26 de febrero de 2013
Tu clítoris azul
Los mayorales del pocoporciento
bebían anís con los muchoporciento
y Extraña era un macaón de plástico
y ocelos de color ladrillo,
con pobres tan sobrios
que bastaba una sábana para taparlos
y mendigos
con puentes de sobra para
contarse los piojos,
tan bien y tan vien
to que a Extraña la llamaban CAMPEONES,
to que a Extraña la llamaban CAMPEONES,
campeones mundiales de balonmano, campeones
de baloncesto y de fútbol y de hockey
y yo te dije, Natalia,
algún día puedo olvidarme de ti
pero nunca me olvidaré del galope de los caballos,
sus ojos increíbles avanzando hacia la muerte,
pero fue el crack y
el cráter, fue
el esqueleto partido y el hoyo de la bomba,
Extraña empezó a caer
y con ella yo mismo,
Extraña y yo cayendo,
faltaban puentes y sobraban mendigos,
los piojos superaron los diques, no
bastaba una sábana para tapar el océano,
y en Extraña nacieron otros Campeones,
los Campeones Mundiales del Llanto, ganamos
el oro por cincuenta millones
de lágrimas,
de lágrimas,
y yo escribía, Natalia,
algún día puedo olvidarme de los caballos
pero nunca me olvidaré de tu clítoris azul
tendido en mi cama como una flor carnívora.
lunes, 25 de febrero de 2013
Estaba dispuesto a arrodillarme mucho más
¿Veis esa chica peligrosa y peligruesa que aparece besándome en la fotografía ante una pintada de esas que hizo el gilibufono neorrabioso, hace tres meses, en la noche de Palma de Mallorca? Pues bien: esa chica me dejó hace un mes sin ningún motivo, pues salvo mi crueldad desaforada, misantropía en grados celsius, resentimiento con ali-oli, complejo de superioridad, recaídas continuas en Iratxe, travestismo ocasional, miedo infantil al sexo y síndrome de Diógenes, por no hablar de los versos malos que escribo y que pronto serán peores, por lo demás soy el hombre con anillo de saturno por el que suspiran las mujeres de ojos limpios y el predilecto que sueñan todas las madres para sus hijas. Pero el caso es que su abandono me dejó desesperado y desde entonces he tenido que hacer unas cosas tan insólitas que parece de broma lo que hizo Ulises para regresar a Ítaca, aprovechando que ella me dijo que su decisión podía ser revocada “en el caso de que me portara bien”. Decidí portarme bien, por tanto.
Lo primero que hice, pido disculpas por adelantado, fue doblar la rodilla y acudir por primera vez a su casa, cuando había prometido que jamás, j-a-m-á-s iba a pisar la casa de una pija relamida como ella, pues en el ideario neorrabioso todo el que luzca un hogar de dos plantas y cien metros cuadrados debe pedir perdón y donarlo al Estado. La segunda cesión: le compré por su cumpleaños un ramo miraquelindo de veintitrés rosas, una por cada año cumplido, la primera vez en mi vida que regalo flores a alguien, unas rosas tan rojigordas y cursiflores que la dependienta me debió adivinar mi bolsillo carpantero y me dijo:
–Las rosas blancas son mucho más baratas, te salen a tres euros cada una.
–Ya, pero tienen que ser rojas.
Con las rosas recuperé un poco del terreno perdido pero no tanto, y eso que eran rojas y tan rojas que por culpa de su rojo llevo una semana a dieta de pasta y patatas, por lo que tuve que volver a la carga: le ofrecí un gato pequeño para nuestro pisito Creta, yo que odio los gatos y mi casera me los tiene prohibidos. Lo del gato no cuesta dinero porque ya lo robaré o conseguiré de regalo en algún sitio, pero llevaba tiempo pidiéndomelo y siempre se lo había negado. Hasta la semana pasada.
También he aceptado acudir en Nochevieja a su cena navideña, con sus padres, sus tíos, sus hermanos y la órdiga, a los que conoceré por primera vez. Contra la familia como institución no tenía más que todo; opinaba como Gide y Breton que el escritor que se precie debe librarse de ella, pero he aquí que también en esto ha llegado el momento de retractarse (con mi familia no tengo ningún contacto, ni siquiera sé si están vivos, y a los padres de Iratxe no los quise conocer jamás, y eso que con ella duré diecisiete años). Por si fuera poco, a esa cena tengo que ir con zapatos y camisa, como me ha subrayado Natalia, yo que jamás me he puesto una camisa en los últimos veinticinco años (tengo que comprármela en cuanto cobre la paga extra, también los zapatos). Y tengo a Natalia de un subidísimo y crecidísimo que no veas:
–Ahora que tengo el poder –me dice–, quiero que barras Creta todos los días y tires las sábanas a lavar una vez cada quincena. Y tienes que dejar de comer como un guarro, ¿eh?, porque vas a hacer el ridículo con mis padres si no aprendes a comer.
En fin. Qué decadencia. Montar el tinglado neorrabioso para esto. Menos mal que anteayer abandonó los segunes y dependes de otros días y, ya con ojitos de corza, me dijo:
–Vale. Volvemos a salir al cien por cien.
Nada más decirlo he respirado como un pomelo o como un aguacate, feliz de la vida, pues cuánto frío si pierdo a esta chica y me quedo a solas con la literatura, lo ancha que se me va a hacer la noche, para quién voy a escribir si no está ella. Lo de mis renuncias y autotraiciones, además, qué más me da. Ella no lo sabe, pero estaba mucho más desesperado de lo que suponía. No estaba luchando sólo por mi novia sino por mi vida.
Que lo sepas, Natalia. Te rendiste demasiado pronto.
Estaba dispuesto a arrodillarme mucho más.
.
sábado, 23 de febrero de 2013
Prólogo neorrabioso a "Los Chicos del Vertedero" (Canalla Ediciones), de Toño Benavides
.
“LOS CHICOS DEL VERTEDERO” O LA ÉPICA DE ANTES ESCRITA COMO AHORA
¿Qué pensaríamos de alguien que fuera al trabajo diario con jubón, gorgueras o birrete? ¿De un pintor que se dedicara en el mismo 2012 a pintar en figurativo bodegones y vírgenes y cristos Pantocrator? ¿De un soldado que intentara derribar los F-18 con piedras y tiragomas? Por decirlo en más preciso y canalla, ¿qué pensaríamos de un poeta actual que insistiera en encajar las floristerías y metáforas agrícolas antiguas en los raíles métricos de hace cinco siglos, aquellos que surgieron en un mundo de orden, perfección y eufonía, y, dándoles un mero barniz de ahora mismo, los publicara sin descomponer el gesto en el mundo heterogéneo y caótico de hoy, un mundo donde la población no vive entre zagales y flores de romero sino entre semáforos y decibelios y destellos de escaparates? Las preguntas traen veneno pero en este caso son ociosas, porque ha llegado Toño Benavides con Los Chicos del Vertedero.
“LOS CHICOS DEL VERTEDERO” O LA ÉPICA DE ANTES ESCRITA COMO AHORA
¿Qué pensaríamos de alguien que fuera al trabajo diario con jubón, gorgueras o birrete? ¿De un pintor que se dedicara en el mismo 2012 a pintar en figurativo bodegones y vírgenes y cristos Pantocrator? ¿De un soldado que intentara derribar los F-18 con piedras y tiragomas? Por decirlo en más preciso y canalla, ¿qué pensaríamos de un poeta actual que insistiera en encajar las floristerías y metáforas agrícolas antiguas en los raíles métricos de hace cinco siglos, aquellos que surgieron en un mundo de orden, perfección y eufonía, y, dándoles un mero barniz de ahora mismo, los publicara sin descomponer el gesto en el mundo heterogéneo y caótico de hoy, un mundo donde la población no vive entre zagales y flores de romero sino entre semáforos y decibelios y destellos de escaparates? Las preguntas traen veneno pero en este caso son ociosas, porque ha llegado Toño Benavides con Los Chicos del Vertedero.
He aquí un libro escrito con unas maneras actuales y actualizadas. Se mueven Los Chicos del Vertedero entre tubos fluorescentes, cables eléctricos y una cadencia versicular y vertiginosa propia del mundo urbano de hoy. El ritmo no es del acento ni la sílaba sino el desaforado y amétrico de la turbina, los hilos de cobre y los electroimanes, los quioscos y los rayos infrarrojos. Hasta cuando aparecen animales se trata a veces de animales tecnificados (coches-caimán, pájaros de acero). Toño Benavides mezcla verso y prosa, inventa su ritmo y trata de enseñar a escucharlo, como si prestara al lector unas orejas nuevas e insólitas. Por supuesto que todo esto ya se ha hecho en mayor o menor medida por otros poetas que le preceden, pero en ninguno lo he visto con la meticulosidad y falta de pose de este poeta.
No se trata de modernez sino de modernidad. Cuando los futuristas y ultraístas, hace casi cien años, sublimaron el mundo mecánico y llenaron sus poemas de tranvías, telégrafos y automóviles, fueron acusados de mero deseo de epatar y la acusación era en ocasiones bastante pertinente, porque en aquellos tiempos el mundo seguía siendo mayoritariamente rural y no globalizado. Pero que en 2012 media poetambre continúe parada en el utillaje esencial de Garcilaso no tiene más explicación que el conservadurismo de gran parte de la lírica española en los últimos cincuenta años, conservadurismo que hace que los poetas actuales recuerden a veces a aquel loro del Orinoco, que, al decir de Humboldt, hablaba la lengua de una raza humana ya extinguida.
No se trata de modernez sino de modernidad. Cuando los futuristas y ultraístas, hace casi cien años, sublimaron el mundo mecánico y llenaron sus poemas de tranvías, telégrafos y automóviles, fueron acusados de mero deseo de epatar y la acusación era en ocasiones bastante pertinente, porque en aquellos tiempos el mundo seguía siendo mayoritariamente rural y no globalizado. Pero que en 2012 media poetambre continúe parada en el utillaje esencial de Garcilaso no tiene más explicación que el conservadurismo de gran parte de la lírica española en los últimos cincuenta años, conservadurismo que hace que los poetas actuales recuerden a veces a aquel loro del Orinoco, que, al decir de Humboldt, hablaba la lengua de una raza humana ya extinguida.
Nada de eso ocurre en este libro, que puede disfrutarlo lo mismo un catedrático que un lector no especializado. En Los Chicos del Vertedero, salidos de un escenario que puede ser cualquier ciudad de Occidente, la modernidad no está buscada por esnobismo sino que es tan natural como la famosa carta robada de Poe, tan difícil de encontrar y sin embargo a la vista de todo el mundo. Es el poemario en que más y mejor he visto retratado el espacio tecno-urbano, desde un punto de vista que además es sorprendente, pues Toño Benavides no se refugia en ningún romanticismo o adanismo roussoniano. Mientras muchos artistas siguen sosteniendo una pelea contra la técnica y siguen presumiendo de no saber cómo se utiliza el mando a distancia, Benavides rinde un homenaje tan grande al maquinismo y al asfalto que yo mismo he llegado a decirle:
–Toño, veo tanta lujuria en el detallismo con que describes la ciudad moderna que hasta me parece una defensa del consumismo...
–Sí, es que la ciudad y la técnica me fascina. Hasta me encantaría vivir teniendo por horizonte un paisaje de fábricas y chimeneas, con eso te digo todo.
–Creo que esto no le gustaría mucho a los ecologistas.
–Es que la épica no es moral, Batania.
La épica de Benavides no es moral sino exagerada, centelleante, voltaica. La épica es épica. A veces aparece en esta epopeya la crítica y la denuncia, pero es una crítica que acusa y denuncia sin señalar, sin hacer juicios descalificadores. Es el lector el que descifra la denuncia de acuerdo con lo que va leyendo, pero la función poética siempre queda a salvo y por encima. El poeta señala a la ciudad actual como centro de las enajenaciones y enumera los valores castrantes de la civilización capitalista, pero no propone una vuelta a Altamira o a las casas comunales de los iroqueses, sino que funda una vanguardia alucinada de seres sensitivos, Los Chicos del Vertedero, que recuperan los valores esenciales de los seres humanos y se lanzan a por un nuevo futuro urbano lleno de síes, un futuro donde se sienta con más fuerza el amor y la velocidad.
El poeta se sumerge en el inmenso bataclán de la vida moderna y se lo apropia, poetiza el bullicio y lo estira, se adentra en el carnaval diario y lo lirifica, crea belleza entre la polución y la chatarra. Este es un aspecto que me gustaría destacar, pues es muy sencillo escribir con las setecientas palabras de cien euros para arriba sacadas de la tradición o los diccionarios, palabras que nos vienen domesticadas desde hace muchos siglos, con las acepciones literarias habituales y las eufonías obligatorias, y otra cosa muy diferente y mucho más difícil es adentrarse en un campo semántico y léxico apenas explorado, compuesto de materiales de derribo o supuestamente antipoéticos, como sacados de las Páginas Amarillas, y extraer de esa parcela de ruido algo que suene distinto y lírico. Esto no se podría conseguir si al poeta no le asistiera un oído extraordinario y una gran capacidad metafórica, esto es, un talento poco común. Talento que se manifiesta a la hora de combinar los vocablos técnicos con los no técnicos, las partes coloquiales con las líricas, lo descriptivo con lo narrativo, los sonidos ásperos con los suaves, o el acierto continuado cuando se debe cambiar de verso o cortar las simetrías.
Consigue así este libro quemante, mestizo, voluntariamente caudaloso y desflecado, que se lee como se leen los libros que se han gozado escribiéndolos. A veces me recuerda a Lêdo Ivo o a Allen Ginsberg, a veces me suena a Blade Runner o Mad Max, algunas a los himnos de Queen o U2, pero siempre me sabe a Toño Benavides. Quizá lo que voy a decir a continuación pueda molestar, porque sé que la palabra “disfrute” no es considerada por muchos como un valor dentro de la poesía, pero he disfrutado tanto leyendo este libro como cuando voy al cine, veo fútbol, escucho música o leo cómics. Tiene esto mayor mérito por cuanto el poemario, que a ratos es muy complejo, contiene estancias que no he entendido pero en las que me ha pasado lo que sólo me ocurre con los buenos poetas, esto es: no sé con exactitud lo que estoy leyendo pero me lo paso bien, soy llevado y poseído, arrastrado por la atmósfera y la potencia del libro.
En las palabras que sirven para abrir la obra, Benavides continúa un fragmento de Chuck Palahniuk, aquel que comienza “En el mundo que imagino”, por lo que me voy a permitir lo mismo para rematar este prólogo. En la poesía que imagino, los poetas dejarán de nutrirse con preferencia de la historia de la poesía y beberán de las fuentes más insospechadas y corruptas. Abandonarán los diccionarios al uso y extraerán las palabras de los catálogos de revistas, de las guías del ocio, de las facturas y las multas, los callejeros y las etiquetas, los prospectos de los medicamentos y los documentos extraídos de la vitalidad más crujiente. En la poesía que imagino, los poetas que se amolden como el fósil a la pizarra y sigan utilizando los ritmos y formas consabidas serán procesados por plagio, y en los escritorios de los nuevos poetas colgará este letrero: “EL QUE SÓLO SABE DE POESÍA NI SIQUIERA SABE DE POESÍA”. Se leerán los poemas con una cerveza o una bolsa de palomitas en la mano, y nadie considerará la lectura de poemas como algo imprescindible o un ejercicio espiritual superior digno de engolamiento. En la poesía que imagino los libros se distinguirán tanto entre ellos como Los Chicos del Vertedero se distingue del resto de los libros, los poetas serán tan diferentes entre sí como Toño Benavides del resto de poetas, y la poesía será lo mismo que siempre pero como nunca, lo mismo que antes pero como ahora, igual que en otros siglos pero con el aire imantante y multiforme del siglo XXI.
.
El poeta se sumerge en el inmenso bataclán de la vida moderna y se lo apropia, poetiza el bullicio y lo estira, se adentra en el carnaval diario y lo lirifica, crea belleza entre la polución y la chatarra. Este es un aspecto que me gustaría destacar, pues es muy sencillo escribir con las setecientas palabras de cien euros para arriba sacadas de la tradición o los diccionarios, palabras que nos vienen domesticadas desde hace muchos siglos, con las acepciones literarias habituales y las eufonías obligatorias, y otra cosa muy diferente y mucho más difícil es adentrarse en un campo semántico y léxico apenas explorado, compuesto de materiales de derribo o supuestamente antipoéticos, como sacados de las Páginas Amarillas, y extraer de esa parcela de ruido algo que suene distinto y lírico. Esto no se podría conseguir si al poeta no le asistiera un oído extraordinario y una gran capacidad metafórica, esto es, un talento poco común. Talento que se manifiesta a la hora de combinar los vocablos técnicos con los no técnicos, las partes coloquiales con las líricas, lo descriptivo con lo narrativo, los sonidos ásperos con los suaves, o el acierto continuado cuando se debe cambiar de verso o cortar las simetrías.
Consigue así este libro quemante, mestizo, voluntariamente caudaloso y desflecado, que se lee como se leen los libros que se han gozado escribiéndolos. A veces me recuerda a Lêdo Ivo o a Allen Ginsberg, a veces me suena a Blade Runner o Mad Max, algunas a los himnos de Queen o U2, pero siempre me sabe a Toño Benavides. Quizá lo que voy a decir a continuación pueda molestar, porque sé que la palabra “disfrute” no es considerada por muchos como un valor dentro de la poesía, pero he disfrutado tanto leyendo este libro como cuando voy al cine, veo fútbol, escucho música o leo cómics. Tiene esto mayor mérito por cuanto el poemario, que a ratos es muy complejo, contiene estancias que no he entendido pero en las que me ha pasado lo que sólo me ocurre con los buenos poetas, esto es: no sé con exactitud lo que estoy leyendo pero me lo paso bien, soy llevado y poseído, arrastrado por la atmósfera y la potencia del libro.
En las palabras que sirven para abrir la obra, Benavides continúa un fragmento de Chuck Palahniuk, aquel que comienza “En el mundo que imagino”, por lo que me voy a permitir lo mismo para rematar este prólogo. En la poesía que imagino, los poetas dejarán de nutrirse con preferencia de la historia de la poesía y beberán de las fuentes más insospechadas y corruptas. Abandonarán los diccionarios al uso y extraerán las palabras de los catálogos de revistas, de las guías del ocio, de las facturas y las multas, los callejeros y las etiquetas, los prospectos de los medicamentos y los documentos extraídos de la vitalidad más crujiente. En la poesía que imagino, los poetas que se amolden como el fósil a la pizarra y sigan utilizando los ritmos y formas consabidas serán procesados por plagio, y en los escritorios de los nuevos poetas colgará este letrero: “EL QUE SÓLO SABE DE POESÍA NI SIQUIERA SABE DE POESÍA”. Se leerán los poemas con una cerveza o una bolsa de palomitas en la mano, y nadie considerará la lectura de poemas como algo imprescindible o un ejercicio espiritual superior digno de engolamiento. En la poesía que imagino los libros se distinguirán tanto entre ellos como Los Chicos del Vertedero se distingue del resto de los libros, los poetas serán tan diferentes entre sí como Toño Benavides del resto de poetas, y la poesía será lo mismo que siempre pero como nunca, lo mismo que antes pero como ahora, igual que en otros siglos pero con el aire imantante y multiforme del siglo XXI.
.
miércoles, 20 de febrero de 2013
La abeja reina
y tantas abejas de antenas moradas
brillando y batiéndose cerca de ti,
sus alas nerviosas como un tren eléctrico,
y fuiste a enamorarte de la abeja reina,
tenías que prendarte del plutonio
de la abeja reina,
amarla
como aman las moscas los ojos de las vacas,
con un amor mezquino y magnífico,
tan bello y miserable que mejor no decirlo
ahora que te ha dejado,
lo tienes merecido, a quién se le ocurre
enamorarse de la abeja reina,
te echó de sus mieles a trompa y garrotazo,
apenas te dio tiempo a decirle
qué espanto de amor, y qué grande.
.
jueves, 14 de febrero de 2013
LO PEOR ES CUANDO TERMINAS LA PINTADA Y LA PARED NO APLAUDE (3): Inmigrantes, vosotros sois el mar de Madrid
Tienes tanto miedo a la aparición inesperada de un vehículo de policía que comienzas a incubar un oído bolchevique para los coches y un oído menchevique para el resto de sonidos, como pude comprobar durante esta pintada de la calle Sierra Madrona, zona Nueva Numancia, madrugada de 2009, cuando me hallaba en plena acción y de pronto dos chicas quinceañeras se acercaron nocturnas y borrachas por mi retaguardia y a sólo un metro de distancia me dijeron hola, qué estás pintando, y del susto casi se me escapa el corazón por la boca y también los riñones y los hígados y los intestinos, igual que decía en broma mi padre que ocurría con los tiburones si les das un estirón fuerte por la cola. Aquellas chicas no supusieron más que un mero contratiempo en mi carrera de Sprayman, porque las dos me dijeron que no me preocupara y me animaron a terminar el grafito delante de ellas, pero yo, por primera vez ante espectadores, comencé a sentirme incómodo, como si fuera un actor porno o como esos monos del zoo a los que se tiran cacahuetes, porque las pintadas son un asunto íntimo entre dos únicas personas, la pared y yo, y creo que esa fue la razón por la cual la grafía de esta pintada me quedó más fea aún de lo habitual, como escrita por un hombre enfadado, y el segundo verso, el que escribí delante de las chicas, me salió muy ondulado, como escrito tan ebrio como ellas.
Aún dio para más la historia de esta pintada, pues hube de asistir a la reacción de incredulidad de las dos muchachas una vez que la hube concluido, pues no entendían la pintada y me decían, oye, es que nosotras no sabemos de poesía, qué significa este mensaje, y yo encogía los hombros, pues nunca me había planteado esa posibilidad, esto es, la de que mis pintadas no se entendieran, ya que soy un intento de poeta popular y mis versos, pensaba hasta entonces, son sencillos y más claros que el agua del Lozoya. Me fui a casa de mal humor y lleno de dudas porque, en primer lugar, si esas dos chicas habían conseguido acercarse a sólo un metro de mí sin que yo me diera cuenta, ¿qué no habría pasado de haber estado un agente? Por otra parte, ¿cómo puede ser que mis pintadas no se entiendan? Por más vueltas que le daba a las palabras de mi mensaje me seguía pareciendo tan obvio que ni siquiera sabía explicarlo. Qué coño va a significar esta pintada, me decía. Pues eso. Que son el mar de Madrid.
.
Suscribirse a:
Entradas (Atom)







