jueves, 4 de julio de 2019

Lo adecuado


Lo adecuado sería enamorarme
de mujeres con fresas en el pelo
y lamerles sus rojos sosegados
veinte veces o treinta por semana,
lo adecuado sería evitarme
las mujeres tormenta
las mujeres navaja
las mujeres combate
las mujeres pregunta
las mujeres tornado
las mujeres problema
las mujeres batalla,
lo adecuado sería apartarme
de los centros, huir
de las zonas urbanas y escapar
al extrarradio, que no puedan
conseguir mi correo ni mi número
de preso, que no conozcan las señas
del niño mío ni la mosca mía,
que no me encuentren, que
no se repita Iratxe:
que a ninguna le sea posible acercarse,
que no tengan ocasión de dirigirme
ni
la
más
mínima
palabra.



sábado, 12 de enero de 2019

El amor


Era domingo y yo dibujaba peonzas. Iratxe me dejó. El amor
es un ave sin nido que pone huevos en el aire. El amor
es un sapo que luce joyas de circonio. El amor.

El amor.

Ella robó el manual de naranjerías. Yo me quedé sin nada. El amor
es el brillo de astracán que esconde al cordero asesinado. El amor
es un mapa que apunta al desoriente. El amor.

El amor.

Ella nació de la cópula de los tréboles con la escarcha. Yo era
un hijo corrupto de los cardos. El amor no conoce el alfabeto
ni la rueda. El amor es un cuervo blanco. El amor.

El amor.

Era domingo y yo dibujaba peonzas. Me dejó
y no quiero olvidarla.

El amor.



domingo, 25 de noviembre de 2018

Porque te amo tanto no quiero cambiarte


Todo parecía marchar con música de violines la primera vez que Iratxe llegó a Astobieta, la noche en que fui la piel y hueso de los comentarios de mi familia por la razón de que era la primera novia que se me conocía, mira qué guapa es, qué callado se lo tenía, etc., y ya nos encontrábamos en los postres tras una velada algodona en que Iratxe se había mostrado todo lo formal que realmente era, cuando, a cuenta de no sé qué miga de tontería o rabo de lagartija que le dije, de pronto se metió con lentitud los dedos en su melena, indicio indudable de que iba a comportarse todo lo informal que también era, y soltó con su habitual chulería, delante de mi padre, delante de mi madre, delante de mis hermanas:

–Ten cuidado, que he visto demasiadas pollas en mi vida para ser una mujer honrada.

Iratxe era tigretruena, tiburona, demasiada, como una extraña abeja que hubiera desarrollado aguijones de repuesto, pero también podía ser todo lo contrario. Era capaz de caminar por la calle Hurtado de Amézaga de Bilbao, borracha perdida, mientras iba rompiendo a patadas todos los retrovisores de los coches que iba encontrando, y, en cambio, justo una semana después, cuando el profesor de Sociología de la Universidad de Leioa nos comunicaba que secundaría la huelga de la jornada siguiente, ante la algarabía de todos nosotros, siempre deseosos de librarnos de las clases, esa misma chica levantaba la mano y, después de hacer hueco en los pulmones, le decía muy firme delante de toda la clase:

–Usted sabrá lo que hace. Yo he pagado mi matrícula para recibir clases y mañana voy a estar aquí para que cumpla con su responsabilidad.

Ya desde el primer año me sorprendió la facilidad con que me insultaba o me deseaba la muerte cuando nos enfadábamos, que era muy a menudo y casi siempre por tonterías, pero igual de sorprendente era su intensidad a la hora de quererme. No llevábamos ni tres meses viviendo juntos cuando me la encontré en casa llorando sin ninguna razón aparente, episodio que solía repetirse tres o cuatro veces cada año, y al preguntarle por la razón de sus lágrimas, me respondió que tenía miedo de que me muriera antes que ella.

–Pero Iratxe –le consolaba yo–, soy joven y no estoy enfermo ni trabajo en nada peligroso. No entiendo por qué me iba a morir de repente.
–Ya lo sé, pero da igual. Si soy yo la que se muere antes, sé que tú vas a poder continuar, pero si eres tú el que se muere antes, yo no voy a poder.

Tenía tanto miedo a mi muerte prematura que para calmarla le conté el mito griego de Filemón y Baucis, aquellos dos ancianos que, cuando Zeus les concedió un deseo, desdeñaron cualquier riqueza y solo pidieron morir juntos. Y ella se entusiasmó tanto con este mito que enseguida repartimos los papeles, ella Baucis y yo Filemón, y comenzamos a bromear sobre este asunto. Si veíamos por la tele que algún Boeing siniestraba y no había supervivientes, lamentábamos inmediatamente no haber ido en ese avión, y lo mismo no haber estado en el Challenger cuando estalló o en las Torres Gemelas el día que se cayeron. Pero las mejores de estas atrocidades eran las que fantaseábamos por la calle:

–Iratxe, a que no tienes ovarios para tirarte conmigo desde este puente.
–A que sí.
–Vale. Pero primero vamos a tomarnos unas cañas para celebrarlo.
–Vamos.

Ella fue la primera persona a la que pude contar mi vida en todos sus detalles, sin ningún secreto, pues hasta entonces nunca tuve un amigo y la relación con mis hermanas era de mucha lejanía. Castrado emocional como fui hasta entonces, siempre asustado ante todo, Iratxe fue la que me hizo descubrir y extender mi yo. Empecé a contarle cosas mías con mucho miedo, pero, viendo que no me rechazaba sino que le encantaba mi mundo interior, empecé a gustarme detallándole y hasta exagerándole mis defectos, o entrando en terrenos negros de mi biografía como el alcoholismo de mi padre, el día en que le pegué a mi madre, o el rechazo que nos hacía el Partido en Lauros. También ella fue la primera persona a la que le conté que soy travesti ocasional desde los diez años de edad y, aunque nunca le permití que me viera vestido de mujer, ella solía ir a la parte B de mi armario, allí donde guardo mi ropa de travesti, y se empezaba a reír ante lo que llamaba “mi pésimo gusto al elegir ropa de mujer” o, ya desternillada de la risa, volvía a la sala con alguno de mis zapatos de tacón y, con ellos en alto, me decía:

–¡Pero Alberto, vamos a ver!!! ¿Eres capaz de salir a la calle subido aquí? ¡Joder, que yo me caigo y me rompo todos los piños si camino tres pasos con esto!

Con ella descubrí el sexo. Hasta entonces me había ido pasando con la masturbación, pues en Lauros no había chicas de mi edad, no teníamos autobús y por tanto no podía ir a Mungia, que era el lugar donde iban de fiesta los jóvenes de los alrededores. Aparte de esto, había sufrido una educación ultracatólica de miedo a los cuerpos desnudos y asco por el acto sexual, que me parecía algo sórdido. Pero con el descubrimiento del sexo vino lo más escandaloso: ¡éramos exhibicionistas! Nos encantaba hacerlo en cualquier sitio, en la calle, en las plazas, en los bares, sin importar la gente e incluso deseando que la hubiera. Recuerdo nuestros primeros tres años como una locura de lágrimas, alcohol y semen, saliendo con la Nissan Vanette de mis padres por la autopista A-8, arriesgando nuestras vidas, desnudos y borrachos y totalmente locos:

–¿A que no tienes lo que hay que tener para lanzar la Vanette contra la mediana? –me gritaba en broma.
–No, Iratxe, que igual nos quedamos solo parapléjicos.
–¡Cobarde! ¡Eres un puto gallina!

Pero ya empezaban los primeros problemas graves entre nosotros, porque ella era como una tormenta dentro de la tormenta, y yo tampoco tengo paciencia para nada. A la mínima me insultaba, o me dejaba porque decía que no le hacía ni caso, o incluso nos abandonábamos en plena madrugada sin preguntar al otro si tenía dinero para un taxi, o llevaba las llaves de casa, o nada. Y en las discusiones yo soy un bicho de muy mala ralea, de esos a quienes enseguida les sale la prepotencia y se convierten en seres muy repelentes, como el día en que le dije con una naranja en la mano:

–¿Ves esta naranja, Iratxe? Aquí está la diferencia que hay entre tú y yo. Dentro de esta naranja yo puedo ver submarinos, metralletas, gatos persas o bolígrafos de colores ¿entiendes? Tú, en cambio, solo puedes ver pulpa de naranja. De nada te ha servido tener padres perfectos, idiomas, clases particulares, una vida regalada y la comida en la boca, porque solo puedes ver pulpa de naranja. ¡Yo veo dentro lo que me da la gana porque soy un creador, tú en cambio solo puedes ver pulpa de naranja!
–¡Ojalá te mueras! –me contestaba ella–, ¡O-ja-lá-te-mue-ras! ¿Ves esta carita que te está hablando? ¡Mírala bien y memorízala, porque hoy es el último día que la vas a ver!

Era una mujer que gritaba de una manera tan aguda que cada uno de sus gritos se te metía dentro del cuerpo y no lo sacabas hasta segundos más tarde, gritos tan penetrantes que parece todavía más asombroso que jamás le viera con ronquera en los diecisiete años que pasé con ella. Tampoco pedía perdón jamás por nada, salvo las veces que se las ingeniaba para hacerlo de forma conjunta:

–Alberto, esto se tiene que acabar. Los dos sabemos que somos la persona más importante en la vida del otro y tenemos que controlarnos. No deberíamos desearnos la muerte jamás.
–Ah, eso sí que no, Iratxe. Yo jamás te he deseado la muerte, eso lo haces tú.
–¡Ya empiezas, Alberto! ¡El asunto no es quién lo haya hecho, el asunto es que no deberíamos hacerlo nunca más, ni tú ni yo!

Mi padre la adoraba. Participante hasta entonces del estereotipo de que “los de Bilbao” eran vagos y ultrafinos, se quedaba pasmado ante la laboriosidad de Iratxe, que venía a Astobieta y me ayudaba a atar tomates, plantar puerros, sembrar patatas o cualquier otra tarea. En cuanto al “defecto” del que se le acusaba, el de su mal genio, a mi padre le parecía virtud:

–Una mujer tiene que ser así. Si no tiene temperamento, mejor una vaca.

En Madrid comenzó a dejarme con más continuidad, pero necesitó hacerlo nueve veces para lograr su objetivo. Y no es que me dejara en broma sino muy en serio, al punto de que en una ocasión se fue a vivir durante siete meses a Carabanchel Bajo, pero cada vez que nos veíamos notaba enseguida que seguía imperando sobre ella, que seguía “poniéndole” físicamente, y en cambio la última vez que me dejó supe que era la definitiva porque me trataba con una lejanía física y frialdad desconocidas. Ya no había nada que hacer. Ella quería ser mi amiga y que siguiéramos viéndonos, pero a mí eso me parecía imposible. ¿Yo amigo de Iratxe? ¿Después de una relación de pólvora, comenzar una de fogueo? Como le dije que había decidido no volver a verla nunca más, hizo algo muy propio de su carácter: me envió un mensaje de correo con una sola palabra, “HIJODEPUTA”. Esa fue la última noticia que tuve de ella.

Todavía hoy, siete años después, me gusta abrir el portátil y buscar en mi correo ese mensaje, HIJODEPUTA, y ponerlo a cuerpo gigante en la pantalla mientras abro una botella de vino. Y me lo paso muy bien bebiendo mientras voy recordándola, porque ya no me amargo como antes por haberla perdido, sino que me alegro de haber pasado con ella diecisiete años. Qué mujer, de verdad, es que con ella los dioses rompieron todos los moldes. Hasta me atrevo a decir que toda esta calamidad que es el ser humano, con sus guerras, saqueos y destrucciones, queda justificada si es capaz de producir ejemplares como ella. Era pura verdad, pura naturalidad y pura intensidad en todo lo que hacía. Era una mujer pasmosa.

–¿Ves aquella apisonadora, Alberto?
–Sí.
–¿A que no tienes cojones, después de las cañas, a poner conmigo tu cabecita debajo de ella?
–A que sí.



martes, 20 de noviembre de 2018

Una mujer kilimanjara


Sé muy bien que mi historia es la historia
……….del niño que miraba tanto al cielo
……….que al final se le puso cara de nube,
y que la mujer que me ame
……….deberá martillar mil veces en el vacío
……….para acertar una sola vez en mi clavo,
pero dejadme pedir este mi quiero,
perdón por la tontería,
una mujer es mi requiero, mujer con grapa o tridente
……….o blanco mogadiscio.

Una mujer con faros antiniebla. Quiero.
Una mujer que me sonría cuando descubra vacío el cofre
……….de mi tesoro.
Una mujer soleada y sin airbag para besarla transparente
……….en los extrarradios.
Una mujer con el alma impura y la piel impura y la cabeza
……….llena de calcetines sucios.
Una mujer para decirte, Sofía (si te llamaras Sofía),
solo soy una nuez, pero si te atreves a partir esta nuez
hallarás dentro galeones y grúas y muchos elefantes. 

Juntos crearemos una nueva versión de lluvia.
Patentaremos las pilas eternas para los Amores
……….Descomunales.
Tendremos un hijo lunático y ajedrecista que fabricará bolas
……….de palabras y destruirá el Bank of America.
Seremos como tenistas comiendo melón en el cine,
……….y la gente nos señalará indignada:
“Mirad a esos, no hay derecho, ¡se están amando
……….en pleno miércoles!”.

Perdón por la tontería,
pero no quiero mujeres que me nieguen el chocolate
……….de estrellas,
o mujeres que minen el suelo con bolas de cicuta
……….para que los koalas alegres de Lucifer
……….no puedan revolcarse.
No quiero mujeres que respeten la apertura de sonrisa
……….fijada por el gobierno,
o mujeres con paraguas que parezcan paraguas
……….que llevan mujeres.

Una mujer con pulgones. Quiero.
Una mujer con erratas de luna para amarla en picado a pesar
……….de sus virtudes.
Una mujer para plancharle las mejillas sobre latas de cerveza
……….y llenárselas de colas de lagarto.
Una mujer cuyas pisadas no dejen huellas en la nieve,
……….solo en los tétanos de mi corazón silvestre.
Una mujer para decirte, Paula (si te llamaras Paula),
los fracasos que conoces son meras uñas de ratones:
los que yo te enseñaré serán leones enteros. 

Juntos robaremos a mano desarmada una violeta salvaje
……….y la llevaremos en la boca con la divisa
……….AMARNOS SIN DEBERNOS.
Criaremos caballos musicales cuyo galope sincronizado
……….será el nuevo rock de Occidente.
Escribiremos del viento la primera traducción Viento-Español y
……….Español-Viento.
Cocinaremos una nueva receta de beso con más de veinte
……….ingredientes distintos, y la gente dirá:
“¿Una receta mágica de beso? ¿Pero qué
……….sentido…?”.

Perdón por la tontería,
pero no quiero mujeres tan rectas que pongan comida
……….matadelfines en los desagües,
o tan serias que necesite comprarme una pértiga para saltar
……….la valla de sus cejas.
No quiero mujeres que no coman aceitunas por si el cáncer
……….de mama,
o no vean baloncesto por si la prórroga, o no beban cerveza
……….por si el embarazo.

Una mujer con algo de anaconda. Quiero.
Una mujer como un descampado para manosearla sobre
……….paisajes de Chagall tigreados.
Una mujer que no sea túnel sino puente, que no sea cebolla
……….sino naranja, que no sea triste y versitriste
……….sino alegrista y en parapente.
Una mujer tan kilimanjara que necesite dos sherpas y un
……….vaso de whisky para llegar del bajo de su carne
……….a la cima con puma de su alma.
Una mujer para decirte, Raquel (si te llamaras Raquel),
si escribo versos es porque no sé escribir aviones:
mis poemas son mi pequeña forma de acariciarte.

Solo he vivido en dos lugares de este mundo
y fue en las bocas de las dos mujeres que amé.
A las dos las quise por su exceso de cilindrada
y las dos me quisieron por mi falta de simetría.
Una mujer. Quiero.
Color de viento. Quiero.
Que suene a limones.

En las sábanas del futuro.


(Perdón por la tontería).




Encontrada y fotografiada por @forgetisthenewblack (AQUÍ)


miércoles, 30 de mayo de 2018

El vuelo del pequepájaro sobre la jirafaronte


Creo que mide 1`80. No conozco su altura exacta, nunca se lo he preguntado, pero la mujer que amo es larga como una línea de Renfe o como una trenza de cebollas amarillas. Ella me jura que ya ha dejado de crecer, pero no me fío del todo. Me acerco a su cuerpo con la piel como navaja, queriendo besarla entera y en todos sus azules, pero pronto me voy aburriendo y al de una hora me siento cartón piedra, carne de lunes, derrotado. Quiero besarla al completo pero solo alcanzo a besarla a trozos.

Al principio quise ocuparla sin mayor cuidado, empezando por cualquier parte, como si aquello fuera un centímetro o una losa menchevique, pero fue a la segunda semana, después de pasarme cinco horas besando su brazo izquierdo y darme cuenta de que aún no había pasado de la muñeca, cuando comprendí que mi novia no es una novia normal. Qué va a ser normal: mi novia es el transiberiano.

No por ello me rendí sino al contrario: comencé a trazarle mapas a bolígrafo, acordoné zonas de su cuerpo, hice cuadrantes, contraté perros y hasta helicópteros, no escatimé en medios, nada me parecía bastante. Hasta me acostumbré a clavar, cada vez que terminaba mi jornada de besos, un letrero en su piel donde decía “Precaución: zona de Natalia YA besada”. Gracias a estos detalles y a los turnos intensivos de quince horas diarias, logré cubrir de besos el 3% de su cuerpo en tan solo una semana, pero también sufrí la lógica fatiga y hasta algunos desfallecimientos, todos producidos por la magnitud de su territorio. Dos labios dan para mucho, pero solo son dos labios. Y lo peor es que ella lo notaba, se da cuenta:

–¿Qué te pasa?
–Nada.
–¿Es por mi altura, verdad?
–No, claro, qué tontería.

Nunca le he dicho nada por este motivo, y ello por cuatro razones, que son las siguientes: una, dos, tres y cuatro. Además, su largura también tiene sus ventajas: ¿Sabéis lo maravillosos que son los abrazos de las mujeres largas? ¿Los habéis probado? Cuando una mujer así te rodea con sus brazos hasta dar cinco o seis vueltas sobre tu cuerpo, la sensación es indescriptible, uno se siente más abrazado que nunca. También cuenta con otras ventajas:

–Natalia, ¿Me alcanzas la sal?
–¿Qué sal?
–Aquella. La que está seis mesas a la izquierda.

Y la alcanza, no miento, nunca falla. Sus gadcheto-manos son tan portentosas que llegan a todo objeto situado diez metros a la redonda, aunque también conllevan sus problemas, sobre todo en el metro, donde tengo que controlar sus efusividades. El martes pasado, por ejemplo, dio un manotazo sin querer a un viajero que iba en el vagón siguiente, y eso que le tengo dicho que, al menos en los lugares públicos, debe ir con los pies juntos y los brazos cruzados, pero no siempre me hace caso.

Así es mi vida y mi amor con la mujer longilínea. Parece complicado pero poco a poco nos vamos acostumbrando. Tú eres el pequepájaro y yo la jirafaronte, me dice, siempre traviesa y habilidosa acuñando palabrujerías. Alguna vez le he comentado que quiero escribir algo sobre su largura y ella me ha respondido que bueno, que le parece bien, que escriba lo que quiera a condición de que no exagere. Y yo pienso que eso de que no exagere sobra, ¿no? Porque yo soy un escritor realista y minucioso, casi fotográfico: no se me ocurriría nunca contar un detalle que se desviara un solo centímetro de la realidad. Como todo el mundo sabe.



martes, 29 de mayo de 2018

Los organizados


A los organizados no les importa nada que hayas nacido en un caserío de Lauros con cerezos y manzanos y perales de San Juan. En un caserío donde los cantos de las malvices en primavera ahogan los zumbidos de las abejas.

A los organizados no les parece decisivo que Lauros careciera de autobús y cajero automático y tiendas de ultramarinos. Que en Astobieta no hubiera sofás ni alfombras ni calefacción central ni agua caliente.

Les da lo mismo que tu padre fuera alcohólico y brillante y parco y calamitoso.

Nada les dice que tu vida transcurriera rodeado de cinco mujeres fuertes y de carácter, cinco mujeres como cinco baobabs andantes que todo te lo llevaban y te lo hacían, todo te lo dejaban en la palma de las manos.

A los organizados les resulta indiferente que hayas plantado más de un millón de puerros, que conozcas qué luna es propicia para las acelgas, las distintas clases de lechugas, cómo se capan las plantas de tomate, los centímetros de profundidad a los que se han de sembrar las patatas.

Qué diferencia hay entre una culebra y una víbora, cómo matarlas, por qué las vacas se reúnen en torno a un poste de luz, qué significa, que sepas todo eso no les importa a los organizados.

A los organizados no les compete que nueve décimas partes de tu infancia y adolescencia las pasaras totalmente solo, jugando a pelota solo, caminando con el perro solo, haciendo nada, paseando con el tiempo.

A los organizados sólo les importa tu lugar de nacimiento. Ellos miran las coordenadas espaciales de Astobieta, 43° 18′ 57.96″ N y 2° 55′ 27.98″ W, y a partir de ahí disponen de tu vida. Entonces dicen, los unos:

–Astobieta pertenece a Euskadi.

Y dicen, los otros:

–Astobieta pertenece a España.

Aquella monja que insistió a tus padres para que siguieras estudiando, la hermana Sagrario, la que te salvó de las huertas y las vacas, todo eso les da igual a los organizados.

Aquel profesor de latín del instituto Txorierri, José Antonio Beobide, el que te enseñó los primeros versos de la Eneida y te inoculó su pasión por la antigüedad grecolatina, todo eso es accesorio para los organizados.

Todo lo que te enseñó en la universidad Francisco Letamendia. Todo lo que te enseñó Álvaro Gurrea. Lo importantes que fueron para ti. Qué más les da.

Que la ermita de Lauros tuviera una parte izquierda para que se sentaran las mujeres y una parte derecha para los hombres; que en tu colegio hubiera un patio para las chicas y un patio para los chicos, les parece indiferente.

Que estuvieras rodeado de laurotarras fantasiosos que negaban las versiones de los diarios y se inventaban las suyas propias, qué les va a importar eso.

Los organizados sólo se encargan de las historias grandes. No atienden a los casos particulares. Sólo se preocupan de las estructuras y las esencias y no pueden descender a las personas. Ellos están muy ocupados escribiéndote la historia que debes aprender, los libros que debes leer, los atletas a los que debes animar, el idioma que debe estar por encima y el idioma que debe estar por debajo.

Lo hacen porque saben y están capacitados. Los organizados no dudan nunca. Tú estás escribiendo una historia subjetiva y no sabes ni sabrás nunca si tu padre fue un genio o un loco o un borracho, y eso que compartiste miles de horas a su lado, pero eso no les pasa nunca a ellos. Los organizados escriben con método sobre cosas que nunca han visto y no se limitan a opinar o proponer, no: ellos demuestran. Son sabios. Informan de forma objetiva. Por eso sorprende tanto que las conclusiones a las que llegan unos organizados sobre los mismos hechos sean tan diferentes a las de los otros organizados.

Les da igual que la única memoria de los laurotarras se remita a la Guerra Civil. Que la única constancia que tienen de sus antepasados sea la de que cultivaban la tierra, cortaban la hierba y ordeñaban las vacas.

Nada les altera lo que supuso para ti el descubrimiento de Victor Hugo. Lo que supuso la primera vez que viste correr a Hicham el Guerrouj. El combate de Alí contra Cleveland Williams. La curva de Laguna Seca en la que Rossi superó a Stoner.

Nada les dice tu historia propia, tus libros propios, tus deportistas favoritos, tus cantantes, tu manera de hablar con tu perro, la forma en que te asusta la muerte.

A los organizados nada les importa eso. Son hombres que están muy ocupados tomando decisiones de tu parte y por tu propio bien. Lo único que les importa es la maldita casualidad del punto exacto donde has nacido. Se limitan a mirar las coordenadas espaciales de Astobieta, 43° 18′ 57.96″ N y 2° 55′ 27.98″ W, y se imponen la tarea, los unos:

–Es vasco y hay que adoctrinarlo.

Y se aplican al trabajo, los otros:

–Es español y hay que adoctrinarlo.



lunes, 21 de mayo de 2018

Se tarda tanto en caer de un andamio


Se tarda tanto
en caer
de un andamio
si eres
marfileño,
si eres
argelino,
si eres
peruano,
que tienes tiempo
de sobra
para recordar
el azucarillo
del café
de las nueve,
la quiniela fallida
por culpa
del Barça
o el último beso
carminado
de aquella chica
que no era
tu mujer.
Se tarda tanto
en caer
de un andamio
si eres
búlgaro,
si eres
marroquí,
si eres
rumano,
que los diarios
publican tu muerte
cuando aún
vas por el aire,
y tu familia llora
ante el ataúd
y deja crisantemos
mientras sigues
cayendo,
y pasan los días
y los meses
y los años
y todavía estás
en el aire,
preguntando
dónde
habrá un suelo,
cuándo
se acabará todo,
por qué
no se pone fin a esto
si eres
saharaui,
si eres
esloveno
si eres
boliviano.



Una falda granate y una camiseta color plátano


No empecé a odiar de verdad a los organizados hasta el día en que vi por última vez con vida real a mi padre, justo antes de entrar en el coma que desembocaría en su muerte, pues la morfina ya no le hacía efecto por más que se la administraran en cantidades industriales. Fue justo en esas veinticuatro últimas horas que se mantuvo consciente en el hospital de Cruces, en una habitación de la planta reservada a oncología, cuando mi padre comenzó a decir a mi madre:

–Me voy a morir esta noche. Coge el bolso y vámonos a Toki-Ona.

Toki-Ona. De pronto mi padre citó un lugar al que no había vuelto en los últimos 26 años. Se pasó las últimas horas de su vida hablando del pasado feliz y remoto, de cuando jugaba al fútbol y decía que le llamaban Puskas, pero cada poco tiempo volvía a lo mismo:

–Coge el bolso y vámonos a Toki-Ona.
–Cállate.
–¡Coge el bolso, que me voy a morir esta noche!

Aquello estaba lleno de significado. Me pasé los cinco días de vela en Cruces, los que mi padre transcurrió en coma antes de su final definitivo, pensando en Toki-Ona, en el agujero negro de Toki-Ona, en el recuerdo aún nítido y fresco que tenía mi padre de Toki-Ona.

En Toki-Ona había ocurrido una historia en 1978.

Hasta entonces mi padre había sido modélico, el orgullo de la familia, tu padre es muy grande, etc. Había enseñado euskera a su primera hija, la había colmado de regalos, trabajaba de albañil con éxito y hasta se había planteado comprar un piso en Derio, planteamiento que casi se consuma pero que se vino abajo porque mi padre, al visitarlo, debió decir que “yo no voy a ser capaz de vivir en un lugar tan cerrado”, y eso que el piso tenía noventa metros. Cierto que se había casado con una burgalesa y por aquel detalle algunos familiares y laurotarras le habían dejado de hablar, pero ya hacía muchos años que había ocurrido aquello y mi madre había mostrado tal capacidad de trabajo que poco a poco se había ido haciendo con el pueblo, salvo con ese veinte por ciento imposible que siguió considerándola maqueta de por vida.

Cómo estaría de integrado en el pueblo mi padre que hasta se llevaba bien con los del Partido. Se llevaba bien con todos, incluso con los de Landachueta, parte del pueblo cubierta de chalets que estaba en el barrio Zabaloeche, muchos de cuyos miembros votaban a Alianza Popular y vivían dentro de sus muros a espaldas del resto del pueblo. Pero en aquel tiempo mi padre era tan supervasco que aún tiempos después siempre andaba diciendo:

–Está por nacer el que me enseñe a ser vasco. Yo he puesto ikurriñas en lugares donde nadie podía cogerlas, fíjate lo que te digo.
–Ya, aita. En la luna o más alto.
–Eso es cierto. Las que yo ponía, ni la Guardia Civil podía alcanzarlas.

Hasta había abandonado por propia decisión la construcción de la central nuclear de Lemoiz, central que el Partido apoyaba pero contra la que se alzaban todos los pueblos de alrededor. Lemoiz se hallaba a unos diez kilómetros de Lauros. Según contaba mi padre, al de una semana se enteró de los peligros de las centrales nucleares y fue de inmediato al encargado:

–Aquí os dejo la herramienta. No quiero finiquito ni nada, si sale esto adelante no se va a poder beber un litro de leche en todas las Vascongadas.

Entonces llegó aquel día fatídico de 1978. Refiero la historia a partir de lo que me contaron numerosas veces mi madre y mis dos hermanas mayores, porque yo tenía sólo cuatro años y no me acuerdo.

Por aquellos tiempos mis padres iban mucho al Batzoki o a Toki-Ona, bares donde solían ir los cabecillas del Partido o aquellos que simpatizaban con él. En realidad iba todo el mundo, porque ya he referido que la única sociedad que existía en Loiu era la que se articulaba en torno al Partido. Mis padres llegaban allí sobre las nueve o diez de la noche y se iban sobre las doce o una. A veces nos llevaban a nosotros y nos invitaban a un kas o a una partida en la máquina de petacos. Aquel día fuimos mi hermana y yo. Pero con las prisas, mi madre vistió a mi hermana con lo primero que encontró: una falda roja y una camiseta amarilla.

Nada más llegar, mi padre se puso a jugar al mus con sus amigos y mi madre se situó con sus amigas de hasta entonces:

–Piedad, por favor, cómo has vestido así a la cría.
–¿Qué pasa?
–¡Rojo y amarillo, por dios!
–Huy, ni me he dado cuenta.

Pareció al principio que la conversación se había quedado ahí y que la combinación de mi hermana se había olvidado, pero no:

–Piedad, ¿vistes de maqueta a la cría?
–Por favor, no me he dado cuenta.
–¡No estamos en tiempos para esos descuidos!

Y comenzaron a insistirle con tanta fuerza que al final mi madre se echó a llorar y a balbucear entre lágrimas por favor..., ya me lo habéis dicho..., no me he dado cuenta..., la vestí con lo primero que me encontré..., dejadlo ya... Se creó tal escándalo que mi padre, que hasta entonces había seguido jugando a cartas sin darse cuenta del suceso, preguntó al final por lo que pasaba. Y entonces se armó.

No era mi padre una persona que mostrara calma en momentos como ese. Cuando supo que las lágrimas de mi madre estaban causadas por los colores de la ropa de mi hermana, montó en cólera. “¿Quiénes sois vosotros para decir nada, basura de gente, si habéis sido todos unos franquistas?”, les dijo. Y era cierto, según se decía por todo el pueblo, que la mayoría de los cabecillas del Partido había vivido muy bien durante el régimen y había mantenido excelentes conexiones con los prebostes.

Así fue cómo, tras varios puñetazos en la mesa, mi padre le dijo a mi madre que cogiera el bolso y nos volvimos a Astobieta. Aquella fue la última vez que mi padre fue a Toki-Ona. No hubo ni una posibilidad de reconciliación. Poco más tarde, mi padre empezaría a votar a UCD y a ir contra el Partido. Empezó a fumar y a beber. Empezó a destruirse.

Todo por una falda y una blusa. Una falda que, para más inri, según decía mi madre, no era roja sino granate. Y una camiseta que era de color plátano.

Llevaba yo veinte días en el hospital de Cruces con esa tensión insoportable de ver cómo mi padre se moría, cuando aquel detalle de Toki-Ona agitó mi mente. Que mi padre, horas antes de morir, igual que en Ciudadano Kane con la palabra Rosebud, hubiera repetido tantas veces el nombre del lugar en que había sido feliz, aquello empezó a hacerse insufrible para mí.

De pronto todo se me hizo claro. Mi padre vencido no por el cáncer de pulmón, sino por el cáncer policial de las banderas. No por una enfermedad común, sino por la enfermedad moral de los hombres. No destruido por personas que vienen una a una y atacan de frente, sino aplastado por alimañas que se unen entre ellas, se ayudan entre ellas, crean sus propias leyes y te imponen su propio miedo.

Y arrastrado quizá por la misma sensibilidad que no se atreve a decir su nombre, por la misma capacidad afectiva castrada de mi padre, por las mismas facultades de manipulación y fantasía que él tenía, ya no vi a un hombre que moría de formal natural a los sesenta y siete años. No, mi padre no había muerto: a mi padre lo habían matado.

¿Y quién lo había matado? ¿Quiénes eran los culpables? Mi máquina ya no iba a descansar desde entonces.


Los culpables eran los organizados.



domingo, 20 de mayo de 2018

El montón de los poemas aparte


Yo también le escribía versos blancos
de lirios y arandelas, yo también
le dedicaba ninfas extraídas
de los libros y lamias de los libros
y volutas robadas de los libros,
con mucha Berenice y navego
en el lago dorado de tus ojos,

y ella los leía con las gafas
para leer poemas,
y me regalaba una sonrisa exacta
de dos por siete centímetros,
y me decía
“Son muy bonitos”,

y los dejaba en el montón
de los poemas bonitos,
con los poemas que le había dedicado
Pache
y los que le había dedicado Aitor
y los que le había dedicado Harkaitz
y los que le había dedicado Javi
y Manu
y Víctor
y Unai
y Gabriel
y Juanra,

por eso empecé a darle versos negros
de rosas con plutonio, le empecé
a dedicar arañas recortadas
y mañanas rientes y espinosas
con mucho de Iratxe y qué te crees,
a ver qué pasa, quién juega a otoños
y quién vive un sueño,

y ella comenzó a quitarse las gafas
para leerlos,
y le salía una risa millonaria
de dientes y calambres,
y me decía orgullosa
“Esta soy yo”,

y los dejaba en la mesilla
de los poemas aparte,
en el montón nuevo de poemas
que solo sabía escribirle
yo.



sábado, 19 de mayo de 2018

Convocatoria


Los asesinos reunidos bajo el árbol gigante y azul de los poetas; los drogadictos reunidos y mancornados bajo el paraguas azul de los poetas; las actrices porno reunidas y mancornadas y citadas en el hangar azul de los poetas, habiendo consultado las vísceras de las aves, los azules de Saturno y el oráculo de Delfos, luego de haber catado los azules del Fracaso, su esposa la Melancolía y su hijo el Resentimiento, quieren decir que, están en disposición de, se creen con derecho a, se erigen en, advierten de que, concluyen y pronuncian, afirman y proclaman, azules:

–Que la poesía y el asesinato se parecen, pero la poesía es más sangrienta.
–Que la poesía y las drogas se parecen, pero la poesía es más adictiva.
–Que la poesía y el porno se parecen, pero la poesía es más pornográfica.

Hoy. Martes. 21:00. Diablos Azules. C/Apodaca, 6. Nueva jam session de poesía.

La poesía ha vuelto y yo no tengo la culpa.