viernes, 4 de octubre de 2019

Batania / neorrabioso


BATANIA no es capricho, confeti o taconeo: si me hubiera llamado Ricardo Neftalí Reyes o Lucila Godoy nunca lo habría sustituido por Pablo Neruda o Gabriela Mistral. Pero ocurre que las termitas del pasado trabajaron en contra y cargaron mi nombre y apellidos de connotaciones políticas, ideológicas y territoriales que yo juzgo malsanas, de forma que, al morir mi padre y producirse en mi interior el gran estallido, decidí desprenderme de ellas: de ahí el sueño de escribir. Escribir en político, se entiende, escribir alejándome y denunciando lo falso adquirido, lo sectario heredado, lo nuestro que no es nuestro. Batania no responde a motivos eufónicos ni literarios sino a motivos políticos y existenciales. Dicho de otra manera: me niego al espacio y el tiempo que me han asignado, no quiero hacer la vida que me toca. Por eso a mi tiempo personal lo he llamado neorrabioso: porque quiero ser vehemente, porque quiero ser invasivo, porque quiero demasiado. Por eso a mi espacio lo he llamado Batania: porque quiero ser cercano, porque quiero ser concreto, porque tomo el té de las cinco en el patio de mi contrapaís. Por otra parte, que el nombre de Batania sea femenino no es casual sino premeditado: si escribo es gracias a la tensión entre las tres aes del espacio Batania y las tres oes del tiempo neorrabioso. Me referí una vez al artista como andrógino y sostuve que el poeta ideal tenía su parte de poeta y su parte de poetatriz. Por eso fundé neorrabioso: porque soy macho. Por eso Batania: porque soy hembra.



lunes, 30 de septiembre de 2019

Decálogo de supervivencia para el poeta solo


1. Si quieres lanzar las palabras más lejos tendrás que muscularte todos los días.

2. Nunca pienses que tu cerebro averiado es inferior a un cerebro de fábrica que todavía conserva el papel de regalo.

3. Cuida tu megalomanía, es ella la que te mantiene lejos de los sueños fáciles de conseguir.

4. No trates de domar a tu soledad, no se puede.

5. Recuerda que las ruedas pinchadas también giran. Que los juguetes rotos también sirven para jugar. 

6. No trates de destruirte, la vida es un búfalo demasiado grande como para que un cobarde como tú pueda matarlo con un palillo.

7. No dejes que tu ego y tu antiego duerman juntos en la misma cama.

8. Escribe como si estuvieras ya dentro del ataúd.

9. No llores. No te quejes. No inventes cicatrices.

10. Nunca mires a las estrellas, que las estrellas te miren a ti.



Qué lástima


¡Qué lástima nos dais,
madrileños sopladores de banderas,
qué lástima vuestra triste ciudad
parada en el mismo lugar de la tierra!

¡Qué lástima vuestros hombres heteros
que nunca ofrecerán sus pollas
por miedo al semen de las linternas!

¡Qué lástima vuestras mujeres heteras
que nunca ofrecerán su culo
a los taladros de las cervezas!

¡Qué lástima vuestros policías milojos
que al negro vigilan y acosan y encarcelan!

¡Qué lástima tanto fuego que no arde,
tanta ley que no abriga,
tanto alcohol que no prende,
tanta paz que no llena!


¡Madrid capital de nada,
que naciste sola y morirás sola,
qué lástima!



No humano


De muchos errores soy responsable,
pero nunca he tratado de ser un hombre.

No tengo hijos. No tengo propiedades.
No pertenezco a nada.
No he firmado contratos
que limitaran mi libertad
con la de nadie.

Siempre me he sentido extraño entre ellos.
Van a votar, yo no voto.
Van de vacaciones, yo me quedo.
Tienen amigos, yo no tengo.
Quieren a su madre, yo no la quiero.
Aman a su patria, yo no la amo.

Por más que busque,
no hallo prueba
que me vincule con esa especie.

Ni siquiera los conozco.
A golpe de “clic” veo documentales sobre ellos
y observo que son criaturas nacidas para rebaño.
Las hembras parecen un poco más limpias, eso es todo.

De algunos fracasos soy responsable, eso sí.
De algunas flaquezas y caídas.
De muchas erratas en mi escritura.


Pero nunca he tratado de ser un hombre.




Te amo


Qué difícil es volver a decir teamo
después de haber lanzado teamos a otras mujeres
que se fueron como claveles de humo o naves en llamas,
mujeres que ahora ni me saben ni me recuerdan
o me recuerdan con un hierro negro
ardiendo en la punta de su corazón,
y además, créeme,
no es lo mismo decir teamo a los veinte
que ahora a los cuarenta y cuatro años,
cubierto ya mi estanque de agua sucia,
y sé que me voy a reír al decirlo
y tú también te vas a reír…

Pero qué más da.
Volveré a decirlo apretando una piedra
y temblando ante el lobo de tus ojos.
Repetiré lo que me diga el viento
cuando el rojo del cielo sea tan rojo como verte.
Cuando tu voz se eleve en el aire
y vacilen las charnelas de las puertas, diré te amo.
Diré te amo aquí y en Atenas, te amo
en Londres y en Acapulco, te amo
hacia el futuro y hacia el pasado,
en el ascenso y en la caída,
como un submarino te amo,
cuando seas barco te seguiré amando
y cuando seas naufragio te echaré
mis quince y quinientas manos.

Te amo y no importa que sea diciembre,
te amo y qué escarabajo en tus ojos,
te amo y qué atlas tus cremalleras.




El calibre de las corbatas


Poeta que tiene un hijo
se enfría, poeta que gana
un premio se relaja, poeta
que matrimonia y adquiere un chalet en Laredo
sufre una muerte horrible, se muere
de plástico y brindis y homenajes,
se muere de lazos y aplausos
y ya no encuentra al demonio
que le escribía las metáforas,
ya no siente las tenazas del ritmo
ni escucha voces ni ángeles desde que
lo recibieron el alcalde y el presidente,
desde que lo nombraron predilecto y gloria de la patria,
desde que hombres muy gordos
le entregaron una bolsa de monedas y
mataron a su tigre,
¡el tigre que había esquivado mil balas,
que pronto cayó
ante la primera ráfaga de corbatas!




Quince patas


Lo que pasa es que eres como una cierva de quince patas que no coordina el trote, eres un cúmulo y confusión de patas que no sincronizan y por eso caes y recaes y eres la mujer del continuo tropezarse porque sigues aferrada a tu cerebro de quince patas y a tu cuerpo de quince patas y a tus sueños de quince patas.

Tú sabes muy bien que en este bosque las ciervas que funcionan tienen cuatro patas, los cerebros que funcionan tienen cuatro patas, las personas que suben y ganan y pisan fuerte tienen cuatro patas, y sin embargo, mira si serás pelirroja, te niegas a desprenderte de tus quince patas y sigues enamorada de tus caídas y errores, de tus continuos fracasos, trabajos perdidos, amantes de tres días y discusiones con tu madre.

¿Que el matrimonio tiene cuatro patas? A ti te gustaría besar a todos los hombres y mujeres con lunares en el cerebro, solo por escuchar de cerca cómo se abren las velas de los barcos vikingos que guardan en su estómago, porque solo crees en los amantes de quince patas y los matrimonios de quince patas.

¿Que la patria tiene cuatro patas? A ti te gustaría vivir en lugares por ti creados y mezclados como Berlinecia o Villapulco o Madrilonia, y subirte a los manzanos y a los magnolios para escribir poemas, porque solo crees en los lugares de quince patas y en las patrias de quince patas.

¿Que el trabajo tiene cuatro patas? A ti te gustaría ser pianista de gatos o contadora de nubes o albañil si pudieras tocar el saxo en el andamio una vez cada hora, porque solo crees en las jornadas de quince patas y los oficios de quince patas.

Por eso te admiro y te adoro y te beso desde el meñique hasta el mediodía, porque a los cinco años todos tenemos quince patas pero a los 43 años en punta es muy difícil hallar a alguien que las siga conservando como tú las conservas, orgullosa, con todos los toboganes y cicatrices y moratones de la que se niega al rebaño cuadrúpedo, esas cuatro patas que son conformismo que son tristeza que son planicie. Por eso lanzo mis vítores y hurras y brindis por las mujeres como tú:

¡Tres vítores por los helicópteros y las mujeres de quince patas!
¡Tres hurras por las que buscan y rebuscan tréboles de quince patas!
¡Tres brindis por las que ríen y roen y rugen con quince patas!



Antes de que el fascismo vuelva a España


Antes de que el fascismo vuelva a España,
dile a la chica de la media melena amarilla
que te gusta el reflejo que hacen sus ojos
cada vez que se pone su jersey de cuadros,

planta un árbol, quita el polvo a tus libros,
pide hora para una nueva revisión médica,
repasa el pasaje de Tácito donde Calgaco
arenga a los caledonios contra los romanos

y escribe, sobre todo escribe
lo que quizá puedas escribir por última vez
causando tan solo silencio o indiferencia,
ataca a esta España racista que persigue
a las cebras azules y a los cisnes rojos,
di lo que hace ese estado, denuncia que

España nació contra el moro y el judío,
fletó barcos bajo la cruz de la codicia
y destruyó al indio de cien cabezas,
España robó tierras y borró mentes,
prohibió libros, quemó los códices
y pagó la plata con pólvora y viruela,
España embruteció, extendió los piojos
de la culpa, propagó un dios demente
que teme a las mujeres y a los cuerpos,

escríbelo, ¡ya estás tardando en escribirlo!,
y saca pecho, que vean que no tienes miedo,
recuerda que has venido a Madrid a destruirte
y que la cárcel no es nada para un poeta,
¡la cárcel en España siempre fue un hogar,
otra fragua de palabras para el poeta!,

y vete por fin a ver un partido del Rayo,
riega los geranios, paga tus deudas,
termina de una vez La montaña mágica,
llena de comida y agua el bol de tus gatos,
camina por el medio de la calle sin paraguas
y disfruta hasta empaparte de lluvia,


antes de que el fascismo vuelva a España.




jueves, 4 de julio de 2019

Lo adecuado


Lo adecuado sería enamorarme
de mujeres con fresas en el pelo
y lamerles sus rojos sosegados
veinte veces o treinta por semana,
lo adecuado sería evitarme
las mujeres tormenta
las mujeres navaja
las mujeres combate
las mujeres pregunta
las mujeres tornado
las mujeres problema
las mujeres batalla,
lo adecuado sería apartarme
de los centros, huir
de las zonas urbanas y escapar
al extrarradio, que no puedan
conseguir mi correo ni mi número
de preso, que no conozcan las señas
del niño mío ni la mosca mía,
que no me encuentren, que
no se repita Iratxe:
que a ninguna le sea posible acercarse,
que no tengan ocasión de dirigirme
ni
la
más
mínima
palabra.



sábado, 12 de enero de 2019

El amor


Era domingo y yo dibujaba peonzas. Iratxe me dejó. El amor
es un ave sin nido que pone huevos en el aire. El amor
es un sapo que luce joyas de circonio. El amor.

El amor.

Ella robó el manual de naranjerías. Yo me quedé sin nada. El amor
es el brillo de astracán que esconde al cordero asesinado. El amor
es un mapa que apunta al desoriente. El amor.

El amor.

Ella nació de la cópula de los tréboles con la escarcha. Yo era
un hijo corrupto de los cardos. El amor no conoce el alfabeto
ni la rueda. El amor es un cuervo blanco. El amor.

El amor.

Era domingo y yo dibujaba peonzas. Me dejó
y no quiero olvidarla.

El amor.



domingo, 25 de noviembre de 2018

Porque te amo tanto no quiero cambiarte


Todo parecía marchar con música de violines la primera vez que Iratxe llegó a Astobieta, la noche en que fui la piel y hueso de los comentarios de mi familia por la razón de que era la primera novia que se me conocía, mira qué guapa es, qué callado se lo tenía, etc., y ya nos encontrábamos en los postres tras una velada algodona en que Iratxe se había mostrado todo lo formal que realmente era, cuando, a cuenta de no sé qué miga de tontería o rabo de lagartija que le dije, de pronto se metió con lentitud los dedos en su melena, indicio indudable de que iba a comportarse todo lo informal que también era, y soltó con su habitual chulería, delante de mi padre, delante de mi madre, delante de mis hermanas:

–Ten cuidado, que he visto demasiadas pollas en mi vida para ser una mujer honrada.

Iratxe era tigretruena, tiburona, demasiada, como una extraña abeja que hubiera desarrollado aguijones de repuesto, pero también podía ser todo lo contrario. Era capaz de caminar por la calle Hurtado de Amézaga de Bilbao, borracha perdida, mientras iba rompiendo a patadas todos los retrovisores de los coches que iba encontrando, y, en cambio, justo una semana después, cuando el profesor de Sociología de la Universidad de Leioa nos comunicaba que secundaría la huelga de la jornada siguiente, ante la algarabía de todos nosotros, siempre deseosos de librarnos de las clases, esa misma chica levantaba la mano y, después de hacer hueco en los pulmones, le decía muy firme delante de toda la clase:

–Usted sabrá lo que hace. Yo he pagado mi matrícula para recibir clases y mañana voy a estar aquí para que cumpla con su responsabilidad.

Ya desde el primer año me sorprendió la facilidad con que me insultaba o me deseaba la muerte cuando nos enfadábamos, que era muy a menudo y casi siempre por tonterías, pero igual de sorprendente era su intensidad a la hora de quererme. No llevábamos ni tres meses viviendo juntos cuando me la encontré en casa llorando sin ninguna razón aparente, episodio que solía repetirse tres o cuatro veces cada año, y al preguntarle por la razón de sus lágrimas, me respondió que tenía miedo de que me muriera antes que ella.

–Pero Iratxe –le consolaba yo–, soy joven y no estoy enfermo ni trabajo en nada peligroso. No entiendo por qué me iba a morir de repente.
–Ya lo sé, pero da igual. Si soy yo la que se muere antes, sé que tú vas a poder continuar, pero si eres tú el que se muere antes, yo no voy a poder.

Tenía tanto miedo a mi muerte prematura que para calmarla le conté el mito griego de Filemón y Baucis, aquellos dos ancianos que, cuando Zeus les concedió un deseo, desdeñaron cualquier riqueza y solo pidieron morir juntos. Y ella se entusiasmó tanto con este mito que enseguida repartimos los papeles, ella Baucis y yo Filemón, y comenzamos a bromear sobre este asunto. Si veíamos por la tele que algún Boeing siniestraba y no había supervivientes, lamentábamos inmediatamente no haber ido en ese avión, y lo mismo no haber estado en el Challenger cuando estalló o en las Torres Gemelas el día que se cayeron. Pero las mejores de estas atrocidades eran las que fantaseábamos por la calle:

–Iratxe, a que no tienes ovarios para tirarte conmigo desde este puente.
–A que sí.
–Vale. Pero primero vamos a tomarnos unas cañas para celebrarlo.
–Vamos.

Ella fue la primera persona a la que pude contar mi vida en todos sus detalles, sin ningún secreto, pues hasta entonces nunca tuve un amigo y la relación con mis hermanas era de mucha lejanía. Castrado emocional como fui hasta entonces, siempre asustado ante todo, Iratxe fue la que me hizo descubrir y extender mi yo. Empecé a contarle cosas mías con mucho miedo, pero, viendo que no me rechazaba sino que le encantaba mi mundo interior, empecé a gustarme detallándole y hasta exagerándole mis defectos, o entrando en terrenos negros de mi biografía como el alcoholismo de mi padre, el día en que le pegué a mi madre, o el rechazo que nos hacía el Partido en Lauros. También ella fue la primera persona a la que le conté que soy travesti ocasional desde los diez años de edad y, aunque nunca le permití que me viera vestido de mujer, ella solía ir a la parte B de mi armario, allí donde guardo mi ropa de travesti, y se empezaba a reír ante lo que llamaba “mi pésimo gusto al elegir ropa de mujer” o, ya desternillada de la risa, volvía a la sala con alguno de mis zapatos de tacón y, con ellos en alto, me decía:

–¡Pero Alberto, vamos a ver!!! ¿Eres capaz de salir a la calle subido aquí? ¡Joder, que yo me caigo y me rompo todos los piños si camino tres pasos con esto!

Con ella descubrí el sexo. Hasta entonces me había ido pasando con la masturbación, pues en Lauros no había chicas de mi edad, no teníamos autobús y por tanto no podía ir a Mungia, que era el lugar donde iban de fiesta los jóvenes de los alrededores. Aparte de esto, había sufrido una educación ultracatólica de miedo a los cuerpos desnudos y asco por el acto sexual, que me parecía algo sórdido. Pero con el descubrimiento del sexo vino lo más escandaloso: ¡éramos exhibicionistas! Nos encantaba hacerlo en cualquier sitio, en la calle, en las plazas, en los bares, sin importar la gente e incluso deseando que la hubiera. Recuerdo nuestros primeros tres años como una locura de lágrimas, alcohol y semen, saliendo con la Nissan Vanette de mis padres por la autopista A-8, arriesgando nuestras vidas, desnudos y borrachos y totalmente locos:

–¿A que no tienes lo que hay que tener para lanzar la Vanette contra la mediana? –me gritaba en broma.
–No, Iratxe, que igual nos quedamos solo parapléjicos.
–¡Cobarde! ¡Eres un puto gallina!

Pero ya empezaban los primeros problemas graves entre nosotros, porque ella era como una tormenta dentro de la tormenta, y yo tampoco tengo paciencia para nada. A la mínima me insultaba, o me dejaba porque decía que no le hacía ni caso, o incluso nos abandonábamos en plena madrugada sin preguntar al otro si tenía dinero para un taxi, o llevaba las llaves de casa, o nada. Y en las discusiones yo soy un bicho de muy mala ralea, de esos a quienes enseguida les sale la prepotencia y se convierten en seres muy repelentes, como el día en que le dije con una naranja en la mano:

–¿Ves esta naranja, Iratxe? Aquí está la diferencia que hay entre tú y yo. Dentro de esta naranja yo puedo ver submarinos, metralletas, gatos persas o bolígrafos de colores ¿entiendes? Tú, en cambio, solo puedes ver pulpa de naranja. De nada te ha servido tener padres perfectos, idiomas, clases particulares, una vida regalada y la comida en la boca, porque solo puedes ver pulpa de naranja. ¡Yo veo dentro lo que me da la gana porque soy un creador, tú en cambio solo puedes ver pulpa de naranja!
–¡Ojalá te mueras! –me contestaba ella–, ¡O-ja-lá-te-mue-ras! ¿Ves esta carita que te está hablando? ¡Mírala bien y memorízala, porque hoy es el último día que la vas a ver!

Era una mujer que gritaba de una manera tan aguda que cada uno de sus gritos se te metía dentro del cuerpo y no lo sacabas hasta segundos más tarde, gritos tan penetrantes que parece todavía más asombroso que jamás le viera con ronquera en los diecisiete años que pasé con ella. Tampoco pedía perdón jamás por nada, salvo las veces que se las ingeniaba para hacerlo de forma conjunta:

–Alberto, esto se tiene que acabar. Los dos sabemos que somos la persona más importante en la vida del otro y tenemos que controlarnos. No deberíamos desearnos la muerte jamás.
–Ah, eso sí que no, Iratxe. Yo jamás te he deseado la muerte, eso lo haces tú.
–¡Ya empiezas, Alberto! ¡El asunto no es quién lo haya hecho, el asunto es que no deberíamos hacerlo nunca más, ni tú ni yo!

Mi padre la adoraba. Participante hasta entonces del estereotipo de que “los de Bilbao” eran vagos y ultrafinos, se quedaba pasmado ante la laboriosidad de Iratxe, que venía a Astobieta y me ayudaba a atar tomates, plantar puerros, sembrar patatas o cualquier otra tarea. En cuanto al “defecto” del que se le acusaba, el de su mal genio, a mi padre le parecía virtud:

–Una mujer tiene que ser así. Si no tiene temperamento, mejor una vaca.

En Madrid comenzó a dejarme con más continuidad, pero necesitó hacerlo nueve veces para lograr su objetivo. Y no es que me dejara en broma sino muy en serio, al punto de que en una ocasión se fue a vivir durante siete meses a Carabanchel Bajo, pero cada vez que nos veíamos notaba enseguida que seguía imperando sobre ella, que seguía “poniéndole” físicamente, y en cambio la última vez que me dejó supe que era la definitiva porque me trataba con una lejanía física y frialdad desconocidas. Ya no había nada que hacer. Ella quería ser mi amiga y que siguiéramos viéndonos, pero a mí eso me parecía imposible. ¿Yo amigo de Iratxe? ¿Después de una relación de pólvora, comenzar una de fogueo? Como le dije que había decidido no volver a verla nunca más, hizo algo muy propio de su carácter: me envió un mensaje de correo con una sola palabra, “HIJODEPUTA”. Esa fue la última noticia que tuve de ella.

Todavía hoy, siete años después, me gusta abrir el portátil y buscar en mi correo ese mensaje, HIJODEPUTA, y ponerlo a cuerpo gigante en la pantalla mientras abro una botella de vino. Y me lo paso muy bien bebiendo mientras voy recordándola, porque ya no me amargo como antes por haberla perdido, sino que me alegro de haber pasado con ella diecisiete años. Qué mujer, de verdad, es que con ella los dioses rompieron todos los moldes. Hasta me atrevo a decir que toda esta calamidad que es el ser humano, con sus guerras, saqueos y destrucciones, queda justificada si es capaz de producir ejemplares como ella. Era pura verdad, pura naturalidad y pura intensidad en todo lo que hacía. Era una mujer pasmosa.

–¿Ves aquella apisonadora, Alberto?
–Sí.
–¿A que no tienes cojones, después de las cañas, a poner conmigo tu cabecita debajo de ella?
–A que sí.



martes, 20 de noviembre de 2018

Una mujer kilimanjara


Sé muy bien que mi historia es la historia
……….del niño que miraba tanto al cielo
……….que al final se le puso cara de nube,
y que la mujer que me ame
……….deberá martillar mil veces en el vacío
……….para acertar una sola vez en mi clavo,
pero dejadme pedir este mi quiero,
perdón por la tontería,
una mujer es mi requiero, mujer con grapa o tridente
……….o blanco mogadiscio.

Una mujer con faros antiniebla. Quiero.
Una mujer que me sonría cuando descubra vacío el cofre
……….de mi tesoro.
Una mujer soleada y sin airbag para besarla transparente
……….en los extrarradios.
Una mujer con el alma impura y la piel impura y la cabeza
……….llena de calcetines sucios.
Una mujer para decirte, Sofía (si te llamaras Sofía),
solo soy una nuez, pero si te atreves a partir esta nuez
hallarás dentro galeones y grúas y muchos elefantes. 

Juntos crearemos una nueva versión de lluvia.
Patentaremos las pilas eternas para los Amores
……….Descomunales.
Tendremos un hijo lunático y ajedrecista que fabricará bolas
……….de palabras y destruirá el Bank of America.
Seremos como tenistas comiendo melón en el cine,
……….y la gente nos señalará indignada:
“Mirad a esos, no hay derecho, ¡se están amando
……….en pleno miércoles!”.

Perdón por la tontería,
pero no quiero mujeres que me nieguen el chocolate
……….de estrellas,
o mujeres que minen el suelo con bolas de cicuta
……….para que los koalas alegres de Lucifer
……….no puedan revolcarse.
No quiero mujeres que respeten la apertura de sonrisa
……….fijada por el gobierno,
o mujeres con paraguas que parezcan paraguas
……….que llevan mujeres.

Una mujer con pulgones. Quiero.
Una mujer con erratas de luna para amarla en picado a pesar
……….de sus virtudes.
Una mujer para plancharle las mejillas sobre latas de cerveza
……….y llenárselas de colas de lagarto.
Una mujer cuyas pisadas no dejen huellas en la nieve,
……….solo en los tétanos de mi corazón silvestre.
Una mujer para decirte, Paula (si te llamaras Paula),
los fracasos que conoces son meras uñas de ratones:
los que yo te enseñaré serán leones enteros. 

Juntos robaremos a mano desarmada una violeta salvaje
……….y la llevaremos en la boca con la divisa
……….AMARNOS SIN DEBERNOS.
Criaremos caballos musicales cuyo galope sincronizado
……….será el nuevo rock de Occidente.
Escribiremos del viento la primera traducción Viento-Español y
……….Español-Viento.
Cocinaremos una nueva receta de beso con más de veinte
……….ingredientes distintos, y la gente dirá:
“¿Una receta mágica de beso? ¿Pero qué
……….sentido…?”.

Perdón por la tontería,
pero no quiero mujeres tan rectas que pongan comida
……….matadelfines en los desagües,
o tan serias que necesite comprarme una pértiga para saltar
……….la valla de sus cejas.
No quiero mujeres que no coman aceitunas por si el cáncer
……….de mama,
o no vean baloncesto por si la prórroga, o no beban cerveza
……….por si el embarazo.

Una mujer con algo de anaconda. Quiero.
Una mujer como un descampado para manosearla sobre
……….paisajes de Chagall tigreados.
Una mujer que no sea túnel sino puente, que no sea cebolla
……….sino naranja, que no sea triste y versitriste
……….sino alegrista y en parapente.
Una mujer tan kilimanjara que necesite dos sherpas y un
……….vaso de whisky para llegar del bajo de su carne
……….a la cima con puma de su alma.
Una mujer para decirte, Raquel (si te llamaras Raquel),
si escribo versos es porque no sé escribir aviones:
mis poemas son mi pequeña forma de acariciarte.

Solo he vivido en dos lugares de este mundo
y fue en las bocas de las dos mujeres que amé.
A las dos las quise por su exceso de cilindrada
y las dos me quisieron por mi falta de simetría.
Una mujer. Quiero.
Color de viento. Quiero.
Que suene a limones.

En las sábanas del futuro.


(Perdón por la tontería).




Encontrada y fotografiada por @forgetisthenewblack (AQUÍ)


miércoles, 30 de mayo de 2018

El vuelo del pequepájaro sobre la jirafaronte


Creo que mide 1`80. No conozco su altura exacta, nunca se lo he preguntado, pero la mujer que amo es larga como una línea de Renfe o como una trenza de cebollas amarillas. Ella me jura que ya ha dejado de crecer, pero no me fío del todo. Me acerco a su cuerpo con la piel como navaja, queriendo besarla entera y en todos sus azules, pero pronto me voy aburriendo y al de una hora me siento cartón piedra, carne de lunes, derrotado. Quiero besarla al completo pero solo alcanzo a besarla a trozos.

Al principio quise ocuparla sin mayor cuidado, empezando por cualquier parte, como si aquello fuera un centímetro o una losa menchevique, pero fue a la segunda semana, después de pasarme cinco horas besando su brazo izquierdo y darme cuenta de que aún no había pasado de la muñeca, cuando comprendí que mi novia no es una novia normal. Qué va a ser normal: mi novia es el transiberiano.

No por ello me rendí sino al contrario: comencé a trazarle mapas a bolígrafo, acordoné zonas de su cuerpo, hice cuadrantes, contraté perros y hasta helicópteros, no escatimé en medios, nada me parecía bastante. Hasta me acostumbré a clavar, cada vez que terminaba mi jornada de besos, un letrero en su piel donde decía “Precaución: zona de Natalia YA besada”. Gracias a estos detalles y a los turnos intensivos de quince horas diarias, logré cubrir de besos el 3% de su cuerpo en tan solo una semana, pero también sufrí la lógica fatiga y hasta algunos desfallecimientos, todos producidos por la magnitud de su territorio. Dos labios dan para mucho, pero solo son dos labios. Y lo peor es que ella lo notaba, se da cuenta:

–¿Qué te pasa?
–Nada.
–¿Es por mi altura, verdad?
–No, claro, qué tontería.

Nunca le he dicho nada por este motivo, y ello por cuatro razones, que son las siguientes: una, dos, tres y cuatro. Además, su largura también tiene sus ventajas: ¿Sabéis lo maravillosos que son los abrazos de las mujeres largas? ¿Los habéis probado? Cuando una mujer así te rodea con sus brazos hasta dar cinco o seis vueltas sobre tu cuerpo, la sensación es indescriptible, uno se siente más abrazado que nunca. También cuenta con otras ventajas:

–Natalia, ¿Me alcanzas la sal?
–¿Qué sal?
–Aquella. La que está seis mesas a la izquierda.

Y la alcanza, no miento, nunca falla. Sus gadcheto-manos son tan portentosas que llegan a todo objeto situado diez metros a la redonda, aunque también conllevan sus problemas, sobre todo en el metro, donde tengo que controlar sus efusividades. El martes pasado, por ejemplo, dio un manotazo sin querer a un viajero que iba en el vagón siguiente, y eso que le tengo dicho que, al menos en los lugares públicos, debe ir con los pies juntos y los brazos cruzados, pero no siempre me hace caso.

Así es mi vida y mi amor con la mujer longilínea. Parece complicado pero poco a poco nos vamos acostumbrando. Tú eres el pequepájaro y yo la jirafaronte, me dice, siempre traviesa y habilidosa acuñando palabrujerías. Alguna vez le he comentado que quiero escribir algo sobre su largura y ella me ha respondido que bueno, que le parece bien, que escriba lo que quiera a condición de que no exagere. Y yo pienso que eso de que no exagere sobra, ¿no? Porque yo soy un escritor realista y minucioso, casi fotográfico: no se me ocurriría nunca contar un detalle que se desviara un solo centímetro de la realidad. Como todo el mundo sabe.



martes, 29 de mayo de 2018

Los organizados


A los organizados no les importa nada que hayas nacido en un caserío de Lauros con cerezos y manzanos y perales de San Juan. En un caserío donde los cantos de las malvices en primavera ahogan los zumbidos de las abejas.

A los organizados no les parece decisivo que Lauros careciera de autobús y cajero automático y tiendas de ultramarinos. Que en Astobieta no hubiera sofás ni alfombras ni calefacción central ni agua caliente.

Les da lo mismo que tu padre fuera alcohólico y brillante y parco y calamitoso.

Nada les dice que tu vida transcurriera rodeado de cinco mujeres fuertes y de carácter, cinco mujeres como cinco baobabs andantes que todo te lo llevaban y te lo hacían, todo te lo dejaban en la palma de las manos.

A los organizados les resulta indiferente que hayas plantado más de un millón de puerros, que conozcas qué luna es propicia para las acelgas, las distintas clases de lechugas, cómo se capan las plantas de tomate, los centímetros de profundidad a los que se han de sembrar las patatas.

Qué diferencia hay entre una culebra y una víbora, cómo matarlas, por qué las vacas se reúnen en torno a un poste de luz, qué significa, que sepas todo eso no les importa a los organizados.

A los organizados no les compete que nueve décimas partes de tu infancia y adolescencia las pasaras totalmente solo, jugando a pelota solo, caminando con el perro solo, haciendo nada, paseando con el tiempo.

A los organizados sólo les importa tu lugar de nacimiento. Ellos miran las coordenadas espaciales de Astobieta, 43° 18′ 57.96″ N y 2° 55′ 27.98″ W, y a partir de ahí disponen de tu vida. Entonces dicen, los unos:

–Astobieta pertenece a Euskadi.

Y dicen, los otros:

–Astobieta pertenece a España.

Aquella monja que insistió a tus padres para que siguieras estudiando, la hermana Sagrario, la que te salvó de las huertas y las vacas, todo eso les da igual a los organizados.

Aquel profesor de latín del instituto Txorierri, José Antonio Beobide, el que te enseñó los primeros versos de la Eneida y te inoculó su pasión por la antigüedad grecolatina, todo eso es accesorio para los organizados.

Todo lo que te enseñó en la universidad Francisco Letamendia. Todo lo que te enseñó Álvaro Gurrea. Lo importantes que fueron para ti. Qué más les da.

Que la ermita de Lauros tuviera una parte izquierda para que se sentaran las mujeres y una parte derecha para los hombres; que en tu colegio hubiera un patio para las chicas y un patio para los chicos, les parece indiferente.

Que estuvieras rodeado de laurotarras fantasiosos que negaban las versiones de los diarios y se inventaban las suyas propias, qué les va a importar eso.

Los organizados sólo se encargan de las historias grandes. No atienden a los casos particulares. Sólo se preocupan de las estructuras y las esencias y no pueden descender a las personas. Ellos están muy ocupados escribiéndote la historia que debes aprender, los libros que debes leer, los atletas a los que debes animar, el idioma que debe estar por encima y el idioma que debe estar por debajo.

Lo hacen porque saben y están capacitados. Los organizados no dudan nunca. Tú estás escribiendo una historia subjetiva y no sabes ni sabrás nunca si tu padre fue un genio o un loco o un borracho, y eso que compartiste miles de horas a su lado, pero eso no les pasa nunca a ellos. Los organizados escriben con método sobre cosas que nunca han visto y no se limitan a opinar o proponer, no: ellos demuestran. Son sabios. Informan de forma objetiva. Por eso sorprende tanto que las conclusiones a las que llegan unos organizados sobre los mismos hechos sean tan diferentes a las de los otros organizados.

Les da igual que la única memoria de los laurotarras se remita a la Guerra Civil. Que la única constancia que tienen de sus antepasados sea la de que cultivaban la tierra, cortaban la hierba y ordeñaban las vacas.

Nada les altera lo que supuso para ti el descubrimiento de Victor Hugo. Lo que supuso la primera vez que viste correr a Hicham el Guerrouj. El combate de Alí contra Cleveland Williams. La curva de Laguna Seca en la que Rossi superó a Stoner.

Nada les dice tu historia propia, tus libros propios, tus deportistas favoritos, tus cantantes, tu manera de hablar con tu perro, la forma en que te asusta la muerte.

A los organizados nada les importa eso. Son hombres que están muy ocupados tomando decisiones de tu parte y por tu propio bien. Lo único que les importa es la maldita casualidad del punto exacto donde has nacido. Se limitan a mirar las coordenadas espaciales de Astobieta, 43° 18′ 57.96″ N y 2° 55′ 27.98″ W, y se imponen la tarea, los unos:

–Es vasco y hay que adoctrinarlo.

Y se aplican al trabajo, los otros:

–Es español y hay que adoctrinarlo.



lunes, 21 de mayo de 2018

Se tarda tanto en caer de un andamio


Se tarda tanto
en caer
de un andamio
si eres
marfileño,
si eres
argelino,
si eres
peruano,
que tienes tiempo
de sobra
para recordar
el azucarillo
del café
de las nueve,
la quiniela fallida
por culpa
del Barça
o el último beso
carminado
de aquella chica
que no era
tu mujer.
Se tarda tanto
en caer
de un andamio
si eres
búlgaro,
si eres
marroquí,
si eres
rumano,
que los diarios
publican tu muerte
cuando aún
vas por el aire,
y tu familia llora
ante el ataúd
y deja crisantemos
mientras sigues
cayendo,
y pasan los días
y los meses
y los años
y todavía estás
en el aire,
preguntando
dónde
habrá un suelo,
cuándo
se acabará todo,
por qué
no se pone fin a esto
si eres
saharaui,
si eres
esloveno
si eres
boliviano.