
sábado 3 de marzo de 2012
jueves 1 de marzo de 2012
Póngame ocho o diez chiquitos mientras van llegando los amigos
Mi padre era alcohólico, xenófobo y machista.
Nunca se acordó de mi cumpleaños. Me llevaba a cortar lechugas y a coger pimientos en los invernaderos de Lezama o Larrabetzu y a la vuelta, con el coche cargado con la verdura que luego revendíamos en el Mercado de la Ribera, entraba en cualquier bar y le decía al camarero:
–Póngame ocho o diez chiquitos mientras van llegando los amigos. Y un kas de limón para el crío.
Nunca me hizo un solo regalo. Cuando en la televisión emitían los documentales de Rodríguez de la Fuente o los de fauna salvaje adquiridos a la BBC, se quedaba mirándolos con un interés desusado, como si fueran personas los animales que aparecían en la pantalla, y de pronto me decía medio en broma y medio en serio mira, esa leona se comporta igual que tu madre, lo que ha hecho esa cierva es lo mismo que hace tu prima la de Erandio, y como yo me reía al escuchar estas cosas sobre mi madre o mi prima, de pronto cambiaba el semblante y me decía muy firme:
–¿Te ríes? ¿Qué crees tú que son las mujeres salvo animales? Tú intenta entrar en razones con las mujeres, a ver adónde llegas.
Y como era pasmosamente detallista en algunas cosas y hasta divertido, de pronto volvía a desenfadarse y, con una sonrisa de medio lado, me matizaba alguna imagen:
–Mira ese leopardo, el mal genio que tiene, cómo se parece a tu hermana Nekane, hasta de cara se parece un poco.
Nunca me preguntó por mis estudios, si aprobaba o suspendía, si pasaba o no de curso y con qué calificaciones. Me llevaba con él a la feria de ganado de Mungia y me hablaba de la longitud de las patas de las vacas, la leche que podía dar cada una de las razas vacunas, de qué forma adivinar la envergadura y peso que podía alcanzar un novillo de dos meses cuando llegara a su edad adulta. De vuelta parábamos en algún bar y decía al camarero:
–A ver, ocho o diez chiquitos mientras van llegando los amigos y un kas de limón para el crío.
–No tenemos kas.
–Pues una fanta.
Nunca me llevó al cine o al fútbol. Tampoco al circo o al teatro. Consideraba a los negros, los moros, los gitanos y cualquier persona de piel mestiza como seres inferiores, aunque simpatizaba con ellos porque, como decía, “bastante tienen los pobres con llevar esa desgracia”. A los españoles los veía totalmente incapaces de levantar piedras o jugar a pelota mano:
–No pueden. Ponle a un español a levantar una piedra y verás que no puede.
–Qué tontería, aita.
–¿Tontería? ¿Por qué crees que los españoles no levantan piedras? ¡Porque no pueden! ¡Se fatigan!
La sola perspectiva de imaginarse a un español levantando piedras le hacía revolcarse de la risa y, aunque a mí me ponían enfermo esos arranques de racismo y me multiplicaba en su contra cada vez que se los escuchaba, él no se arredraba sino que se crecía:
–¿Un español levantando piedras? ¿Te das cuenta de la sinsorgada que estás diciendo? ¡Cómo va a levantar piedras un español, si es inútil total para eso! No vayas diciendo esas cosas por ahí, te lo pido por favor, porque te van a tomar por tonto completo.
Nunca me preguntó por mi relación con Iratxe, de dónde era, cuántos años tenía, nada. Con los que él llamaba “españoles” no guardaba ninguna animadversión sino al contrario, sobre todo con los andaluces. Su pasión por Andalucía era muy grande; cada vez que aparecían en la televisión Rocío Jurado o Fran Rivera o Jesulín de Ubrique o Carmina Ordóñez o Lola Flores o Antonio Gala o Isabel Pantoja u Ortega Cano, se quedaba pasmado ante sus palabras o ante su arte, sobre todo ante lo que llamaba su “mucho corazón”, y, comoquiera que incurría en el tópico de relacionar a España con lo andaluz, a veces solía decir:
–No cabe duda de que ser español es cosa grande. Ya me hubiera gustado a mí ser español...
–¿Y por qué no eres español? –le preguntaba yo.
–Porque soy vasco.
–¿Y por qué eres vasco?
–¡Porque soy vasco!
No había manera de sacarle de esa concepción racial: él era vasco y sólo vasco por la única razón de que era vasco. Pero de los vascos, con todo, no guardaba muy buena opinión: le parecían torpes, cobardes y salvajes. Solía repetir muchas veces, ya en el colmo de la resignación, que los vascos siempre votarían al Partido porque “el vasco no da para más”. Cómo sería la desconfianza que guardaba con ellos que, admirado ante la estructura de Astobieta, se pasaba los minutos estudiando la disposición de sus vigas y me decía:
–Este caserío..., ¡el talento con el que está levantado este caserío! Imposible que lo hayan hecho vascos.
–Ya estás diciendo tonterías, aita –le respondía yo–. Lo habrán levantado los chinos, no te jode.
–¡Vascos imposible! ¡El vasco no tiene tanto talento!
Nunca se interesó por los resultados o los goles que había marcado en mis partidos de fútbol, tampoco me preguntó si quería ir a la universidad o qué carrera quería escoger. Así era mi padre. Recuerdo la primera vez que pidió al camarero que le pusiera ocho o diez chiquitos mientras iban llegando sus amigos, con qué expectación esperé a que fueran llegando esos amigos. Cómo después fuimos a otro bar donde volvió a repetirse la escena y tampoco aparecieron sus amigos. Cómo empecé a comprender con los días y las semanas que mi padre, sus ojos siempre perdidos en un punto, se iba destruyendo mientras bebía uno detrás de otro los vasos de vino destinados a sus amigos, aquellos a los que no había llamado y que nunca iban a llegar.
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miércoles 29 de febrero de 2012
Sobre la decadencia del turno de preguntas en las conferencias
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El preguntador antañón, aquel que esperaba al final de las conferencias para formular alguna duda o pedir alguna matización al autor, declina ante los nuevos usos contemporáneos. El jueves, en La Casa Encendida, tras la lectura que nos ofreció Juan Goytisolo, pude asistir al penúltimo capítulo de nuestra derrota. Fue cuando una chica pidió el micrófono y dijo:–Bueno, la verdad es que yo no voy a preguntar nada a Juan. Sólo quería decir que el sábado día 13 de marzo hemos organizado un acto por la despenalización del top manta y queremos cubrir de manteros el trayecto desde Callao hasta Sol. Os invitamos a todos a que os suméis a la convocatoria.
Tócate los huevos. Te viene Goytisolo desde Marrakech a Madrid y tú aprovechas el acto para convocar una manifa. Aunque claro, pensé más tarde, y por qué no. Por qué no iba a convocar esta chica una manifa, que al menos no escondía ningún interés personal sino al contrario, cuando muchos turnos de preguntas, hoy en día, parecen una mesa de debate entre Coto Matamoros y Belén Esteban.
Entre la fauna que está acabando con el preguntador de toda la vida figura el preguntador de dónde vienes manzanas traigo, llamado así porque te puede salir en una conferencia sobre el cultivo de la sandía con qué opina usted del escudo antimisiles de la OTAN. Existe también el preguntador transiberiano, que debe su nombre a que nunca sabes cuándo termina su pregunta, entre otras cosas porque jamás se ha planteado hacerla y se trata de un rodeo para el lucimiento personal. Y luego está el preguntador combate, que es de traca.
El preguntador combate parte de un resentimiento incurable: no se explica por qué han llamado a fulano como ponente, y su único propósito es demostrar delante del público que él lo merecía mucho más. El preguntador combate ni siquiera hace un amago de pregunta, sino que entra a discutir directamente con el conferenciante. Lo más bochornoso que he contemplado yo en este tipo de preguntador me ocurrió en una reunión de poetas jóvenes en el Puerto de Santa María, después del visionado de un documental sobre Antonio Machado, cuando un chico le saltó al director:
–Usted se ha equivocado. Debería haber utilizado la voz en off. Sobran planos largos y faltan cortos, sobre todo al final.
Toda esta ralea de preguntadores apócrifos han puesto al preguntador de toda la vida en una situación tan desesperada como la del tigre del Pacífico o el oso cántabro-astur. A día de hoy, el que hace una pregunta correcta y nada más queda como un perfecto analfabeto. Aunque ello no quiere decir que nos hayamos rendido. Somos pocos pero tenemos las ideas muy claras. Algunos todavía preferimos abrir un blog para mantener alta nuestra vanidad antes que utilizar las conferencias para medirnos con el ponente y demostrar lo larga que la tenemos. Seguimos acudiendo a las ponencias porque respetamos y hasta admiramos al que las imparte. No hacemos preguntas o, si las hacemos, las formulamos con brevedad y con propósitos solamente dilucidatorios. Y cuando termina el acto no consideramos obligatorio acudir con adherencia de lapa a orillas del escritor para darle nuestros correos, libros autoeditados y las santas pascuas. Que esa es otra.
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martes 28 de febrero de 2012
Cieno
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Cieno,
que me digan cieno el día
en que de alamares se doren
mis palabras,
el día
en que luzcan guirnaldas
y pidan hora para la manicura;
cieno y cuerno,
que me acusen,
el día en que a la rosa le diga miedo
y al pie granada,
el día en que haga poemas
con lazo,
pues yo no quiero escribir versos
sino llenarlos de caballos,
pues yo no quiero búcaros
sino para arrojarlos contra el suelo,
pues yo sólo busco la belleza
que vive dentro
de la justicia;
que me insulten cieno y cuerno y corbata
el día
en que deje de unir mosca a viburno,
petunia a ladrón, Lavapiés con Alejandría
(Ridet Caesar, Pompeius flebit),
que me escupan cieno y cuerno y corbata y carbón
ese día.
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Cieno,
que me digan cieno el día
en que de alamares se doren
mis palabras,
el día
en que luzcan guirnaldas
y pidan hora para la manicura;
cieno y cuerno,
que me acusen,
el día en que a la rosa le diga miedo
y al pie granada,
el día en que haga poemas
con lazo,
pues yo no quiero escribir versos
sino llenarlos de caballos,
pues yo no quiero búcaros
sino para arrojarlos contra el suelo,
pues yo sólo busco la belleza
que vive dentro
de la justicia;
que me insulten cieno y cuerno y corbata
el día
en que deje de unir mosca a viburno,
petunia a ladrón, Lavapiés con Alejandría
(Ridet Caesar, Pompeius flebit),
que me escupan cieno y cuerno y corbata y carbón
ese día.
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lunes 27 de febrero de 2012
No hay nada que hacer
–Hay una cosa que debes saber de tu padre, Alberto.
–Dime, tía.
–Tu padre fue algo muy grande, ¿me estás oyendo?
–Sí.
–Pero muy grande, ¿eh? ¡Algo muy grande!
Desde muy pequeño empecé a escuchar de mis familiares y vecinos esta frase turbadora, tu padre fue algo muy grande, y digo turbadora porque se deducía que mi padre ya no era tan grande, mi padre se había convertido en otra cosa que nadie sabía definir y que suscitaba una reticencia indisimulada.
–Basterrechea, ven aquí.
–Qué.
–¿Te han contado alguna vez lo que fue tu padre?
–¿Qué fue?
–¿No sabes?
–No.
–Pues acuérdate de lo que te digo: ni aunque vivas cien años conseguirás ser lo que fue tu padre.
Nunca me dijeron por qué motivos fue tan grande, ni siquiera me citaron un solo ejemplo o me detallaron alguna de sus hazañas, pero cada vez que mi padre se abandonaba al alcohol en medio de las reuniones familiares y comenzaba a bramar contra los vascos y el Partido, en aquellas arremetidas donde cualquier motivo era bueno para acusarlos de inútiles o cobardes o poco inteligentes, siempre sucedía que alguno de mis familiares, avergonzado ante los ataques que profería y apiadándose de mis seis o nueve años, me llevaba aparte y me repetía lo ya repetido:
–Alberto, tú nunca has conocido a tu padre, ¿me entiendes?
–Sí, tío.
–Éste no es tu padre. Tu padre fue un hombre de la órdiga, un vasco por los cuatro costados.
Hasta había gente en Lauros que pensaba que mi padre se volvió loco a partir de los 45 años, loco de verdad, no sólo figurado. Lo daban por tan imposible que tanto mis familiares como algunos de mis vecinos dedicaron desde el principio todo su esfuerzo a apartarme de la que consideraban su nefasta influencia. El ejemplo que debíamos seguir mis hermanas y yo era mi madre, una persona voluntariosa que asombraba a todos por su capacidad de trabajo, o mi tío Hilario, el que vivía con nosotros, que estaba afiliado al Partido y llevaba con tesón y normalidad las tareas cotidianas. Así fueron consiguiendo que nuestra educación transcurriera lo más lejos de su presencia, quien por otra parte tampoco trataba de influirnos en nada, pero pronto comenzó a surgir un problema:
–Piedad, ¿qué tal Alberto?
–Bueno.
–¿Cómo que bueno? ¿No has dicho que saca buenas notas?
–Sí, saca notas muy buenas.
–¿No has dicho que ha empezado a jugar al fútbol en el San Lorenzo?
–Sí, de delantero centro.
–¿No has dicho que ayuda en la huerta?
–Sí, hoy mismo ha estado atando tomates.
–¿No has dicho que ayuda en la cuadra?
–Sí, ya ha empezado a repartir pienso en los pesebres.
–¿Entonces?
–Nada, Pilar. No hay nada que hacer. Ha salido a él.
Y era de contemplar, al decir la palabra ÉL, cómo se hacía un silencio terrible y todos se volvían hacia mí con una mezcla de terror y asombro, como si no se hicieran a la idea de una carita de ángel como la mía con un destino oculto tan aciago, pues ya me imaginaban siguiendo uno a uno todos los pasos de mi padre.
El asombro era más entendible si cabe porque nunca me puse a favor de mi padre sino al contrario. Al menos hasta los veinte años. ¿Cómo iba a defender a mi padre, si lo consideraba culpable en todo? Él había hecho imposible la unión de mi familia, nos había echado el pueblo encima, nos había aislado del Partido, él era el responsable de que no supiéramos euskera, él nos había convertido en tales apestados que en los corrillos de Lauros se hablaba de Astobieta como de una sentina de desgracias. Cómo sería su negatividad, que a los once o doce años, y a pesar de mi trayectoria escolar hasta entonces inmaculada, mi madre fue llamada a tutorías por los resultados que había dado en unos test psicológicos:
–No queremos preocuparla innecesariamente, porque Alberto saca buenas notas y no crea problemas en clase, pero ha arrojado un dato sorprendente en los test y creemos que debemos comunicárselo. Tiene tan sólo dos puntos sobre cien en sociabilidad.
–¿Cuántos?
–Dos puntos sobre cien. Es el dato más bajo del colegio. Es un chico que se aísla y experimenta rechazo a sus compañeros. Ni los alumnos más conflictivos han dado un resultado tan malo.
Mi padre me hundía y nos hundía. Cómo no iba a dar un resultado tan malo, si no recibí una muestra de cariño en toda mi infancia. Mi padre estaba en el centro de todo y sin embargo ejercía sobre mí una imantación imposible de rechazar. Esa imantanción, que al principio se manifestaba contra mi propio deseo, fue ganando terreno hasta convertirse en verdadera subyugación. Ningún intento por apartarme de su ejemplo iba a dar fruto; a los veinte años mis familiares me daban por perdido:
–¿Y Alberto?
–Nada, Emilia, va a ser otra calamidad.
–¿Pero Alberto ya ha empezado a fumar?
–No, todavía no ha fumado un solo cigarro.
–¿Pero Alberto ya ha empezado a beber?
–No, todavía no bebe nada.
–¿Pero Alberto ha empezado a ir a los bares?
–No, todavía no va a los bares.
–¿Pero Alberto ya se ha metido en algún lío?
–No, todavía no se ha metido en ningún lío.
–¿Entonces?
–Nada, Emilia. Ha salido a él. No hay nada que hacer.
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domingo 26 de febrero de 2012
viernes 24 de febrero de 2012
Sobre lo fácil de ser "casi" bueno en las artes de hoy
El talento que existe en todas partes. Cuando llegué a Madrid y me puse a vivir en Mira el Sol tenía a menos de dos pasos locales de actuación como LaDinamo, la Plaza de las Artes o la Casa de los Jacintos, y de mi asistencia primera a algunas de las convocatorias quedé impresionado: ¿cómo podían existir tantos actores y actrices buenos y desconocidos, tantos cómicos de mérito e ignorados, tantos cantantes destacados e inéditos? Lo mismo me ocurrió cuando llegué al Bukowski y entré en Planeta Blog: ¿cómo pueden existir tantos poetas y dibujantes notables, tantos pintores brillantes, tantos fotógrafos? No niego que haya mucho gorrión suelto que doy por descontado y tampoco estoy diciendo que me encuentre cada día con un Pessoa o un Picasso o un Chaplin o una Callas, pero no hace falta ser tanto y tan alto para que uno llegue a emocionarse. Pienso entonces en Tocqueville, en Nietzsche, en Ortega: ellos creían que la incorporación de las masas a la cultura iba a redundar en una caída de la excelencia, ellos sostenían que el ascenso de la canaille acabaría con los aristos, pero no creo que haya sucedido eso, tampoco lo contrario. Ni es más fácil ni más difícil que antes lograr una obra maestra, pero ahora es mucho más sencillo alcanzar algo al menos notable. La enseñanza obligatoria, las bibliotecas públicas, la existencia de cientos y miles de compañeros que tratan de hacer lo mismo que tú, hablo en este caso de la poesía, hace que uno disponga de forma muy barata de todo lo indispensable para ponerse a trabajar. Moverse por las inmediaciones de la excelsitud ya no es imposible; hoy es relativamente sencillo, si existe el mínimo de esfuerzo, años y pasión necesarios, llegar a ser casi bueno, casi brillante, casi sublime, una especie de digno poeta menor o vate de dos estrellas. Para ser más gráfico: es como si te pusieran un helicóptero para subir los primeros siete mil metros del Everest. Aún te quedan los metros más duros de todos y sigue siendo muy difícil que hagas cumbre, pero al menos has llegado adonde la gran mayoría ni siquiera soñaba en otros siglos.
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domingo 19 de febrero de 2012
Alegría por los escotes de Anna Simón
Si son tus ojos
de seda o fósforo
y tus labios chubascos
de fina lluvia
escarlata,
si tu boca es venero
o urna de sonrisas
y tu melena
un pomelo
o un tigre del Asia
no
lo
sé,
Anna de mis noches,
plastilina y pulga
de mi cama,
no lo sé,
porque nunca
me paro
en tu boca ni
en tus ojos ni en
tus labios,
porque la mosca
ruda y maligna
mía
sólo persigue
tus aconcaguas tus
tetralletas tu
magno canal de
mamífera:
allí quisiera vivir
con tu permiso,
flanqueado por
ellas,
sin hacer ruido,
millonario al fin,
con espacio de sobra
para
estar
a
mis
anchas.
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viernes 17 de febrero de 2012
La Ertzaintza no sirve para nada
La segunda vez que vi la palabra Lauros en los medios fue cuando el diario Deia publicó un reportaje sobre la plantación de kiwis de Avelino, mecánico del caserío Errotabarri que comenzó a dedicarse a los frutales cuando le llegó la edad de jubilación. En el reportaje Avelino aparecía posando junto a los árboles mientras enseñaba algunos de los nuevos frutos exóticos. En aquel tiempo los kiwis eran desconocidos y tan codiciados que en el Mercado de la Ribera se vendían al precio casi siempre exacto de cien pesetas cada uno.
Avelino no me caía nada bien porque era uno de esos laurotarras que me recordaban continuamente que yo no sabía euskera con la sola intención de humillarme. Cada vez que acudía a jugar a la ikastola de Lauro con una pala o un balón de baloncesto y debía pasar por delante de su caserío, siempre me decía lo mismo:
–Basterrechea, badakizu euskera?
–Ez.
–¿Y no te da vergüenza no saber euskera?
Cuando dos o tres horas más tarde, después de cansarme de dar pelotazos contra la pared, volvía de nuevo hacia Astobieta, al pasar por su caserío se volvía a repetir la escena:
–Basterrechea, badakizu euskera?
–Ez.
–¿No te da vergüenza? ¡Maqueto!
Maqueto era la palabra con que se designaba a las personas que procedían de fuera de Euskadi o que no sabían euskera. En Lauros me lo llamaron más de mil veces y Avelino era uno de los que más veces me lo repitió. Pero verle en el diario me impactó mucho y me hizo sentirme orgulloso de mi pueblo. Según decía el reportaje, la de Avelino era la primera plantación de kiwis de Vizcaya junto con la que tenían los Etxebarria, famosos gatikatarras que ganaban todos los concursos que se celebraban en las ferias agrícolas.
Avelino también disponía de muchas variedades de frutales, sobre todo de manzanos, y era objeto de muchos robos porque su plantación estaba al lado de la carretera, que era frecuentada no sólo por los conductores sino por alumnos de la ikastola o del colegio Munabe. A nosotros también nos robaban tomates o pimientos, pero las manzanas o peras o kiwis eran productos mucho más codiciados. A partir de que se creara la carretera de dos carriles, el tráfico comenzó a aumentar y también aumentó el número de robos, sobre todo de manzanas y kiwis. Avelino comenzó a desesperarse:
–Astobieta –me decía, pues era también un gran cazador–, ¿sabes lo que es un cartucho del once?
–Sí.
–Es que me estoy cansando de cazar pájaros pequeños. Verás cuando empiece a cazar pájaros grandes. A mí me mandarán a Basauri, pero ellos van directos a Derio.
Nombraba esos lugares porque en Basauri existe una cárcel y Derio cuenta con el cementerio más grande de Vizcaya. Avelino fue una de las personas más contradictorias que me encontré en Lauros, pues era capaz de lo más moderno, como ser el primero de Vizcaya en poner kiwis, y de lo más antiguo, como pude comprobar nuevamente años más tarde, a mediados de los noventa, cuando sorprendió a un joven robándole manzanas. En aquella ocasión no utilizó la escopeta, como solía decir en broma, sino que llamó directamente a la Ertzaintza. Aquel fue mi primer recuerdo de la presencia de la Ertzaintza en Lauros.
Hasta entonces eran la Guardia Civil y la Policía Nacional las que se encargaban de velar por la seguridad, aunque nunca supe de ninguna intervención de ellas, porque, además de que se las consideraba represoras y españolas, para que acudan los cuerpos de seguridad hay que llamarlos, y eso es difícil de hacer en un lugar donde los caseríos no cuentan con teléfono. Pero entre finales de los ochenta y comienzos de los noventa la mayoría de los caseríos comenzaron a poner línea telefónica y Avelino recurrió a la Ertzaintza, que ya se había desplegado en Loiu. Entonces sucedió lo increíble, pues cuando llegaron los dos agentes y procedieron a denunciar al muchacho, que rondaba entre los dieciséis y dieciocho años, Avelino se opuso:
–No, no, si yo no les he llamado para que lo detengan o le pongan una denuncia. Eso no vale para nada.
–¿Para qué nos ha llamado entonces? –le preguntaron los agentes.
–Mira qué pregunta, para que le den ustedes unos buenos bofetones a este chico, eso no falla, ya verán cómo así se le quitan las ganas de robar.
Y sin dejarles tiempo a la respuesta pasó a contarles de forma pedagógica lo que le había sucedido a él de muchacho, cuando fue sorprendido robando un poco de queso, y de qué forma la paliza que le dio su padre le fue una de las mejores medicinas de su vida, “porque ya no se me ocurrió volver a robar más”. Los agentes alucinaban con Avelino, claro, y, después de explicarle que esas “medicinas” eran de otros tiempos, le trasladaron que lo único que se podía hacer en los tiempos de ahora era formalizar una denuncia o, en caso contrario, dejar marchar al chico, que fue lo que finalmente sucedió, pues Avelino insistió en su teoría de los bofetones y se oponía en redondo a denunciar al ladrón.
Así fue como Avelino se convirtió en el primer laurotarra que se hizo enemigo declarado de la Ertzaintza, un cuerpo que al principio fue recibido con alegría en el pueblo por el solo hecho de que se le consideraba “de los nuestros”, frente a la extranjería y fama de antivascos que arrastraban los cuerpos anteriores. Tenía yo por entonces más de veinte años y Avelino me había dejado de llamar maqueto, pero como seguía yendo a la ikastola de Lauro a jugar en solitario, cada vez que me veía me abordaba de inmediato y sin ni siquiera darme las buenas tardes me preguntaba:
–¿Para qué sirve la Ertzaintza, Basterrechea?
–¿Para qué?
–Para nada, para eso sirve la Ertzaintza.
Y horas más tarde, cuando volvía ya sudado y cansado, después de darme la gran paliza a pala o a pelota mano o a baloncesto, me lo encontraba de nuevo allí, los brazos en jarras, indignado todavía con los agentes, incapaz de olvidar aquel episodio:
–¿Qué diferencia hay entre la Guardia Civil y la Ertzaintza, Basterrechea?
–¿Qué diferencia?
–Ninguna diferencia, Basterrechea. No hay ninguna diferencia.
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jueves 16 de febrero de 2012
martes 14 de febrero de 2012
El marmolista
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Ten cuidado, amigo,
te digo ten cuidado,
que no te hurten los centros del beso,
que no te ajen en surcos
de ocho horas, ten cuidado.
El pan se puso duro el otro siglo,
y aquí nadie confiesa
que fuimos derrotados.
Ten cuidado con ese apartamento.
Ten cuidado con esa hipoteca.
Cuidado con los hijos.
Ten cuidado.
Te hacen la vida otros.
Te dan felicidades de juguete.
Te pasan su película tan rápido,
no sé si me explico, tan rápido...
Apenas te das cuenta,
de ti no queda nada
salvo el medio día de trabajo
que en la tumba invirtió el marmolista.
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Ten cuidado, amigo,
te digo ten cuidado,
que no te hurten los centros del beso,
que no te ajen en surcos
de ocho horas, ten cuidado.
El pan se puso duro el otro siglo,
y aquí nadie confiesa
que fuimos derrotados.
Ten cuidado con ese apartamento.
Ten cuidado con esa hipoteca.
Cuidado con los hijos.
Ten cuidado.
Te hacen la vida otros.
Te dan felicidades de juguete.
Te pasan su película tan rápido,
no sé si me explico, tan rápido...
Apenas te das cuenta,
de ti no queda nada
salvo el medio día de trabajo
que en la tumba invirtió el marmolista.
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viernes 10 de febrero de 2012
Los ovnis llegan a Lauros
Antes de que Aitor Larrazabal se convirtiera en jugador del Athletic de Bilbao y comenzara a aparecer con frecuencia en las noticias con la coletilla de “el lateral izquierdo de Loiu”, sólo recuerdo dos ocasiones en que Lauros consiguiera figurar en los medios, aunque solamente fuera en reseñas hundidas en las páginas interiores de los diarios. La primera fue cuando el escritor y ocultista J.J. Benítez viajó para contrastar las afirmaciones asombrosas de Juana, del caserío Ibaiondo, que juraba haber visto un ovni. La mayoría de los aldeanos no sabía quién era J.J. Benítez:
–Astobieta, ven aquí.
–Dime.
–¿Quién es ese hombre famoso que ha venido a hablar con Juana?
–J.J. Benítez, uno que escribe sobre ovnis y cosas ocultas.
–Pero..., ¿cuántos libros ha escrito?
–No sé. Más de veinte.
–¡Veinte libros! ¡Cuidado!
Las preguntas sobre el número eran habituales; en Lauros nada era lo bastante noticiable si no llevaba la etiqueta de lo “grande”. Creo que por ahí venía la tendencia a la exageración y la fábula: un vaquero no podía ser bueno si sólo tenía tres vacas, un campesino no podía ser bueno si sólo sembraba una peonada de alubias tolosanas, un cazador no podía ser bueno si volvía sin una sola malviz, y en ese plan. Cuando Higinio se enteró por mi dubitativa boca de que J.J. Benítez había escrito más de veinte libros, ya tuvo suficiente para amenizar durante semanas a los cazadores que pasaban por Goikoetxe cuando se dirigían al monte:
–¡La bomba atómica! ¿Ya sabéis la noticia?
–¿Qué noticia?
–Ha venido a Lauros un escritor a hablar con Juana. Pero no cualquier escritor, ¿eh? ¡No cualquier escritor! ¡Uno que ha escrito veinte libros!
Y decía la palabra “veinte” como si pegara un sartenazo, elevando la voz como si los cazadores se encontraran a kilómetros o se hubieran quedado sordos. Todavía minutos más tarde, cuando los cazadores conseguían seguir camino arriba después de aguantar la media hora mínima de charla–plomo obligatoria, Higinio les seguía gritando la misma matraca desde lejos:
–¡Veinte libros! ¡Cuidado! ¡No es cualquier escritor! ¡Veinte libros!
Cuando J.J. Benítez llegó finalmente a Ibaiondo con la intención de entrevistar a Juana, la mayoría de los laurotarras se habían mofado tanto de ella que el ocultista se la encontró a la defensiva:
–No quiero hablar con usted porque nadie me cree y todos se ríen de mí.
–Usted tranquila, que yo sí la voy a creer.
La mayoría de aldeanos se había puesto en contra y yo creo que había algo de envidia en todo aquello. De pronto comenzaron a salir otros aldeanos diciendo que ellos también habían visto ovnis en otros tiempos, o que los habían visto sus difuntos padres o abuelos. El que más se significó en esta línea fue Valentín, que vivía en la casa más alta de Lauros, justo en la punta del monte que separaba Lauros de Sondika. Como casi todos los aldeanos, Valentín llamaba “onis” a los ovnis:
–¿Onis? Yo he visto onis a punta pala. Y son listos ¿eh? Listos a base de bien.
–¿Listos?
–Más que el hambre. Hace unos meses hubo uno que se posó ahí, justo al lado de los manzanos, y yo le dije: Kanpora, kendu hortik!, y se fue en el acto. Hasta euskera saben, fíjate si serán listos los onis.
Por supuesto que Valentín era de la cuerda de Higinio, Marcelino o mi padre, esto es, un hombre talentoso y solitario muy dado a la fabulación. Este detalle lo advertí muchas veces y es casi una tesis de este libro: cuanto más talento posee y más solo está un individuo, más inclinado parece a inventarse historias asombrosas cuyo único testigo es él mismo, sólo con el deseo de llamar la atención. Por otra parte, la cercanía del aeropuerto de Sondika le daba a Valentín derecho a ver todos los ovnis que le daba la gana, pues yo mismo vi durante mi juventud infinidad de luces extrañas en el cielo o cerca del monte, luces que al cabo de los minutos se demostraban como propias de las docenas de modalidades de los aviones comerciales, que a veces debían dar una vuelta por encima de Lauros antes de aterrizar. En cualquier caso, la envidia contra Juana y la fiebre ovni llegó a tal punto que mi padre se lo empezó a tomar a cachondeo:
–Como ese escritor se quede una semana y empiece a preguntar por los caseríos, ya tiene para otros veinte libros de onis. Veinte libros sólo en Lauros, fíjate lo que te digo.
Pero ya digo que era envidia, porque la misma visión que tuvo ese día Juana la habían compartido otros testigos en otras partes, y el propio observatorio del aeropuerto de Sondika había visto un punto extraño en el cielo, circunstancias que propiciaron la llegada de J.J. Benítez, aunque parece que al final la versión de Juana no le convenció y no apareció en ninguno de sus libros, lo que rebajó todavía más el ya decaído prestigio de Juana, caída pequeña si la comparamos con la que iba a experimentar cinco o seis años después cuando afirmó que había tenido otra aparición, esta vez de la virgen, lo que suscitó la rechifla general, pues no podía ser que todas las apariciones le sucedieran a ella. Sin duda chocheaba: Juana contaba ya con más de setenta años y estaba muy impedida para andar. Todavía mucho tiempo después de que Juana muriera, dos o tres años más tarde, mi vecino Jesús, cínico impenitente y la única persona que conocí en Lauros que no creía en Dios, seguía riéndose con este asunto:
–Se le “apareció” la muerte. Primero el ovni, luego la virgen y luego la muerte.
Aquel ovni, sin embargo, fuera de verdad o de mentira, se constituyó en uno de los acontecimientos que mayor impresión causaron en mi infancia y adolescencia, pues no recuerdo que Lauros hubiera sido importante para nadie hasta entonces. Ni siquiera el pueblo, que entonces se llamaba Lujua, era nada conocido. Que un escritor famoso como J.J. Benítez viajara hasta Lauros, que por entonces contaba con una carretera de un solo carril, y nos tomara en serio era increíble. Recuerdo que aquel año mi imaginación se encontraba tan en alza que hasta me levantaba cuando oía cualquier ruido y me quedaba mirando largamente por la ventana, al acecho de cualquier ovni. Más tarde, cuando comencé en el Instituto de Derio, me leí algunos libros del escritor y otros sobre ocultismo, cristología, triángulo de las Bermudas y en ese plan. Quería saber cómo eran los diferentes tipos de ovni, las anatomías de los extraterrestres, las formas de comunicarme con ellos, todo. Quería estar preparado porque aquella historia de Juana me había enseñado que lo importante, más que ver realmente un ovni, era hacérselo creer a J.J. Benítez.
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jueves 9 de febrero de 2012
lunes 6 de febrero de 2012
Príncipe Pío, viernes, 10 de septiembre de 2010
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Pero mi padre vuelve, mi padre acude con su boca de muerto y sus manos de muerto y me salva de la caída con un chasquido, un truco de magia, una palabra. Me lo encuentro en el trabajo, o caminando por el Manzanares, o escribiendo en el portátil, muriéndose. También él fue víctima de la superstición Iratxe, él adoraba a Iratxe: una mujer sin temperamento, decía, vale menos que un caballo. Por eso me dejó ordenado:–Cásate con Iratxe.
Mi padre. Para resolver las dudas sobre nuestra veracidad, Iratxe y yo recurríamos al artificio infantil de los juramentos. Cuando el asunto a discusión era leve me bastaba con jurarlo por mi perro Argi; cuando el problema era importante debía jurarlo por ella, pero había otro juramento más fuerte aún, el último:
–Júralo por tu padre.
–Lo juro.
Lo juro por aita. Porque soy muy capaz de jurar en vano por Argi y por ella, pero nunca lo he hecho por mi padre. Ahora que estoy de tristeza obligatoria (pero hacia arriba, cada vez mejor), utilizo un truco muy fácil que siempre me da resultado: me pregunto quién me gustaría que volviera, mi padre o Iratxe. Así resuelvo de un golpe la tristeza, pues ni cien millones de Iratxes me serán nunca la uña de mi padre, y de pronto su abandono se me presenta como un simple disgusto, un traspié, un contratiempo.
Nada mejor que solucionar una tragedia comparándola con la tragedia madre, la tragedia capitana. Porque no es el amor el motivo de mi vida sino la lucha contra la muerte. Y nunca seré el hombre que amó a Iratxe sino el hijo de Puskas. A veces escucho ruidos de trenes en mi cabeza y lo comprendo todo: lo que me pasa es que estoy loco, lo que pasa es que soy el último padre que me queda. Debería ir a un psiquiatra, claro, pero no creo en los psiquiatras. Debo resolverme solo.
Es lo que hago. Me automedico. Escribo.
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viernes 3 de febrero de 2012
Alberto Basterrechea ha muerto
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El deceso ha sorprendido a todos.
Unos dicen que fue la rabia,
otros que la Belleza lo mató
con un certero ramo de adelfas.
(Pues él confundía la Belleza
con la Justicia, él confundía
la Belleza con la Verdad, él
confundía, confundiendo, confundido).
En su habitación se halló un manual
para fabricar bombas de alegría.
Y en la mesa un pequeño diccionario
con todas las palabras tachadas
salvo la palabra “más”.
En el funeral por su memoria,
su madre reunía lágrimas de cartón
para su mar de azul y juguete:
“Era muy bueno,
hasta le gustaban los limones,
pero un día comenzó a leer libros...”
Comenzó cultivando los metros clásicos,
pero un sábado de tormenta,
cuando vio un alazán al galope,
arrojó su cuaderno y dijo:
“Mi ritmo será el ritmo del caballo”.
(Fue su último endecasílabo).
En los últimos tiempos
fue presa fácil de la vanidad.
Enamorado de sí mismo,
se subía a las mesas y gritaba:
“Voy a fundar el error más grande
y de las prímulas Iratxe la más alta”.
(Pues creía que las pasiones se inventan,
que la vocación se puede empezar
como se empieza un vino o un amor).
Se reía de los poetas
que no deseaban llegar a Lucrecio:
para él, aprender a soñar
era el verso más importante.
Así se hizo muchos enemigos,
pero siempre le parecían pocos.
Demasiado ignorante para sabio,
demasiado sabio para poeta,
su vida transcurrió en busca de un motivo
(por todas partes buscaba a Faetonte,
la Antigua Persia de Espartaco,
la Nueva Francia de Nabuco).
Escribió contra Dios.
Contra la familia.
Contra la patria una.
Contra la patria otra.
Contra las patrias.
Contra El Corte Inglés.
Contra Carrefour.
Contra el BBVA.
Contra Caja Madrid.
Contra la editorial Planeta.
Contra Mariano Zapatero.
Contra Rodríguez Rajoy.
A la salida del sepelio,
un conocido declaró:
“Se ha muerto en el momento justo:
se le habían acabado los contra quién”.
Descanse en paz este hombre.
Ya no tenía nada que decir.
Su vida fue un meteoro de sombras
y su letra una ortiga sonriente.
Llegó, vio y perdió. Y aún se cuenta
que en sus últimos momentos
balbuceaba una extraña palabra,
Cabania o Tabania o algo así, quizá
Batania.
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El deceso ha sorprendido a todos.
Unos dicen que fue la rabia,
otros que la Belleza lo mató
con un certero ramo de adelfas.
(Pues él confundía la Belleza
con la Justicia, él confundía
la Belleza con la Verdad, él
confundía, confundiendo, confundido).
En su habitación se halló un manual
para fabricar bombas de alegría.
Y en la mesa un pequeño diccionario
con todas las palabras tachadas
salvo la palabra “más”.
En el funeral por su memoria,
su madre reunía lágrimas de cartón
para su mar de azul y juguete:
“Era muy bueno,
hasta le gustaban los limones,
pero un día comenzó a leer libros...”
Comenzó cultivando los metros clásicos,
pero un sábado de tormenta,
cuando vio un alazán al galope,
arrojó su cuaderno y dijo:
“Mi ritmo será el ritmo del caballo”.
(Fue su último endecasílabo).
En los últimos tiempos
fue presa fácil de la vanidad.
Enamorado de sí mismo,
se subía a las mesas y gritaba:
“Voy a fundar el error más grande
y de las prímulas Iratxe la más alta”.
(Pues creía que las pasiones se inventan,
que la vocación se puede empezar
como se empieza un vino o un amor).
Se reía de los poetas
que no deseaban llegar a Lucrecio:
para él, aprender a soñar
era el verso más importante.
Así se hizo muchos enemigos,
pero siempre le parecían pocos.
Demasiado ignorante para sabio,
demasiado sabio para poeta,
su vida transcurrió en busca de un motivo
(por todas partes buscaba a Faetonte,
la Antigua Persia de Espartaco,
la Nueva Francia de Nabuco).
Escribió contra Dios.
Contra la familia.
Contra la patria una.
Contra la patria otra.
Contra las patrias.
Contra El Corte Inglés.
Contra Carrefour.
Contra el BBVA.
Contra Caja Madrid.
Contra la editorial Planeta.
Contra Mariano Zapatero.
Contra Rodríguez Rajoy.
A la salida del sepelio,
un conocido declaró:
“Se ha muerto en el momento justo:
se le habían acabado los contra quién”.
Descanse en paz este hombre.
Ya no tenía nada que decir.
Su vida fue un meteoro de sombras
y su letra una ortiga sonriente.
Llegó, vio y perdió. Y aún se cuenta
que en sus últimos momentos
balbuceaba una extraña palabra,
Cabania o Tabania o algo así, quizá
Batania.
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jueves 2 de febrero de 2012
miércoles 1 de febrero de 2012
Los tres hombres que lograron matar a Batania
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.UNO El fisioterapeuta me prohibió las mujeres para evitar recaídas en mi alopecia, pero no pude sustraerme a sus tacones de labios ni sus pupilas de aguja: aquel escote sin caimanes me hirió en todos los almendros. En la primera cita, sin embargo, sus constantes alusiones a sí misma, su altanería al comer las cigalas, sus comentarios laudatorios al fútbol de Leo Messi y, finalmente, su odio visceral a los vascos, los pederastas y los novelistas, me hicieron comprenderlo todo: aquella mujer era Batania. Sin decir palabra, le clavé el tenedor en los ojos y le asesté un golpe certero en el centro del yo. Al día siguiente, las portadas de los diarios me sacaban con una manzana en la boca mientras el alcalde me entregaba las llaves de la ciudad. Las entrevistas se suceden desde entonces, los butaneros me piden autógrafos por la calle y las abuelas me regalan triciclos. Mi vida se ha vuelto un elefante: a veces me arrepiento de haber matado a Batania.
DOS En un sólo día perdí el autobús por seis grados en la escala Ritcher y mi novia se puso lentillas de chocolate. Aquello era una señal, por lo que me uní a Batania y me hice neorrabioso. Al principio todo fue bien, pero a medida que triunfábamos sobre los poetas cursilíneos, Batania comenzó a dar muestras de megalomanía: cerró los comentarios de su blog, se puso un despacho particular tirado por tres corceles blancos y comenzó a acudir a los recitales con un limón en la mano. Una tarde, cuando el reloj olía a palomas de plástico, me hizo un aparte y me confió su gran proyecto: refundar la Tierra y llamarla Batania. ¡A tal punto aquel hombre bueno se había vuelto un ebrio de sí mismo! Horrorizado ante la propuesta, lo delaté ante sus discípulos, pero ninguno me escuchó: llenos de reticencias, me acusaron de envidioso y de vestirme de ciclista por las noches. A partir de ahí, la historia es triste: el día del asesinato, a pesar de todos mis cálculos, mi magnum 23 se encasquilló en el momento más inadecuado; para matarlo hube de recitarle a la cara tres poemas de Gamoneda. Aquel error tuvo consecuencias funestas para mí: aunque el asesinato de un poeta sólo se penaba con dos años de cárcel, uno menos que por matar a una vaca, el juez me impuso otros treinta por la agravante cruel de Gamoneda. A la hora en que escribo esto, la obra de Batania es materia de examen en todas las universidades belgas, los homenajes se suceden y su estatua en bronce preside la Biblioteca Central Hispánica. ¡La muerte lo convirtió en un mito! ¡Triunfaron los manejos de aquella rata! Han pasado veinte años y mi celda está cubierta de gafas: ni los tucanes ni los murciélagos me dejan conciliar el sueño.
TRES Soy un hombre de costumbres frugales; ni los lápices de colores ni las caderas de los coches metalizados me hacen perder la cabeza. Por qué el presidente me encomendó la tarea de limpiar la nación de Batanias, eso nunca lo he sabido. Comencé por hacer un catálogo: el Batania de las siete y cinco de la tarde y el Batania de las siete y seis fueron los primeros. Más tarde añadí el Batania que se asombra de los buzones y las veintisiete gradaciones que van del Batania que ama a Iratxe al que la odia. Al octavo mes di por concluida la colecta: el número de Batanias alcanzaba la cifra de 76.563. A partir de ahí procedí con astucia: publiqué un anuncio en los diarios para elegir al peor poeta del mundo en el estadio Bernabéu; entendí que sólo una llamada así lograría unir a vanidades tan retorcidas. No me equivoqué. El día fijado, todos los Batanias panhispánicos fueron compareciendo en el Bernabéu. El ejército estaba avisado; a la sola mención de la palabra patinete, dispararía contra la multitud neorrabiosa. Sin embargo, un minuto antes de que pronunciara la orden, sucedió un imprevisto: los miles de Batanias congregados comenzaron a matarse los unos a los otros. ¡Todos se tenían por el único Batania! ¡Cada Batania odiaba de forma feroz a los demás Batanias! En una hora se habían exterminado sin que hubiéramos de gastar un solo tiro. De lo que sigue no me gusta hablar: ya he dicho que soy hombre de costumbres frugales. No diré una palabra de las condecoraciones, las ensaladas de frambuesa ni los monopolys con los que nos recompensaron. Sí me gustaría agradecer al equipo olímpico de rugby y sus gatos de triple maullido su labor desinteresada en los trabajos de catalogación: sin ellos esta hazaña no hubiera sido posible.
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lunes 30 de enero de 2012
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