viernes, 27 de marzo de 2015

En cuántos


Ahora que caminas por las calles con rostro de berenjena
y te crees más feliz que una ardilla con vestido de volantes,
y yo estoy solo y te añoro solo y malvivo tan envenenado
que rumio lento y rencoroso cada pelusa de los segundos,
permite que perverso te pregunte en cuántos, Natalia,

en cuántos kilómetros de cuerpos tendrás que frotarte
para borrar hasta la última mota insistente de mi recuerdo,
en cuántos bares o callejones sucios te entregarás en serie
mientras la luna te baja despacio la cremallera de tu falda,

con hombres
que ni el tímpano de mí, que ni el cúbito
de mí, con hombres sin vaca de estrellas que ni
la pala de mi canoa,

en cuántos baños torcidos de fiebre te quitarás las bragas
para olvidar las líneas y betunes perdurables de mis manos,
en cuántas playas dejarás que te bronceen la espalda
ante la mirada lasciva de las olas a punto de romperse,

con hombres
que te besarán el labio solo y la lengua sola,
con hombres que te lamerán el clítoris solo
y te penetrarán tan solo,

mientras que yo, niña escorpiona,
yo no besaba solamente lo que va de tu lengua al labio
sino tu muñeca curva de escritora mulata y sobredotada,
yo besaba tu furia de justicia y tus palabras versimotoras,
yo besaba tu huracán de mapas zurdos y zurdas aleaciones,

yo, niña escorpiona,
yo no lamía la mera delicia que sonríe dentro de tu vulva
sino la chica que borracha gritaba rabias y revoluciones,
yo lamía la agitadora que portaba pancartas en el 15M,
yo lamía tu enredadera y tu grano de anís orgulloso,

en cuántos despachos nocturnos restregarás tu columna
para acallar a golpes la gramola antigua de mis canciones,
en cuántos hostales vacíos ofrecerás tu insensata belleza
para ensuciar con minucia las corbatas que no me puse,

con hombres
que ni el sépalo de mí, que ni mi eslora
ni mi palo de mesana, con hombres
a los que podría aplastar con una metáfora
y que huirán enloquecidos cuando descubran
mis versos,

porque yo, niña escorpiona,
yo no amé tan solo tus espigas de sol
sino también tus espigas de sombra,
yo no amé tus manzanas de Persia
sino de Persia también tus gusanos,

yo, niña escorpiona,
yo sabía mejor que nadie que las mujeres
que vuelan cien aviones más altas
también dañan como cien aviones,

en cuántos pasillos oscuros dejarás tu cuerpo satenado
para extirparme y desaparecerme hasta los raigones,
en cuántos hombros descansarás tus pieles pleamares
para negar lo que te amé y te amaba, lo que te amo,

porque aún te amo, sí,
te sigo amando:
y aún espero como una polilla extraviada
a que me vuelvas a encender la luz
cuando te canses de tus
en cuántos.


miércoles, 29 de enero de 2014

Una mujer kilimanjara


Sé muy bien que mi historia
……….es la historia del niño que miraba tanto al cielo
……….que al final se le puso cara de nube,
y que la mujer que me ame
……….deberá martillar mil veces en el vacío
……….para acertar una sola vez en mi clavo,
pero dejadme pedir este mi quiero,
perdón por la tontería,
una mujer es mi requiero, mujer con grapa o tridente
……….o blanco mogadiscio.

Una mujer con faros antiniebla. Quiero.
Una mujer que me sonría cuando descubra el cofre vacío
……….de mi tesoro.
Una mujer soleada y sin airbag para besarla transparente
……….en los extrarradios.
Una mujer con el alma impura y la piel impura y la cabeza
……….llena de calcetines sucios.
Una mujer para decirte, Sofía (si te llamaras Sofía),
solo soy una nuez, pero si te atreves a partir esta nuez
hallarás dentro galeones y grúas y muchos elefantes.

Juntos patentaremos una nueva versión de lluvia.
Crearemos las pilas eternas para los Amores
……….Descomunales.
Tendremos un hijo lunático y ajedrecista que fabricará bolas
……….de palabras y destruirá el Bank of America.
Seremos como tenistas comiendo melón en el cine,
……….y la gente nos señalará indignada:
“Mirad a esos, no hay derecho, ¡se están amando
……….en pleno miércoles!”.

Perdón por la tontería,
pero no quiero mujeres que me nieguen el chocolate
……….de estrellas,
o mujeres que minen el suelo con bolas de cicuta
……….para que los koalas alegres de Lucifer
……….no se atrevan a revolcarse.
No quiero mujeres que respeten la apertura de sonrisa
……….fijada por el gobierno,
o mujeres con paraguas que parezcan paraguas
……….que llevan mujeres.

Una mujer con pulgones. Quiero.
Una mujer con erratas de luna para amarla en picado a pesar
……….de sus virtudes.
Una mujer para plancharle las mejillas sobre latas de cerveza
……….y dejárselas llenas de colas de lagarto.
Una mujer cuyas pisadas no dejen huellas en la nieve,
……….solo en los tétanos de mi corazón silvestre.
Una mujer para decirte, Paula, (si te llamaras Paula),
los fracasos que conoces son meras uñas de ratones:
los que yo te enseñaré serán leones enteros.

Juntos robaremos a mano desarmada una violeta salvaje y la
……….llevaremos en la boca con la divisa
……….AMARNOS SIN DEBERNOS.
Criaremos caballos musicales cuyo galope sincronizado
……….será el nuevo rock de Occidente.
Crearemos una nueva receta de beso con más de veinte
……….ingredientes distintos, y la gente dirá:
“¿Una receta mágica de beso? ¿Pero qué
……….sentido…?”.

Perdón por la tontería,
pero no quiero mujeres tan rectas que pongan comida
……….matadelfines en los desagües,
o tan serias que necesite comprarme una pértiga para saltar
……….la valla de sus cejas.
No quiero mujeres que no coman aceitunas por si el cáncer
……….de mama,
o no vean baloncesto por si la prórroga, o no beban cerveza
……….por si el embarazo.

Una mujer con algo de anaconda. Quiero.
Una mujer como un descampado para manosearla sobre
……….paisajes de Chagall tigreados.
Una mujer que no sea túnel sino puente, que no sea cebolla
……….sino naranja, que no sea triste y versitriste
……….sino alegrista y en parapente.
Una mujer tan kilimanjara que necesite dos sherpas y un
……….vaso de whisky para llegar del bajo de su carne
……….a la cima con puma de su alma.
Una mujer para decirte, Raquel (si te llamaras Raquel),
si escribo versos es porque no sé escribir aviones:
mis poemas son mi pequeña forma de acariciarte.

Sólo he vivido en dos lugares de este mundo
y fue en las bocas de las dos mujeres que amé.
A las dos quise por su exceso de cilindrada
y las dos me quisieron por mi falta de simetría.
Una mujer. Quiero.
Color de viento. Quiero.
Que suene a limones.

En las sábanas del futuro.


(Perdón por la tontería).
.

lunes, 27 de enero de 2014

Los pelícanos


Adónde pelícanos ibas con una mujer girasola
que tenía portaaviones de pájaros en la cabeza,
tú que te acercas sin centímetro ni ascensores 
a las verjas electrificadas de los cuarenta años,

tú que sigues cultivando en macetas diagonales
los mismos nilos y las mismas calas enfermas,
adónde pelícanos ibas, qué pasó por tu cráneo
de afónica cilindrada e ignorancia sin lagunas,

cuántos errores de cepa tierna y globo de helio
crearás de nuevo y de nuevo lucirás orgulloso,
cuántas veces caerás y recaerás en tus jaguares
de glucosa adolescente, cuántos crisantemos

llevarás al nicho de los amores descuartizados
si no rectificas, si no abandonas para siempre
a tus pelícanos y no metes, dejas ya de meter
tus torpes dedos en los interruptores del viento.

.

miércoles, 22 de enero de 2014

El amor


Era domingo y yo dibujaba peonzas. Iratxe me dejó. El amor
es un ave sin nido que pone huevos en el aire. El amor
es un sapo que luce joyas de circonio. El amor.

El amor.

Ella robó el manual de naranjerías. Yo me quedé sin nada. El amor
es el brillo de astracán que oculta al cordero asesinado. El amor
es un mapa que señala al desoriente. El amor.

El amor.

Ella nació de la cópula de los tréboles con la escarcha. Yo era
un hijo corrupto de los cardos. El amor no sabe del fuego
ni la rueda. El amor es un cuervo blanco. El amor.

El amor.

Era domingo y yo dibujaba peonzas. Me dejó
y no quiero olvidarla.


El amor.
.

martes, 21 de enero de 2014

Tus ojos de las 7:23


De la prisión de las rosas
en los manuales de flora
la culpa es de las propias rosas,
con su etimología latina,
sus espinas cercioradas,
su fragancia sostenida
y sus pétalos premeditados
para una buena clasificación.

Lo mío, en cambio,
se aparta de jaulas y celdas
pues no tengo marca ni patria
y mis unos traicionan los doses
y mis versos corrigen poemas
y mis verdes se tornan azules
y apenas cumplo mis promesas
ni al casi nunca por ciento:
en qué manual iba a estar yo
salvo aquel que se titulara
“Desdiciéndome”
o “Nuevas rectificaciones”
o “Tus ojos de las 17:23”.

lunes, 20 de enero de 2014

A todos


A todos amé mientras Natalia me amaba,

grapas que delfines, yeguas que ancianos,
mudos que abiertos y también semifusos,
a las ruedas que iban y a las que volvían,
a los lirios del pus y también los del cieno,
con todos los crímenes hice sinalefa,
a todos quería perdonaros,

pero ahora que no me ama, ahora
que no me ama,

ni aunque la Gran Rosa o la Gran Algalia,
ni aunque nietos de ninfas o arcángeles,
lo mismo Buda que Bulbos sin Fronteras,
me da igual el acorde de vuestra música,
de nadie me acuerdo, a ninguno distingo,
a ninguno perdono, a nadie salvo,

os odio a todos.

domingo, 19 de enero de 2014

El alambre


Al principio
me daba miedo caminar
sobre el alambre,

hasta que supe,
tras años de funambulista,

que el alambre
es mi manera
de tierra firme.

jueves, 16 de enero de 2014

H2O


Por eso fracasa el amor:
porque se jura en piedra
y se cumple en agua.
Por eso pido un amor
sin H2O:
con piedra de juramos
y piedra de cumplimos.

martes, 14 de enero de 2014

Si no puedo contarlo no quiero amarla


Escribo sin querer y porque a ella le da la gana. No sufro ni trabajo, tan solo abro el cuaderno y las natalias que guarda mi mente, con coleta o sin ella, van saltando a las hojas con las manos limpias y se ponen solas en las líneas, una a una, mientras fuman fuerte o tararean canciones de Nacho Vegas. Qué espectáculo verlas correteando por el papel mientras se van probando las letras, la natalia de allá una hache, la de acá una uve, la del medio una zeta, la del fondo gritando, chicas, queda media hora, salimos en el blog a las 10:45, la entrada se llamará Si no puedo contarlo no quiero amarla, estáis avisadas.

Basta con enamorarme para que la amada me escriba todo y me sea todo, lo mismo la rana y la princesa, el hangar y el avión, el atril y el poema. Solo perseguí a esta chica porque me parecía la mejor de todas, la hembra de mayor cilindrada. Y eso debe saberse. Que se sepa, que se sepa. Nada de quererla en secreto o amarla sin decirla. ¿Queréis que sea feliz en la sombra, sin tambores ni cablegramas? ¿Que sea humilde, de verdad humilde y qué asco humilde? No, lo siento. Yo no he estudiado de eso. No concibo a Natalia sin festejarla. Si no puedo presumir no quiero vivirla. Si no puedo contarlo no quiero amarla.
.

viernes, 10 de enero de 2014

Colmillos


Era una mezcla de fagot
y tiburón blanco.

“Con esa chica no”,
me advirtieron,

pero mi entonces
quería amputarse
en sus colmillos
musicales.

miércoles, 8 de enero de 2014

Dos chalados

.
Cómo iba a durar el amor entre dos chalados con flauta
que presumían de mojarse con una manguera de fuego,
tan mentecatos que iban perdiendo bellotas por la calle
y se hicieron preceptores en sembrados de pólvora,

cómo iba a durar el amor entre el espejo y la espeja,
entre el egosiempre rebelde y la egosiempre averías,
entre el alférez molusco de las bombas de mano
y la lectora alegrista del manual de venenos,

cómo iba a durar
si los dos quisieron ser mayusculosos,
si los dos quisieron ser grandipulgares,
si los dos prefirieron diosear entre nubes
hasta poner su amor en toque de queda,
¡si nunca se vio ratón ni ratona
con semejantes humos de águilas, cómo
ibais a durar!!!
.

lunes, 6 de enero de 2014

Prólogo neorrabioso a "Contra la niebla" (Unaria Ediciones), de GIOVANNI COLLAZOS


"CONTRA LA NIEBLA", DE GIOVANNI COLLAZOS, O EL LENGUAJE QUE SE FRACTURA AL MISMO RITMO QUE LA REALIDAD


No se imaginaba ninguno de los tres ladrones que acechaban en Tirso de Molina, cuando se disponían a atracar a aquel transeúnte inerme una semana otoñal de 2010, que la navaja no iba a cumplir en esa ocasión su función intimidatoria y deberían librar una batalla confusa, atropellada, dantesca, donde solo la acción concertada iba a permitirles, después de que uno de ellos fuera derribado de un cabezazo, que la víctima consintiera finalmente en hacer el papel de víctima, aunque fuera a costa de propinarle tal paliza que, perdida la consciencia, el “resistente” quedó en el suelo, en medio de la acera, molido a golpes, abandonado...

Aquel hombre que he dejado en el suelo era poeta. Se llamaba Giovanni Collazos y lo había conocido tres años antes en los foros de poesía, donde me sorprendió desde el principio por el primate que conservaba y defendía con mucho gusto. Cada vez que aparecía algún troll anónimo e insultador en los comentarios de otros poetas, mientras los demás nos esforzábamos por responder a los ataques con respuestas repletas de razones y sinrazones, de pronto aparecía él y decía:

–Esto no es para hablar aquí. Te reto a debatirlo en la calle, con los puños si hace falta.

Al de poco tiempo lo conocí en persona y me sorprendió que todo, su pelo corto, su mirada fija, la cara como de revólver, se correspondía con la imagen que me había fabricado de hombre directo, a veces demasiado, como el día en que se encontró a Mario Vargas Llosa en una calle de Madrid:

–Señor Vargas Llosa, perdone que le interrumpa, me llamo Giovanni Collazos y soy limeño: ¿cómo pensaba usted privatizar la sanidad y la educación de nuestro país, con la pobreza y analfabetismo que existen?

La anécdota es ilustradora. Delante por primera vez de uno de sus escritores favoritos, le aborda por un lado lateral y político (Vargas Llosa se presentó a presidente del Perú en 1990). Estamos ante un poeta cuyos ídolos juveniles fueron César Vallejo, el Ché Guevara y el poeta guerrillero Javier Heraud, los tres de reconocida filiación marxista. Trabajaba entonces Collazos una poesía de decirse-a-sí-mismo, lo mismo íntima que política, siempre fresca, con un andamiaje coloquial y narrativo donde, además de vetas de Vallejo, iban asomando otros poetas del surco peruano. Con una variedad temática casi nerudiana (escribía a su madre, a su novia, a su pene, a su patria, a sus dos ciudades, a la infancia, a la política nacional e internacional...), pronto comenzó a dudar entre una poesía de la sencillez y otra más cercana a la ruptura gramatical, plagada de imágenes y enriquecida con un léxico mestizo, donde empezó a dar mejores resultados. Pero esta progresiva aplicación de métodos sugeridores e indirectos no solapaban su personalidad, siempre clara, verticalísima.

–Me encanta Madrid, Batania, pero aquí no hay códigos.
–Qué códigos, Gio.
–Aquí, por ejemplo, si tienes una pelea, tus amigos te abandonan. En Lima no pasa.

Sin embargo, uno ya sospechaba que toda esta verticalidad tendría que tener sus puntos débiles, máxime en un hombre que escribe poemas. Con el roce que pronto se convirtió en amistad comencé a descubrir un hombre de una ternura infinita que, tan exagerado en su fortaleza, era igual de exagerado en su debilidad. Collazos es una de las personas que conozco con menos facultades para recuperarse anímicamente. Y el problema es que su debilidad, en vez de remitir con el tiempo, aumenta:

–Batania, estoy mal, tengo que hablar contigo.
–¿Qué te pasa ahora?
–Nada, lo mismo de hace ocho meses.

Contra la niebla es el libro en el que aparece con mayor nitidez esa mezcla duro/tierno. Collazos es un leocisne, un ciervoceronte, un jilguerofante, un animal fabuloso o mezcla extrañísima de reciedumbre y delicadeza. El poeta que se resiste a los atracos y da cabezazos a los ladrones comienza a recibir los golpes de la realidad ladrona, de los amores ladrones, de la existencia ladrona, en una debacle que comienza en lo amoroso pero cuyo campo magnético se extiende a lo nacional, lo personal y lo metafísico. La tristeza de Collazos se estira y estira hasta que engendra trillizos. El poeta parece decirnos: si el amor fracasa, no solo fracaso como amante sino que fracaso como ciudadano y, además, el mismo planeta Tierra es un mal proyecto.

Collazos ya venía del frío. Este poeta, que se define como “madrilimeño”, representa la doble tragedia del inmigrante, que nunca es considerado como nacional en Madrid (y no ayuda para ello que la policía le haya pedido los papeles más de cien veces en los últimos años) y es acusado de extranjerizante cuando regresa a Lima, a la manera de la fábula de las cornejas de Esopo. Pero la intemperie de este libro trasciende la extranjería.

Contra la niebla representa el fracaso de la realidad. Collazos busca una realidad fija y solo logra arenas movedizas. Quién soporta la realidad que devora e infecta, dice en su poema "Valor". Como no obtiene lo que le pide, su mundo se desordena: La verdad nunca acierta con el gusano que se adentra en la aurícula, ni atisba la mueca funámbula de mi alma (Luz de sombra). Y aparece el miedo. Sí. Miedo en el mismo hombre que se lió a discutir con Jaime Bayly en medio de una conferencia. Miedo en el mismo hombre que, en alguna de las numerosas manifestaciones del 15-M a las que he acudido con él, se acerca hasta las vallas que nos separan de los antidisturbios y las empuja porque, en sus palabras, “este es el único lenguaje que entienden”. Miedo en un hombre que es valiente en las cosas visibles pero no sabe luchar contra lo embozado, lo inmensurable, lo intangible.

Nace así este libro descompuesto, sonámbulo, fracturado, y estos poemas que reflejan esos vaivenes indescifrables. Como el entorno se rompe, se rompe la gramática. Si la existencia es un no-me-entiendo, los versos tampoco tienen, a veces, por qué entenderse, y los significados se multiplican. Al cambiar el orden lógico de las palabras, consigue nuevas posibilidades. Como escribe en A voz en cuello:

Hacer de la palabra un multiplicado significante desde su mínima expresión
siempre que derive con la tinta de la duda.

Alcanza así un poemario que representa la máxima modernidad, en el sentido de que las interpretaciones quedan abiertas, pero no por ello el libro pierde un ápice de emoción o intensidad. Aunque en los últimos años este poeta ha abandonado la poesía más narrativa, la que era predominante en los blogs o en los bares de poetas madrileños, y se ha adentrado en un dificilismo que coincide con sus circunstancias personales de descomposición espiritual, la poesía de Collazos es una poesía viva, como es viva la poesía de Vallejo, Lorca, Rimbaud u otros poetas de los que bebe.

Es este un elemento en el que me gustaría insistir. Los lectores que se acerquen por primera vez a esta poesía y se encuentren con sus vocablos mulatos y escogidos, la oscuridad de algunos de sus significados y su barroquismo sintáctico, quizá se lleven la primera impresión de hallarse ante un poeta herbívoro y libresco, un cráneo de esos que le ponen arpa y milímetro a las palabras y manejan un ars poeticae de Aconcagua para arriba. Esa impresión, que en parte es cierta, sería una impresión sin embargo incompleta, porque lo verdaderamente esencial en este poeta es el tigre o zarpa desbocada que tiene dentro, un animal de cuyas fauces brotan espumarajos. De ahí que se podría decir, tomando con lazo el poema de Lizano, que Giovanni Collazos, más que un poeta hermético, es un poeta que pertenece a la orden de los mamíferos.

Aquel hombre que yacía en el suelo de una acera de Tirso de Molina se recuperó de la paliza y volvió a escribir versos. Aunque le tengo dicho que no exponga su vida en vano y deje de responder con cabezazos a la gente, él me sigue insistiendo en que son el mejor recurso en caso de pelea. Quizá sea eso Contra la niebla: un cabezazo contra la poesía notarial, la de los significados resobados y palabras ya dichas. Una renovación animal de los conceptos. Una propuesta rabiosa de nuevo espíritu.


*Contra la niebla (Unaria Ediciones) se presenta el 27 de noviembre en Diablos Azules.
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lunes, 24 de junio de 2013

Prólogo a "Incendiario" (Polibea), de BÁRBARA BUTRAGUEÑO


INCENDIARIO, DE BÁRBARA BUTRAGUEÑO, O EL INTIMISMO QUE SALTA LA VALLA

No descubrí hasta muy tarde que el material explosivo de que está compuesta la poesía de Bárbara Butragueño no se apartaba una mosca de la verdad, cuando mi vida empezó a desintegrarse y me sentí reflejado en la leonera asfixiante de sus versos. Hasta entonces había contemplado el talento y encanto personal de esta poeta con una parte de entusiasmo y otra de reticencia, pues había algo en su espectáculo sucesivo de azúcar y petróleo que me descuadernaba, me sonaba a falso y no me creía. ¡Y cómo iba a creerme que aquí mismo, en la Madrid contemporánea de cristal y aluminio, una chica que irradiaba cachitos de alegría por los ojos y no había dispuesto en su vida más que de todo, escribiera unos poemas de sótano y a-punto-de-romperse, como si viviera entre los coches-bomba iraquíes o las hambrunas de Mogadiscio!

Esa sensación contradictoria de éxtasis y suspicacia que me dejó su primer recitado se repitió en los siguientes, pues una de las cosas que nos sucede a algunos con esta poeta es que incubamos mitomanía y la seguimos como si fuera una estrella, igual que otros siguen a Bruce Springteen, Lionel Messi o Julia Roberts. Eran tiempos aquellos en que, cada vez que me preguntaban qué poeta o poetas madrileños me gustaban, siempre respondía “Bárbara Butragueño y los demás”, a pesar de la sospecha que ya he referido, que se fundaba en lo que acontecía en sus actuaciones, en los que una chica de cuarenta y pocos kilos a quien la palabra deliciosa se le quedaba corta, luego de apoyarse en un codo y luego en el otro, aparecía ante nosotros con una sonrisa acordeona, y, jugando a fragilísima de dientes de leche, tomaba el micrófono para, de pronto, no sé cómo explicarlo, ponerse solemne y sacar desde dentro, no de las cuerdas vocales sino de sus carboneras, una voz perturbadora, dolorosa, una voz con algo de firme y algo de tambaleante, despaciosa y a veces atropellada, impropia de su cuerpecillo de gorrión con sombrero, para comenzar, por ejemplo:

Nadie nunca me enseñó a llorar
..............y sin embargo parece que el llanto me perteneciera 
..............[que mi cuerpo fuera el único epílogo posible

Y pasaba a desmenuzar todas las variedades de color negro que había logrado aislar hasta entonces, recitándonos durante cuarenta minutos un extenso catálogo de fríos, incomunicaciones y desastres personales que solo eran interrumpidos por sus risas y por los aplausos de la concurrencia, que iban creciendo de poema en poema hasta que estallaban en la ovación final. Recuerdo que me nacía un poco de vergüenza ante aquel espectáculo y eso que este prologuista era de los que más aplaudía: ¿Una chica de diecinueve años nos refiere sus miedos y muérdagos y nosotros, en lugar de consolarla o animarla o disuadirla, rompemos a aplaudir y sonreímos y la jaleamos, como si lo escuchado fuera motivo de celebraciones?

No la aplaudíamos por eso, claro, porque los temas que trataba Butragueño en esa época eran los típicos de otros poetas de su edad cuando descubren la poesía como purgante, en el momento que sufren sus primeros fracasos amorosos o sus primeros naufragios ahora-que-la-vida-va-en-serio. Pero aquí es donde surgía la diferencia: mientras otros se limitaban a registrar, esta poeta creaba; donde otros, poseídos por la urgencia de contarse, relataban linealmente, Butragueño metaforizaba; donde la mayoría acababa en meras eyaculaciones emocionales de un subjetivismo superficial, en BB se elevaba a poesía. Decía Breton, para responder a los críticos que acusaban a la escritura automática de acercar la poesía “a los imbéciles”, que a un imbécil solo se le ocurren cosas imbéciles y a un inteligente, en cambio, se le ocurren cosas inteligentes. De BB no aplaudíamos sus enfermedades, que son comunes a todos, sino la manera de recrearlas: aplaudíamos su talento.

Llamo talento a decir aguacate o papaya en lugar de pera o manzana cuando alguien te pide de repente que le digas una fruta. A decir Auxerre y no París cuando te piden una ciudad francesa. Llamo talento a la desenvoltura para lo insólito, a la naturalidad para lo raro, al puntillismo de lupa extrafina. En la poesía, el talento lo descubro también en la facilidad para aunar el sonido con el sentido, y eso es precisamente lo que le ocurre a ella, que al principio escribía muy rápido y sin embargo conseguía unas cadenas fonológicas muy buenas, sin apenas arritmos, y sabía cambiar de verso en el momento adecuado y por pura facultad intuitiva, mucho antes de que descubriera por sí misma que el poema es un artefacto de palabras y no solo una cadena de inspiraciones.

Para entonces ya empezaban a adelgazarse mis suspicacias sobre la “trampa” de esta poeta, lo que llamé una vez el “mercadeo de autolástima” que se traía con sus poemas, y todo porque mi propia vida cambió a peor y noté que su poesía, que a priori parecía la tragedia-de-Bárbara-Butragueño-contada-por-sí-misma, comenzó a estar como escrita a medida de lo que me pasaba, y empecé a sentir como mías sus ciclotimias y descomposiciones psicológicas. Mientras me mantuve pleno de vigor y salud no la entendía, pero cuando me hallé enfermo empecé a sentirme identificado y me dije cuidado, mucho cuidado. Cuidado con lo pretendidamente íntimo que se vuelve social y empieza a penetrarte, te dobla la piel y te hace daño.

Incendiario es el primer libro de esta poeta y contiene poemas escritos entre los veinte y los veintitrés años. El tema principal es Bárbara y su relación con el otro, la dificultad y fracaso con el otro, el amante sobre todo, y el lector se encontrará con un extenso álbum de alcatraces ciegos, leopardos en muletas y puñados de harina negra. La poeta se va a ir quitando las capas una a una y nos va a detallar todas las fases del hundimiento de sus torres putrefactas. Es un libro circular poco recomendable para claustrofóbicos, pues es una mujer que escribe a una temperatura alta y sólo cuando se siente en crisis o asediada. Una vez la definí como una poeta tan hacia abajo que había ampliado las vistas de su casa con catorce nuevos sótanos, pero ahora me gusta imaginarla con la imagen del relieve asirio de la leona herida, aunque las flechas que recibe esta leona son raras, porque se las lanza ella misma, y las heridas que se causa son tan bellas como profundas.

Quiero detenerme en este punto de la profundidad, pues he señalado en párrafos anteriores el buen oído de Bárbara, la capacidad metafórica y la factura técnica de sus poemas, elogios que muchos otros le han prodigado desde el principio, pero si a estas virtudes no se le une aquello que pedía Unamuno, “pensar alto y decir hondo”, en mi consideración el poeta queda incompleto. Incendiario se salva de este defecto porque BB, aunque nos plantea su caso aparentemente subjetivo e individual, no se queda en el relato de los síntomas o la mera autopsicología, sino que consigue trascender y que su caso sea el caso de todos, pues da tantas vueltas sobre sus cadáveres que el lector, una vez acabado el libro, se plantea problemas filosóficos o existenciales. En efecto, ¿es el ser humano una duda entre dos polos, la entrega y el egoísmo, y sería por tanto un híbrido complicado de altruista asocial o lobo filántropo? ¿Por qué los otros son en ocasiones tan cercanos y otras veces, como ella dice en un poemario distinto, “tan otros siempre”? ¿Estamos enteramente predeterminados o gozamos de un mínimo de libertad y posibilidad de cambio? Por otra parte, Incendiario, cuya vocación de negrura es tan evidente que parece el traslado al verso de la máxima sartriana “El infierno son los otros”, también ofrece suficientes respiraderos para la esperanza, pues la insistencia de la poeta en reconducir sus relaciones o intentar otras nuevas hace que sea la refutación de esa frase y se pueda decir, aunque en tono más bajo, que el paraíso son los otros.

Bárbara Butragueño es un incendio continuo, una poeta siempre ardiente, un no-me-entiendo constante. En la Madrid de siglo XXI, esta mujer de especial sensibilidad sufre para realizarse y considera la ciudad como la jungla de las enajenaciones, una prisión donde le es imposible establecer lazos duraderos con sus semejantes. En Incendiario se cuenta a sí misma y nos cuenta a todos los que hemos sentido la lejanía de los otros, la felicidad convertida en un megaterio. Es un libro para lectores enfermos, que sentirán sobre todo su verdad, y para lectores sanos, que apreciarán sobre todo su belleza.

domingo, 16 de junio de 2013

LO PEOR ES CUANDO TERMINAS LA PINTADA Y LA PARED NO APLAUDE (8): Tus caballos se mueren por falta de viento


Esta es la pintada mía que prefiero por delante de todas, mi favorita, quizá porque el poema y los versos de los que procede son muy antiguos, tan antiguos que empecé a pensarlos en 1789, cuando nació ese impulso formidable que ha generado los dos siglos más promiscuos, fascinantes y terribles de la historia, el XIX y el XX, recorridos por ese galope fraterno y espumoso que comenzó a remitir en la década de los ochenta y cuya decadencia parece que no concluye. No acuso de la muerte de los caballos a los consabidos Reagan, Thatcher, neocons, etc., sino a la respiración más contante y sonante del qué egoístas nos hemos vuelto y sálvese quien pueda. Yo había nacido con estos versos en la cabeza, ya desde la tripa de mi madre, pero creo que la primera vez que los sentí con verdadera fuerza, quince años antes de escribirlos, fue en 1993, cuando uno de mis profesores de Periodismo en la EHU-UPV, Nicolás Xamardo, enterado de que algunos alumnos vendían sus apuntes a otros, nos dijo: “¿Cómo? ¿Os vendéis los apuntes entre vosotros? No me lo puedo creer. En mi época de estudiante los prestábamos gratis, ni siquiera se nos ocurría que se pudieran vender”.

El mensaje lo he pintado en cuatro paredes distintas y en dos de ellas me han ocurrido pequeñas historias que trascienden el llego-pinto-miro-me-siento-bien-y-me-marcho. Como una de ellas va de amor y pérdida y ahora no me apetece, ya la contaré en otro pesebre. En la que aparece en la imagen, cometida sobre el número 110 de la calle Aniceto Marinas, me ocurrió que me hallaba pintando a la altura del “TUS CABALLOS SE MUEREN POR FAL”, cuando apareció un camión de recogida de la basura, tan a boca de jarro que pude ver perfectamente los ojos del conductor y sus acompañantes, sus pupilas indignadas posadas en las mías, y hube de echar a correr hacia los lugares donde corren siempre los grafiteros sorprendidos, esto es, hacia cualquier parte que sea diagonal o difícil para un vehículo de cuatro ruedas. Crucé una autovía y me refugié debajo de un puente, en el pequeño hueco que se forma entre la tierra y las vigas: mi objetivo era pasar allí los diez o quince minutos críticos que suceden después de que te hayan pillado las brigadas de limpieza, porque aunque ellos no hayan conseguido detenerte, cuentan con un aparatito que consta de diez números y que se conoce como “teléfono”, y siempre se les ocurre, mira tú que casualidad, pulsar los que conectan con la policía.

Y ahí es donde me llevé otra sorpresa, la segunda y más grande: cuando me giré, descubrí que no estaba solo en el triángulo vacío que formaban las vigas y los pilares terreros del puente: allí, acurrucados entre mantas, con un frío de bajo cero, había tres mendigos durmiendo y uno despierto. El despierto me miraba como si yo fuera policía o algo peor y me dijo:

–¿Qué pasa?
–Yo... –balbuceé–, bueno..., esto..., es que estaba haciendo una pintada, me han pillado los de un camión de la basura y tengo miedo de que avisen a la policía. Necesito estar aquí media hora para que pase el peligro, pero os juro que no molesto y me voy enseguida.
–Ah. Vale.

En estas situaciones es donde me doy cuenta de que no soy escritor ni nada que se le parezca, pues en las situaciones límite no soy capaz de inventarme nada y mi único recurso es decir la verdad como un gilipollas. Las únicas mentiras que digo son aquellas que traigo preparadas de casa, de lo contrario no me salen, soy una calamidad. Menos mal que al mendigo que estaba despierto le pareció bien y pude permanecer allí el tiempo necesario para que pasara el peligro, no sin dejar de sorprenderme con sus condiciones de vida: el frío era bajo cero y el puente una dupla de carreteras: por encima pasaba una autovía y por debajo otra. No me podía creer que hubiera tres mendigos durmiendo, porque cada vez que pasaba un coche, sobre todo los de la autovía de encima, el escándalo que se originaba era casi ensordecedor. He visto y veo diariamente mendigos por Argüelles o casi por cualquier parte, pero nunca he visto a ninguno que viva en tan malas condiciones como los que vi aquella noche.

Cuando me fui del puente me guardé mucho de regresar al lugar de la pintada, que había dejado incompleta, por la sospecha de que podían estar esperándome, y volví a casa dando un rodeo que ríete del que dio Aníbal con sus elefantes. Dos noches después regresé al lugar de la pintada y la completé con “TA DE VIENTO” y la correspondiente firma, pero nunca he dejado de pensar en aquellos cuatro mendigos que dormían en un lugar tan frío e imposible y lleno de decibelios. Uno no ha tenido hasta ahora una vida que se pueda llamar fácil, pero siempre ha contado con alimentos que comer, ropa que vestir y techo donde cobijarse. Hay que ver. Escribes proyectando, lanzas la flecha hacia un blanco que adivinas pero del que no estás seguro, y luego te entristeces por haber logrado el objetivo. Al final comprobé que los bípedos occidentales somos cada vez de peor calidad, pero nunca pensé que además iba a descubrir que el mayor defecto de la poesía denuncia es que muchas veces tiene razón.
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jueves, 13 de junio de 2013

Mi único castillo posible deberá ser en el aire

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De nuevo en sus diarios
lucen garzas reales
con las plumas bien peinadas.

(El edificio más alto de mi ciudad es el BBVA).

De nuevo
José Luis Rodríguez Rajoy
actúa con Mariano Zapatero;
tres dromellos y dos camedarios
se citan tras la puerta.

(Mi jefe se llama Jorge y no sabe quién es Balzac).

Las chicas estrenan bigote Abanderado,
los chicos se pintan labios de aguja,
y un niño sin ojos me explica en Antón Martín
la teoría de la relatividad.

(Pero basta de teorías, Natalia, pasemos a los besos).

Para más desgracia y pontevedra,
en la biblioteca de Retiro,
a pesar de mis quejas blancas,
la sección de poesía
sigue pegada a la de teatro.

(Mi único castillo posible deberá ser en el aire).
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viernes, 7 de junio de 2013

LO PEOR ES CUANDO TERMINAS LA PINTADA Y LA PARED NO APLAUDE (7): Siempre que nieva tengo cinco años


Y entonces nevó. Había nevado tres semanas antes, pero tan poco y cursilíneo que sufrí las de Caín para hacer un muñeco de nieve en la plaza Puerto Rubio, zona Puente de Vallecas, año 2009, pues tuve que reunir la nieve que había por toda la plaza en medio de los ánimos de los jubilatas, ánimo chaval, vaya paliza te estás dando, etc. Pero veinte días después nevó a granel y a la vuelta de mi trabajo nocturno, viendo que las calles pequeñas estaban cortadas y que no pasaba ni un alma, se me ocurrió hacer pintadas a la luz del día, según las que se me fueran ocurriendo mientras caminaba por las calles. Pinté “La nieve es un tigre blanco que se hace el dormido”, “Odio las guerras, la mentira y las máquinas quitanieves”, “En El Corte Inglés no ha nevado” y la que se ve en la imagen, que es la que más me gusta y también la más triste, porque cuando dejó de nevar y se fue retirando la nieve volví a tener 36 años.
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miércoles, 5 de junio de 2013

El vuelo del pequepájaro sobre la jirafaronte

Foto de ANELE

Creo que mide 1`80. No conozco su altura exacta, nunca se lo he preguntado, pero la mujer que amo es larga como una línea de renfe o como una trenza de cebollas amarillas. Ella me jura que ya ha dejado de crecer, pero yo no me fío del todo. Me acerco a su cuerpo con la piel como navaja, queriendo besarla entera y en todos sus azules, pero pronto me voy aburriendo y al de una hora me siento cartón piedra, carne de lunes, derrotado. Quiero besarla al completo pero sólo alcanzo a besarla a trozos.

Al principio quise ocuparla sin mayor cuidado, empezando por cualquier parte, como si aquello fuera un centímetro o una losa menchevique, pero fue a la segunda semana, después de pasarme cinco horas besando su brazo izquierdo y darme cuenta de que aún no había pasado de la muñeca, cuando comprendí que mi novia no es una novia standard. Qué va a ser standard: mi novia es el transiberiano.

No por ello me rendí sino al contrario: comencé a trazarle mapas a bolígrafo, acordoné zonas de su cuerpo, hice cuadrantes, contraté perros y hasta helicópteros, no escatimé en medios, nada me parecía bastante. Hasta me acostumbré a clavar, cada vez que terminaba mi jornada de besos, un letrero en su piel donde decía “Precaución: zona de Natalia YA besada”. Gracias a estos detalles y a los turnos intensivos de quince horas diarias, logré cubrir de besos el 3% de su cuerpo en tan sólo una semana, pero también sufrí la lógica fatiga y hasta algunos desfallecimientos, todos producidos por la magnitud de su territorio. Dos labios dan para mucho, pero sólo son dos labios. Y lo peor es que ella lo notaba, se da cuenta:

–¿Qué te pasa?
–Nada.
–¿Es por mi altura, verdad?
–No, claro, qué tontería.

Nunca le he dicho nada por este motivo, y ello por cuatro razones, que son las siguientes: una, dos, tres y cuatro. Además, su largura también tiene sus ventajas: ¿Sabéis lo maravillosos que son los abrazos de las mujeres largas? ¿Los habéis probado? Cuando una mujer así te rodea con sus brazos hasta dar cinco o seis vueltas sobre tu cuerpo, la sensación es indescriptible, uno se siente más abrazado que nunca. También cuenta con otras ventajas:

–Natalia, ¿Me alcanzas la sal?
–¿Qué sal?
–Aquella. La que está seis mesas a la izquierda.

Y la alcanza, no miento, nunca falla. Sus gadcheto-manos son tan portentosas que llegan a todo objeto situado diez metros a la redonda, aunque también conllevan sus problemas, sobre todo en el metro, donde tengo que controlar sus efusividades. El martes pasado, por ejemplo, dio un manotazo sin querer a un viajero que iba en el vagón siguiente, y eso que le tengo dicho que, al menos en los lugares públicos, debe ir con los pies juntos y los brazos cruzados, pero no siempre me hace caso.

Así es mi vida y mi amor con la mujer longilínea. Parece complicado pero nos vamos acostumbrando. Tú eres el pequepájaro y yo la jirafaronte, me dice, siempre traviesa y habilidosa acuñando palabrujerías. Alguna vez le he comentado que quiero escribir algo sobre su largura y ella me ha respondido que bueno, que le parece bien, que escriba lo que quiera a condición de que no exagere. Y yo pienso que eso de que no exagere sobra, ¿no? Porque yo soy un escritor realista y minucioso, casi fotográfico: no se me ocurriría nunca contar un detalle que se desviara un sólo centímetro de la realidad. Como todo el mundo sabe.
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lunes, 3 de junio de 2013

Rebeldía (II)


Si pudiera talar el cedro ajeno
de mi nombre,
la grecia de nudos que me ata
a la tierra,
si pudiera limpiarme
de catecismos y antiguas baladas,
trizar mis genes,
el aire mismo
y el propio calendario,
si lograra
borrar a mi madre,
borrar a mi padre,
borrar a Vizcaya,
borrar a Euskadi,
borrar a España,
borrar a Europa,
borrar la historia,
la tierra vieja
y el siglo XXI,
si pudiera tachar los huesos
adquiridos
y una vez desnudo
aún quedara algo
mío,
fruta, cardo o recuerdo de linterna,
algo impuro y discrepante
como una gota de vino
después del incendio,
entonces sí
que podría proclamarme
un hombre a toda marea
y pedir altanero
la palabra que perdimos,
rebeldía.
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