jueves, 23 de marzo de 2017

La Guerra de las Malvinas


No se perdían un solo telediario, al que seguían llamando parte, y al contarme las noticias más sensacionales nunca se olvidaban de referirme el presentador que las había pronunciado, Basterrechea, no sé si te has enterado, los Juegos Olímpicos serán en Barcelona, lo ha dicho Olga Viza, Prosinečki ficha por el Madrid, lo ha dicho Pedro Piqueras, ya hay tres millones de parados, lo ha dicho Elena Sánchez, no les dará vergüenza, etc. También leían muchos periódicos sin fijarse en la fecha: los aldeanos que yo conocí en Lauros daban el mismo valor al periódico de hoy que al de ayer. Era normal encontrárselos sentados en un taburete, a la sombra del portal, leyendo con dificultad un diario de tres meses antes.

–Pero hombre, Jesusín, qué haces leyendo un DEIA del año pasado.
–Qué más da. Todos dicen lo mismo.

En el caserío Etxebarri había ejemplares de La Gaceta del Norte una década después de que ese diario cerrara, y yo mismo pude leer, en ejemplares amarilleados de El Correo Español, todas las operaciones militares de la Guerra de las Malvinas, jornada a jornada, ocho o nueve años después de los sucesos. Los aldeanos leían sólo los titulares, claro, o recurrían a mí para que les leyera algunos editoriales o asuntos de calado, porque la mayoría de ellos no estaban completamente alfabetizados y manejaban un vocabulario de muy pocas palabras.

–A ver, Astobieta, tú que tienes estudios, ven aquí.
–Ya estoy.
–¿Qué significa “replicó”?
–¿Replicó? Como “contestó”.
–¡La órdiga! ¿Y por qué no ponen “contestó”? Estos periodistas..., bah. Sólo saben enredar.

A pesar de este fervor, ninguno de aquellos aldeanos, tampoco mi padre, consideraban las versiones de la prensa o de los telediarios más que como majaderías o comedias fantásticas. Consumían prensa y televisión para estar al tanto de las mentiras del mundo y hacerse una idea proyectada de la verdad, pero tenían a los periodistas como meros transmisores de lo que ellos llamaban “accionistas”. El poder, decía mi padre, no estaba en manos del rey ni del presidente ni de los ministros, sino en manos de los “accionistas”. Si el Athletic de Bilbao marchaba mal clasificado, por ejemplo, no se debía al entrenador ni a los jugadores ni a los rivales:

–Hacen falta accionistas. Gente de Neguri. Un De la Sota, por ejemplo. Que venga un De la Sota y verás qué rápido mejora el Athletic.

Los accionistas que se imaginaban mi padre y otros como mi padre eran seres todopoderosos que compraban los árbitros, pactaban los resultados y ordenaban a los jugadores marcar o fallar los penaltis. Mucho antes de “El show de Truman”, los aldeanos de Lauros que conocí daban por hecho que el mundo era eso: mano en la sombra, feria de títeres, Gran Hermano, pacto entre bambalinas, mentira.

Tenían sus propias maneras de estar informados. Cuando sucedía algo importante, mi padre arrancaba su erre seis amarillo y se iba a Gatika, donde formaba una troika con otros dos aldeanos, o a Lezama, donde nutría un pentágono con otros locos como él. Las conclusiones a las que llegaban tras horas de debate superaban con mucho el realismo mágico. Recuerdo aquella huelga de transportistas que dejó vacíos los anaqueles de los supermercados; mi padre y su consejo senatorial lo tenían muy claro:

–La huelga la ha organizado Eroski.
–¿Eroski? ¿Qué tiene que ver el supermercado Eroski en esto?
–Está claro. La han organizado para vender los yogures atrasados, la verdura que tienen a punto de tirar, la carne, todo. Se están hinchando a ganar dinero.

Esta manera de razonar valía tanto para asuntos internacionales como para asuntos recoletos. Cuando volvieron los jabalíes a Lauros, por ejemplo, después de años ausentes, y destrozaron algunas cosechas, mi padre arrancó el coche, se reunió con su comité de sabios y volvió enseguida con otra explicación estupefaciente:

–Los franceses. Han sido los franceses.
–¿Franceses? ¿Qué franceses?
–Los franceses no nos pueden ni ver a los vascos. Vienen por la noche con helicópteros y lanzan desde el aire culebras, jabalíes, lukis, de todo. El francés. Menudo bicho el francés.

Yo le hacía notar a mi padre que la aparición inesperada de los jabalíes entraba dentro de lo normal, porque son animales que pueden recorrer más de cuarenta kilómetros en un solo día. O que la historia de sus sabios flojeaba desde el punto de vista logístico, pues no hay manera de lanzar jabalíes desde un helicóptero sin peligro de muerte para los animales:

–Coplas –me decía–, no tienes más que coplas. No sé que te enseñan en el instituto.

También creía a pies juntillas que el hombre no subió a la luna. Que Maradona triunfó mientras tuvo a los accionistas de su parte y se hundió en las drogas cuando éstos le abandonaron. Que el Rey y ETA eran amigos: el asesinato de Carrero Blanco era un favor que ETA le había hecho al Rey para que pudiera coronarse sin tutelas de nadie. Esta descacharrante teoría, aunque parezca mentira, era mayoritaria en los caseríos de Lauros.

–No digáis tonterías –les decía yo–. Hace nada ETA preparó un atentado contra el Rey en Mallorca. Hasta han salido fotos del Rey sacadas por los terroristas.
–Y eso..., –me preguntaban–, ¿cómo lo sabes?
–Joder.., –replicaba yo–, lo sabe todo el mundo. Ha salido en los periódicos, en los telediarios...
–¡Ja! –contestaban triunfales–. No nos digas más. Periodistas. Todo mentira. Todo lo tapan.

Así eran aquellos aldeanos increíbles. No podían sufrir la verdad oficial, la verdad que es mezquina y es pequeña y es mentira. Se reunían a la sombra de un castaño en conciliábulos de queso, chorizo y txakolí y se fabricaban su propia verdad, una verdad que también era mentira pero era asombrosa y grande y era propia. Todavía puedo oír el sonido de los vengativos helicópteros franceses lanzando jabalíes nocturnos en los maizales de Lauros. Puedo ver al Rey guiñando el ojo a Artapalo mientras le entrega un maletín colmado de millones. Puedo recordar la rabia que sentí aquella tarde, al ojear en Etxebarri ejemplares antiguos de El Correo Español, cuando supe por primera vez y con ocho años de retraso que los malditos ingleses habían ganado la Guerra de las Malvinas.


martes, 21 de marzo de 2017

Dos chalados


Cómo iba a durar el amor entre dos chalados con flauta
que presumían de mojarse con una manguera de fuego,
tan mentecatos que iban perdiendo bellotas por la calle
y se hicieron preceptores en sembrados de pólvora,

cómo iba a durar el amor entre el espejo y la espeja,
entre el egosiempre rebelde y la egosiempre averías,
entre el alférez molusco de las bombas de mano
y la lectora alegrista del manual de venenos,

cómo iba a durar
si los dos quisieron ser mayusculosos,
si los dos quisieron ser grandipulgares,
si los dos prefirieron diosear entre nubes
y poner su pasión en toque de queda,
¡si nunca se vio ratón ni ratona
con semejantes humos de águilas, cómo
ibais a durar!!!


lunes, 20 de marzo de 2017

La mentiratura


Sobre la mentiratura. Se equivoca Baroja cuando llama “farsante” a Valle-Inclán y se equivoca Gore Vidal cuando llama “embustero” a Truman Capote, porque las mentiras que decían estos escritores, igual que las de Stendhal o Baudelaire o Hemingway, eran tan disparatadas y las practicaban con tanta asiduidad que se convertían en su negación. Cuando Nerval proclama que es hijo de Napoleón Bonaparte; o Valle-Inclán asegura que cabalgaba sobre un cocodrilo tapándole un ojo; o Cela mantiene que puede absorber dos litros de agua con el culo; o Huidobro presume de haberle robado el teléfono a Hitler; o Baudelaire afirma que poseyó a una jorobada por experimentar un placer sexual superior, no están mintiendo, porque han despojado a la mentira de todo lo que tiene de lucrativo o ventajista y la han convertido en una mentira desinteresada y de mayor calidad. Ya no son literatos que mienten: son mentiratos que hacen mentiratura.


jueves, 16 de marzo de 2017

Catorce centellas


• • • • • Nunca tuve el cerebro tan lleno como para que no me entrara una nueva duda.

• • • • • Quien te considera mejor de lo que eres te empuja a serlo.

• • • • • El desamor es un grifo mal cerrado.

• • • • • El soñador puro no pretende bajarse la luna sino ponerla mucho más alto.

• • • • • Los libros son lo mejor que se ha inventado para los que no aguantamos a la gente y sin embargo la necesitamos.

• • • • • Desde que te amo se ha comprimido tanto la geografía que tu cuerpo se ha vuelto todas las partes.

• • • • • Pusieron la tierra a sus pies porque nunca pusieron los pies en la tierra.

• • • • • Los solitarios solo sabemos admirar o despreciar, esas dos formas de lejanía.

• • • • • Nada puede detener a una oveja negra orgullosa de sí misma.

• • • • • La rebeldía es belleza en marcha.

• • • • • El lector que defiendo entra en las librerías como se entra en una tienda de juguetes.

• • • • • Negarse a todo rebaño también es rebaño.

• • • • • Escribir para salvar el mundo es como tratar de curar la muerte con mercromina.

• • • • • Los soñadores hacemos trampa, tenemos una máquina de multiplicar horizontes.


martes, 14 de marzo de 2017

La abeja reina


Tantos panales de plata, canela y estaño
y tantas abejas de antenas moradas
brillando y batiéndose cerca de ti,

sus alas nerviosas como un tren eléctrico,

y fuiste a enamorarte de la abeja reina,
tenías que prendarte del plutonio
de la abeja reina,

amarla
como aman las moscas los ojos de las vacas,
con un amor mezquino y magnífico,
tan bello y miserable que mejor no decirlo

ahora que te ha dejado,
a quién se le ocurre enamorarse
de la abeja reina,

te echó de sus mieles a trompa y garrotazo,
apenas te dio tiempo a decir

qué espanto de amor, y qué grande.


viernes, 10 de marzo de 2017

Pasiega


Aquellos aldeanos me inculcaron con tal fuerza la idea de caserío como persona o deidad adorada, que a mi llegada a Madrid no pude soportar que mi piso de alquiler se llamara fría y técnicamente 2º DCHA y decidí bautizarlo con el nombre de Pasiega. Pasiega era una vaca pinta que tuve, una vaca maligna que más parecía un áspid bicorne o un Satán con ubres. Pasiega y yo nos odiábamos.

Mi padre la compró en la feria de Mungia a un ganadero carranzano y uno de los detalles que me molestó desde el principio fue que viniera con el nombre puesto. Entonces yo tenía siete u ocho años y era el encargado de bautizar a las vacas o a los novillos, casi siempre con nombres de actrices, princesas de la revista Hola, presentadoras de la tele o cantantes que escuchaba en Radio Nervión. Bautizaba con nombres femeninos a las vacas de color claro y con nombres masculinos a las vacas de color oscuro, algo que ni el veterinario ni el carnicero entendían:

–¿Cómo se llama la vaca? –preguntaban a la hora de rellenar los formularios.
–Michael Jackson –respondía mi padre.
–¿Michael Jackson?
–A mí no me mires. Es cosa de mi hijo.
–Coño con los hijos, Nicasio. No sé para qué los mandamos a la escuela.

Tuve vacas a las que llamé Mayra, Silvia, Kim o Chicho en honor del programa Un, dos, tres, y otras a las que bauticé con Ana Obregón, Gwendolyne, Chabeli o Bertín Osborne, y también Madonna, Norma Duval, Estefanía, Carolina, Bosé, Lady Di, Ramoncín, Rocío, Tina Turner, Paquirri, Pantoja, Pimpinela o Chiquetete. A una que era muy rápida la llamé Carl Lewis y a otra que era muy grande le puse Perurena. También tuve una vaca muy fea y biroja a la que llamé Elena, como la infanta, algo de lo que me arrepiento, aunque hay que recordar en mi descargo que sólo era un crío y los críos somos crueles, incluso ahora que vamos disfrazados de mayores. También me equivoqué al ponerle Michael Jackson a aquella vaca negra, pero quién iba a pensar entonces que Jackson iba a volverse blanco.

Junto a estas vacas bautizadas por mí, convivían otras que mi padre compraba y que venían con el nombre puesto, como Dorotea, Faustina o la maldita Pasiega, vaca con la que me enfrenté desde el principio. Mi padre lo advirtió enseguida:

–No sé qué le has hecho, pero esta vaca no se fía de ti.

No le había hecho nada, al menos hasta entonces, pero ya nos caíamos mal y no lo disimulábamos. Cuando mi padre me dio un palo de avellano y me ordenó vigilar la línea de ocho o diez metros que separaba las campas de la cuadra de Astobieta, Pasiega fue la primera que comenzó a darme problemas.

A mis vacas no les gustaba pastar. Lo que les gustaba con locura, mucho más que la hierba, era el "birzay", pienso que mi padre mezclaba con pulpa y con harina para hacer un compuesto alimenticio. Por el birzay las vacas perdían la cabeza, las ubres y hasta la cornamenta, pero como mi padre no lo distribuía en los pesebres hasta la una del mediodía, mi función de pastor consistía en evitar que las vacas volvieran a la cuadra antes de esa hora.

Pero Pasiega no estaba por la labor de esperar tanto tiempo. Apenas salía a pastar, ya estaba pretendiendo volver a la cuadra a por el codiciado birzay. Y como enfrente no tenía más que a un pequeñajo de siete u ocho años con un palo raso de avellano, empezó a escaparse todas las veces que quería. La situación cambió cuando mi padre, superados mis dos o tres años de becario, me dio un palo de avellano con punta de acero. Al primer puyazo que le metí en el culo, Pasiega cambió de opinión sobre mí y decidió hacerse más astuta. Ya no pasaba tan tranquila a mi lado, sino que esperaba el más ligero despiste, que yo siempre cometía, para hacer un demarraje y plantarse directamente en la cuadra. Yo le daba siempre algún puyazo de más, pero un día mi padre me sorprendió:

–¡Qué le haces a la vaca!
–Joder, ¡es que siempre se escapa!
–¡El palo hay que utilizarlo poco! ¿No ves que si la pegas no da leche?

La cosa empeoraba. Mi crispación con ella aumentó tanto que un día aproveché que mi padre se había ido a la feria de Gernika para entrar en la cuadra y, con la pobre Pasiega atada, descargarle una somanta de palos durante una hora. Aquella fue la acción más cobarde que había cometido hasta entonces, pero aún iba a superarme.

Tras unos meses comedida, fuera porque se había quedado preñada o porque recordaba la paliza que le había dado, Pasiega trató de llegar otra vez a la cuadra antes de la hora, pero no lo consiguió. No sólo me interpuse y le arreé tres o cuatro puyazos sino que, con toda la mala idea, y con vistas a darle el escarmiento definitivo, lancé a Barrabás contra ella. Barrabás era un perro mío, un cruce de pastor vasco con pastor alemán, un perro muy bueno para guardar el caserío pero muy malo para cuidar vacas, pues las perseguía sin ningún orden y las mordía con apasionamiento. Así lo hizo: persiguió y mordió a Pasiega tan encarnizadamente que la vaca, nerviosa, cayó y quedó atrapada en el riachuelo que circundaba la campa. Y entonces fue el drama: por más que lo intentaba, la vaca no conseguía salir. Si no hubiera estado preñada, seguramente lo habría logrado, pero su inmensa tripa le dificultaba. Al final, desesperado, tuve que llamar a mi padre, hubimos de rodearla con cuerdas, y, después de llamar a cinco o seis aldeanos de los caseríos cercanos, tirando todos a una, conseguimos sacarla.

Nada más salir llegó el veterinario, quien examinó a Pasiega y dictaminó que iba a abortar. A esas alturas, yo llevaba un rato llorando por si acaso. Mi padre no dejaba de mirarnos, a Pasiega y a mí, y en su mirada comprendí que se creía la versión de la vaca.

Al final abortó y se quedó coja. Desde entonces ya no quiso escaparse nunca más: se quedaba con la cabeza en alto hasta la una del mediodía, lejos de mi presencia, triste y orgullosa, con su cojera arrogante, sin hacer ningún ademán de comer hierba. Cuando a los catorce años comencé a ordeñar las vacas algunas veces, Pasiega se quedaba rígida conmigo, actitud que contrastaba con la alegría que mostraba con mi padre.

Tenía Pasiega doce o trece años de edad cuando mi padre la vendió a César, un carnicero de Sondika, y la llevamos a sacrificar al matadero de Zorroza. Yo mismo la acompañé, la vi subir al camión y vi su cuerpo descabezado colgado de aquel gancho que se utilizaba para el pesaje. Más tarde mi madre, como acostumbraba cada vez que matábamos alguna vaca o novillo, compró tres kilos de chuletas a César. Tres kilos de Pasiega.

Creo que fue la primera vez que tuve algún escrúpulo para comerme las chuletas de un animal que yo mismo había cuidado y alimentado. Allí tenía a Pasiega, justo en el centro de mi plato. La vaca que me odiaba. La vaca que se quedó coja por mi culpa. La vaca que abortó y no pudo tener más crías por mi culpa.

La vaca a la que jodí la vida.


miércoles, 8 de marzo de 2017

Noches aquellas


Noches aquellas de iguanas calcinadas,
lanzados a fuego por la autopista A-8
a la salida tardía del bar Sebas,
borrachos hasta más allá de las fuerzas,
acelerando desnudos en una Nissan Vanette
que conducía con el pulgar de mi izquierda,
noches aquellas con sabor a velocidad
y a punto de matarnos, Iratxe,
cuando querías torcer el volante contra la mediana
para morir unidos como Filemón y Baucis,
cuando jugabas a esbozar las caras de los ertzainas
ante nuestros cadáveres desnudos y espléndidos,
las caras de los bomberos sacándonos con el cortafríos
y limpiándose nuestro semen con repugnancia,
noches aquellas del vino fácil y ardiente,
cuando mi padre era tan alto que nunca se acababa,
cuando tu cuerpo olía a belleza y a lluvia de primavera,
coreando como bandidos las letras de La Polla Records,
totalmente borrachos por el túnel de Malmasín,
totalmente desnudos por Kareaga Goikoa,
conduciendo libres y a mil ruedas por hora
mientras nos quejábamos de la ertzaintza,
la ertzaintza que nunca nos paraba,
la ertzaintza que nunca una multa,
la ertzaintza que nunca alcoholemia,
la ertzaintza que no se atrevía.


martes, 7 de marzo de 2017

Gracias a Internet


Gracias a Internet he levantado mi propio iglú con los cubos de hielo que extraje del frío adulto que me llegaba de la infancia, y gracias a ella he ido dejando una meada de letras que no querían marcar territorio sino dejar testimonio mitad cobarde mitad valiente de mi soledad a prueba de batallas.

Vine a Madrid a darle patadas a las palabras y a despertar a golpes a la belleza, pero solo gracias a Internet el Circo Batania ha podido sacar cada día su espectáculo ventrílocuo donde yo soy el payaso y el niño, el aro y el tigre, la red y el trapecista, el salto y la patada. Terminada la función, unos me llaman bueno, otros mediano y otros farsante, pero gracias a Internet cada vez que abro el portátil mis yemas notan la tensión del que mira desde el otro lado. ¿Y si mejoro el número de ayer? ¿Y si fracaso? ¿Y si convenzo a los que nunca he gustado? ¿Y si me dejan los que ya me querían?

Gracias a Internet soy mi lector y escritor y editor y maquetador y distribuidor y publicista, y me siento como ese raro corredor de relevos que a sí mismo se fuera entregando su testigo de palabras. Cada vez que he ganado a mí me he dedicado la victoria y cada vez que he perdido no he encontrado a otro culpable de mi fracaso. Gracias a Internet me estoy haciendo escritor a la vista de todos, y aunque a veces me siento como un gorila a cuya jaula los espectadores arrojaran cacahuetes, yo fui el que se metió en esa jaula y el que más de una vez ha besado sus barrotes.

No he enviado un solo mensaje a un escritor famoso ni he buscado sus casas, no he acudido a ateneos, no me he presentado a premios, no acepto figurar en antologías y he rechazado ofertas editoriales por las que estaría en cualquiera de las grandes librerías por las que otros matan. No me he mezclado con vascos, no me he mezclado con españoles, no he trepado ni he hecho intentos de hacerlo, no necesito vuestro antiguo sistema para nada.

Gracias a Internet.


martes, 28 de febrero de 2017

La panadera


Cada vez que la panadera
rizadamente rubia
de la calle Doctor Esquerdo
me devuelve los cambios,
el simple roce de sus manos
sobre las mías
me deja las monedas
más alegres que nunca;
desde que me he dado cuenta
siempre pago el pan
con el billete más grande.


lunes, 27 de febrero de 2017

La almohada parlante


Estoy de acuerdo con la costumbre de Juan Ramón Jiménez, que según cuenta Lezama Lima solo recibía a otros escritores si acudían a solas y hasta les advertía “No venga con nadie más”, porque el diálogo a dos me parece el único que ofrece cierta garantía de intercambio sincero, el único formato en el que apenas hay que competir por el tiempo y donde uno, favorecido por la intimidad, deja que se vean sus lados menos positivos y hasta confiesa sus defectos. Basta que a la conversación se sume una tercera o cuarta persona para que se empiece a luchar por el turno de palabra, los conversadores comiencen a lucirse y aparezca eso tan desagradable de tratar de imponerse a los demás, de “ganar” la conversación, defecto que aumenta cuando los que participan son más de cinco, donde ya desaparece toda individualidad y comienza a hablarse con un lenguaje plastificado y dirigido a un auditorio ideal, muy preocupados todos de no hacer el ridículo ante tanta gente. Todavía existe, sin embargo, algo menos nutritivo que una conversación entre más de cinco personas, y es no tener una conversación con nadie más que con uno mismo, porque la autocrítica o el remordimiento, contra lo que se dice, no existen si no tenemos a nadie que nos acuse o “nos pare los pies”. Soy un gran defensor de la soledad y en otros escritos he hablado lo bastante de sus beneficios, pero una de sus desventajas, si es demasiado continuada, es que te acaba llevando muchas veces a pensar que tienes la razón en todo, descubrimiento terrible que solo puede superarse si te atreves a salir del iglú para que alguien te dé tu merecido. Eso que llamamos la voz de la conciencia no es más que una máquina con tendencia a ponerse a nuestro favor en todo, a todas horas, en los asuntos incluso menos defendibles, y por eso me hace tanta gracia cuando la gente, para tomar una decisión que en realidad ya tiene tomada, te dice que “esta noche lo discuto con la almohada”, pues si existiera una almohada parlante que pudiera contestarnos y ponernos en nuestro sitio, la tiraríamos a la basura de inmediato y a la noche siguiente discutiríamos con las sábanas.


viernes, 24 de febrero de 2017

Vivienda / Viviendo


Señores del gobierno infinitivo,
participiamente diputados,
díganme cómo,
dónde comer sin comiendos,
dónde soñar sin soñandos,
de qué manera,
cómo reír sin riendos,
cómo cantar sin cantandos,
cómo el amor, cómo el beso,
cómo el feliz fornicio,
señores del gobierno infinitivo,
participiamente diputados,
escuchen, atiendan el gerundiando:

Si no hay vivienda no hay comiendo.
Si no hay vivienda no hay amando.
Si no hay vivienda no hay riendo.
Si no hay vivienda no hay soñando.

Si no hay vivienda no hay viviendo.


lunes, 20 de febrero de 2017

Desorden


Me desordenaba tanto
su presencia
que al dejarme le dije,

“Amaré te para yo siempre”,

con palabras revueltas
y exactos los ojos.


sábado, 18 de febrero de 2017

El niño que cogía las abejas con la mano


Los comportamientos de mi padre y aquellos aldeanos geniales no respetaban las reglas de la verosimilitud y tampoco lo hacía yo, qué le voy a hacer. De esta anormalidad me pude dar cuenta por primera vez a los seis años, cuando comencé a estudiar en el colegio Amor Misericordioso de Larrondo.

–Oye, chaval, ¿tú eres el de las abejas?
–Sí.
–¿Por qué no coges una?
–Vale.

Mi primer año en la escuela transcurrió con normalidad durante los seis primeros meses, con las habituales timideces y lloriqueos de los estrenos, pero al llegar la primavera fui trastornado por una noticia que comenzó a circular de aula en aula, una noticia sensacional: existía un niño en primero de EGB que cogía las abejas con la mano. El niño era yo.

–Te lo juro, Susana, las coge con la mano.
–Cállate.
–Ya verás. En el recreo le digo que coja una. Flipante.

La novedad se extendió con rapidez y dio lugar a muchas especulaciones. Unos decían que las abejas no me picaban porque yo tenía olor a vaca; otros me acusaban de tramposo; otros pensaban que estaba loco; otros sostenían que lo mío sólo era una racha de suerte. El episodio llegó a oídos del profe Goyo, que daba clases en octavo de EGB y era experto en química. Goyo nos solía hacer demostraciones de magia o se llenaba la lengua con la ceniza del cigarro en cada reunión anual del Día de la Familia. Aquel profesor me vio varias veces, examinó mi procedimiento y sentenció:

–No es magia, es valor y técnica. Las abejas no le van a picar nunca, no pueden.

Mi procedimiento consistía en aprovechar el medio segundo que transcurre desde que la abeja se posa en la flor y comienza a extraerle el jugo. En ese instante crítico, actuando lo más rápido posible con mis dedos índice y pulgar, asía a la abeja por las costillas, de forma que mis dedos quedaban a salvo tanto de su boca como de su aguijón. Comoquiera que además apretaba un poco, la abeja se quedaba sin aire y se sumergía en una suerte de anestesia. Cuando, al de quince o veinte segundos, después de enseñar mano en alto la abeja a la concurrencia, la volvía a soltar, el pobre insecto tampoco tenía la ocasión de vengarse, porque caía al suelo desmayado y no se despertaba hasta medio minuto más tarde. El único problema de esta técnica de cazar abejas con la mano es que a veces apretaba demasiado con los dos dedos y mataba a la abeja, pero cuando ocurría eso tampoco sentía muchos remordimientos porque, como decía mi tío a propósito de los rusos, hay abejas a punta pala y, una más o menos en el mundo, allá cuidados.

Esta técnica la empleaba también con las de mi caserío, pero los aldeanos de Lauros nunca se mostraron impresionados por mis capturas, sino que me ignoraban o se limitaban a decirme que dejara en paz a las pobres abejas. En el colegio, sin embargo, descubrí que los demás lo consideraban una hazaña. Todos los alumnos, que procedían de zonas no rurales como Sondika y Derio, alucinaban conmigo y me convirtieron en una sola semana en el chico más popular de primero de EGB, el único por el que se mostraban interesados los mayores. Los alumnos de sexto, séptimo y octavo nos trataban con mucho asco a los más pequeños, pero conmigo hacían una excepción.

–Sonia, ven. Quiero que veas lo que sabe hacer este canijo.

Mi éxito popular fue enorme y, como sucede en estos casos, dio lugar al nacimiento de los envidiosos y los imitadores. Hubo quien intentó aprender mi técnica, pero como lo intentaba con precipitación y sólo por impresionar a las chicas, fracasaba fácilmente y era picado por las abejas. Fue entonces cuando la travesura se salió de su cauce. Las monjas del colegio entendieron que el culpable de aquellas picaduras era yo y me llamaron al despacho; aquella fue la primera vez.

–Alberto –me dijo la hermana Sagrario–, que sea la última vez que te veo cogiendo abejas. Por tu culpa han picado a tres chicos.
–¿Qué culpa tengo yo? –repuse.
–¡Claro que es culpa tuya! –replicó–. ¡A nadie de este colegio se le ha ocurrido nunca coger abejas con la mano hasta que tú has llegado! Te recuerdo que las abejas son criaturas del Señor, iguales que tú: ¿te gustaría que te hicieran a ti lo que tú haces con ellas?

El problema se complicó en las tutorías de esa evaluación, la tercera, pues la profesora Edurne se lo contó a mi madre y mi madre me dio tres bofetones que, si los hubiera recibido ahora, con treinta y seis años, ni los habría sentido, pero hay que ver el daño que hacen cuando eres pequeño. En las fiestas de San Miguel la famosa caza de abejas también fue la comidilla obligatoria:

–Piedad –preguntó la tía Maritere–, ¿qué tal Alberto? ¿No ha comenzado en Larrondo este año?
–Calla, calla, Maritere –respondió mi madre–. Si te cuento, te echas a reír.
–¿Qué ha pasado?
–¡Pues no te mata que el tonto se dedica en los recreos a cazar abejas con la mano, como si estuviera viviendo aquí, en el caserío!

La gente rompía a reír y mi madre, crecida, viendo que la historia triunfaba, seguía:

–Según me ha dicho la tutora, el insustancial sale en el recreo a las dos campas que hay en el patio y lleva detrás a una tropa de doce o quince críos de todos los cursos que van mirando cómo coge las abejas. ¡El payaso de feria, vamos! ¡Tonto rematado!

La tempestad del primer año pasó y mi popularidad decayó un poco, porque lo extravagante que se repite acaba neutralizándose, pero cada vez que llegaba la primavera, sobre todo las dos primeras semanas, volvía a ser el centro de las miradas. Todavía continué cazando abejas dos o tres años, pensando que lo hacía de forma clandestina, pero en cuarto de EGB me llamó al despacho la hermana Irene, que no era cualquier monja. Irene era la superiora y me recibió con cara muy solemne.

–Alberto –me dijo–. Ya nos hemos cansado. A partir de ahora, puedes cazar las abejas que quieras. Tú sabrás lo que haces. Sólo deseo hacerte una pregunta para que la pienses esta noche en la almohada: ¿qué quieres ser en la vida, un hombre de provecho o un cazador de abejas?

Aquella pregunta me afectó mucho. Nunca, en la sala de profesores, me había hablado nadie así, dejándome la respuesta a mi entera libertad. Entonces yo no era tan inteligente como para saber que aquella monja había empleado conmigo un truco de gran comunicadora, de modo que aquella noche reflexioné y llegué a la conclusión de que la caza de abejas con la mano era poca cosa, por mucho que impactara tanto a las chicas de séptimo y octavo y me hiciera tan popular. No, me juré, yo no iba a ser cazador manual de abejas: lo que yo iba a ser de mayor era futbolista, ciclista o boxeador.

Ya no cogí más abejas con la mano. Tampoco me convertí en un hombre de provecho. Todavía, con veinte y veinticinco años, había gente que me recordaba aquel episodio en Sondika o en Derio. Hace unos diez años, incluso, gané una cena a un pelotari de Plentzia que no se la creía. Después de diecisiete años sin coger abejas, tuve que hacerle una demostración en la que pasé un miedo terrible, porque ya no era aquel niño que las cogía con naturalidad. Aquel niño nunca fallaba porque nunca se le pasó por la cabeza la posibilidad del error.

Luego, muchos años más tarde, al recordar esta historia, he pensado que es mucho más importante para mí de lo que parece a primera vista. Quizá me marcó. Fueron las abejas las que me convirtieron en el más popular de mi clase, las que fundaron en mí la necesidad de que los demás me miraran. También fui popular en el instituto, ya sin abejas, y luego en la universidad, y luego en los frontones. No sé. Como si de las abejas de los seis años a mis poemas de los treinta y seis no hubiera ni un solo centímetro, sino la misma búsqueda de los ojos grandes de las chicas de séptimo y octavo de EGB, aquellas chicas que ya tenían tetas y todo, que me seguían y me miraban a mí. A mí, joder, a mí. El niño que cogía las abejas con la mano.


jueves, 16 de febrero de 2017

Asociarse


Sí, de acuerdo, asociémonos. Pero escucha. Me uno a ti para hacerme más complejo. Me asocio contigo porque juntos hacemos cinco. Porque quiero todos los demonios tuyos para probármelos o juntarlos con los míos. Porque solo me conozco en conocimiento con los demás y no me perfecciono si no froto mi cerebro con el resto. Pero nada de multitudes futboleras ni partidos políticos ni desfiles patrióticos ni programas televisivos ni misas dominicales. No me llames para nada donde mi cerebro o voluntad deban limitarse. No me cites para empobrecerme. No me quieras para reducirme.


miércoles, 15 de febrero de 2017

Titanic / Iceberg


A un lado los que opinan
que el iceberg demuestra
que el casco del Titanic
no era insumergible,
los que moderan sus vidas
para escapar del iceberg.

Y al otro los que opinan
que el iceberg hace falta
para que el nombre del Titanic
se vuelva insumergible,
los que aceleran sus vidas
para encontrar el iceberg.


viernes, 10 de febrero de 2017

Diecisiete centellas


• • • • • De tanto tropezar en las palabras algún día lograrás despertar a la belleza.

• • • • • Dale una diferencia a un patriota y verás cuánto tarda en convertirla en frontera.

• • • • • Me molesta que solo por verme caminando la gente me pregunte adónde voy.

• • • • • Qué se puede esperar de quien tiene los dados y prefiere no tirarlos.

• • • • • A la tristeza o la echas pronto de casa o acabas tomando copas con ella.

• • • • • Los pájaros en la cabeza son mi rama favorita de la ornitología.

• • • • • Antes de proclamar que quieres ser libre piensa primero en la cantidad de soledad que estás dispuesto a soportar.

• • • • • A los buenos se les descubre en que se comportan como si los demás también fueran buenos. 

 • • • • • Más que necesaria, la poesía es inevitable.

• • • • • La amo porque me ha salvado varias veces de morir ahogado en un vaso de agua. 

 • • • • • Dedicas la primera parte de tu vida a dejar de ser un niño y el resto a recuperarlo.

• • • • • Quedarse en el suelo es una buena idea para no volver a caer.

• • • • • No confundamos a las personas de muchas ideas con las que solo tienen una que cambian todo el tiempo.

• • • • • Cuando no te atreves a hacer algo hacerlo se vuelve más necesario.

• • • • • A las ideologías el bosque no les deja ver los árboles.

• • • • • El silencio que se genera tras la lectura de un buen poema es la parte más importante de ese poema.

• • • • • El mundo avanza cada vez que al nunca le hace una grieta el quizá.


jueves, 9 de febrero de 2017

Masa


Nada más repugnante que una reunión de escritores a altas horas de la madrugada, cuando estos asteriscos profesionales, metidos a demostrarse todo lo sensibles y peculiares que son, se enzarzan en una lucha absurda por llevar el cetro de la iconoclastia. Y lo peor es que uno está allí, participando, contribuyendo a la cháchara con su palabrería, animando la misma mascarada, y luego vuelve a casa odiándose a sí mismo (¿cómo puedo ser yo eso?) y pidiendo al cielo por favor no quiero ser escritor ⇒quiero ser una persona normal ⇒quiero ser uno más ⇒quiero ser masa


martes, 7 de febrero de 2017

Gerundios


El miedo que tuve,
si pudiera encerrarlo en una ballena muerta
y ponerlo al sol colgado de unos cables eléctricos,

el miedo a vuestra necesidad de fruto,
a vuestros pájaros con números de oro
cantando en las jaulas registradoras,

el miedo que tuve
y ya no tengo porque sembré una casa:
la que ahora estalla de gerundios en flor.


lunes, 6 de febrero de 2017

Yo tampoco


A la condena y borrado del concepto de gloria hago responsable de este aburrimiento legislado, de este pájaro en mano que es la poesía actual. Cuánta victoria pequeña, dios mío. Se empieza negando el más allá de la posteridad y se cae en el más acá de los premios, las publicaciones y las antologías, que, para más desgracia, tampoco sirven de baremo desde que se multiplicaron de manera tan sonrojante. En efecto..., ¿qué importancia tiene publicar un libro cuando todos publican? ¿De qué sirve ganar un premio si al año se convocan dos mil? ¿De qué vale aparecer en una antología si proliferan como ratas? ¿Qué triunfo es firmar en la Feria del Libro si está al alcance de todos? Me hacen gracia los poetas que se ponen en trance de destruirse por el solo hecho de no salir en tal antología o no ganar tal premio, como si las antologías de hoy fueran las de Gerardo Diego o Castellet y los premios el Adonais de hace cincuenta años. Vamos, hombre. ¡Qué más da perder el premio del lunes si vais a ganar el del jueves! ¡Qué importa no salir en la antología de las cuatro y media si vais a salir en la de las siete en punto! Me entristece este escenario porque la consagración del éxito mezquino en favor de la gloria generosa está exterminando al poeta aristocrático: hablo del niño consentido, del arrogante que huye de los lugares donde huele a lo mismo, del vanidoso que observa el camino que toma la manada y dice: yo tampoco.


domingo, 5 de febrero de 2017

El cóndor del nosotros


Vas,
como un tímpano por un túnel,
como una bala lanzada contra el revólver,
mostrando tus venas salvajes tus tripas salvajes tus dientes,
y nada te falta nada te niebla
te sobra energía te sobran municiones.

Cuesta odiar las banderas que te han tocado.
Odiar a tu madre negar a tu madre borrarla.
Cuesta huir del rojo de los raigones,
fundar a otro hasta no reconocerse.

Cuesta el nadie y el cóndor del nosotros.
El padre arriado, la noche en huesos, el miedo.
Cuesta andar pero no quieres rendirte.
Escucha, poeta:
tu futuro es demasiado claro para ser cierto;
el que ataca a los dioses
no debe fracasar necesariamente.