sábado, 18 de febrero de 2017

El niño que cogía las abejas con la mano


Los comportamientos de mi padre y aquellos aldeanos geniales no respetaban las reglas de la verosimilitud y tampoco lo hacía yo, qué le voy a hacer. De esta anormalidad me pude dar cuenta por primera vez a los seis años, cuando comencé a estudiar en el colegio Amor Misericordioso de Larrondo.

–Oye, chaval, ¿tú eres el de las abejas?
–Sí.
–¿Por qué no coges una?
–Vale.

Mi primer año en la escuela transcurrió con normalidad durante los seis primeros meses, con las habituales timideces y lloriqueos de los estrenos, pero al llegar la primavera fui trastornado por una noticia que comenzó a circular de aula en aula, una noticia sensacional: existía un niño en primero de EGB que cogía las abejas con la mano. El niño era yo.

–Te lo juro, Susana, las coge con la mano.
–Cállate.
–Ya verás. En el recreo le digo que coja una. Flipante.

La novedad se extendió con rapidez y dio lugar a muchas especulaciones. Unos decían que las abejas no me picaban porque yo tenía olor a vaca; otros me acusaban de tramposo; otros pensaban que estaba loco; otros sostenían que lo mío sólo era una racha de suerte. El episodio llegó a oídos del profe Goyo, que daba clases en octavo de EGB y era experto en química. Goyo nos solía hacer demostraciones de magia o se llenaba la lengua con la ceniza del cigarro en cada reunión anual del Día de la Familia. Aquel profesor me vio varias veces, examinó mi procedimiento y sentenció:

–No es magia, es valor y técnica. Las abejas no le van a picar nunca, no pueden.

Mi procedimiento consistía en aprovechar el medio segundo que transcurre desde que la abeja se posa en la flor y comienza a extraerle el jugo. En ese instante crítico, actuando lo más rápido posible con mis dedos índice y pulgar, asía a la abeja por las costillas, de forma que mis dedos quedaban a salvo tanto de su boca como de su aguijón. Comoquiera que además apretaba un poco, la abeja se quedaba sin aire y se sumergía en una suerte de anestesia. Cuando, al de quince o veinte segundos, después de enseñar mano en alto la abeja a la concurrencia, la volvía a soltar, el pobre insecto tampoco tenía la ocasión de vengarse, porque caía al suelo desmayado y no se despertaba hasta medio minuto más tarde. El único problema de esta técnica de cazar abejas con la mano es que a veces apretaba demasiado con los dos dedos y mataba a la abeja, pero cuando ocurría eso tampoco sentía muchos remordimientos porque, como decía mi tío a propósito de los rusos, hay abejas a punta pala y, una más o menos en el mundo, allá cuidados.

Esta técnica la empleaba también con las de mi caserío, pero los aldeanos de Lauros nunca se mostraron impresionados por mis capturas, sino que me ignoraban o se limitaban a decirme que dejara en paz a las pobres abejas. En el colegio, sin embargo, descubrí que los demás lo consideraban una hazaña. Todos los alumnos, que procedían de zonas no rurales como Sondika y Derio, alucinaban conmigo y me convirtieron en una sola semana en el chico más popular de primero de EGB, el único por el que se mostraban interesados los mayores. Los alumnos de sexto, séptimo y octavo nos trataban con mucho asco a los más pequeños, pero conmigo hacían una excepción.

–Sonia, ven. Quiero que veas lo que sabe hacer este canijo.

Mi éxito popular fue enorme y, como sucede en estos casos, dio lugar al nacimiento de los envidiosos y los imitadores. Hubo quien intentó aprender mi técnica, pero como lo intentaba con precipitación y sólo por impresionar a las chicas, fracasaba fácilmente y era picado por las abejas. Fue entonces cuando la travesura se salió de su cauce. Las monjas del colegio entendieron que el culpable de aquellas picaduras era yo y me llamaron al despacho; aquella fue la primera vez.

–Alberto –me dijo la hermana Sagrario–, que sea la última vez que te veo cogiendo abejas. Por tu culpa han picado a tres chicos.
–¿Qué culpa tengo yo? –repuse.
–¡Claro que es culpa tuya! –replicó–. ¡A nadie de este colegio se le ha ocurrido nunca coger abejas con la mano hasta que tú has llegado! Te recuerdo que las abejas son criaturas del Señor, iguales que tú: ¿te gustaría que te hicieran a ti lo que tú haces con ellas?

El problema se complicó en las tutorías de esa evaluación, la tercera, pues la profesora Edurne se lo contó a mi madre y mi madre me dio tres bofetones que, si los hubiera recibido ahora, con treinta y seis años, ni los habría sentido, pero hay que ver el daño que hacen cuando eres pequeño. En las fiestas de San Miguel la famosa caza de abejas también fue la comidilla obligatoria:

–Piedad –preguntó la tía Maritere–, ¿qué tal Alberto? ¿No ha comenzado en Larrondo este año?
–Calla, calla, Maritere –respondió mi madre–. Si te cuento, te echas a reír.
–¿Qué ha pasado?
–¡Pues no te mata que el tonto se dedica en los recreos a cazar abejas con la mano, como si estuviera viviendo aquí, en el caserío!

La gente rompía a reír y mi madre, crecida, viendo que la historia triunfaba, seguía:

–Según me ha dicho la tutora, el insustancial sale en el recreo a las dos campas que hay en el patio y lleva detrás a una tropa de doce o quince críos de todos los cursos que van mirando cómo coge las abejas. ¡El payaso de feria, vamos! ¡Tonto rematado!

La tempestad del primer año pasó y mi popularidad decayó un poco, porque lo extravagante que se repite acaba neutralizándose, pero cada vez que llegaba la primavera, sobre todo las dos primeras semanas, volvía a ser el centro de las miradas. Todavía continué cazando abejas dos o tres años, pensando que lo hacía de forma clandestina, pero en cuarto de EGB me llamó al despacho la hermana Irene, que no era cualquier monja. Irene era la superiora y me recibió con cara muy solemne.

–Alberto –me dijo–. Ya nos hemos cansado. A partir de ahora, puedes cazar las abejas que quieras. Tú sabrás lo que haces. Sólo deseo hacerte una pregunta para que la pienses esta noche en la almohada: ¿qué quieres ser en la vida, un hombre de provecho o un cazador de abejas?

Aquella pregunta me afectó mucho. Nunca, en la sala de profesores, me había hablado nadie así, dejándome la respuesta a mi entera libertad. Entonces yo no era tan inteligente como para saber que aquella monja había empleado conmigo un truco de gran comunicadora, de modo que aquella noche reflexioné y llegué a la conclusión de que la caza de abejas con la mano era poca cosa, por mucho que impactara tanto a las chicas de séptimo y octavo y me hiciera tan popular. No, me juré, yo no iba a ser cazador manual de abejas: lo que yo iba a ser de mayor era futbolista, ciclista o boxeador.

Ya no cogí más abejas con la mano. Tampoco me convertí en un hombre de provecho. Todavía, con veinte y veinticinco años, había gente que me recordaba aquel episodio en Sondika o en Derio. Hace unos diez años, incluso, gané una cena a un pelotari de Plentzia que no se la creía. Después de diecisiete años sin coger abejas, tuve que hacerle una demostración en la que pasé un miedo terrible, porque ya no era aquel niño que las cogía con naturalidad. Aquel niño nunca fallaba porque nunca se le pasó por la cabeza la posibilidad del error.

Luego, muchos años más tarde, al recordar esta historia, he pensado que es mucho más importante para mí de lo que parece a primera vista. Quizá me marcó. Fueron las abejas las que me convirtieron en el más popular de mi clase, las que fundaron en mí la necesidad de que los demás me miraran. También fui popular en el instituto, ya sin abejas, y luego en la universidad, y luego en los frontones. No sé. Como si de las abejas de los seis años a mis poemas de los treinta y seis no hubiera ni un solo centímetro, sino la misma búsqueda de los ojos grandes de las chicas de séptimo y octavo de EGB, aquellas chicas que ya tenían tetas y todo, que me seguían y me miraban a mí. A mí, joder, a mí. El niño que cogía las abejas con la mano.