lunes, 27 de febrero de 2017

La almohada parlante


Estoy de acuerdo con la costumbre de Juan Ramón Jiménez, que según cuenta Lezama Lima solo recibía a otros escritores si acudían a solas y hasta les advertía “No venga con nadie más”, porque el diálogo a dos me parece el único que ofrece cierta garantía de intercambio sincero, el único formato en el que apenas hay que competir por el tiempo y donde uno, favorecido por la intimidad, deja que se vean sus lados menos positivos y hasta confiesa sus defectos. Basta que a la conversación se sume una tercera o cuarta persona para que se empiece a luchar por el turno de palabra, los conversadores comiencen a lucirse y aparezca eso tan desagradable de tratar de imponerse a los demás, de “ganar” la conversación, defecto que aumenta cuando los que participan son más de cinco, donde ya desaparece toda individualidad y comienza a hablarse con un lenguaje plastificado y dirigido a un auditorio ideal, muy preocupados todos de no hacer el ridículo ante tanta gente. Todavía existe, sin embargo, algo menos nutritivo que una conversación entre más de cinco personas, y es no tener una conversación con nadie más que con uno mismo, porque la autocrítica o el remordimiento, contra lo que se dice, no existen si no tenemos a nadie que nos acuse o “nos pare los pies”. Soy un gran defensor de la soledad y en otros escritos he hablado lo bastante de sus beneficios, pero una de sus desventajas, si es demasiado continuada, es que te acaba llevando muchas veces a pensar que tienes la razón en todo, descubrimiento terrible que solo puede superarse si te atreves a salir del iglú para que alguien te dé tu merecido. Eso que llamamos la voz de la conciencia no es más que una máquina con tendencia a ponerse a nuestro favor en todo, a todas horas, en los asuntos incluso menos defendibles, y por eso me hace tanta gracia cuando la gente, para tomar una decisión que en realidad ya tiene tomada, te dice que “esta noche lo discuto con la almohada”, pues si existiera una almohada parlante que pudiera contestarnos y ponernos en nuestro sitio, la tiraríamos a la basura de inmediato y a la noche siguiente discutiríamos con las sábanas.