jueves, 2 de febrero de 2017

Los perros asilvestrados


Durante mi niñez y adolescencia estuve fascinado por la rara especie de los perros asilvestrados, animales mitad perros y mitad lobos que mordían a los novillos, malherían a las cabras, mataban ovejas o gallinas y atacaban a los perros domésticos. Cuando sucedían este tipo de ataques los aldeanos caían en la cuenta de que el causante no podía ser el lobo, porque el lobo había desaparecido de Lauros desde antes de la Guerra Civil, y la conclusión a la que llegaban después de examinar las mordeduras era la de que se trataba de perros asilvestrados. Estos perros solitarios y feroces eran escasos y solo los aldeanos de cierta edad habían visto algunos durante su vida, por lo que yo los asediaba a preguntas porque ya tenía catorce años y nunca había visto ninguno. Y entonces lo vi.

–Pero…, ¿son perros o son lobos?
–Ya no son perros. Tampoco son lobos.

La primera vez que vi uno de esos ejemplares me hallaba jugando en el portal de mi caserío Astobieta cuando le di con el balón a una maceta de geranios y mi madre comenzó a pegarme. Que mi madre me diera doscientas tortas al año era algo a lo que estaba acostumbrado, pero aquel día sucedió lo imprevisible: en lugar de dejarme pegar con la misma resignación de los diez años anteriores, me giré de modo inconsciente y con mi puño derecho le di un puñetazo en su ojo izquierdo, de forma tan rápida e inesperada que, después de hacerlo, y durante un segundo que igual fueron varios segundos, mi madre y yo nos quedamos mirándonos el uno al otro, muy sorprendidos de lo que había pasado, hasta que ella se dio la vuelta y empezó a gritar “¡Alberto me ha pegado! ¡Alberto me ha pegado!”, y yo, sabiendo al instante que aquel no era el lío del día sino el lío de todos los tiempos, eché a correr lejos del caserío, camino del cerezo.

–¿Y qué es entonces un perro asilvestrado?
–Es el perro de casa. El mismo perro de casa. De pronto se escapa y no vuelve más.

Entonces lo vi. Había pegado a mi madre y me hallaba corriendo camino del cerezo cuando lo vi. Hasta ese día nunca había entendido bien la diferencia entre un perro doméstico, un perro abandonado y un perro asilvestrado, por más que me lo explicaran con detalle los aldeanos, pero nada más verlo me di cuenta de que era uno de esos perros míticos porque tenía el pelo sucio y alborotado, la mirada esquiva y cierta rareza en su manera de correr, como si fuera un perro que no sabe adónde va pero sí sabe adónde no quiere ir. Pero lo que más me sorprendió de aquel perro, mientras yo corría despavorido camino del cerezo, es que él corría a mi lado sin hacer ademán de atacarme, sincronizado conmigo, colocando las patas en el suelo justo cuando yo ponía los pies, corriendo a la misma velocidad exacta que yo, como huyendo de algo, y tenía la misma respiración de animal asustado y fuera de control.

–Pero…, ¿por qué se vuelven asilvestrados?
–Nadie sabe. Unos dicen que es porque pasaron hambre. Otros dicen que porque se les maltrató. Y otros dicen que, simplemente, son perros que se han vuelto locos.
–¿Un perro se puede volver loco?
–¡Pues claro, mira qué pregunta! ¡Igual que una persona!

Estaba ya en el cerezo cuando oí la voz de mi padre, “Alberto, nun zaos?” y de inmediato me meé, porque sabía que mi padre venía hacia mí para pegarme. Mi padre siempre se dirigía a mí en castellano y si me hablaba esta vez en euskera era porque él también estaba fuera de control. Mi padre no ejerció nunca de padre conmigo salvo los cuatro o cinco últimos años de su existencia, era un ser lejano y desconectado de la vida que jamás se interesó por mis notas ni mi educación ni mi casi nada, pero no hasta el punto de permitir que pegara a mi propia madre sin consecuencias. Y allí estaba yo, en el cerezo, muerto de miedo, esperando a que mi padre me pegara por primera vez en su vida. A mi lado estaba el perro asilvestrado, y lo curioso de aquel perro es que me miraba mientras yo le miraba, y sus ojos eran marrones verdosos como los míos, y le temblaban las patas como a mí me temblaban las manos, y también se había meado como me había meado yo.

–¿Y por qué atacan los caseríos?
–Porque tienen hambre. Intentan alimentarse de carroña, pero si no la encuentran entran en los caseríos y atacan al ganado.
–¿Y atacan a las personas?
–A las personas no. De las personas huyen. Hasta apartan la mirada cada vez que ven a un aldeano. 

Entonces llegó mi padre como un avión, el puño cerrado y la cara desencajada, y me lanzó un puñetazo vertiginoso que yo, rapidísimo como era, logré desviar hacia mi hombro, pues si me llega a dar en la cabeza, con la velocidad a la que venía aquel puño, lo mismo me la arranca, y caí al suelo dando una, dos, tres vueltas. Mi padre hizo varios ademanes de rematarme en el suelo, pero se controló mientras me gritaba, ahora ya en castellano:

–¿Pegar a una madre? ¿Tú sabes lo que has hecho? ¿Sabes lo que has hecho?

Claro que sabía lo que había hecho. La figura de la madre, para un hombre, es lo más sagrado de los caseríos, al lado de la cual todo lo demás, los Basterrechea, los Echebarria, Astobieta, Lauros, Loiu, el Partido, Vizcaya, Euskadi, Cristo, Dios, por más que los hinches con la bomba de hinchar globos de helio, es mera calderilla. La relación que se establece entre los varones de los caseríos y sus madres es tan estrecha que puede ocurrir que te encuentres a un aldeano en el pajar, llorando, mientras habla a solas con una madre invisible que lleva más de treinta años muerta. Las mujeres o novias de los aldeanos tienen muy clarito que son unas segundonas y se guardan mucho de entrar en conflicto con las suegras porque saben que, puestos a elegir entre una madre y una novia, o entre una madre y una esposa, los aldeanos van a preferir a su madre. Pues bien: yo no quise nunca a mi madre, como no he querido en mi vida a nadie que me haya pegado con la frecuencia y por las tonterías que me pegaba ella. Y tampoco es que mi madre fuera una mala madre ni pegara más que las demás madres de los caseríos, teniendo en cuenta que a los hiperactivos y traviesos como yo nos llovían golpes de todos los lados y allí darle un tortazo a un crío se consideraba cosa necesaria y sin importancia: el asunto es que mi madre era una mujer llena de problemas y atacada de impaciencia, una mujer que padecía obsesión policial conmigo y que tuvo la mala suerte de que le naciera un hijo hipersensible y no-me-puedo-estar-quieto como yo.

–¿Por qué dices que un perro asilvestrado es peor que un lobo?
–Porque el lobo tiene miedo al aldeano y no se atreve a entrar en los caseríos. El perro asilvestrado, en cambio, sabe cómo entrar y dónde hacernos daño. ¿No te das cuenta de que ha vivido con nosotros y nos conoce?
–Pero…, ¿ataca en el mismo caserío donde vivió?
–Nunca. A ese caserío ya no vuelve más. Pero todos los caseríos son parecidos, y él lo sabe. 

Recuerdo que aquella noche tardaban mucho en llamarme para la cena y empecé a pensar que me echaban de Astobieta, y a esa preocupación se unía la preocupación por el estado de mi hombro tras el puñetazo que me había propinado mi padre, pues pensaba que tenía algún hueso roto o que se me había desencajado la clavícula. Al fin me llamaron, y cuando me puse a la mesa me di cuenta de que mis hermanas no me hablaban, mi padre no me miraba a la cara y mi madre estaba allí, en su sitio de siempre, con el ojo izquierdo morado y llorando. Se pasó toda la cena llorando y sin decirme nada y cuando se fue a la cama todavía se podía escuchar desde la cocina que seguía llorando. Y yo, aunque por una parte me decía dios mío, qué he hecho, he pegado a mi propia madre, aquí sí que he destruido para siempre mi vida, va a caer sobre mí la maldición de las maldiciones; por otra parte estaba rabioso y justiciero y me decía te jodes, hijadeputa, llevas diez años pegándome en serie y ya era hora de que te llevaras tu merecido. Pero lo más sorprendente de aquella cena terrible es que ni mi padre ni mi madre ni mis hermanas parecieron advertir al perro asilvestrado que había entrado a la cocina conmigo, se había sentado a mi lado y comía de mi mismo plato.

–¿Y esos perros se pueden curar y volver a ser perros normales?
–¡Qué se van a curar! ¿No ves que están endemoniados? Dos tiros en la cabeza, esa es la única forma de curarlos.

Aquel día puse una cruz roja y definitiva en mi vida. Ya los pedagogos de Larrondo venían notificando que yo estaba dando los peores datos en los test psicotécnicos del colegio, peores aún que los de los alumnos más conflictivos, y que lo que a mí me pasaba se podía definir con la palabra rechazo: rechazo a mis compañeros de clase, a las monjas, a los profesores, a mi familia y, sobre todo, rechazo brutal a mi padre, pues era a mi padre y no a mi madre a quien rechacé con mayor virulencia durante mi niñez y adolescencia. Pero no se hacía caso de esos datos porque nunca fui un niño conflictivo sino un niño solo travieso que además volvía a casa con notables y sobresalientes, cosa que no sucedía con los demás alumnos que como yo sufrían problemas para relacionarse, tener amigos o querer a los demás. Se confiaba en que con el tiempo mi rechazo al prójimo remitiría y yo mismo confiaba en ello, pero en el momento en que me revolví y lancé aquel puñetazo a mi propia madre ya me di cuenta de que no. Lo mío, simplemente, nunca iba a tener solución.

Desde entonces he tenido alguna racha de optimismo donde pienso que estoy equivocado sobre mi falta de órganos para relacionarme con el resto porque, además, siempre he sentido dentro de mí una capacidad inmensa para querer. Y alguna vez no solo he pensado que la tengo sino que me lo he creído y he hecho planes para incorporarme de nuevo a los perros, pero justo cuando estoy entre ellos me doy cuenta de que no. Qué va. Es inútil. Por más que lo intente, ya nunca volveré a ser un perro. 

Otras veces creo que el problema de mi vida es que he recibido trato y educación de perro cuando realmente soy un lobo. Y alguna vez también me he animado con este pensamiento y me lo he creído y he tratado de ingresar en el mundo de los lobos, pero nada más llegar a ellos me doy cuenta de que me pasa lo mismo y no hay nada que hacer. Es imposible.

Tampoco soy un lobo.