viernes, 10 de marzo de 2017

Pasiega


Aquellos aldeanos me inculcaron con tal fuerza la idea de caserío como persona o deidad adorada, que a mi llegada a Madrid no pude soportar que mi piso de alquiler se llamara fría y técnicamente 2º DCHA y decidí bautizarlo con el nombre de Pasiega. Pasiega era una vaca pinta que tuve, una vaca maligna que más parecía un áspid bicorne o un Satán con ubres. Pasiega y yo nos odiábamos.

Mi padre la compró en la feria de Mungia a un ganadero carranzano y uno de los detalles que me molestó desde el principio fue que viniera con el nombre puesto. Entonces yo tenía siete u ocho años y era el encargado de bautizar a las vacas o a los novillos, casi siempre con nombres de actrices, princesas de la revista Hola, presentadoras de la tele o cantantes que escuchaba en Radio Nervión. Bautizaba con nombres femeninos a las vacas de color claro y con nombres masculinos a las vacas de color oscuro, algo que ni el veterinario ni el carnicero entendían:

–¿Cómo se llama la vaca? –preguntaban a la hora de rellenar los formularios.
–Michael Jackson –respondía mi padre.
–¿Michael Jackson?
–A mí no me mires. Es cosa de mi hijo.
–Coño con los hijos, Nicasio. No sé para qué los mandamos a la escuela.

Tuve vacas a las que llamé Mayra, Silvia, Kim o Chicho en honor del programa Un, dos, tres, y otras a las que bauticé con Ana Obregón, Gwendolyne, Chabeli o Bertín Osborne, y también Madonna, Norma Duval, Estefanía, Carolina, Bosé, Lady Di, Ramoncín, Rocío, Tina Turner, Paquirri, Pantoja, Pimpinela o Chiquetete. A una que era muy rápida la llamé Carl Lewis y a otra que era muy grande le puse Perurena. También tuve una vaca muy fea y biroja a la que llamé Elena, como la infanta, algo de lo que me arrepiento, aunque hay que recordar en mi descargo que sólo era un crío y los críos somos crueles, incluso ahora que vamos disfrazados de mayores. También me equivoqué al ponerle Michael Jackson a aquella vaca negra, pero quién iba a pensar entonces que Jackson iba a volverse blanco.

Junto a estas vacas bautizadas por mí, convivían otras que mi padre compraba y que venían con el nombre puesto, como Dorotea, Faustina o la maldita Pasiega, vaca con la que me enfrenté desde el principio. Mi padre lo advirtió enseguida:

–No sé qué le has hecho, pero esta vaca no se fía de ti.

No le había hecho nada, al menos hasta entonces, pero ya nos caíamos mal y no lo disimulábamos. Cuando mi padre me dio un palo de avellano y me ordenó vigilar la línea de ocho o diez metros que separaba las campas de la cuadra de Astobieta, Pasiega fue la primera que comenzó a darme problemas.

A mis vacas no les gustaba pastar. Lo que les gustaba con locura, mucho más que la hierba, era el "birzay", pienso que mi padre mezclaba con pulpa y con harina para hacer un compuesto alimenticio. Por el birzay las vacas perdían la cabeza, las ubres y hasta la cornamenta, pero como mi padre no lo distribuía en los pesebres hasta la una del mediodía, mi función de pastor consistía en evitar que las vacas volvieran a la cuadra antes de esa hora.

Pero Pasiega no estaba por la labor de esperar tanto tiempo. Apenas salía a pastar, ya estaba pretendiendo volver a la cuadra a por el codiciado birzay. Y como enfrente no tenía más que a un pequeñajo de siete u ocho años con un palo raso de avellano, empezó a escaparse todas las veces que quería. La situación cambió cuando mi padre, superados mis dos o tres años de becario, me dio un palo de avellano con punta de acero. Al primer puyazo que le metí en el culo, Pasiega cambió de opinión sobre mí y decidió hacerse más astuta. Ya no pasaba tan tranquila a mi lado, sino que esperaba el más ligero despiste, que yo siempre cometía, para hacer un demarraje y plantarse directamente en la cuadra. Yo le daba siempre algún puyazo de más, pero un día mi padre me sorprendió:

–¡Qué le haces a la vaca!
–Joder, ¡es que siempre se escapa!
–¡El palo hay que utilizarlo poco! ¿No ves que si la pegas no da leche?

La cosa empeoraba. Mi crispación con ella aumentó tanto que un día aproveché que mi padre se había ido a la feria de Gernika para entrar en la cuadra y, con la pobre Pasiega atada, descargarle una somanta de palos durante una hora. Aquella fue la acción más cobarde que había cometido hasta entonces, pero aún iba a superarme.

Tras unos meses comedida, fuera porque se había quedado preñada o porque recordaba la paliza que le había dado, Pasiega trató de llegar otra vez a la cuadra antes de la hora, pero no lo consiguió. No sólo me interpuse y le arreé tres o cuatro puyazos sino que, con toda la mala idea, y con vistas a darle el escarmiento definitivo, lancé a Barrabás contra ella. Barrabás era un perro mío, un cruce de pastor vasco con pastor alemán, un perro muy bueno para guardar el caserío pero muy malo para cuidar vacas, pues las perseguía sin ningún orden y las mordía con apasionamiento. Así lo hizo: persiguió y mordió a Pasiega tan encarnizadamente que la vaca, nerviosa, cayó y quedó atrapada en el riachuelo que circundaba la campa. Y entonces fue el drama: por más que lo intentaba, la vaca no conseguía salir. Si no hubiera estado preñada, seguramente lo habría logrado, pero su inmensa tripa le dificultaba. Al final, desesperado, tuve que llamar a mi padre, hubimos de rodearla con cuerdas, y, después de llamar a cinco o seis aldeanos de los caseríos cercanos, tirando todos a una, conseguimos sacarla.

Nada más salir llegó el veterinario, quien examinó a Pasiega y dictaminó que iba a abortar. A esas alturas, yo llevaba un rato llorando por si acaso. Mi padre no dejaba de mirarnos, a Pasiega y a mí, y en su mirada comprendí que se creía la versión de la vaca.

Al final abortó y se quedó coja. Desde entonces ya no quiso escaparse nunca más: se quedaba con la cabeza en alto hasta la una del mediodía, lejos de mi presencia, triste y orgullosa, con su cojera arrogante, sin hacer ningún ademán de comer hierba. Cuando a los catorce años comencé a ordeñar las vacas algunas veces, Pasiega se quedaba rígida conmigo, actitud que contrastaba con la alegría que mostraba con mi padre.

Tenía Pasiega doce o trece años de edad cuando mi padre la vendió a César, un carnicero de Sondika, y la llevamos a sacrificar al matadero de Zorroza. Yo mismo la acompañé, la vi subir al camión y vi su cuerpo descabezado colgado de aquel gancho que se utilizaba para el pesaje. Más tarde mi madre, como acostumbraba cada vez que matábamos alguna vaca o novillo, compró tres kilos de chuletas a César. Tres kilos de Pasiega.

Creo que fue la primera vez que tuve algún escrúpulo para comerme las chuletas de un animal que yo mismo había cuidado y alimentado. Allí tenía a Pasiega, justo en el centro de mi plato. La vaca que me odiaba. La vaca que se quedó coja por mi culpa. La vaca que abortó y no pudo tener más crías por mi culpa.

La vaca a la que jodí la vida.