martes, 25 de abril de 2017

El niño que lloró más alto que el ruido de los aviones y las bombas de Franco


–¡Alberto! ¡Teníamos miedo! ¡Ochenta aviones de Franco bombardeaban Vizcaya todos los días! ¡Miedo! ¿Tú sabes lo que es el miedo?
–Pero tía, una cosa es el miedo y otra muy diferente que os olvidéis del paradero de un niño casi bebé que además es vuestro hermano pequeño.
–¡Qué nos íbamos a acordar, si lo único que pensábamos era en salvar nuestro pellejo!

Cada tres o cuatro años manteníamos en Lauros la misma discusión que empezaba con asombro y reproches y acababa entre el jolgorio general de los participantes, cuando mis tías detallaban entre risas lo alto que lloró mi padre para salvarse, "más alto que el ruido de las bombas y aviones de Franco", en los sucesos que estuvieron a punto de acabar con su vida cuando era un niño de apenas un año. Sucedió en 1937, durante la Guerra Civil, cuando el Cinturón de hierro, fortaleza defensiva que pasaba por Lauros, estaba a punto de romperse por el empuje de las tropas franquistas. La fachada de Astobieta ya había sido ametrallada por la aviación; y meses después habría una batalla de bombas de mano en la misma campa donde vi a mi padre lanzar su primera piña cuarenta y cinco años más tarde. Pero antes del desastre llegaron gudaris a Astobieta con órdenes terminantes: el caserío debía ser abandonado de inmediato.

–Pero tía, ¡todo el mundo se fija en el más débil, hasta cuando se hunde un barco los niños son los primeros a quienes se salva!
–¡Alberto! ¿Sabes que mientras huíamos vimos con nuestros propios ojos cómo caía una bomba y destrozaba un caserío de Umbe? ¡Con nuestros propios ojos! ¿Sabes el ruido que hace una bomba? ¿Sabes lo que es mearse en las bragas? ¿Te ríes? ¡Lo que te estoy diciendo es cierto! ¡Nos meábamos en las bragas! ¡Pensábamos que de ahí no salíamos! ¿Crees que estábamos preocupadas por otra cosa que nuestras vidas?

Sucedió que mis abuelos, horas después de ser conminados por los gudaris, uncieron los bueyes al carro, cargaron de improviso los utensilios más importantes y tomaron dirección a Lejona, donde se les iba a buscar acomodo provisional. Pero después de caminar durante cuatro horas en medio de los bombardeos intermitentes de la aviación franquista y alcanzar el lugar esperado, se dieron cuenta de que no estaban todos: el niño más pequeño, el que había sido colocado dentro del carro mientras dormía, había desaparecido. Ese niño era mi padre.

–Alberto, cómo vamos a enterarnos si tu padre no dijo nada cuando se cayó del carro. Ni siquiera lloró.
–No, si al final va a tener la culpa él.
–¡Pues menos mal que se puso a llorar después, pues nuestro difunto padre nos contó más de cien veces que no lo encontraba y ya pensaba en darse la vuelta!

Mi padre se cayó del carro a la altura de la escuela vieja, a sólo doscientos metros de Astobieta, y de las once personas que iban acompañando el carro, entre mis abuelos, mis bisabuelos y mis siete tíos, ninguna se percató de la falta del niño hasta cuatro horas después, cuando ya habían alcanzado Lejona.

–No tenéis perdón de Dios. Cuatro horas, tía, ¡cuatro horas! ¡Qué vergüenza!
–¡Y otras cuatro que tardó el difunto padre en encontrarlo! Ay, Alberto, si me hubiera caído yo me habría pasado lo mismo. Tú no sabes lo poco que valía la vida de una persona entonces. Como la de una vaca, fíjate lo que te digo. ¿Qué una vaca? ¡Menos que una vaca!

A veces pienso en aquel capítulo y se me quedan los ojos blancos. Lo veo. Esta ahí. Hay un niño de doce meses abandonado al borde de un camino mientras la aviación franquista deja caer alguna bomba, pssssiiiiiiiuuuuuuu, boum, pssssiiiiiiiuuuuuuu, boum. Pasa una hora, dos horas, tres horas, y el niño sigue allí, llorando, pssssiiiiiiiuuuuuuu, boum, pssssiiiiiiiuuuuuuu, boum. Cuatro horas. Cinco. Seis. El tiempo transcurre y todo comienza a ponerse en riesgo: ese niño ya no va a crecer, no va a recoger argoma, no presumirá de que le llamaban Puskas, no se casará con una burgalesa, no beberá, no fumará, no lanzará piñas como un jugador de béisbol, no atacará los consensos establecidos, no tendrá hijos, ningún hijo, yo mismo no existiré, no podré escribir este libro...

Seis horas y media. Siete horas. De pronto llega la hora octava y mi abuelo, que ha vuelto en burro desde Leioa y está a punto de cejar en su empeño, escucha el llanto de un niño entre los sonidos de los aviones y las bombas. Cae entonces la pieza y el dominó se sucede: el niño crece, recoge argoma, se hace albañil, ordeña vacas, se casa con una burgalesa, tiene cuatro hijos, destroza el nosotros hasta hacerse enemigo, bebe, fuma, contrae un cáncer de pulmón, va a parar a un nicho del cementerio de Loiu y justo entonces, cuando al fin se ha hecho el silencio y parece acabada la historia, su hijo varón contrata una Fiat Iveco, viaja a Madrid y se pone a escribir esto, lo que ahora lees, el homenaje al niño que salvó la vida llorando más fuerte que las bombas de Franco.