jueves, 1 de marzo de 2018

Te-leos


A los que me dicen que son mis fans, cómo me gustaría asesinarlos con un machete, un bazooka o un revólver ruso. A ofender a otro sitio, por favor. Yo mismo soy fan de Muhammad Ali, Jonah Lomu, Amy Winehouse o Freddie Mercury, pero qué bien les sienta la fanmanía a los cantantes y deportistas y qué mal a los escritores. Un Leo Messi o un Badr Hari o una Rihanna no me hacen pensar o apenas lo hacen: lo que logran es emocionarme, extasiarme, hacerme vibrar, ponerme la carne de gallina. No niego que un escritor no pueda arrebatarte, ojo, pero muy mal escritor será si ese arrebato no te hace saltar a la esfera de la reflexión o el conocimiento; si no remueve tu conciencia o espolea tu fantasía; si no consigue que alces la vista de la página y te quedes un momento, con la mirada perdida, masticando o rumiando lo leído. En ocasiones me he acusado de ser un lector-hooligan y eterno adolescente, de esos que siempre dicen "mi escritor favorito", pero jamás en la vida se me ha ocurrido proclamarme fan de Shakespeare o Victor Hugo, por poner dos ejemplos, porque esa palabra tiene para mí una connotación negativa que no corresponde con la admiración que me merecen. Por eso me molesta tanto que os confeséis mis fans, por lo crueles que sois en vuestra sinceridad: con esa denominación, sin pretenderlo, me estáis diciendo que solo consigo un efecto mecánico y epidérmico en vosotros. Qué bonito, en cambio, cuando alguien se acerca y me dice te leo, qué cara de biberón se me pone, cómo me hincho, qué ganas de comerme una papaya cada vez que escucho esas sencillas y respetuosas palabras, te-leo, y qué ganas me vienen de seguir trabajando para ser mejor escritor, que solo puede consistir en tener cada día menos fans y más lectores. Porque en este abejerío no hay más opciones: o eres mal escritor y solo tienes fans, o eres bueno y tienes te-leos.