viernes, 18 de mayo de 2018

El renault amarillo rueda por la pendiente


Bebía y fumaba tanto que a los cuarenta y nueve años le dio un colapso y estuvo cerca de morirse, tan cerca que los médicos de Basurto le dijeron a mi madre que lo habían perdido durante minuto y medio, señora, casi se nos escapa, su marido se mantuvo un tiempo sin constantes vitales, tiene el hígado y los pulmones destrozados, no debe fumar ni un cigarro más, etc. Pero antes de este internamiento había protagonizado el episodio más increíble que yo recuerde nunca en Lauros, cuando una noche tomó su renault 6 amarillo, el de los faros cuadrados, y tras quitarle el freno de mano lo lanzó pendiente abajo.

Aquello era un escándalo.

Era fácil un escándalo en Lauros. Cualquier cosa era un escándalo. Un insulto, un mero divorcio, un perro que muerde al cartero, una vaca o un novillo que salta el alambre y come en la huerta del vecino, una trampa en las apuestas, un buey al que han metido guindillas en el culo para que gane en las pruebas, un mojón que se mueve con la riada, una seña secreta para ganar dinero en el mus, un hijo que rechaza al Partido y se hace de Herri Batasuna, un desconocido que entra en la ermita de San Miguel y se sienta a oír misa en los bancos exclusivos para las mujeres, todo eso era un escándalo en Lauros. Cuando mi hermana pequeña comenzó a sacar malas notas y el tutor le sugirió a mi madre que convendría llevarla a un psicólogo, mi madre me llamó aparte:

–Alberto, como se entere alguien del barrio de que tu hermana necesita psicólogo, fíjate que te mediomato.

Mi madre tenía razón al querer “mediomatarme”: al psicólogo podían ir los de Sondika o los de Derio o los de Bilbao, pero si en Lauros alguien se enteraba de que el tutor le había recomendado un psicólogo, mi hermana iba a coger fama definitiva de loca, pues en Lauros casi todos pensaban, y yo mismo participaba de ese pensamiento, que al psicólogo sólo iban los que estaban locos, y mi propia madre tuvo tal reacción de rechazo ante esa idea que el tutor, dándose cuenta del agujero en que se había metido, se echó atrás:

–No se ponga así, por dios, sólo era una sugerencia.

Pero una cosa era que mandaran a tu hija al psicólogo y otra cosa muy distinta es que un laurotarra cogiera su coche y lo lanzara pendiente abajo sin venir a cuento. En la gradación de los escándalos, aquello se pasaba de escándalo. Y allí estaba el coche, a la mañana siguiente, ciento cincuenta metros abajo, hundidas las ruedas en el fango. Nuestro coche. El renault 6 amarillo de los faros cuadrados. Lo había tirado mi padre hasta allí. Mi padre.

Contaba por entonces diez años y era feliz como son felices casi todos los niños, porque tiene algo la infancia de pedestal y disparo primero que permite superar todos los obstáculos, pero este tipo de sucesos te dejan una cicatriz invisible que sale a la superficie más tarde, cuando tienes veinte o treinta años. Recuerdo al día siguiente, cuando llamamos a los vecinos para que nos ayudaran a sacar el coche y Julián acudió a remolcarlo con el tractor, el silencio que nos atravesaba, la sensación de que estábamos viviendo un capítulo esencial de nuestras vidas, un silencio espeso, cortante, un silencio de cien metros de alto que no dejaba de avanzar y sólo era interrumpido por las frases entrecortadas de mi madre, qué vergüenza..., lanzar el coche a la huerta de abajo..., calamidad de hombre..., delante de sus hijos..., todo el pueblo hablando de nosotros..., etc.

Pero nadie preguntó nada.

Mi padre volvió al día siguiente y se sentó a la mesa como siempre. Nadie le preguntó nada.

Mi madre le echó la bronca, mi tío le echó la bronca, llegaron tías mías desde Erandio y Las Arenas y Astrabudua y le echaron la bronca. Pero nadie le preguntó nada. Cuando seis meses después tuvo el colapso que casi acaba con su vida, ocurrió lo mismo: recibió varias broncas mientras permanecía en absoluto silencio, pero nadie le preguntó nada.

Las preguntas esenciales, esto es, las preguntas básicas, aquellas que por el solo hecho de tener el carnet de seres humanos se deberían hacer sin ningún esfuerzo, esas preguntas nadie se las hizo. Estas preguntas:

–Aita, ¿por qué has tirado el coche por la pendiente?
–Aita, ¿qué te pasa?
–Aita, ¿por qué bebes y fumas tanto?
–Aita, ¿por qué parece que ya no nos quieres?
–Aita, ¿por qué te has comportado tan bien hasta los 42 años y ahora haces estas cosas?
–Aita, ¿qué te preocupa?
–Aita, ¿qué necesitas?

Nadie. Pasé treinta años con mi padre y yo tampoco se las hice. Allí nadie preguntaba nada y era imposible hacerlo, porque para eso hacen falta unos presupuestos mínimos, unas maneras de vivir y sentir frescas y abiertas y una sociedad que no castre y persiga la afectividad. Esas condiciones no existían en Astobieta ni en la mayoría de los caseríos que conocí. La gente no hablaba nada. Mi padre hacía seis o siete frases al día como mucho, y sólo con la bebida era capaz de “explayarse” durante tres o cuatro minutos seguidos. Y mi padre estaba en la media; había casos mucho peores que ni siquiera abrían la boca en las reuniones familiares, donde el calor del vino y el whisky conseguía encender hasta a los más mudos. Nunca me olvidaré de la conversación que mantuvo mi tía de Erandio con Iñaki, de Udazkena, cuando su mujer Eunate había dado a luz:

–Hombre, Iñaki, ¿qué tal está Eunate después del parto? ¿Estará contenta, no?
–Ah, no sé. Pregúntale a ella.
–Bueno, pero tú eres su marido, algo sabrás, ¿no?
–Ah, yo en lo suyo no me meto. Yo a lo mío.

La diferencia se notaba sobre todo cuando íbamos a Tobes y Rahedo, el pueblo burgalés de mi madre donde brillaba el alegrismo y la palabra fácil. Allí alucinaban con las pocas palabras de mi padre y sobre todo con las ningunas de mi tío Hilario:

–Alberto, ¿le pegáis a vuestro tío Hilario?
–¿Cómo?
–Que a ver si le pegáis, porque no habla nada.
–Ah, ja, no, él es así.
–Pero..., ¿sabe hablar?
–Ja, claro, en Lauros hay mucha gente como él.
–¿Cómo? ¿Más gente? No me lo creo.
–Sí, en serio, hay muchos.
–Pues qué triste, ¿no?
–Bueno.

No se habla, se ocultan las emociones, todo se guarda para dentro, y eso no está visto como un problema sino como una idiosincrasia de la que hay que estar orgullosos. Existen además unas personas que viven en Bilbao y desde allí escriben unos libros así de gordos, libros que festejan la parquedad esencial del vasco y condenan todo tipo de hacia afuera como síntoma de mentira, mal gusto, exhibicionismo, charlatanería y, en resumen, sospecha de españolidad. Y luego, cuando aparece alguien y lanza el coche hacia no sé dónde, todos miran para otro lado, porque se da por hecho que todo lo malo proviene de la ciudad, la ciudad es el verdadero enemigo, la sentina de las miserias, el centro de las enajenaciones y lo forastero, y en cambio el caserío y el aldeano son puros, perfectos, quintaesenciados, protovascos, matriarcales y blablabla.

Lanzó el coche contra los sembrados. Era increíble. Seis meses después estuvo a punto de morirse. Salió del hospital de Basurto con los ojos dalinianos, fuera de sus órbitas, como pintados aposta por un dibujante de cómic. A partir de ahí dejó de fumar y ya sólo bebía demasiado una vez cada quince o veinte días, pero conservó durante los dos años siguientes esa mirada penetrante de hombre que parece forzar la mirada. Era la mirada de un hombre desquiciado que asume su derrota pero no se arrepiente.

El Partido le cogió miedo. Sus cuatro o cinco cabecillas visibles intentaban evitarlo y se iban de los bares nada más verlo. Coincidía además que mi padre era fortísimo, muy fibroso genéticamente, capaz aún de levantar dos sacos de cemento Lemona a sus cincuenta años, tan fuerte y seguro de su fuerza que las tres peleas que le recuerdo habían constado de un sólo puñetazo, el que atizaba él, y era mejor tenerle bien alejado. Además, si ese hombre se había atrevido a lanzar el coche contra sus propios sembrados, ¿adónde no iría a llegar?

Así fue como se convirtió en el malo oficial, más malvado si cabe que antes. Recuerdo muy bien cómo rompía a reír cada vez que los del Partido se iban de los bares, y cómo, justo cuando pasaban al lado de él, les decía en voz baja “cobardes”. Era un cobardes dicho con la erre muy marcada, mirándoles fijamente, buscándoles, cobarrrrrrdes, mientras ellos tomaban camino de la puerta apartando la mirada. Era un cobardes especial. Aunque pasen cincuenta años, aunque me lo pronunciaran de un millón de modos distintos, yo sabría distinguir la manera exacta como la decía mi padre.