viernes, 4 de mayo de 2018

La envidia nacional, ese narcisismo inverso


Te puedes encontrar a gente que reconoce o hasta presume de ser rencorosa o vengativa, pero muy difícilmente te encontrarás con alguien que reconozca ser envidioso. Si sales a la calle y preguntas "¿es usted envidioso?", la inmensa mayoría te responderá que no, pero si la pregunta es "¿son los españoles envidiosos?", la mayoría responderá que sí. La envidia, por tanto, es eso que decimos que tienen los demás y que casualmente está muy concentrada sobre todo en nuestro país, que es casi siempre el único país que conocemos. Ya Unamuno sostenía que la envidia era española, pero Balzac, que no debía saberlo, escribe en La Comedia Humana que “como todo el mundo sabe, la envidia es francesa”. A su vez Octavio Paz, ignorante de que la envidia sea española o francesa, declaró que la envidia era mexicana, mientras que Isabel Allende, ignorante de que la envidia sea española o francesa o mexicana, ha declarado en muchas ocasiones que Chile es el país de la envidia, mientras que el sociólogo Francesco Alberoni, que tampoco sabe que la envidia sea española o francesa o mexicana o chilena, ha proclamado hace poco que el problema constitutivo de Italia es la envidia, de tal modo que estoy por convocar unos Juegos Olímpicos de la Envidia con el fin de dirimir qué nación es la más envidiosa, cuyo vencedor supongo que ganará la medalla de oro por un micropelo de ventaja, tras arduas visualizaciones de la foto finish, una vez comprobado que aquellos, pocos, que sostenemos la opinión de que la envidia está muy bien repartida en el mundo, sobre todo en los que niegan padecerla, y que atribuírsela a un solo país es narcisismo inverso, no solo no somos escuchados sino que a veces hasta somos acusados precisamente de lo mismo: de proclamarla universal solo por envidia antipatriota de que la envidia sea nuestra.