jueves, 10 de mayo de 2018

Los negros no saben andar en bicicleta


Comencé a dominar las discusiones con mi verbo fácil y estadístico, cuajado de vocablos técnicos y frases subordinadas, y en muy poco tiempo me forjé una reputación de dialéctico terrible y chico superdotado. Los aldeanos empezaron a temerme y ya no se atrevían a publicar con tanta alegría sus historias de astronautas resbalándose por la luna o franceses lanzando jabalíes desde los helicópteros, porque cada vez que abrían la boca sentían una mirada inquisitiva, la mía, que no estaba dispuesta a dar crédito a semejantes fabulaciones. Creo que me cegué, creo que mi vanidad se pasó de vueltas y no calculé el rencor secreto que mi abuso argumentativo estaba incubando entre aquellos aldeanos. Fue cuando perdí, ay, la discusión sobre los negros en el caserío de mi tío Bernabé.

En aquel tiempo, finales de los ochenta, la Real Sociedad de fútbol decidió acabar con una tradición por la que se nutría tan solo de jugadores vascos y comenzó a contratar extranjeros. Las últimas fugas de jugadores al Barcelona y al Athletic de Bilbao estaban en el centro de la medida. Los aldeanos consintieron el fichaje de Aldridge y más tarde el de Richardson, pero quedaron conmocionados cuando la Real anunció la compra de Dalian Atkinson. El caso es que Atkinson era negro.

En la comida anual a la que nos invitaba mi tío Bernabé en la erandiotarra Goiherri con motivo de la matanza del cerdo, no se habló ni de americanos ni de rusos ni de Fidel Castro. Aquel año los negros fueron el tema monográfico. Creo que nunca escuché más barbaridades juntas en una mesa.

–El negro –comenzó mi tío Bernabé– no quiere ni oír hablar de zapatos. El negro va descalzo. Tú le compras al negro las mejores zapatillas y es en balde. Ni drogado se deja poner las zapatillas. Antes te mata.

–El negro de América –decía mi tío Txomin, el americanófilo, que siempre conseguía arrimar el ascua a su sardina– es cosa grande, pero el negro de África no tiene más que ignorancia. No sabe ni las cuatro reglas. Según tengo oídas, Toshack le tiene que decir a Atkinson cinco veces por partido dónde está la portería contraria, porque se le olvida.

–El negro es salvaje –decía mi padre–. El negro es una mezcla de hombre y de mono. Eso está escrito. Así nos decía la maestra en la escuela.

Yo me multiplicaba ante aquellos ataques. A mi padre le dije que las tonterías que contaba en los años cuarenta una maestra franquista no tenían mayor credibilidad; a mi tío Txomin le recordé que el negro americano procede de África y que los estudios científicos serios niegan que ninguna raza sea genéticamente más inteligente que otra, y a mi tío Fermín también le di lo suyo:

–Tío, por favor, no creas que todos los negros viven en tribus como en las películas de Tarzán o corren descalzos como Abebe Bikila. La mayoría de los negros africanos son pobres, pero viven en ciudades y van calzados.

Pero era en vano, y para colmo las vías de agua se me multiplicaban. Ahora era el turno de mi primo José Antonio, que sólo tenía cuarenta años pero ya apuntaba las maneras de sus padres. Mi primo sostenía que el Real Madrid, el Barcelona, el Liverpool y la Juventus tenían cientos de ojeadores en África con el solo propósito de reclutar nuevas estrellas mundiales:

–Según se ve –aseguraba–, están allí como si fueran turistas y se esconden con un cronómetro detrás de los matorrales. Cuando ven a los negros correr detrás de los búfalos, ¡zas!, ponen en marcha el cronómetro y les miden la velocidad. A los más rápidos los contratan y se los traen aquí. Esto es cierto.
–Pero… –decía mi tía Carmen–, ¿el negro tiene ganas de venir aquí, con el frío que hace?
–¿El negro? Al negro le enseñas un poco de chorizo o un plato de porrusalda y se viene contigo al acto. Se pone tan nervioso que ni se despide de la madre. ¿No ves que allí no hay más que hambre?

Yo me desesperaba, pero no por ello abandoné mi vía argumentativa. Negué que los mejores futbolistas negros procedieran sólo de África, sino del Surinam, la Guayana francesa o los barrios pobres de Amsterdam, donde el Ajax había formado la mejor cantera del mundo. También negué que los negros corrieran detrás de los búfalos, al menos en África, y que todos ellos fueran obligatoriamente veloces.

–¡Cómo que el negro no es rápido! –me respondía mi tío Dámaso, hasta entonces en silencio–. ¡El negro es como la electricidad! El negro, fíjate lo que te digo, es capaz de sacar un córner y rematarlo. ¡Mecagüen sos! ¡Saca el córner y lo remata él!

Comencé a sentirme desbordado, pero lo peor estaba por llegar. Fue cuando mi tío Bernabé, el anfitrión, recuperó la palabra y dijo con mucha seguridad:

–El negro no sabe andar en bicicleta. Eso está demostrado.

Nada más escuchar tamaña estupidez me dispuse a contestar, pero mi tío Bernabé advirtió mi ademán y se adelantó:

–¡Alberto! Responde a esta pregunta: ¿has visto algún negro en bicicleta?

Se hizo el silencio y todas las miradas se posaron sobre mí. Yo intenté recordar los negros que había visto por televisión, pero por más vueltas que le daba no me venía ningún negro en bicicleta. Recordaba a los colombianos Lucho Herrera, a Fabio Parra, a Farfán, que eran algo mestizos, pero no recordaba ningún negro-negro. A todo esto, los segundos pasaban y los rostros de los comensales comenzaban a perder su confianza en mí. Estaba perdiendo el debate.

–Bernabé tiene razón –exclamó al fin mi tío José–. Yo tampoco he visto nunca un negro en bicicleta.
–Yo tampoco lo he visto –dijo mi padre–. Eso es cierto.
–Yo tampoco –dijo el tío Dámaso–.
–¿Negro en bicicleta? –se preguntaba mi prima Maite–. Yo no.
–Yo tampoco –decía José Antonio.

Hasta mi madre se puso de su parte y dijo que ella tampoco había visto nunca un negro en bicicleta. Yo seguía en mi asiento, impotente, estrujándome la cabeza, y en la mirada satisfecha de Bernabé y en la de los otros pude advertir mi derrota. Se desató la algarabía. Me habían ganado.

Aquel fracaso me hizo pensar mucho. ¿Cómo no había sido capaz de defender con éxito una causa tan obvia? ¿Cómo me había dejado derrotar por aquellos racistas galopantes? Sí, es cierto que no había visto un negro en bicicleta, igual que no había visto un negro a caballo o a un negro bebiendo coca-cola: creo que fue a los dieciséis o diecisiete años cuando vi con mis propios ojos, en la calle San Francisco de Bilbao, los primeros negros de mi vida. El problema no era ese: el problema era que yo me empeñaba en imponerme a aquellos aldeanos por la vía demostrativa, llenando todas mis intervenciones de frases, nombres, estadísticas y otros fárragos, mientras que ellos se dedicaban solamente a fabular. Eran mucho más eficaces y sugerentes sus historias de negros descalzos y ojeadores del Real Madrid escondidos con el cronómetro detrás de los matorrales, aunque no fueran ciertas, que todas mis estadísticas somníferas sobre el número de jugadores negros que sacaba anualmente la cantera del Ajax de Amsterdam, aunque fueran ciertas.

Concluí que las discusiones no se ganan con argumentos sino con fascinaciones. El Lauros viejo se había cobrado una victoria aquel día sobre el Lauros incipiente, pero había tomado nota.

No me iban a ganar más.