lunes, 14 de mayo de 2018

Saussure en las tiendas de chinos


Se lo conté el miércoles a Verónica y todavía está pensando en denunciarme a la Oficina de Inmigración. El caso es que suelo comprar en dos chinos muy pequeños, uno situado al comienzo de la calle Doctor Esquerdo y otro en la Avenida Ciudad de Barcelona, y, como los que atienden no saben muy bien el español y yo soy el culebro Satanás, me gusta pedirles los productos con alguna letra o sílaba cambiada:

–Seis lanas de cerveza mahou, por favor.
–Una raja de galletas maría fontaneda, por favor.
–Un pote de tomate orlando, el más pequeño por favor.
–Un cabrón de huevos, que sea de docena, por favor.

Probad a hacerlo en vuestro barrio: veréis que siempre lo entienden todo y te sirven sin fallo los productos que has pedido. Si sois más rasputines aún, de esos que no tienen llave de vuelta, podéis permitiros audacias mayores:

–Seis fragatas de cerveza mahou, una jirafa de galletas fontaneda y un paquebote de tomate orlando, por favor.

Aunque para que salga bien esta audacia debéis decir muy rápido “fragata”, "jirafa", "paquebote" y muy despacio y nítido todo lo demás, os aviso.

La conclusión que extraigo de estas travesuras neorrabiosas es la siguiente: la poesía y su hija la precisión están sobrevaloradas. Lo esencial de la comunicación radica en el receptor, en el deseo o interés por ser escuchado. No existe poeta ni recitador tan pedestre que no pueda ser salvado por un lector u oyente atento.

Quién iba a pensar que los chinos me fueran a enseñar más que Saussure.