lunes, 21 de mayo de 2018

Una falda granate y una camiseta color plátano


No empecé a odiar de verdad a los organizados hasta el día en que vi por última vez con vida real a mi padre, justo antes de entrar en el coma que desembocaría en su muerte, pues la morfina ya no le hacía efecto por más que se la administraran en cantidades industriales. Fue justo en esas veinticuatro últimas horas que se mantuvo consciente en el hospital de Cruces, en una habitación de la planta reservada a oncología, cuando mi padre comenzó a decir a mi madre:

–Me voy a morir esta noche. Coge el bolso y vámonos a Toki-Ona.

Toki-Ona. De pronto mi padre citó un lugar al que no había vuelto en los últimos 26 años. Se pasó las últimas horas de su vida hablando del pasado feliz y remoto, de cuando jugaba al fútbol y decía que le llamaban Puskas, pero cada poco tiempo volvía a lo mismo:

–Coge el bolso y vámonos a Toki-Ona.
–Cállate.
–¡Coge el bolso, que me voy a morir esta noche!

Aquello estaba lleno de significado. Me pasé los cinco días de vela en Cruces, los que mi padre transcurrió en coma antes de su final definitivo, pensando en Toki-Ona, en el agujero negro de Toki-Ona, en el recuerdo aún nítido y fresco que tenía mi padre de Toki-Ona.

En Toki-Ona había ocurrido una historia en 1978.

Hasta entonces mi padre había sido modélico, el orgullo de la familia, tu padre es muy grande, etc. Había enseñado euskera a su primera hija, la había colmado de regalos, trabajaba de albañil con éxito y hasta se había planteado comprar un piso en Derio, planteamiento que casi se consuma pero que se vino abajo porque mi padre, al visitarlo, debió decir que “yo no voy a ser capaz de vivir en un lugar tan cerrado”, y eso que el piso tenía noventa metros. Cierto que se había casado con una burgalesa y por aquel detalle algunos familiares y laurotarras le habían dejado de hablar, pero ya hacía muchos años que había ocurrido aquello y mi madre había mostrado tal capacidad de trabajo que poco a poco se había ido haciendo con el pueblo, salvo con ese veinte por ciento imposible que siguió considerándola maqueta de por vida.

Cómo estaría de integrado en el pueblo mi padre que hasta se llevaba bien con los del Partido. Se llevaba bien con todos, incluso con los de Landachueta, parte del pueblo cubierta de chalets que estaba en el barrio Zabaloeche, muchos de cuyos miembros votaban a Alianza Popular y vivían dentro de sus muros a espaldas del resto del pueblo. Pero en aquel tiempo mi padre era tan supervasco que aún tiempos después siempre andaba diciendo:

–Está por nacer el que me enseñe a ser vasco. Yo he puesto ikurriñas en lugares donde nadie podía cogerlas, fíjate lo que te digo.
–Ya, aita. En la luna o más alto.
–Eso es cierto. Las que yo ponía, ni la Guardia Civil podía alcanzarlas.

Hasta había abandonado por propia decisión la construcción de la central nuclear de Lemoiz, central que el Partido apoyaba pero contra la que se alzaban todos los pueblos de alrededor. Lemoiz se hallaba a unos diez kilómetros de Lauros. Según contaba mi padre, al de una semana se enteró de los peligros de las centrales nucleares y fue de inmediato al encargado:

–Aquí os dejo la herramienta. No quiero finiquito ni nada, si sale esto adelante no se va a poder beber un litro de leche en todas las Vascongadas.

Entonces llegó aquel día fatídico de 1978. Refiero la historia a partir de lo que me contaron numerosas veces mi madre y mis dos hermanas mayores, porque yo tenía sólo cuatro años y no me acuerdo.

Por aquellos tiempos mis padres iban mucho al Batzoki o a Toki-Ona, bares donde solían ir los cabecillas del Partido o aquellos que simpatizaban con él. En realidad iba todo el mundo, porque ya he referido que la única sociedad que existía en Loiu era la que se articulaba en torno al Partido. Mis padres llegaban allí sobre las nueve o diez de la noche y se iban sobre las doce o una. A veces nos llevaban a nosotros y nos invitaban a un kas o a una partida en la máquina de petacos. Aquel día fuimos mi hermana y yo. Pero con las prisas, mi madre vistió a mi hermana con lo primero que encontró: una falda roja y una camiseta amarilla.

Nada más llegar, mi padre se puso a jugar al mus con sus amigos y mi madre se situó con sus amigas de hasta entonces:

–Piedad, por favor, cómo has vestido así a la cría.
–¿Qué pasa?
–¡Rojo y amarillo, por dios!
–Huy, ni me he dado cuenta.

Pareció al principio que la conversación se había quedado ahí y que la combinación de mi hermana se había olvidado, pero no:

–Piedad, ¿vistes de maqueta a la cría?
–Por favor, no me he dado cuenta.
–¡No estamos en tiempos para esos descuidos!

Y comenzaron a insistirle con tanta fuerza que al final mi madre se echó a llorar y a balbucear entre lágrimas por favor..., ya me lo habéis dicho..., no me he dado cuenta..., la vestí con lo primero que me encontré..., dejadlo ya... Se creó tal escándalo que mi padre, que hasta entonces había seguido jugando a cartas sin darse cuenta del suceso, preguntó al final por lo que pasaba. Y entonces se armó.

No era mi padre una persona que mostrara calma en momentos como ese. Cuando supo que las lágrimas de mi madre estaban causadas por los colores de la ropa de mi hermana, montó en cólera. “¿Quiénes sois vosotros para decir nada, basura de gente, si habéis sido todos unos franquistas?”, les dijo. Y era cierto, según se decía por todo el pueblo, que la mayoría de los cabecillas del Partido había vivido muy bien durante el régimen y había mantenido excelentes conexiones con los prebostes.

Así fue cómo, tras varios puñetazos en la mesa, mi padre le dijo a mi madre que cogiera el bolso y nos volvimos a Astobieta. Aquella fue la última vez que mi padre fue a Toki-Ona. No hubo ni una posibilidad de reconciliación. Poco más tarde, mi padre empezaría a votar a UCD y a ir contra el Partido. Empezó a fumar y a beber. Empezó a destruirse.

Todo por una falda y una blusa. Una falda que, para más inri, según decía mi madre, no era roja sino granate. Y una camiseta que era de color plátano.

Llevaba yo veinte días en el hospital de Cruces con esa tensión insoportable de ver cómo mi padre se moría, cuando aquel detalle de Toki-Ona agitó mi mente. Que mi padre, horas antes de morir, igual que en Ciudadano Kane con la palabra Rosebud, hubiera repetido tantas veces el nombre del lugar en que había sido feliz, aquello empezó a hacerse insufrible para mí.

De pronto todo se me hizo claro. Mi padre vencido no por el cáncer de pulmón, sino por el cáncer policial de las banderas. No por una enfermedad común, sino por la enfermedad moral de los hombres. No destruido por personas que vienen una a una y atacan de frente, sino aplastado por alimañas que se unen entre ellas, se ayudan entre ellas, crean sus propias leyes y te imponen su propio miedo.

Y arrastrado quizá por la misma sensibilidad que no se atreve a decir su nombre, por la misma capacidad afectiva castrada de mi padre, por las mismas facultades de manipulación y fantasía que él tenía, ya no vi a un hombre que moría de formal natural a los sesenta y siete años. No, mi padre no había muerto: a mi padre lo habían matado.

¿Y quién lo había matado? ¿Quiénes eran los culpables? Mi máquina ya no iba a descansar desde entonces.


Los culpables eran los organizados.