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domingo, 25 de noviembre de 2018

Porque te amo tanto no quiero cambiarte


Todo parecía marchar con música de violines la primera vez que Iratxe llegó a Astobieta, la noche en que fui la piel y hueso de los comentarios de mi familia por la razón de que era la primera novia que se me conocía, mira qué guapa es, qué callado se lo tenía, etc., y ya nos encontrábamos en los postres tras una velada algodona en que Iratxe se había mostrado todo lo formal que realmente era, cuando, a cuenta de no sé qué miga de tontería o rabo de lagartija que le dije, de pronto se metió con lentitud los dedos en su melena, indicio indudable de que iba a comportarse todo lo informal que también era, y soltó con su habitual chulería, delante de mi padre, delante de mi madre, delante de mis hermanas:

–Ten cuidado, que he visto demasiadas pollas en mi vida para ser una mujer honrada.

Iratxe era tigretruena, tiburona, demasiada, como una extraña abeja que hubiera desarrollado aguijones de repuesto, pero también podía ser todo lo contrario. Era capaz de caminar por la calle Hurtado de Amézaga de Bilbao, borracha perdida, mientras iba rompiendo a patadas todos los retrovisores de los coches que iba encontrando, y, en cambio, justo una semana después, cuando el profesor de Sociología de la Universidad de Leioa nos comunicaba que secundaría la huelga de la jornada siguiente, ante la algarabía de todos nosotros, siempre deseosos de librarnos de las clases, esa misma chica levantaba la mano y, después de hacer hueco en los pulmones, le decía muy firme delante de toda la clase:

–Usted sabrá lo que hace. Yo he pagado mi matrícula para recibir clases y mañana voy a estar aquí para que cumpla con su responsabilidad.

Ya desde el primer año me sorprendió la facilidad con que me insultaba o me deseaba la muerte cuando nos enfadábamos, que era muy a menudo y casi siempre por tonterías, pero igual de sorprendente era su intensidad a la hora de quererme. No llevábamos ni tres meses viviendo juntos cuando me la encontré en casa llorando sin ninguna razón aparente, episodio que solía repetirse tres o cuatro veces cada año, y al preguntarle por la razón de sus lágrimas, me respondió que tenía miedo de que me muriera antes que ella.

–Pero Iratxe –le consolaba yo–, soy joven y no estoy enfermo ni trabajo en nada peligroso. No entiendo por qué me iba a morir de repente.
–Ya lo sé, pero da igual. Si soy yo la que se muere antes, sé que tú vas a poder continuar, pero si eres tú el que se muere antes, yo no voy a poder.

Tenía tanto miedo a mi muerte prematura que para calmarla le conté el mito griego de Filemón y Baucis, aquellos dos ancianos que, cuando Zeus les concedió un deseo, desdeñaron cualquier riqueza y solo pidieron morir juntos. Y ella se entusiasmó tanto con este mito que enseguida repartimos los papeles, ella Baucis y yo Filemón, y comenzamos a bromear sobre este asunto. Si veíamos por la tele que algún Boeing siniestraba y no había supervivientes, lamentábamos inmediatamente no haber ido en ese avión, y lo mismo no haber estado en el Challenger cuando estalló o en las Torres Gemelas el día que se cayeron. Pero las mejores de estas atrocidades eran las que fantaseábamos por la calle:

–Iratxe, a que no tienes ovarios para tirarte conmigo desde este puente.
–A que sí.
–Vale. Pero primero vamos a tomarnos unas cañas para celebrarlo.
–Vamos.

Ella fue la primera persona a la que pude contar mi vida en todos sus detalles, sin ningún secreto, pues hasta entonces nunca tuve un amigo y la relación con mis hermanas era de mucha lejanía. Castrado emocional como fui hasta entonces, siempre asustado ante todo, Iratxe fue la que me hizo descubrir y extender mi yo. Empecé a contarle cosas mías con mucho miedo, pero, viendo que no me rechazaba sino que le encantaba mi mundo interior, empecé a gustarme detallándole y hasta exagerándole mis defectos, o entrando en terrenos negros de mi biografía como el alcoholismo de mi padre, el día en que le pegué a mi madre, o el rechazo que nos hacía el Partido en Lauros. También ella fue la primera persona a la que le conté que soy travesti ocasional desde los diez años de edad y, aunque nunca le permití que me viera vestido de mujer, ella solía ir a la parte B de mi armario, allí donde guardo mi ropa de travesti, y se empezaba a reír ante lo que llamaba “mi pésimo gusto al elegir ropa de mujer” o, ya desternillada de la risa, volvía a la sala con alguno de mis zapatos de tacón y, con ellos en alto, me decía:

–¡Pero Alberto, vamos a ver!!! ¿Eres capaz de salir a la calle subido aquí? ¡Joder, que yo me caigo y me rompo todos los piños si camino tres pasos con esto!

Con ella descubrí el sexo. Hasta entonces me había ido pasando con la masturbación, pues en Lauros no había chicas de mi edad, no teníamos autobús y por tanto no podía ir a Mungia, que era el lugar donde iban de fiesta los jóvenes de los alrededores. Aparte de esto, había sufrido una educación ultracatólica de miedo a los cuerpos desnudos y asco por el acto sexual, que me parecía algo sórdido. Pero con el descubrimiento del sexo vino lo más escandaloso: ¡éramos exhibicionistas! Nos encantaba hacerlo en cualquier sitio, en la calle, en las plazas, en los bares, sin importar la gente e incluso deseando que la hubiera. Recuerdo nuestros primeros tres años como una locura de lágrimas, alcohol y semen, saliendo con la Nissan Vanette de mis padres por la autopista A-8, arriesgando nuestras vidas, desnudos y borrachos y totalmente locos:

–¿A que no tienes lo que hay que tener para lanzar la Vanette contra la mediana? –me gritaba en broma.
–No, Iratxe, que igual nos quedamos solo parapléjicos.
–¡Cobarde! ¡Eres un puto gallina!

Pero ya empezaban los primeros problemas graves entre nosotros, porque ella era como una tormenta dentro de la tormenta, y yo tampoco tengo paciencia para nada. A la mínima me insultaba, o me dejaba porque decía que no le hacía ni caso, o incluso nos abandonábamos en plena madrugada sin preguntar al otro si tenía dinero para un taxi, o llevaba las llaves de casa, o nada. Y en las discusiones yo soy un bicho de muy mala ralea, de esos a quienes enseguida les sale la prepotencia y se convierten en seres muy repelentes, como el día en que le dije con una naranja en la mano:

–¿Ves esta naranja, Iratxe? Aquí está la diferencia que hay entre tú y yo. Dentro de esta naranja yo puedo ver submarinos, metralletas, gatos persas o bolígrafos de colores ¿entiendes? Tú, en cambio, solo puedes ver pulpa de naranja. De nada te ha servido tener padres perfectos, idiomas, clases particulares, una vida regalada y la comida en la boca, porque solo puedes ver pulpa de naranja. ¡Yo veo dentro lo que me da la gana porque soy un creador, tú en cambio solo puedes ver pulpa de naranja!
–¡Ojalá te mueras! –me contestaba ella–, ¡O-ja-lá-te-mue-ras! ¿Ves esta carita que te está hablando? ¡Mírala bien y memorízala, porque hoy es el último día que la vas a ver!

Era una mujer que gritaba de una manera tan aguda que cada uno de sus gritos se te metía dentro del cuerpo y no lo sacabas hasta segundos más tarde, gritos tan penetrantes que parece todavía más asombroso que jamás le viera con ronquera en los diecisiete años que pasé con ella. Tampoco pedía perdón jamás por nada, salvo las veces que se las ingeniaba para hacerlo de forma conjunta:

–Alberto, esto se tiene que acabar. Los dos sabemos que somos la persona más importante en la vida del otro y tenemos que controlarnos. No deberíamos desearnos la muerte jamás.
–Ah, eso sí que no, Iratxe. Yo jamás te he deseado la muerte, eso lo haces tú.
–¡Ya empiezas, Alberto! ¡El asunto no es quién lo haya hecho, el asunto es que no deberíamos hacerlo nunca más, ni tú ni yo!

Mi padre la adoraba. Participante hasta entonces del estereotipo de que “los de Bilbao” eran vagos y ultrafinos, se quedaba pasmado ante la laboriosidad de Iratxe, que venía a Astobieta y me ayudaba a atar tomates, plantar puerros, sembrar patatas o cualquier otra tarea. En cuanto al “defecto” del que se le acusaba, el de su mal genio, a mi padre le parecía virtud:

–Una mujer tiene que ser así. Si no tiene temperamento, mejor una vaca.

En Madrid comenzó a dejarme con más continuidad, pero necesitó hacerlo nueve veces para lograr su objetivo. Y no es que me dejara en broma sino muy en serio, al punto de que en una ocasión se fue a vivir durante siete meses a Carabanchel Bajo, pero cada vez que nos veíamos notaba enseguida que seguía imperando sobre ella, que seguía “poniéndole” físicamente, y en cambio la última vez que me dejó supe que era la definitiva porque me trataba con una lejanía física y frialdad desconocidas. Ya no había nada que hacer. Ella quería ser mi amiga y que siguiéramos viéndonos, pero a mí eso me parecía imposible. ¿Yo amigo de Iratxe? ¿Después de una relación de pólvora, comenzar una de fogueo? Como le dije que había decidido no volver a verla nunca más, hizo algo muy propio de su carácter: me envió un mensaje de correo con una sola palabra, “HIJODEPUTA”. Esa fue la última noticia que tuve de ella.

Todavía hoy, siete años después, me gusta abrir el portátil y buscar en mi correo ese mensaje, HIJODEPUTA, y ponerlo a cuerpo gigante en la pantalla mientras abro una botella de vino. Y me lo paso muy bien bebiendo mientras voy recordándola, porque ya no me amargo como antes por haberla perdido, sino que me alegro de haber pasado con ella diecisiete años. Qué mujer, de verdad, es que con ella los dioses rompieron todos los moldes. Hasta me atrevo a decir que toda esta calamidad que es el ser humano, con sus guerras, saqueos y destrucciones, queda justificada si es capaz de producir ejemplares como ella. Era pura verdad, pura naturalidad y pura intensidad en todo lo que hacía. Era una mujer pasmosa.

–¿Ves aquella apisonadora, Alberto?
–Sí.
–¿A que no tienes cojones, después de las cañas, a poner conmigo tu cabecita debajo de ella?
–A que sí.


martes, 29 de mayo de 2018

Los organizados


A los organizados no les importa nada que hayas nacido en un caserío de Lauros con cerezos y manzanos y perales de San Juan. En un caserío donde los cantos de las malvices en primavera ahogan los zumbidos de las abejas.

A los organizados no les parece decisivo que Lauros careciera de autobús y cajero automático y tiendas de ultramarinos. Que en Astobieta no hubiera sofás ni alfombras ni calefacción central ni agua caliente.

Les da lo mismo que tu padre fuera alcohólico y brillante y parco y calamitoso.

Nada les dice que tu vida transcurriera rodeado de cinco mujeres fuertes y de carácter, cinco mujeres como cinco baobabs andantes que todo te lo llevaban y te lo hacían, todo te lo dejaban en la palma de las manos.

A los organizados les resulta indiferente que hayas plantado más de un millón de puerros, que conozcas qué luna es propicia para las acelgas, las distintas clases de lechugas, cómo se capan las plantas de tomate, los centímetros de profundidad a los que se han de sembrar las patatas.

Qué diferencia hay entre una culebra y una víbora, cómo matarlas, por qué las vacas se reúnen en torno a un poste de luz, qué significa, que sepas todo eso no les importa a los organizados.

A los organizados no les compete que nueve décimas partes de tu infancia y adolescencia las pasaras totalmente solo, jugando a pelota solo, caminando con el perro solo, haciendo nada, paseando con el tiempo.

A los organizados sólo les importa tu lugar de nacimiento. Ellos miran las coordenadas espaciales de Astobieta, 43° 18′ 57.96″ N y 2° 55′ 27.98″ W, y a partir de ahí disponen de tu vida. Entonces dicen, los unos:

–Astobieta pertenece a Euskadi.

Y dicen, los otros:

–Astobieta pertenece a España.

Aquella monja que insistió a tus padres para que siguieras estudiando, la hermana Sagrario, la que te salvó de las huertas y las vacas, todo eso les da igual a los organizados.

Aquel profesor de latín del instituto Txorierri, José Antonio Beobide, el que te enseñó los primeros versos de la Eneida y te inoculó su pasión por la antigüedad grecolatina, todo eso es accesorio para los organizados.

Todo lo que te enseñó en la universidad Francisco Letamendia. Todo lo que te enseñó Álvaro Gurrea. Lo importantes que fueron para ti. Qué más les da.

Que la ermita de Lauros tuviera una parte izquierda para que se sentaran las mujeres y una parte derecha para los hombres; que en tu colegio hubiera un patio para las chicas y un patio para los chicos, les parece indiferente.

Que estuvieras rodeado de laurotarras fantasiosos que negaban las versiones de los diarios y se inventaban las suyas propias, qué les va a importar eso.

Los organizados sólo se encargan de las historias grandes. No atienden a los casos particulares. Sólo se preocupan de las estructuras y las esencias y no pueden descender a las personas. Ellos están muy ocupados escribiéndote la historia que debes aprender, los libros que debes leer, los atletas a los que debes animar, el idioma que debe estar por encima y el idioma que debe estar por debajo.

Lo hacen porque saben y están capacitados. Los organizados no dudan nunca. Tú estás escribiendo una historia subjetiva y no sabes ni sabrás nunca si tu padre fue un genio o un loco o un borracho, y eso que compartiste miles de horas a su lado, pero eso no les pasa nunca a ellos. Los organizados escriben con método sobre cosas que nunca han visto y no se limitan a opinar o proponer, no: ellos demuestran. Son sabios. Informan de forma objetiva. Por eso sorprende tanto que las conclusiones a las que llegan unos organizados sobre los mismos hechos sean tan diferentes a las de los otros organizados.

Les da igual que la única memoria de los laurotarras se remita a la Guerra Civil. Que la única constancia que tienen de sus antepasados sea la de que cultivaban la tierra, cortaban la hierba y ordeñaban las vacas.

Nada les altera lo que supuso para ti el descubrimiento de Victor Hugo. Lo que supuso la primera vez que viste correr a Hicham el Guerrouj. El combate de Alí contra Cleveland Williams. La curva de Laguna Seca en la que Rossi superó a Stoner.

Nada les dice tu historia propia, tus libros propios, tus deportistas favoritos, tus cantantes, tu manera de hablar con tu perro, la forma en que te asusta la muerte.

A los organizados nada les importa eso. Son hombres que están muy ocupados tomando decisiones de tu parte y por tu propio bien. Lo único que les importa es la maldita casualidad del punto exacto donde has nacido. Se limitan a mirar las coordenadas espaciales de Astobieta, 43° 18′ 57.96″ N y 2° 55′ 27.98″ W, y se imponen la tarea, los unos:

–Es vasco y hay que adoctrinarlo.

Y se aplican al trabajo, los otros:

–Es español y hay que adoctrinarlo.


lunes, 21 de mayo de 2018

Una falda granate y una camiseta color plátano


No empecé a odiar de verdad a los organizados hasta el día en que vi por última vez con vida real a mi padre, justo antes de entrar en el coma que desembocaría en su muerte, pues la morfina ya no le hacía efecto por más que se la administraran en cantidades industriales. Fue justo en esas veinticuatro últimas horas que se mantuvo consciente en el hospital de Cruces, en una habitación de la planta reservada a oncología, cuando mi padre comenzó a decir a mi madre:

–Me voy a morir esta noche. Coge el bolso y vámonos a Toki-Ona.

Toki-Ona. De pronto mi padre citó un lugar al que no había vuelto en los últimos 26 años. Se pasó las últimas horas de su vida hablando del pasado feliz y remoto, de cuando jugaba al fútbol y decía que le llamaban Puskas, pero cada poco tiempo volvía a lo mismo:

–Coge el bolso y vámonos a Toki-Ona.
–Cállate.
–¡Coge el bolso, que me voy a morir esta noche!

Aquello estaba lleno de significado. Me pasé los cinco días de vela en Cruces, los que mi padre transcurrió en coma antes de su final definitivo, pensando en Toki-Ona, en el agujero negro de Toki-Ona, en el recuerdo aún nítido y fresco que tenía mi padre de Toki-Ona.

En Toki-Ona había ocurrido una historia en 1978.

Hasta entonces mi padre había sido modélico, el orgullo de la familia, tu padre es muy grande, etc. Había enseñado euskera a su primera hija, la había colmado de regalos, trabajaba de albañil con éxito y hasta se había planteado comprar un piso en Derio, planteamiento que casi se consuma pero que se vino abajo porque mi padre, al visitarlo, debió decir que “yo no voy a ser capaz de vivir en un lugar tan cerrado”, y eso que el piso tenía noventa metros. Cierto que se había casado con una burgalesa y por aquel detalle algunos familiares y laurotarras le habían dejado de hablar, pero ya hacía muchos años que había ocurrido aquello y mi madre había mostrado tal capacidad de trabajo que poco a poco se había ido haciendo con el pueblo, salvo con ese veinte por ciento imposible que siguió considerándola maqueta de por vida.

Cómo estaría de integrado en el pueblo mi padre que hasta se llevaba bien con los del Partido. Se llevaba bien con todos, incluso con los de Landachueta, parte del pueblo cubierta de chalets que estaba en el barrio Zabaloeche, muchos de cuyos miembros votaban a Alianza Popular y vivían dentro de sus muros a espaldas del resto del pueblo. Pero en aquel tiempo mi padre era tan supervasco que aún tiempos después siempre andaba diciendo:

–Está por nacer el que me enseñe a ser vasco. Yo he puesto ikurriñas en lugares donde nadie podía cogerlas, fíjate lo que te digo.
–Ya, aita. En la luna o más alto.
–Eso es cierto. Las que yo ponía, ni la Guardia Civil podía alcanzarlas.

Hasta había abandonado por propia decisión la construcción de la central nuclear de Lemoiz, central que el Partido apoyaba pero contra la que se alzaban todos los pueblos de alrededor. Lemoiz se hallaba a unos diez kilómetros de Lauros. Según contaba mi padre, al de una semana se enteró de los peligros de las centrales nucleares y fue de inmediato al encargado:

–Aquí os dejo la herramienta. No quiero finiquito ni nada, si sale esto adelante no se va a poder beber un litro de leche en todas las Vascongadas.

Entonces llegó aquel día fatídico de 1978. Refiero la historia a partir de lo que me contaron numerosas veces mi madre y mis dos hermanas mayores, porque yo tenía sólo cuatro años y no me acuerdo.

Por aquellos tiempos mis padres iban mucho al Batzoki o a Toki-Ona, bares donde solían ir los cabecillas del Partido o aquellos que simpatizaban con él. En realidad iba todo el mundo, porque ya he referido que la única sociedad que existía en Loiu era la que se articulaba en torno al Partido. Mis padres llegaban allí sobre las nueve o diez de la noche y se iban sobre las doce o una. A veces nos llevaban a nosotros y nos invitaban a un kas o a una partida en la máquina de petacos. Aquel día fuimos mi hermana y yo. Pero con las prisas, mi madre vistió a mi hermana con lo primero que encontró: una falda roja y una camiseta amarilla.

Nada más llegar, mi padre se puso a jugar al mus con sus amigos y mi madre se situó con sus amigas de hasta entonces:

–Piedad, por favor, cómo has vestido así a la cría.
–¿Qué pasa?
–¡Rojo y amarillo, por dios!
–Huy, ni me he dado cuenta.

Pareció al principio que la conversación se había quedado ahí y que la combinación de mi hermana se había olvidado, pero no:

–Piedad, ¿vistes de maqueta a la cría?
–Por favor, no me he dado cuenta.
–¡No estamos en tiempos para esos descuidos!

Y comenzaron a insistirle con tanta fuerza que al final mi madre se echó a llorar y a balbucear entre lágrimas por favor..., ya me lo habéis dicho..., no me he dado cuenta..., la vestí con lo primero que me encontré..., dejadlo ya... Se creó tal escándalo que mi padre, que hasta entonces había seguido jugando a cartas sin darse cuenta del suceso, preguntó al final por lo que pasaba. Y entonces se armó.

No era mi padre una persona que mostrara calma en momentos como ese. Cuando supo que las lágrimas de mi madre estaban causadas por los colores de la ropa de mi hermana, montó en cólera. “¿Quiénes sois vosotros para decir nada, basura de gente, si habéis sido todos unos franquistas?”, les dijo. Y era cierto, según se decía por todo el pueblo, que la mayoría de los cabecillas del Partido había vivido muy bien durante el régimen y había mantenido excelentes conexiones con los prebostes.

Así fue cómo, tras varios puñetazos en la mesa, mi padre le dijo a mi madre que cogiera el bolso y nos volvimos a Astobieta. Aquella fue la última vez que mi padre fue a Toki-Ona. No hubo ni una posibilidad de reconciliación. Poco más tarde, mi padre empezaría a votar a UCD y a ir contra el Partido. Empezó a fumar y a beber. Empezó a destruirse.

Todo por una falda y una blusa. Una falda que, para más inri, según decía mi madre, no era roja sino granate. Y una camiseta que era de color plátano.

Llevaba yo veinte días en el hospital de Cruces con esa tensión insoportable de ver cómo mi padre se moría, cuando aquel detalle de Toki-Ona agitó mi mente. Que mi padre, horas antes de morir, igual que en Ciudadano Kane con la palabra Rosebud, hubiera repetido tantas veces el nombre del lugar en que había sido feliz, aquello empezó a hacerse insufrible para mí.

De pronto todo se me hizo claro. Mi padre vencido no por el cáncer de pulmón, sino por el cáncer policial de las banderas. No por una enfermedad común, sino por la enfermedad moral de los hombres. No destruido por personas que vienen una a una y atacan de frente, sino aplastado por alimañas que se unen entre ellas, se ayudan entre ellas, crean sus propias leyes y te imponen su propio miedo.

Y arrastrado quizá por la misma sensibilidad que no se atreve a decir su nombre, por la misma capacidad afectiva castrada de mi padre, por las mismas facultades de manipulación y fantasía que él tenía, ya no vi a un hombre que moría de formal natural a los sesenta y siete años. No, mi padre no había muerto: a mi padre lo habían matado.

¿Y quién lo había matado? ¿Quiénes eran los culpables? Mi máquina ya no iba a descansar desde entonces.


Los culpables eran los organizados.


viernes, 18 de mayo de 2018

El renault amarillo rueda por la pendiente


Bebía y fumaba tanto que a los cuarenta y nueve años le dio un colapso y estuvo cerca de morirse, tan cerca que los médicos de Basurto le dijeron a mi madre que lo habían perdido durante minuto y medio, señora, casi se nos escapa, su marido se mantuvo un tiempo sin constantes vitales, tiene el hígado y los pulmones destrozados, no debe fumar ni un cigarro más, etc. Pero antes de este internamiento había protagonizado el episodio más increíble que yo recuerde nunca en Lauros, cuando una noche tomó su renault 6 amarillo, el de los faros cuadrados, y tras quitarle el freno de mano lo lanzó pendiente abajo.

Aquello era un escándalo.

Era fácil un escándalo en Lauros. Cualquier cosa era un escándalo. Un insulto, un mero divorcio, un perro que muerde al cartero, una vaca o un novillo que salta el alambre y come en la huerta del vecino, una trampa en las apuestas, un buey al que han metido guindillas en el culo para que gane en las pruebas, un mojón que se mueve con la riada, una seña secreta para ganar dinero en el mus, un hijo que rechaza al Partido y se hace de Herri Batasuna, un desconocido que entra en la ermita de San Miguel y se sienta a oír misa en los bancos exclusivos para las mujeres, todo eso era un escándalo en Lauros. Cuando mi hermana pequeña comenzó a sacar malas notas y el tutor le sugirió a mi madre que convendría llevarla a un psicólogo, mi madre me llamó aparte:

–Alberto, como se entere alguien del barrio de que tu hermana necesita psicólogo, fíjate que te mediomato.

Mi madre tenía razón al querer “mediomatarme”: al psicólogo podían ir los de Sondika o los de Derio o los de Bilbao, pero si en Lauros alguien se enteraba de que el tutor le había recomendado un psicólogo, mi hermana iba a coger fama definitiva de loca, pues en Lauros casi todos pensaban, y yo mismo participaba de ese pensamiento, que al psicólogo sólo iban los que estaban locos, y mi propia madre tuvo tal reacción de rechazo ante esa idea que el tutor, dándose cuenta del agujero en que se había metido, se echó atrás:

–No se ponga así, por dios, sólo era una sugerencia.

Pero una cosa era que mandaran a tu hija al psicólogo y otra cosa muy distinta es que un laurotarra cogiera su coche y lo lanzara pendiente abajo sin venir a cuento. En la gradación de los escándalos, aquello se pasaba de escándalo. Y allí estaba el coche, a la mañana siguiente, ciento cincuenta metros abajo, hundidas las ruedas en el fango. Nuestro coche. El renault 6 amarillo de los faros cuadrados. Lo había tirado mi padre hasta allí. Mi padre.

Contaba por entonces diez años y era feliz como son felices casi todos los niños, porque tiene algo la infancia de pedestal y disparo primero que permite superar todos los obstáculos, pero este tipo de sucesos te dejan una cicatriz invisible que sale a la superficie más tarde, cuando tienes veinte o treinta años. Recuerdo al día siguiente, cuando llamamos a los vecinos para que nos ayudaran a sacar el coche y Julián acudió a remolcarlo con el tractor, el silencio que nos atravesaba, la sensación de que estábamos viviendo un capítulo esencial de nuestras vidas, un silencio espeso, cortante, un silencio de cien metros de alto que no dejaba de avanzar y sólo era interrumpido por las frases entrecortadas de mi madre, qué vergüenza..., lanzar el coche a la huerta de abajo..., calamidad de hombre..., delante de sus hijos..., todo el pueblo hablando de nosotros..., etc.

Pero nadie preguntó nada.

Mi padre volvió al día siguiente y se sentó a la mesa como siempre. Nadie le preguntó nada.

Mi madre le echó la bronca, mi tío le echó la bronca, llegaron tías mías desde Erandio y Las Arenas y Astrabudua y le echaron la bronca. Pero nadie le preguntó nada. Cuando seis meses después tuvo el colapso que casi acaba con su vida, ocurrió lo mismo: recibió varias broncas mientras permanecía en absoluto silencio, pero nadie le preguntó nada.

Las preguntas esenciales, esto es, las preguntas básicas, aquellas que por el solo hecho de tener el carnet de seres humanos se deberían hacer sin ningún esfuerzo, esas preguntas nadie se las hizo. Estas preguntas:

–Aita, ¿por qué has tirado el coche por la pendiente?
–Aita, ¿qué te pasa?
–Aita, ¿por qué bebes y fumas tanto?
–Aita, ¿por qué parece que ya no nos quieres?
–Aita, ¿por qué te has comportado tan bien hasta los 42 años y ahora haces estas cosas?
–Aita, ¿qué te preocupa?
–Aita, ¿qué necesitas?

Nadie. Pasé treinta años con mi padre y yo tampoco se las hice. Allí nadie preguntaba nada y era imposible hacerlo, porque para eso hacen falta unos presupuestos mínimos, unas maneras de vivir y sentir frescas y abiertas y una sociedad que no castre y persiga la afectividad. Esas condiciones no existían en Astobieta ni en la mayoría de los caseríos que conocí. La gente no hablaba nada. Mi padre hacía seis o siete frases al día como mucho, y sólo con la bebida era capaz de “explayarse” durante tres o cuatro minutos seguidos. Y mi padre estaba en la media; había casos mucho peores que ni siquiera abrían la boca en las reuniones familiares, donde el calor del vino y el whisky conseguía encender hasta a los más mudos. Nunca me olvidaré de la conversación que mantuvo mi tía de Erandio con Iñaki, de Udazkena, cuando su mujer Eunate había dado a luz:

–Hombre, Iñaki, ¿qué tal está Eunate después del parto? ¿Estará contenta, no?
–Ah, no sé. Pregúntale a ella.
–Bueno, pero tú eres su marido, algo sabrás, ¿no?
–Ah, yo en lo suyo no me meto. Yo a lo mío.

La diferencia se notaba sobre todo cuando íbamos a Tobes y Rahedo, el pueblo burgalés de mi madre donde brillaba el alegrismo y la palabra fácil. Allí alucinaban con las pocas palabras de mi padre y sobre todo con las ningunas de mi tío Hilario:

–Alberto, ¿le pegáis a vuestro tío Hilario?
–¿Cómo?
–Que a ver si le pegáis, porque no habla nada.
–Ah, ja, no, él es así.
–Pero..., ¿sabe hablar?
–Ja, claro, en Lauros hay mucha gente como él.
–¿Cómo? ¿Más gente? No me lo creo.
–Sí, en serio, hay muchos.
–Pues qué triste, ¿no?
–Bueno.

No se habla, se ocultan las emociones, todo se guarda para dentro, y eso no está visto como un problema sino como una idiosincrasia de la que hay que estar orgullosos. Existen además unas personas que viven en Bilbao y desde allí escriben unos libros así de gordos, libros que festejan la parquedad esencial del vasco y condenan todo tipo de hacia afuera como síntoma de mentira, mal gusto, exhibicionismo, charlatanería y, en resumen, sospecha de españolidad. Y luego, cuando aparece alguien y lanza el coche hacia no sé dónde, todos miran para otro lado, porque se da por hecho que todo lo malo proviene de la ciudad, la ciudad es el verdadero enemigo, la sentina de las miserias, el centro de las enajenaciones y lo forastero, y en cambio el caserío y el aldeano son puros, perfectos, quintaesenciados, protovascos, matriarcales y blablabla.

Lanzó el coche contra los sembrados. Era increíble. Seis meses después estuvo a punto de morirse. Salió del hospital de Basurto con los ojos dalinianos, fuera de sus órbitas, como pintados aposta por un dibujante de cómic. A partir de ahí dejó de fumar y ya sólo bebía demasiado una vez cada quince o veinte días, pero conservó durante los dos años siguientes esa mirada penetrante de hombre que parece forzar la mirada. Era la mirada de un hombre desquiciado que asume su derrota pero no se arrepiente.

El Partido le cogió miedo. Sus cuatro o cinco cabecillas visibles intentaban evitarlo y se iban de los bares nada más verlo. Coincidía además que mi padre era fortísimo, muy fibroso genéticamente, capaz aún de levantar dos sacos de cemento Lemona a sus cincuenta años, tan fuerte y seguro de su fuerza que las tres peleas que le recuerdo habían constado de un sólo puñetazo, el que atizaba él, y era mejor tenerle bien alejado. Además, si ese hombre se había atrevido a lanzar el coche contra sus propios sembrados, ¿adónde no iría a llegar?

Así fue como se convirtió en el malo oficial, más malvado si cabe que antes. Recuerdo muy bien cómo rompía a reír cada vez que los del Partido se iban de los bares, y cómo, justo cuando pasaban al lado de él, les decía en voz baja “cobardes”. Era un cobardes dicho con la erre muy marcada, mirándoles fijamente, buscándoles, cobarrrrrrdes, mientras ellos tomaban camino de la puerta apartando la mirada. Era un cobardes especial. Aunque pasen cincuenta años, aunque me lo pronunciaran de un millón de modos distintos, yo sabría distinguir la manera exacta como la decía mi padre.


domingo, 13 de mayo de 2018

Póngame ocho o diez chiquitos mientras van llegando los amigos


Mi padre era alcohólico, xenófobo y machista.

Nunca se acordó de mi cumpleaños. Me llevaba a cortar lechugas y a coger pimientos en los invernaderos de Lezama o Larrabetzu y a la vuelta, con el coche cargado con la verdura que luego revendíamos en el Mercado de la Ribera, entraba en cualquier bar y le decía al camarero:

–Póngame ocho o diez chiquitos mientras van llegando los amigos. Y un kas de limón para el crío.

Nunca me hizo un solo regalo. Cuando en la televisión emitían los documentales de Rodríguez de la Fuente o los de fauna salvaje adquiridos a la BBC, se quedaba mirándolos con un interés desusado, como si fueran personas los animales que aparecían en la pantalla, y de pronto me decía medio en broma y medio en serio mira, esa leona se comporta igual que tu madre, lo que ha hecho esa cierva es lo mismo que hace tu prima la de Erandio, y como yo me reía al escuchar estas cosas sobre mi madre o mi prima, de pronto cambiaba el semblante y me decía muy firme:

–¿Te ríes? ¿Qué crees tú que son las mujeres salvo animales? Tú intenta entrar en razones con las mujeres, a ver adónde llegas.

Y como era pasmosamente detallista en algunas cosas y hasta divertido, de pronto volvía a desenfadarse y, con una sonrisa de medio lado, me matizaba alguna imagen:

–Mira ese leopardo, el mal genio que tiene, cómo se parece a tu hermana Nekane, hasta de cara se parece un poco.

Nunca me preguntó por mis estudios, si aprobaba o suspendía, si pasaba o no de curso y con qué calificaciones. Me llevaba con él a la feria de ganado de Mungia y me hablaba de la longitud de las patas de las vacas, la leche que podía dar cada una de las razas vacunas, de qué forma adivinar la envergadura y peso que podía alcanzar un novillo de dos meses cuando llegara a su edad adulta. De vuelta parábamos en algún bar y decía al camarero:

–A ver, ocho o diez chiquitos mientras van llegando los amigos y un kas de limón para el crío.
–No tenemos kas.
–Pues una fanta.

Nunca me llevó al cine o al fútbol. Tampoco al circo o al teatro. Consideraba a los negros, los moros, los gitanos y cualquier persona de piel mestiza como seres inferiores, aunque simpatizaba con ellos porque, como decía, “bastante tienen los pobres con llevar esa desgracia”. A los españoles los veía totalmente incapaces de levantar piedras o jugar a pelota mano:

–No pueden. Ponle a un español a levantar una piedra y verás que no puede.
–Qué tontería, aita.
–¿Tontería? ¿Por qué crees que los españoles no levantan piedras? ¡Porque no pueden! ¡Se fatigan!

La sola perspectiva de imaginarse a un español levantando piedras le hacía revolcarse de la risa y, aunque a mí me ponían enfermo esos arranques de racismo y me multiplicaba en su contra cada vez que se los escuchaba, él no se arredraba sino que se crecía:

–¿Un español levantando piedras? ¿Te das cuenta de la sinsorgada que estás diciendo? ¡Cómo va a levantar piedras un español, si es inútil total para eso! No vayas diciendo esas cosas por ahí, te lo pido por favor, porque te van a tomar por tonto completo.

Nunca me preguntó por mi relación con Iratxe, de dónde era, cuántos años tenía, nada. Con los que él llamaba “españoles” no guardaba ninguna animadversión sino al contrario, sobre todo con los andaluces. Su pasión por Andalucía era muy grande; cada vez que aparecían en la televisión Rocío Jurado o Fran Rivera o Jesulín de Ubrique o Carmina Ordóñez o Lola Flores o Antonio Gala o Isabel Pantoja u Ortega Cano, se quedaba pasmado ante sus palabras o ante su arte, sobre todo ante lo que llamaba su “mucho corazón”, y, comoquiera que incurría en el tópico de relacionar a España con lo andaluz, a veces solía decir:

–No cabe duda de que ser español es cosa grande. Ya me hubiera gustado a mí ser español...
–¿Y por qué no eres español? –le preguntaba yo.
–Porque soy vasco.
–¿Y por qué eres vasco?
–¡Porque soy vasco!

No había manera de sacarle de esa concepción racial: él era vasco y sólo vasco por la única razón de que era vasco. Pero de los vascos, con todo, no guardaba muy buena opinión: le parecían torpes, cobardes y salvajes. Solía repetir muchas veces, ya en el colmo de la resignación, que los vascos siempre votarían al Partido porque “el vasco no da para más”. Cómo sería la desconfianza que guardaba con ellos que, admirado ante la estructura de Astobieta, se pasaba los minutos estudiando la disposición de sus vigas y me decía:

–Este caserío..., ¡el talento con el que está levantado este caserío! Imposible que lo hayan hecho vascos.
–Ya estás diciendo tonterías, aita –le respondía yo–. Lo habrán levantado los chinos, no te jode.
–¡Vascos imposible! ¡El vasco no tiene tanto talento!

Nunca se interesó por los resultados o los goles que había marcado en mis partidos de fútbol, tampoco me preguntó si quería ir a la universidad o qué carrera quería escoger. Así era mi padre. Recuerdo la primera vez que pidió al camarero que le pusiera ocho o diez chiquitos mientras iban llegando sus amigos, con qué expectación esperé a que fueran llegando esos amigos. Cómo después fuimos a otro bar donde volvió a repetirse la escena y tampoco aparecieron sus amigos. Cómo empecé a comprender con los días y las semanas que mi padre, sus ojos siempre perdidos en un punto, se iba destruyendo mientras bebía uno detrás de otro los vasos de vino destinados a sus amigos, aquellos a los que no había llamado y que nunca iban a llegar.


jueves, 10 de mayo de 2018

Los negros no saben andar en bicicleta


Comencé a dominar las discusiones con mi verbo fácil y estadístico, cuajado de vocablos técnicos y frases subordinadas, y en muy poco tiempo me forjé una reputación de dialéctico terrible y chico superdotado. Los aldeanos empezaron a temerme y ya no se atrevían a publicar con tanta alegría sus historias de astronautas resbalándose por la luna o franceses lanzando jabalíes desde los helicópteros, porque cada vez que abrían la boca sentían una mirada inquisitiva, la mía, que no estaba dispuesta a dar crédito a semejantes fabulaciones. Creo que me cegué, creo que mi vanidad se pasó de vueltas y no calculé el rencor secreto que mi abuso argumentativo estaba incubando entre aquellos aldeanos. Fue cuando perdí, ay, la discusión sobre los negros en el caserío de mi tío Bernabé.

En aquel tiempo, finales de los ochenta, la Real Sociedad de fútbol decidió acabar con una tradición por la que se nutría tan solo de jugadores vascos y comenzó a contratar extranjeros. Las últimas fugas de jugadores al Barcelona y al Athletic de Bilbao estaban en el centro de la medida. Los aldeanos consintieron el fichaje de Aldridge y más tarde el de Richardson, pero quedaron conmocionados cuando la Real anunció la compra de Dalian Atkinson. El caso es que Atkinson era negro.

En la comida anual a la que nos invitaba mi tío Bernabé en la erandiotarra Goiherri con motivo de la matanza del cerdo, no se habló ni de americanos ni de rusos ni de Fidel Castro. Aquel año los negros fueron el tema monográfico. Creo que nunca escuché más barbaridades juntas en una mesa.

–El negro –comenzó mi tío Bernabé– no quiere ni oír hablar de zapatos. El negro va descalzo. Tú le compras al negro las mejores zapatillas y es en balde. Ni drogado se deja poner las zapatillas. Antes te mata.

–El negro de América –decía mi tío Txomin, el americanófilo, que siempre conseguía arrimar el ascua a su sardina– es cosa grande, pero el negro de África no tiene más que ignorancia. No sabe ni las cuatro reglas. Según tengo oídas, Toshack le tiene que decir a Atkinson cinco veces por partido dónde está la portería contraria, porque se le olvida.

–El negro es salvaje –decía mi padre–. El negro es una mezcla de hombre y de mono. Eso está escrito. Así nos decía la maestra en la escuela.

Yo me multiplicaba ante aquellos ataques. A mi padre le dije que las tonterías que contaba en los años cuarenta una maestra franquista no tenían mayor credibilidad; a mi tío Txomin le recordé que el negro americano procede de África y que los estudios científicos serios niegan que ninguna raza sea genéticamente más inteligente que otra, y a mi tío Fermín también le di lo suyo:

–Tío, por favor, no creas que todos los negros viven en tribus como en las películas de Tarzán o corren descalzos como Abebe Bikila. La mayoría de los negros africanos son pobres, pero viven en ciudades y van calzados.

Pero era en vano, y para colmo las vías de agua se me multiplicaban. Ahora era el turno de mi primo José Antonio, que sólo tenía cuarenta años pero ya apuntaba las maneras de sus padres. Mi primo sostenía que el Real Madrid, el Barcelona, el Liverpool y la Juventus tenían cientos de ojeadores en África con el solo propósito de reclutar nuevas estrellas mundiales:

–Según se ve –aseguraba–, están allí como si fueran turistas y se esconden con un cronómetro detrás de los matorrales. Cuando ven a los negros correr detrás de los búfalos, ¡zas!, ponen en marcha el cronómetro y les miden la velocidad. A los más rápidos los contratan y se los traen aquí. Esto es cierto.
–Pero… –decía mi tía Carmen–, ¿el negro tiene ganas de venir aquí, con el frío que hace?
–¿El negro? Al negro le enseñas un poco de chorizo o un plato de porrusalda y se viene contigo al acto. Se pone tan nervioso que ni se despide de la madre. ¿No ves que allí no hay más que hambre?

Yo me desesperaba, pero no por ello abandoné mi vía argumentativa. Negué que los mejores futbolistas negros procedieran sólo de África, sino del Surinam, la Guayana francesa o los barrios pobres de Amsterdam, donde el Ajax había formado la mejor cantera del mundo. También negué que los negros corrieran detrás de los búfalos, al menos en África, y que todos ellos fueran obligatoriamente veloces.

–¡Cómo que el negro no es rápido! –me respondía mi tío Dámaso, hasta entonces en silencio–. ¡El negro es como la electricidad! El negro, fíjate lo que te digo, es capaz de sacar un córner y rematarlo. ¡Mecagüen sos! ¡Saca el córner y lo remata él!

Comencé a sentirme desbordado, pero lo peor estaba por llegar. Fue cuando mi tío Bernabé, el anfitrión, recuperó la palabra y dijo con mucha seguridad:

–El negro no sabe andar en bicicleta. Eso está demostrado.

Nada más escuchar tamaña estupidez me dispuse a contestar, pero mi tío Bernabé advirtió mi ademán y se adelantó:

–¡Alberto! Responde a esta pregunta: ¿has visto algún negro en bicicleta?

Se hizo el silencio y todas las miradas se posaron sobre mí. Yo intenté recordar los negros que había visto por televisión, pero por más vueltas que le daba no me venía ningún negro en bicicleta. Recordaba a los colombianos Lucho Herrera, a Fabio Parra, a Farfán, que eran algo mestizos, pero no recordaba ningún negro-negro. A todo esto, los segundos pasaban y los rostros de los comensales comenzaban a perder su confianza en mí. Estaba perdiendo el debate.

–Bernabé tiene razón –exclamó al fin mi tío José–. Yo tampoco he visto nunca un negro en bicicleta.
–Yo tampoco lo he visto –dijo mi padre–. Eso es cierto.
–Yo tampoco –dijo el tío Dámaso–.
–¿Negro en bicicleta? –se preguntaba mi prima Maite–. Yo no.
–Yo tampoco –decía José Antonio.

Hasta mi madre se puso de su parte y dijo que ella tampoco había visto nunca un negro en bicicleta. Yo seguía en mi asiento, impotente, estrujándome la cabeza, y en la mirada satisfecha de Bernabé y en la de los otros pude advertir mi derrota. Se desató la algarabía. Me habían ganado.

Aquel fracaso me hizo pensar mucho. ¿Cómo no había sido capaz de defender con éxito una causa tan obvia? ¿Cómo me había dejado derrotar por aquellos racistas galopantes? Sí, es cierto que no había visto un negro en bicicleta, igual que no había visto un negro a caballo o a un negro bebiendo coca-cola: creo que fue a los dieciséis o diecisiete años cuando vi con mis propios ojos, en la calle San Francisco de Bilbao, los primeros negros de mi vida. El problema no era ese: el problema era que yo me empeñaba en imponerme a aquellos aldeanos por la vía demostrativa, llenando todas mis intervenciones de frases, nombres, estadísticas y otros fárragos, mientras que ellos se dedicaban solamente a fabular. Eran mucho más eficaces y sugerentes sus historias de negros descalzos y ojeadores del Real Madrid escondidos con el cronómetro detrás de los matorrales, aunque no fueran ciertas, que todas mis estadísticas somníferas sobre el número de jugadores negros que sacaba anualmente la cantera del Ajax de Amsterdam, aunque fueran ciertas.

Concluí que las discusiones no se ganan con argumentos sino con fascinaciones. El Lauros viejo se había cobrado una victoria aquel día sobre el Lauros incipiente, pero había tomado nota.

No me iban a ganar más.


miércoles, 2 de mayo de 2018

El Partido


El Partido dominaba también en Sondika, en Mungia o en Bilbao, pero allí sólo era un partido en minúscula que se ceñía a lo político. En Lauros, en cambio, el Partido extendía su férula hasta convertirse en la única sociedad posible. El cura era del Partido, los monaguillos eran del Partido, el veterinario era del Partido, el alguacil era del Partido, el entrenador de fútbol era del Partido, los desafíos deportivos los regulaba el Partido, las chocolatadas y las fiestas las organizaba el Partido, los homenajes los montaba el Partido y para el Partido. Si querías abrir un negocio debías preguntar al Partido y también para cerrarlo, para hacer una obra y para no hacerla, para vender un terreno y para no venderlo. Mi tío Hilario me instaba a afiliarme:

–¿Ya te has afiliado al Partido?
–¿A qué partido, tío?
–A qué partido va a ser. Al único que hay.
–Todavía no.
–Sigue así. Luego no te quejes si te quedas en el paro.

Cuando llegó la democracia, el Partido se movilizó para ganar las elecciones. Esperaba arrasar y lo hizo. Pero entonces sucedió algo imprevisto y extraordinario que iba a recordar toda mi vida: mi padre decidió votar a UCD. No se conformó solamente con votarlo, sino que lo fue extendiendo por los caseríos de Lauros:

–Pues yo voy a votar a Suárez.

Aquello era un escándalo. En esos tiempos, antes de que Lauros comenzara a poblarse de chalets, todos votaban al Partido. Siempre salía algún hijo descarriado que votaba a Herri Batasuna o a Euskadiko Ezkerra, pero esa era la travesura máxima que se podía tolerar. A nadie se le pasaba por la cabeza votar español.

Pronto comenzamos a recibir visitas en Astobieta. Todos querían convencerle.

–Pero Nicasín, ¿sabes bien lo que estás haciendo?
–Pero Nicasín, ¿te has vuelto mal de la cabeza?
–Pero Nicasín, ¡así no se levanta Euskadi!
–Pero Nicasín, ¿te pones a favor del maqueto?
–Pero Nicasín, ¿el de fuera vale más que el de aquí?

Mi padre había cruzado la raya. No era la primera vez. En el año 1964 se había plantado delante de mis abuelos para decirles muy firme que se casaba con una burgalesa. O ésta o ninguna, debió decir, y aquello fue Stalingrado. ¡Casarse con una española! ¡Un Basterrechea! Varios de sus hermanos dejaron de hablarle y mi tía Avelina, que vivía en Las Arenas y había llegado a dieciocho en el conteo pormenorizado de apellidos vascos, tomó el coche y se vino hasta la misma Astobieta:

–Nicasín, te lo pido por favor, mira que vas a cortar el árbol genealógico.
–¿El árbol qué?
–El árbol genealógico.
–Bah. Mientras no corte algún pino…

Con mi padre no valían ruegos y avisos, lo mismo para casarse que para votar: se crecía cada vez que le llevaban la contraria. Suárez les daba mil vueltas a todos, gritaba, los demás líderes sólo eran txoriburus y ganorabakos. Ni siquiera atendió a mi madre, la burgalesa, que naturalmente votó al Partido.

Las elecciones se celebraron finalmente, el Partido ganó con gran diferencia y mi padre votó a UCD. Durante algunos años, al menos hasta que Adolfo Suárez dimitió como presidente del gobierno, en Lauros se obtenían más o menos los siguientes y asombrosos resultados: 150 votos para el Partido, 12 para Herri Batasuna, 6 para Euskadiko Ezkerra y 1 para UCD.

De aquel detalle de rebeldía pronto comenzamos a notar los efectos. En las misas de la ermita de San Miguel, mi hermana y yo nos sentábamos solos. Nadie nos hablaba. Nunca me ofrecieron ser monaguillo; debo ser el único de Lauros que nunca lo fue. Tampoco nos invitaban a participar en las fiestas. Ni a las chocolatadas. No existíamos. Éramos los apestados. El Partido nos aislaba.

El Partido.

El PNV.


La misión


No recuerdo la fecha exacta en que mi padre me habló por primera vez de la misión, quizá fuera un lunes o viernes de pelota o boxeo en la Euskal Telebista, o quizá un sábado de liga o un miércoles de partido europeo de Champions League, pero recuerdo muy bien la insistencia y solemnidad con que me lo repitió en los tres últimos años de su vida, cuando sintió que la muerte se acercaba a pesar de la opinión contraria que sostenía su médico de cabecera, Nicasio, antes me voy a morir yo, respiras como un búfalo, tú nos entierras a todos, etc. Cuando nos quedábamos solos viendo el fútbol o los combates de Boxeo Izarrak o los partidos de pelota a mano que duraban hasta la madrugada, a mi padre le bastaba la mínima calentura del alcohol para volverse a mí y comenzar con su habitual cantinela de lo importante que era para mi futuro evitar a los amigos. Su oposición a la amistad era uno de los pocos consejos que me repetía desde pequeño: para ser bueno y honrado, me recalcaba, no se puede tener amigos. Fue por aquellas fechas, comienzos de 2001, en aquellas charlas forjadoras y cruciales en que imitábamos a Ulises y a Telémaco, cuando dejó de lado sus diatribas contra la amistad y pronunció por primera vez la palabra que acabaría cambiando mi vida:

–Cuando yo muera, recuerda que tienes una misión.
–¿Qué misión?
–Una misión.
–¿Pero qué misión?
–Una misión.

Nunca me explicó el contenido ni los detalles de aquella misión. Durante los tres años siguientes, apenas bebía un vaso de vino o sorbía un poco del whisky que le gustaba echar en una tacita blanca de café, ponía los ojos duros y volvía con gravedad sobre la misión que estaba obligado a cumplir. Por más que le instaba a las precisiones, mi padre se callaba y fingía beber de la copa de whisky o, acorralado y hastiado ante mi insistencia, perdía los nervios y gritaba:

–¡Una misión! ¿No sabes lo que es una misión? ¡Qué cojones te han enseñado en la Universidad! ¡Una misión!

Todavía en el hospital de Cruces, pocos días antes de morir a causa del cáncer de pulmón que lo venía destruyendo desde años antes, mi padre me abundó sobre lo equivocado de tener amigos y volvió sobre la misión que debía desarrollar en Madrid, pues entonces ya le había confesado que deseaba venirme a la capital. Aquella fue la única vez que mi padre añadió algo nuevo:

–Yo no voy a salir de esta cama, pero recuerda que tienes una misión.
–Ya lo sé, aita.
–Y recuerda que en Madrid también manda el PNV.
–¿Cómo?
–En Madrid también manda el PNV. Acuérdate bien de esto.

Mi padre murió el 22 de enero de 2004 y a su muerte me comporté con la habitual frialdad que suelo mostrar en los momentos tristes o luctuosos, en los que nunca logro llorar y me comporto con asombrosa indiferencia ante las personas que aún consiguen hacerlo. Aquella misma noche, sin embargo, a la vuelta a casa, me ocurrió algo extraordinario que no me ha cesado de suceder hasta hoy: en lugar de sentarme en la cama como acostumbraba, me dio por sentarme en el suelo y me puse a escuchar durante horas el sonido de mi respiración. Es un sonido increíble, especial, muy distinto al que escuchaba antes de morir mi padre. Es una respiración extraña.

Es una respiración entrecortada, ansiosa, arrítmica.

Es una respiración como de alguna inminencia.

Es una respiración como de un hombre salido de sus quicios.

Es una respiración como si mi interior ocultara una verdad terrible que no consigo descifrar.

Con esa respiración alquilé una Fiat Iveco en la empresa National Atesa y partí un lunes de octubre hacia Madrid llevando mil euros en el bolsillo, sólo diez meses después de la muerte de mi padre. En el camino paré en el cementerio de Loiu, al que no había vuelto desde el entierro, y, comoquiera que estaba cerrado, salté la verja para llegar al nicho que estaba decorado con un ramo de rosas lacias. Allí estaba. Mi padre.

Nicasio Basterretxea Etxebarria (1936-2004)

Aquella fue la primera de las tres veces que he llorado en los últimos siete años, todas por mi padre, pero nunca lloré tanto y tan largo como en aquella ocasión, arrodillado en la grava del cementerio. Camino de Madrid seguía llorando ante la mirada estupefacta de mi perro Argi, el perro pastor vasco que me acompañaba en el asiento delantero y con el que viajaba solo. La noche anterior había discutido con Iratxe:

–¡Te he dicho que no te acompaño a Madrid! ¡Estás loco!
–Iratxe...
–¡Alberto! ¡La gente se muere! ¡Es ley de vida! ¡Los que se quedan sufren pero lo acaban superando! ¡Te has vuelto loco con la muerte de tu padre y no pienso ayudarte en tu locura!

El 18 de octubre de 2004 entré en Madrid por la autopista A-1 y me puse a vivir en el número 16 de la calle Mira el Sol, un piso de 17 metros cuadrados por el que pagaba 390 euros mensuales de alquiler. Nada más llegar me senté en el suelo y lo primero que hice fue escuchar de nuevo y con el mismo placer del principio el sonido brutal de mi respiración. Es una respiración inexplicable.

Es la respiración de alguien que tiene miedo y está orgulloso de tenerlo.

Es la respiración de alguien que se siente incapaz de nada y capaz de todo.

Es la respiración de un hombre en trance.

Es la respiración de alguien superado por los acontecimientos.

Es una respiración que me empuja a sacrificarme, que me llena de violencia y fantasía, que me dice: “Haz”, “Entrégate”, “No te rindas”, “Adelante”.

Iratxe cambió de opinión al de dos meses y se vino a Madrid para unirse a mis desquiciamientos, pero en los años siguientes comenzó a contemplar con tristeza que sus temores se iban cumpliendo y que yo había emprendido una operación de aniquilamiento del pasado. Cuando en 2008 me llegó la comunicación de que mi tío Hilario había muerto y me correspondían 9000 euros de herencia, no lo dudé: me trasladé con Iratxe a una notaría y rechacé no solo esa herencia, sino también las otras más grandes que me correspondían en el futuro. Me sentía obligado a cortar todos los lazos. A cerrarme todas las salidas. En la notaría, los impresos para rechazar herencias no aparecían y un empleado se creyó obligado a presentarnos excusas:

–Miren, a esta notaría viene mucha gente a reclamar herencias, pero que venga alguien a rechazarlas es algo que no nos había ocurrido desde hace año y medio.

A la hora en que comienzo a escribir estos recuerdos, Argi está muerto e Iratxe, después de aguantar mi cara de túnel con paciencia digna de encomio, acabó abandonándome después de diecisiete años. Tampoco tengo ni un solo amigo y no porque haya querido seguir a rajatabla los consejos de mi padre, sino porque tomarme en serio a una persona de ciudad es algo de lo que hasta ahora no he logrado persuadirme. Por otra parte, no sé nada de mi madre y mis hermanas, las cuales no conocen desde hace tres años ni la dirección de mi domicilio ni mi número de teléfono, y yo mismo no sé ni quiero saber nada de ellas, si están vivas o están muertas, qué más me da. Hasta mi propio nombre, Alberto, ha sido destrozado y sustituido por otro, Batania, que he creado e interiorizado de tal manera que hoy en día, lo mismo cuando sueño dormido o despierto, nunca me dirijo a mí como Alberto sino como vamos, Batania, adelante, Batania, no tengas miedo, Batania.

A veces siento que mis comportamientos de estos años son monstruosos y tengo algún amago de sentirme culpable, pero me basta para superar la tristeza con entrar en mi habitación, apagar la luz y volver a sentarme en el suelo, como hago desde hace siete años, para pasarme tres o cuatro horas a oscuras totalmente absorto en mí mismo, escuchando con pasión mi forma de respirar.

Es la respiración de un loco que cambió el pasado por el futuro.

Es la respiración de un hombre que aún no se ha resuelto.

Es la respiración de alguien que no se pertenece.

Es la respiración de un hombre aplastado por el recuerdo de un muerto.

No hago responsable a nadie. Soy yo el que ha elegido con precisión y frialdad mi manera de destruirme. Ni siquiera soy consciente de ser feliz o ser desgraciado y me da igual: ¿qué me importa ya la felicidad a estas alturas de muerte? Lo único importante es que mi padre ha desaparecido y todo lo que soy, el hombre susto en que me he convertido, se lo adeudo a él. Debo hacerle un homenaje.


Debo cumplir la misión.


sábado, 5 de agosto de 2017

Mil bombarderos por minuto


A los catorce años me levantaron el veto de la minoría de edad y comencé a participar en las conversaciones de alta política de los mayores. La primera prueba llegó en la comida que se celebraba en las fiestas patronales de San Miguel. A la hora del postre y el café, se debatió sobre quién ganaría una guerra entre americanos y rusos. La discusión era un clásico de todos los años. La comenzaba mi tío Txomin, el americanófilo:

—El americano está preparado. En cuanto llegue la guerra, el americano cierra las empresas, las escuelas y hasta suspende el campeonato de béisbol. ¡Todos a fabricar bombas! ¡Látigo! Lo mismo los niños que las mujeres. ¡Bombas a punta pala! ¡Doscientos cincuenta millones de personas trabajando de lunes a domingo en dos turnos de doce horas! ¡Mil bombarderos por minuto!
—Muchos bombarderos por minuto me parecen —le contestaba Dámaso, el rusófilo—. Que tengan cuidado con tantos bombarderos, porque no van a caber en el cielo.
—¡Se ancha el cielo si es necesario! —se sulfuraba Txomin—. El americano no se para. ¿Hacen falta un millón de fusiles para el jueves? Se hacen un millón de fusiles para el jueves. ¿Hacen falta cien mil carros de combate? Ahí tienes tus cien mil carros de combate. Sin fallo. Tecnología californiana. En un día.

Yo esperaba mi oportunidad. Me había preparado para esa fecha como para un examen, aunque debía esperar a las intervenciones de los mayores. Ahora era el turno de mi tío Dámaso, el prorruso. Dámaso comenzó recordándonos la bañera a treinta grados bajo cero en la que metían, nada más nacer, a todos los bebés rusos. Luego entró en detalles:

—El ruso se ríe de las bombas. Según se ve, esto está demostrado, el ruso puede caminar sesenta kilómetros al día sin comer nada. Nada. Ni un poco de chorizo. El ruso está enseñado. No siente el dolor. Y tienen a Siberia…

Aquí, en el momento en que citó “Siberia”, Dámaso recurrió a uno de sus trucos de orador: se levantó, fue hasta la puerta, se aseguró de que estuviera bien cerrada, y luego, al volver a sentarse, bajó la voz hasta extremos casi inaudibles:

—Nadie sabe lo que hay en Siberia. Nadie. Ni el mismo ruso lo sabe. No hay mapas. Según tengo entendido, allí no puedes alejarte un metro de tu casa. Algunos rusos han salido en busca de un poco de leña y no han vuelto más. Nunca se encontraron sus cadáveres. Esto es cierto. El americano puede llegar a Moscú, pero en cuanto llegue a Siberia…, ¡mecagüen sos! ¡Adiós John Wayne! ¡El fin de América!

Y dibujaba un panorama catastrófico, donde los bombarderos americanos avanzaban triunfales por territorio ruso hasta que alcanzaban Siberia. Allí empezaban a fallar las comunicaciones por radio y los pilotos, enloquecidos, se precipitaban contra el suelo o acababan disparándose entre ellos hasta hacer, como él decía, “mermelada de americanos”. Pero entonces mi tía Águeda dijo:

—A mí me gustaría saber qué opina Alberto sobre esto.

Era mi momento. Me sentía como en la primera comunión. Todos me escuchaban con esa sonrisa condescendiente que ponen los mayores con los que se estrenan. Venía precedido por mis ristras de sobresalientes en la EGB y por una fama de niño mágico que ya leía los editoriales de los diarios con sólo nueve años. Pero había que demostrarlo. Hablé:

—Para empezar, entiendo que la guerra se desarrollaría de acuerdo a la Convención de Ginebra y se efectuaría con armamento convencional, porque, en caso de guerra nuclear, tanto los estadounidenses como los soviéticos poseen arsenal suficiente para destruir varias veces el planeta. En una hipótesis atómica no ganaría ninguno de los dos, sino que vencería la muerte y desaparecería la humanidad. Partiendo de que la guerra se desarrollaría con armamento convencional, la Unión Soviética dispone de mayor arsenal bélico, mayor número de aviones de guerra y superioridad espacial; los Estados Unidos, en cambio, disponen de superioridad marina y tecnológica. El ejército de la Unión Soviética está formado por cinco millones de soldados frente al millón y medio de los Estados Unidos, pero estos están mejor equipados y entrenados. También habría que considerar las alianzas: los Estados Unidos contarían con la OTAN, la mayor organización militar del mundo, muy superior a los países que conforman el Pacto de Varsovia, pero no hay que olvidar que países con la importancia geoestratégica de China, Cuba, Nicaragua o los que integran la Liga Árabe actuarían en favor de los intereses soviéticos. Se debe tener en cuenta también lo difícil que sería para los dos países la ocupación del territorio enemigo: los Estados Unidos jamás han sufrido la presencia de tropas extranjeras desde que lograron la independencia, salvo una estadía coyuntural del ejército francés en el siglo XIX, y tuvieron el acierto de comprar Alaska a los zares hace un siglo, territorio que les protege de una posible incursión por el Estrecho de Bering. Los soviéticos, por su parte, poseen un territorio inabarcable, casi diez veces mayor que el de su enemigo, y cuentan con el general invierno, factor contra el que se estrellaron Napoleón, Carlos XII o Hitler. La guerra, en definitiva, sería larga, costosa y, ganara quien la ganara, sólo traería el debilitamiento de los dos países en favor de Japón, Alemania o China, que se postularían como las nuevas superpotencias.

Me callé. Todos me miraban de hito en hito. En sus miradas comprobé el impacto tremendo que había causado. Nadie hablaba. Sólo mi primo Aitor se atrevió a decir una palabra, una sola:

—Ostras.

De pronto se armó el gran revuelo. Mis tías comenzaron a felicitarme. Ya me veían de conferenciante, de estadista, de capitán del mundo. Al otro lado, mi tío Txomin y mi tío Dámaso no decían nada. Estaban avergonzados, humillados. Sólo al final, no pudiendo resistir mi victoria, el tío Txomin dijo:

—Si hubiera tenido las oportunidades de este chico, quién sabe qué personalidad no habría sido yo. Un Churchill, por lo menos. Un Kissinger.

La modernidad caía a plomo sobre ellos. Y la modernidad era yo. Todos los saberes mechados de costumbre y superstición iban a ser aniquilados por mis sucesivas intervenciones en los cafés de aquellas fiestas. La Lauros mágica, el producto de cien generaciones de campesinos, iba a ser aplastada por mis libros de Anaya, Edelvives o el pequeño Larousse que me había comprado por mi cuenta.

Qué feliz era entonces. Me veía como la superación de aquel mundo en derrota. Me creía Dios por dármelas de sabiondo entre aquellos aldeanos que sólo habían ido unos pocos años a la escuela.

Qué tarde aprendí que el único saber posible debe ser creativo.

Qué tarde descubrí que mi única posibilidad de resistencia a la uniformación era la recuperación de mi Lauros mítica. Que mi única posibilidad de ser auténtico pasa por rescatar los mecanismos creadores de aquellos seres geniales.

Qué iba a saber yo entonces.


martes, 25 de abril de 2017

El niño que lloró más alto que el ruido de los aviones y las bombas de Franco


–¡Alberto! ¡Teníamos miedo! ¡Ochenta aviones de Franco bombardeaban Vizcaya todos los días! ¡Miedo! ¿Tú sabes lo que es el miedo?
–Pero tía, una cosa es el miedo y otra muy diferente que os olvidéis del paradero de un niño casi bebé que además es vuestro hermano pequeño.
–¡Qué nos íbamos a acordar, si lo único que pensábamos era en salvar nuestro pellejo!

Cada tres o cuatro años manteníamos en Lauros la misma discusión que empezaba con asombro y reproches y acababa entre el jolgorio general de los participantes, cuando mis tías detallaban entre risas lo alto que lloró mi padre para salvarse, "más alto que el ruido de las bombas y aviones de Franco", en los sucesos que estuvieron a punto de acabar con su vida cuando era un niño de apenas un año. Sucedió en 1937, durante la Guerra Civil, cuando el Cinturón de hierro, fortaleza defensiva que pasaba por Lauros, estaba a punto de romperse por el empuje de las tropas franquistas. La fachada de Astobieta ya había sido ametrallada por la aviación; y meses después habría una batalla de bombas de mano en la misma campa donde vi a mi padre lanzar su primera piña cuarenta y cinco años más tarde. Pero antes del desastre llegaron gudaris a Astobieta con órdenes terminantes: el caserío debía ser abandonado de inmediato.

–Pero tía, ¡todo el mundo se fija en el más débil, hasta cuando se hunde un barco los niños son los primeros a quienes se salva!
–¡Alberto! ¿Sabes que mientras huíamos vimos con nuestros propios ojos cómo caía una bomba y destrozaba un caserío de Umbe? ¡Con nuestros propios ojos! ¿Sabes el ruido que hace una bomba? ¿Sabes lo que es mearse en las bragas? ¿Te ríes? ¡Lo que te estoy diciendo es cierto! ¡Nos meábamos en las bragas! ¡Pensábamos que de ahí no salíamos! ¿Crees que estábamos preocupadas por otra cosa que nuestras vidas?

Sucedió que mis abuelos, horas después de ser conminados por los gudaris, uncieron los bueyes al carro, cargaron de improviso los utensilios más importantes y tomaron dirección a Lejona, donde se les iba a buscar acomodo provisional. Pero después de caminar durante cuatro horas en medio de los bombardeos intermitentes de la aviación franquista y alcanzar el lugar esperado, se dieron cuenta de que no estaban todos: el niño más pequeño, el que había sido colocado dentro del carro mientras dormía, había desaparecido. Ese niño era mi padre.

–Alberto, cómo vamos a enterarnos si tu padre no dijo nada cuando se cayó del carro. Ni siquiera lloró.
–No, si al final va a tener la culpa él.
–¡Pues menos mal que se puso a llorar después, pues nuestro difunto padre nos contó más de cien veces que no lo encontraba y ya pensaba en darse la vuelta!

Mi padre se cayó del carro a la altura de la escuela vieja, a sólo doscientos metros de Astobieta, y de las once personas que iban acompañando el carro, entre mis abuelos, mis bisabuelos y mis siete tíos, ninguna se percató de la falta del niño hasta cuatro horas después, cuando ya habían alcanzado Lejona.

–No tenéis perdón de Dios. Cuatro horas, tía, ¡cuatro horas! ¡Qué vergüenza!
–¡Y otras cuatro que tardó el difunto padre en encontrarlo! Ay, Alberto, si me hubiera caído yo me habría pasado lo mismo. Tú no sabes lo poco que valía la vida de una persona entonces. Como la de una vaca, fíjate lo que te digo. ¿Qué una vaca? ¡Menos que una vaca!

A veces pienso en aquel capítulo y se me quedan los ojos blancos. Lo veo. Esta ahí. Hay un niño de doce meses abandonado al borde de un camino mientras la aviación franquista deja caer alguna bomba, pssssiiiiiiiuuuuuuu, boum, pssssiiiiiiiuuuuuuu, boum. Pasa una hora, dos horas, tres horas, y el niño sigue allí, llorando, pssssiiiiiiiuuuuuuu, boum, pssssiiiiiiiuuuuuuu, boum. Cuatro horas. Cinco. Seis. El tiempo transcurre y todo comienza a ponerse en riesgo: ese niño ya no va a crecer, no va a recoger argoma, no presumirá de que le llamaban Puskas, no se casará con una burgalesa, no beberá, no fumará, no lanzará piñas como un jugador de béisbol, no atacará los consensos establecidos, no tendrá hijos, ningún hijo, yo mismo no existiré, no podré escribir este libro...

Seis horas y media. Siete horas. De pronto llega la hora octava y mi abuelo, que ha vuelto en burro desde Leioa y está a punto de cejar en su empeño, escucha el llanto de un niño entre los sonidos de los aviones y las bombas. Cae entonces la pieza y el dominó se sucede: el niño crece, recoge argoma, se hace albañil, ordeña vacas, se casa con una burgalesa, tiene cuatro hijos, destroza el nosotros hasta hacerse enemigo, bebe, fuma, contrae un cáncer de pulmón, va a parar a un nicho del cementerio de Loiu y justo entonces, cuando al fin se ha hecho el silencio y parece acabada la historia, su hijo varón contrata una Fiat Iveco, viaja a Madrid y se pone a escribir esto, lo que ahora lees, el homenaje al niño que salvó la vida llorando más fuerte que las bombas de Franco.


miércoles, 5 de abril de 2017

Treinta grados bajo cero


El Rey y ETA estaban unidos, los herribatecos y los peneuvistas eran lo mismo, Fraga y Felipe lo mismo: aquellos aldeanos no tenían duda de que el poder político era una mera coraza al servicio de las alimañas empresariales de Neguri. Se comprende que al llegar el 29 de septiembre, fecha de San Miguel, fiestas patronales de Lauros, con toda la familia reunida en número de hasta veinticinco en mi caserío Astobieta, nunca se discutiera a la hora de los postres sobre política vasca o nacional, porque no hace falta discutir donde todos están de acuerdo. Pero otra cosa muy diferente era la política internacional. En política internacional se sostenían discusiones apasionadas con argumentos diversos y hasta golpes en la mesa. Se hablaba de la Thatcher y de Fidel Castro, del hambre de África y de los japoneses, pero el asunto estrella era la rivalidad entre estadounidenses y soviéticos, esto es: los americanos y los rusos.

–El americano –se escuchaba– es cosa grande. Este caserío, por ejemplo, con su hectárea y pico de terreno y su docena de vacas, es un caserío elegante, no digo que no, pero…, ¿qué es para un americano? El americano viene aquí y se echa a reír.

El que hablaba así era mi tío Txomin, que se fue a América en los años sesenta y había vuelto hipnotizado, al punto de que nadie entendía su regreso. Mi tío no trabajó en USA sino en Canadá, pero consideraba que la cercanía le daba derecho a hablar a todas horas de Kissinger, Nixon o Kennedy, a los que tenía por superhombres a cuyo lado políticos como Arzalluz o Alfonso Guerra le parecían “mamarrachos”. Para mi tío Euskadi era una caja de cerillas y España un botijo con faralaes: discutir sobre si éramos vascos o también españoles le parecía hacer el ridículo. Lo único digno era ser americano.

–El americano –continuaba–, si quiere poner una vaquería, compra cinco mil vacas. Menos no compra. Si quiere dedicarse a la siembra de la patata, compra un terreno de aquí a Guernica, porque con Lauros no tiene ni para empezar. En América hay patatales más grandes que toda Vizcaya.

–¿Toda Vizcaya? –se asombraba alguno de mis primos que, como yo, nunca habían salido del Txorierri.

–Más grande. Si vas por California en coche y con el depósito lleno, te juego una cena a que se te acaba la gasolina antes que el campo de patatas. Aquello es la órdiga. Ni una casa, ni una pensión, ni un alma. Sólo patatas. Kilómetros y kilómetros de patatas. Un aldeano americano, él solo, cosecha tantas patatas como para alimentar Bilbao y Baracaldo durante un año.

Aquellas comparaciones numéricas provocaban nuevas controversias, pues todos comenzaban a discutir el número de kilómetros que se pueden hacer en coche con el depósito lleno, o el número de patatas que comen los bilbaínos y los baracaldeses en un año. Algunos hasta pedían papel y bolígrafo para hacer las cuentas exactas. Eran sorprendentes los conocimientos de mi tío Txomin sobre California, él que había trabajado en Canadá. Solía ser por entonces, a esa altura de conversación internacional, cuando surgía una voz entre solemne y avisadora:

–Mucho cuidado con el ruso.

Quien hablaba ahora era la otra cara del folio, el rusófilo de la familia, mi tío Dámaso. Aquel tío no había salido nunca de Lauros, pero poseía una oratoria instintiva y eficacísima que le daba un gran ascendiente en las polémicas sobre alta política. El tío Dámaso alternaba ritmos lentos y silencios prolongados con mímicas varias, frases frenéticas y puñetazos en la mesa. Nadie sabía por qué se había hecho rusófilo.

–Al ruso –comenzaba–, según tengo entendido, nada más nacer lo tiran a una bañera de agua… ¡a treinta grados bajo cero!

Y mientras decía eso, con los brazos en alto, fingía que soltaba un niño desde una altura por encima de su cabeza, de tal forma que yo no sabía qué era más peligroso para el bebé ruso, si el agua a treinta grados bajo cero o el castañazo que se iba a pegar si lo dejaban caer desde tan alto.

–¿Treinta grados bajo cero? ¿Un bebé? ¿Y no se mueren? –se atrevía a decir alguna de mis tías.

–¡Claro que se mueren! –contestaba mi tío como una galerna–. ¡Se mueren a punta pala! Pero un ruso menos…, ¡allá cuidaos! ¡Hay rusos a patadas!

Sostenía mi tío que los rusos que superaban la prueba de la bañera se convertían en hombres inmunes a todo tipo de peligros, radiaciones atómicas incluidas. Esto último siguió repitiéndolo como cosa sabida hasta el accidente nuclear de Chernòbil; a partir de ahí reculó un poco. Tenía una visión muy particular de la Segunda Guerra Mundial:

–Hitler pensaba llegar a Moscú en diez días, pero no conocía al ruso… A la hora de la verdad…, ¡adiós Hitler! ¡Cada soldado alemán tenía cinco rusos metidos dentro del zapato! ¡Mecagüen sos! ¡Cinco rusos en cada zapato!

Y al decir esto se miraba en el zapato y movía el pie como si lo tuviera lleno de escorpiones, con tal apariencia de veracidad que todos los que ocupaban la mesa contenían la respiración y yo mismo sentía cosquilleos desagradables en mis playeras, repletas de rusos feroces por obra de aquel contador magnífico.

Tenía entonces cinco o seis años y no se me permitía abrir la boca en las conversaciones políticas de los mayores, prohibición que no me levantaron hasta los catorce. Ahora que lo escribo me río mucho, pero a esa edad aquellas polémicas me dejaban verdaderos surcos en la cabeza.

Recuerdo una pesadilla que se me repetía por entonces. Me hallaba en medio de un inmenso campo de patatas. No de trigo o de cebada o de maíz, no: de patatas. Caminaba y caminaba buscando una salida, pero se iban sucediendo los días y los meses y nunca conseguía salir. Mi angustia iba creciendo tanto que, al final, me echaba en el suelo y me ponía a llorar, porque entendía que la salida era imposible: me figuraba que el planeta Tierra al completo era un campo de patatas.

Recuerdo otra. Yo era campeón mundial de boxeo. Había retenido el título infinidad de veces. Los negros más grandes y más fuertes habían probado la dureza de mis puños. Me encontraba en el ring, y mi rival era un fideo escuchimizado con el que no tenía ni para empezar. De pronto, sin embargo, el presentador anunció que mi contendiente, Igor Gudianov, había nacido en San Petersburgo, momento en que se me mudaba el semblante y salía huyendo del ring. No se me apartaba de la cabeza, mientras corría muerto de miedo, la maldita bañera de los treinta grados bajo cero por la que habían pasado todos los rusos. Aquella prueba infernal que, según me detalló mi tío Dámaso en una confidencia, “sólo superaba uno de cada tres niños”.


jueves, 23 de marzo de 2017

La Guerra de las Malvinas


No se perdían un solo telediario, al que seguían llamando parte, y al contarme las noticias más sensacionales nunca se olvidaban de referirme el presentador que las había pronunciado, Basterrechea, no sé si te has enterado, los Juegos Olímpicos serán en Barcelona, lo ha dicho Olga Viza, Prosinečki ficha por el Madrid, lo ha dicho Pedro Piqueras, ya hay tres millones de parados, lo ha dicho Elena Sánchez, no les dará vergüenza, etc. También leían muchos periódicos sin fijarse en la fecha: los aldeanos que yo conocí en Lauros daban el mismo valor al periódico de hoy que al de ayer. Era normal encontrárselos sentados en un taburete, a la sombra del portal, leyendo con dificultad un diario de tres meses antes.

–Pero hombre, Jesusín, qué haces leyendo un DEIA del año pasado.
–Qué más da. Todos dicen lo mismo.

En el caserío Etxebarri había ejemplares de La Gaceta del Norte una década después de que ese diario cerrara, y yo mismo pude leer, en ejemplares amarilleados de El Correo Español, todas las operaciones militares de la Guerra de las Malvinas, jornada a jornada, ocho o nueve años después de los sucesos. Los aldeanos leían sólo los titulares, claro, o recurrían a mí para que les leyera algunos editoriales o asuntos de calado, porque la mayoría de ellos no estaban completamente alfabetizados y manejaban un vocabulario de muy pocas palabras.

–A ver, Astobieta, tú que tienes estudios, ven aquí.
–Ya estoy.
–¿Qué significa “replicó”?
–¿Replicó? Como “contestó”.
–¡La órdiga! ¿Y por qué no ponen “contestó”? Estos periodistas..., bah. Sólo saben enredar.

A pesar de este fervor, ninguno de aquellos aldeanos, tampoco mi padre, consideraban las versiones de la prensa o de los telediarios más que como majaderías o comedias fantásticas. Consumían prensa y televisión para estar al tanto de las mentiras del mundo y hacerse una idea proyectada de la verdad, pero tenían a los periodistas como meros transmisores de lo que ellos llamaban “accionistas”. El poder, decía mi padre, no estaba en manos del rey ni del presidente ni de los ministros, sino en manos de los “accionistas”. Si el Athletic de Bilbao marchaba mal clasificado, por ejemplo, no se debía al entrenador ni a los jugadores ni a los rivales:

–Hacen falta accionistas. Gente de Neguri. Un De la Sota, por ejemplo. Que venga un De la Sota y verás qué rápido mejora el Athletic.

Los accionistas que se imaginaban mi padre y otros como mi padre eran seres todopoderosos que compraban los árbitros, pactaban los resultados y ordenaban a los jugadores marcar o fallar los penaltis. Mucho antes de “El show de Truman”, los aldeanos de Lauros que conocí daban por hecho que el mundo era eso: mano en la sombra, feria de títeres, Gran Hermano, pacto entre bambalinas, mentira.

Tenían sus propias maneras de estar informados. Cuando sucedía algo importante, mi padre arrancaba su erre seis amarillo y se iba a Gatika, donde formaba una troika con otros dos aldeanos, o a Lezama, donde nutría un pentágono con otros locos como él. Las conclusiones a las que llegaban tras horas de debate superaban con mucho el realismo mágico. Recuerdo aquella huelga de transportistas que dejó vacíos los anaqueles de los supermercados; mi padre y su consejo senatorial lo tenían muy claro:

–La huelga la ha organizado Eroski.
–¿Eroski? ¿Qué tiene que ver el supermercado Eroski en esto?
–Está claro. La han organizado para vender los yogures atrasados, la verdura que tienen a punto de tirar, la carne, todo. Se están hinchando a ganar dinero.

Esta manera de razonar valía tanto para asuntos internacionales como para asuntos recoletos. Cuando volvieron los jabalíes a Lauros, por ejemplo, después de años ausentes, y destrozaron algunas cosechas, mi padre arrancó el coche, se reunió con su comité de sabios y volvió enseguida con otra explicación estupefaciente:

–Los franceses. Han sido los franceses.
–¿Franceses? ¿Qué franceses?
–Los franceses no nos pueden ni ver a los vascos. Vienen por la noche con helicópteros y lanzan desde el aire culebras, jabalíes, lukis, de todo. El francés. Menudo bicho el francés.

Yo le hacía notar a mi padre que la aparición inesperada de los jabalíes entraba dentro de lo normal, porque son animales que pueden recorrer más de cuarenta kilómetros en un solo día. O que la historia de sus sabios flojeaba desde el punto de vista logístico, pues no hay manera de lanzar jabalíes desde un helicóptero sin peligro de muerte para los animales:

–Coplas –me decía–, no tienes más que coplas. No sé que te enseñan en el instituto.

También creía a pies juntillas que el hombre no subió a la luna. Que Maradona triunfó mientras tuvo a los accionistas de su parte y se hundió en las drogas cuando éstos le abandonaron. Que el Rey y ETA eran amigos: el asesinato de Carrero Blanco era un favor que ETA le había hecho al Rey para que pudiera coronarse sin tutelas de nadie. Esta descacharrante teoría, aunque parezca mentira, era mayoritaria en los caseríos de Lauros.

–No digáis tonterías –les decía yo–. Hace nada ETA preparó un atentado contra el Rey en Mallorca. Hasta han salido fotos del Rey sacadas por los terroristas.
–Y eso..., –me preguntaban–, ¿cómo lo sabes?
–Joder.., –replicaba yo–, lo sabe todo el mundo. Ha salido en los periódicos, en los telediarios...
–¡Ja! –contestaban triunfales–. No nos digas más. Periodistas. Todo mentira. Todo lo tapan.

Así eran aquellos aldeanos increíbles. No podían sufrir la verdad oficial, la verdad que es mezquina y es pequeña y es mentira. Se reunían a la sombra de un castaño en conciliábulos de queso, chorizo y txakolí y se fabricaban su propia verdad, una verdad que también era mentira pero era asombrosa y grande y era propia. Todavía puedo oír el sonido de los vengativos helicópteros franceses lanzando jabalíes nocturnos en los maizales de Lauros. Puedo ver al Rey guiñando el ojo a Artapalo mientras le entrega un maletín colmado de millones. Puedo recordar la rabia que sentí aquella tarde, al ojear en Etxebarri ejemplares antiguos de El Correo Español, cuando supe por primera vez y con ocho años de retraso que los malditos ingleses habían ganado la Guerra de las Malvinas.


viernes, 10 de marzo de 2017

Pasiega


Aquellos aldeanos me inculcaron con tal fuerza la idea de caserío como persona o deidad adorada, que a mi llegada a Madrid no pude soportar que mi piso de alquiler se llamara fría y técnicamente 2º DCHA y decidí bautizarlo con el nombre de Pasiega. Pasiega era una vaca pinta que tuve, una vaca maligna que más parecía un áspid bicorne o un Satán con ubres. Pasiega y yo nos odiábamos.

Mi padre la compró en la feria de Mungia a un ganadero carranzano y uno de los detalles que me molestó desde el principio fue que viniera con el nombre puesto. Entonces yo tenía siete u ocho años y era el encargado de bautizar a las vacas o a los novillos, casi siempre con nombres de actrices, princesas de la revista Hola, presentadoras de la tele o cantantes que escuchaba en Radio Nervión. Bautizaba con nombres femeninos a las vacas de color claro y con nombres masculinos a las vacas de color oscuro, algo que ni el veterinario ni el carnicero entendían:

–¿Cómo se llama la vaca? –preguntaban a la hora de rellenar los formularios.
–Michael Jackson –respondía mi padre.
–¿Michael Jackson?
–A mí no me mires. Es cosa de mi hijo.
–Coño con los hijos, Nicasio. No sé para qué los mandamos a la escuela.

Tuve vacas a las que llamé Mayra, Silvia, Kim o Chicho en honor del programa Un, dos, tres, y otras a las que bauticé con Ana Obregón, Gwendolyne, Chabeli o Bertín Osborne, y también Madonna, Norma Duval, Estefanía, Carolina, Bosé, Lady Di, Ramoncín, Rocío, Tina Turner, Paquirri, Pantoja, Pimpinela o Chiquetete. A una que era muy rápida la llamé Carl Lewis y a otra que era muy grande le puse Perurena. También tuve una vaca muy fea y biroja a la que llamé Elena, como la infanta, algo de lo que me arrepiento, aunque hay que recordar en mi descargo que sólo era un crío y los críos somos crueles, incluso ahora que vamos disfrazados de mayores. También me equivoqué al ponerle Michael Jackson a aquella vaca negra, pero quién iba a pensar entonces que Jackson iba a volverse blanco.

Junto a estas vacas bautizadas por mí, convivían otras que mi padre compraba y que venían con el nombre puesto, como Dorotea, Faustina o la maldita Pasiega, vaca con la que me enfrenté desde el principio. Mi padre lo advirtió enseguida:

–No sé qué le has hecho, pero esta vaca no se fía de ti.

No le había hecho nada, al menos hasta entonces, pero ya nos caíamos mal y no lo disimulábamos. Cuando mi padre me dio un palo de avellano y me ordenó vigilar la línea de ocho o diez metros que separaba las campas de la cuadra de Astobieta, Pasiega fue la primera que comenzó a darme problemas.

A mis vacas no les gustaba pastar. Lo que les gustaba con locura, mucho más que la hierba, era el "birzay", pienso que mi padre mezclaba con pulpa y con harina para hacer un compuesto alimenticio. Por el birzay las vacas perdían la cabeza, las ubres y hasta la cornamenta, pero como mi padre no lo distribuía en los pesebres hasta la una del mediodía, mi función de pastor consistía en evitar que las vacas volvieran a la cuadra antes de esa hora.

Pero Pasiega no estaba por la labor de esperar tanto tiempo. Apenas salía a pastar, ya estaba pretendiendo volver a la cuadra a por el codiciado birzay. Y como enfrente no tenía más que a un pequeñajo de siete u ocho años con un palo raso de avellano, empezó a escaparse todas las veces que quería. La situación cambió cuando mi padre, superados mis dos o tres años de becario, me dio un palo de avellano con punta de acero. Al primer puyazo que le metí en el culo, Pasiega cambió de opinión sobre mí y decidió hacerse más astuta. Ya no pasaba tan tranquila a mi lado, sino que esperaba el más ligero despiste, que yo siempre cometía, para hacer un demarraje y plantarse directamente en la cuadra. Yo le daba siempre algún puyazo de más, pero un día mi padre me sorprendió:

–¡Qué le haces a la vaca!
–Joder, ¡es que siempre se escapa!
–¡El palo hay que utilizarlo poco! ¿No ves que si la pegas no da leche?

La cosa empeoraba. Mi crispación con ella aumentó tanto que un día aproveché que mi padre se había ido a la feria de Gernika para entrar en la cuadra y, con la pobre Pasiega atada, descargarle una somanta de palos durante una hora. Aquella fue la acción más cobarde que había cometido hasta entonces, pero aún iba a superarme.

Tras unos meses comedida, fuera porque se había quedado preñada o porque recordaba la paliza que le había dado, Pasiega trató de llegar otra vez a la cuadra antes de la hora, pero no lo consiguió. No sólo me interpuse y le arreé tres o cuatro puyazos sino que, con toda la mala idea, y con vistas a darle el escarmiento definitivo, lancé a Barrabás contra ella. Barrabás era un perro mío, un cruce de pastor vasco con pastor alemán, un perro muy bueno para guardar el caserío pero muy malo para cuidar vacas, pues las perseguía sin ningún orden y las mordía con apasionamiento. Así lo hizo: persiguió y mordió a Pasiega tan encarnizadamente que la vaca, nerviosa, cayó y quedó atrapada en el riachuelo que circundaba la campa. Y entonces fue el drama: por más que lo intentaba, la vaca no conseguía salir. Si no hubiera estado preñada, seguramente lo habría logrado, pero su inmensa tripa le dificultaba. Al final, desesperado, tuve que llamar a mi padre, hubimos de rodearla con cuerdas, y, después de llamar a cinco o seis aldeanos de los caseríos cercanos, tirando todos a una, conseguimos sacarla.

Nada más salir llegó el veterinario, quien examinó a Pasiega y dictaminó que iba a abortar. A esas alturas, yo llevaba un rato llorando por si acaso. Mi padre no dejaba de mirarnos, a Pasiega y a mí, y en su mirada comprendí que se creía la versión de la vaca.

Al final abortó y se quedó coja. Desde entonces ya no quiso escaparse nunca más: se quedaba con la cabeza en alto hasta la una del mediodía, lejos de mi presencia, triste y orgullosa, con su cojera arrogante, sin hacer ningún ademán de comer hierba. Cuando a los catorce años comencé a ordeñar las vacas algunas veces, Pasiega se quedaba rígida conmigo, actitud que contrastaba con la alegría que mostraba con mi padre.

Tenía Pasiega doce o trece años de edad cuando mi padre la vendió a César, un carnicero de Sondika, y la llevamos a sacrificar al matadero de Zorroza. Yo mismo la acompañé, la vi subir al camión y vi su cuerpo descabezado colgado de aquel gancho que se utilizaba para el pesaje. Más tarde mi madre, como acostumbraba cada vez que matábamos alguna vaca o novillo, compró tres kilos de chuletas a César. Tres kilos de Pasiega.

Creo que fue la primera vez que tuve algún escrúpulo para comerme las chuletas de un animal que yo mismo había cuidado y alimentado. Allí tenía a Pasiega, justo en el centro de mi plato. La vaca que me odiaba. La vaca que se quedó coja por mi culpa. La vaca que abortó y no pudo tener más crías por mi culpa.

La vaca a la que jodí la vida.