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miércoles, 30 de mayo de 2018

El vuelo del pequepájaro sobre la jirafaronte


Creo que mide 1`80. No conozco su altura exacta, nunca se lo he preguntado, pero la mujer que amo es larga como una línea de Renfe o como una trenza de cebollas amarillas. Ella me jura que ya ha dejado de crecer, pero no me fío del todo. Me acerco a su cuerpo con la piel como navaja, queriendo besarla entera y en todos sus azules, pero pronto me voy aburriendo y al de una hora me siento cartón piedra, carne de lunes, derrotado. Quiero besarla al completo pero solo alcanzo a besarla a trozos.

Al principio quise ocuparla sin mayor cuidado, empezando por cualquier parte, como si aquello fuera un centímetro o una losa menchevique, pero fue a la segunda semana, después de pasarme cinco horas besando su brazo izquierdo y darme cuenta de que aún no había pasado de la muñeca, cuando comprendí que mi novia no es una novia normal. Qué va a ser normal: mi novia es el transiberiano.

No por ello me rendí sino al contrario: comencé a trazarle mapas a bolígrafo, acordoné zonas de su cuerpo, hice cuadrantes, contraté perros y hasta helicópteros, no escatimé en medios, nada me parecía bastante. Hasta me acostumbré a clavar, cada vez que terminaba mi jornada de besos, un letrero en su piel donde decía “Precaución: zona de Natalia YA besada”. Gracias a estos detalles y a los turnos intensivos de quince horas diarias, logré cubrir de besos el 3% de su cuerpo en tan solo una semana, pero también sufrí la lógica fatiga y hasta algunos desfallecimientos, todos producidos por la magnitud de su territorio. Dos labios dan para mucho, pero solo son dos labios. Y lo peor es que ella lo notaba, se da cuenta:

–¿Qué te pasa?
–Nada.
–¿Es por mi altura, verdad?
–No, claro, qué tontería.

Nunca le he dicho nada por este motivo, y ello por cuatro razones, que son las siguientes: una, dos, tres y cuatro. Además, su largura también tiene sus ventajas: ¿Sabéis lo maravillosos que son los abrazos de las mujeres largas? ¿Los habéis probado? Cuando una mujer así te rodea con sus brazos hasta dar cinco o seis vueltas sobre tu cuerpo, la sensación es indescriptible, uno se siente más abrazado que nunca. También cuenta con otras ventajas:

–Natalia, ¿Me alcanzas la sal?
–¿Qué sal?
–Aquella. La que está seis mesas a la izquierda.

Y la alcanza, no miento, nunca falla. Sus gadcheto-manos son tan portentosas que llegan a todo objeto situado diez metros a la redonda, aunque también conllevan sus problemas, sobre todo en el metro, donde tengo que controlar sus efusividades. El martes pasado, por ejemplo, dio un manotazo sin querer a un viajero que iba en el vagón siguiente, y eso que le tengo dicho que, al menos en los lugares públicos, debe ir con los pies juntos y los brazos cruzados, pero no siempre me hace caso.

Así es mi vida y mi amor con la mujer longilínea. Parece complicado pero poco a poco nos vamos acostumbrando. Tú eres el pequepájaro y yo la jirafaronte, me dice, siempre traviesa y habilidosa acuñando palabrujerías. Alguna vez le he comentado que quiero escribir algo sobre su largura y ella me ha respondido que bueno, que le parece bien, que escriba lo que quiera a condición de que no exagere. Y yo pienso que eso de que no exagere sobra, ¿no? Porque yo soy un escritor realista y minucioso, casi fotográfico: no se me ocurriría nunca contar un detalle que se desviara un solo centímetro de la realidad. Como todo el mundo sabe.


sábado, 12 de mayo de 2018

Prefiero Natalia a la revolución


La prefiero a la defensa de la infancia, al cuidado del ozono.
La prefiero al final de las fronteras.
La prefiero a la Amazonia.

Más que alejar el hambre y la tormenta, el volcán y el terremoto.
Más que ahuyentar la crisis.
Más que parar la guerra.

Antes que salvar al tigre y al leopardo.
Antes que proteger al inmigrante.
Antes que el feminismo y la filantropía.

Por encima de la paz en Jerusalén.
Por encima de la paz en Kabul. De la paz en Trípoli.
Por encima de curar el cáncer o atajar el sida.

Mejor que el rescate de Grecia, la salvación de África, la sanidad, la lectura.
Mejor que la ayuda a Haití. Que la ayuda a Somalia.
Mejor que parar el racismo, la ignorancia, la policía.

Prefiero Natalia a los derechos humanos.
Prefiero Natalia a las libertades.
Prefiero Natalia a la democracia.
Prefiero Natalia a la concordia.
Prefiero Natalia a la justicia.
Prefiero Natalia a la revolución.


miércoles, 2 de mayo de 2018

No es un amor standard


Hace quince días recibí un mensaje histérico y matinal de un menda que se mueve por círculos policiales; en él se me alertaba de que la policía municipal de Madrid está repartiendo una circular para meterme la multa del siglo. Parece que mi última aparición en el telediario nocturno de TVE1, donde salgo sacando pecho delante de la pintada Liberqué, igualiquién, fraternicuándo que hice en un Bankia de la calle Embajadores, ha colmado la paciencia de algunos que, como no consiguen sorprenderme ni atraparme in situ, han decidido ahora actuar de oficio contra mí. Esa es la historia uno. Ese mismo día, por la noche, comencé a leer el primer libro de Natalia, La intermitencia de los faros, y cuando lo terminé volví a estar enamorado hasta las ingles de ella: esa es la historia dos. 

Ahora la tercera historia: una vez que terminé el libro de Natalia y publiqué en el blog las impresiones que me había causado, y viendo que eran las seis de la madrugada y seguía totalmente enamorado de ella, con esa ansiedad añadida de saber que nunca me voy a encontrar una mujer tan luchadora y viboreante y talentosa, decidí llamarla por el móvil desde el trabajo, imaginando que a esas horas andaría torcida y sobrada de whisky por algún bar de Madrid. La llamada la hice sin demasiada esperanza, porque hacía diez días que Natalia me había dejado “para siempre” por última vez.

Pero hubo suerte y me cogió la llamada. Es más: no solo me la cogió sino que vino a verme, no tan cargada de whisky como otras veces. Cuando llegó le enseñé lo que había publicado de su poemario, lo que la dispuso a mi favor, y pasé a contarle mi historia con la policía, de la que ella solo sabía lo que publiqué esa misma tarde en Facebook. Por supuesto, además de enseñarle la circular, que viene firmada con nombres y apellidos, donde se ordena NO borrar a partir de ahora las pintadas neorrabiosas y hasta se da la dirección de mi blog (en los últimos veinte días mis lectores más frecuentes son miembros de la policía y las brigadas de limpieza) para que las encuentren y hagan una valoración económica de cada una, pasé a detallarle el caso con unas exageraciones que ni Tartarín de Tarasçon o el Barón de Münchhausen. No solo le dije que me pueden meter medio millón de euros de multa, que es lo que correspondería a las 456 pintadas que ya he realizado, o que podría acabar en la cárcel (no sé de dónde me he sacado esa hipótesis, pero es de mucho efecto), sino que además le aderecé todo con baladronadas de valiente de butaca y mando distancia en el plan de “ahora se van a enterar de quién es neorrabioso” o “se acabó la paz: si ellos vienen a por mí, yo voy a por ellos” o “pienso hacerle una pintada en el culo a Obama, otra al Papa, otra al Rey, otra a Rajoy y otra a Ana Botella”, frase esta última que no tiene mayor sentido, pues el tamaño de mis pintadas es tan grande que en el culo de una persona no me entraría ni el rabito de la o.

Pues bien: al de cinco minutos de contarle la historia ya nos estábamos comiendo la boca, al de una hora decidió volver conmigo, al de dos horas me dijo que quiere estar toda la vida a mi lado, y se ha pasado domingo, lunes y martes en mi casa Creta, pasándolo en grande y otras cosas más húmedas.

Es increíble. Luego me quejo y ando montando unos in hoc lacrimarun valle por la sola cosa de que se escribe mejor hacia abajo, pues todo poeta sabe que las manzanas más líricas del manzano son las que están en el suelo, pero no sé de nadie que tenga tanta suerte con las mujeres como yo. Seguramente Natalia me deje de nuevo el jueves que viene, porque está demostrado que nuestra relación es una catástrofe donde los picos de felicidad no construyen ni nos llevan a ninguna parte, pero no hay duda de que nos sostiene el puto amor, el amor más hijoputa, egocéntrico y caprichoso que existe, pero amor verdadero desde el hueso hasta la cola.

Le cuentas que la policía te va a meter un puro que te vas a quedar tieso hasta el próximo milenio y, en lugar de decir “buff, menos mal que te dejé hace diez días”, decide volver contigo. El asunto es tan raro que ahora, cada vez que me levanto de la cama, voy de inmediato al buzón para ver si me ha llegado el multazo, esperando que sea de la cuantía que le vengo advirtiendo con mucha vanidad, no sea que Natalia, en el caso de que la policía no me juzgue tan peligroso como le he contado o me multe simplemente como a un grafitero standard, decida dejarme de nuevo por eso mismo: porque ella no sale con nadie standard.


lunes, 17 de abril de 2017

Los pelícanos


Adónde pelícanos ibas con una mujer girasola
que tenía portaaviones de pájaros en la cabeza,
tú que te acercas sin centímetro ni ascensores
a las verjas electrificadas de los cuarenta años,

tú que sigues cultivando en macetas diagonales
los mismos nilos y las mismas calas enfermas,
adónde pelícanos ibas, qué pasó por tu cráneo
de afónica cilindrada e ignorancia sin lagunas,

cuántos errores de cepa tierna y globo de helio
crearás de nuevo y de nuevo lucirás orgulloso,
cuántas veces caerás y recaerás en tus jaguares
de glucosa adolescente, cuántos crisantemos

llevarás al nicho de los amores descuartizados
si no rectificas, si no abandonas para siempre
a los pelícanos y no metes, dejas ya de meter
tus torpes dedos en los interruptores del viento.


martes, 21 de marzo de 2017

Dos chalados


Cómo iba a durar el amor entre dos chalados con flauta
que presumían de mojarse con una manguera de fuego,
tan mentecatos que iban perdiendo bellotas por la calle
y se hicieron preceptores en sembrados de pólvora,

cómo iba a durar el amor entre el espejo y la espeja,
entre el egosiempre rebelde y la egosiempre averías,
entre el alférez molusco de las bombas de mano
y la lectora alegrista del manual de venenos,

cómo iba a durar
si los dos quisieron ser mayusculosos,
si los dos quisieron ser grandipulgares,
si los dos prefirieron diosear entre nubes
y poner su pasión en toque de queda,
¡si nunca se vio ratón ni ratona
con semejantes humos de águilas, cómo
ibais a durar!!!


martes, 14 de marzo de 2017

La abeja reina


Tantos panales de plata, canela y estaño
y tantas abejas de antenas moradas
brillando y batiéndose cerca de ti,

sus alas nerviosas como un tren eléctrico,

y fuiste a enamorarte de la abeja reina,
tenías que prendarte del plutonio
de la abeja reina,

amarla
como aman las moscas los ojos de las vacas,
con un amor mezquino y magnífico,
tan bello y miserable que mejor no decirlo

ahora que te ha dejado,
a quién se le ocurre enamorarse
de la abeja reina,

te echó de sus mieles a trompa y garrotazo,
apenas te dio tiempo a decir

qué espanto de amor, y qué grande.


miércoles, 1 de febrero de 2017

Eurídice


Cuánta envidia me tendría Orfeo si supiera la de veces que logré recuperar a mi Eurídice. Pero esta vez la perdí en serio: me doy cuenta por la paloma enferma que camina por la pista de tenis. De ella siempre recordaré su mandrágora bolígrafa y su melena fluyendo como una manguera continua de agua amarilla. Gracias, sarampiona: tú fuiste lo mejor de la última olimpiada, el único asterisco que me ha pasado.