jueves, 17 de mayo de 2018
Las fresas
Siempre le pedía fresas a mi madre
y mi madre me gritaba
las fresas en mayo las fresas
en mayo.
Y cuando mayo llegaba
yo era un bosque de fresas
y en las piernas fresas
y en las muñecas
y en el puente de la risa.
Pero desde que la ingeniería genética
ha demostrado
que las fresas antiguas se equivocaban,
tengo fresas de enero a diciembre,
el lunes y el martes,
el miércoles
y el remiércoles
y también el 107 de abril.
Y ahora todo me es
un cansancio de fresas
y un tres por dos
y un bah
y un dejadme en paz.
lunes, 14 de mayo de 2018
Saussure en las tiendas de chinos
Se lo conté el miércoles a Verónica y todavía está pensando en denunciarme a la Oficina de Inmigración. El caso es que suelo comprar en dos chinos muy pequeños, uno situado al comienzo de la calle Doctor Esquerdo y otro en la Avenida Ciudad de Barcelona, y, como los que atienden no saben muy bien el español y yo soy el culebro Satanás, me gusta pedirles los productos con alguna letra o sílaba cambiada:
–Seis lanas de cerveza mahou, por favor.
–Una raja de galletas maría fontaneda, por favor.
–Un pote de tomate orlando, el más pequeño por favor.
–Un cabrón de huevos, que sea de docena, por favor.
Probad a hacerlo en vuestro barrio: veréis que siempre lo entienden todo y te sirven sin fallo los productos que has pedido. Si sois más rasputines aún, de esos que no tienen llave de vuelta, podéis permitiros audacias mayores:
–Seis fragatas de cerveza mahou, una jirafa de galletas fontaneda y un paquebote de tomate orlando, por favor.
Aunque para que salga bien esta audacia debéis decir muy rápido “fragata”, "jirafa", "paquebote" y muy despacio y nítido todo lo demás, os aviso.
La conclusión que extraigo de estas travesuras neorrabiosas es la siguiente: la poesía y su hija la precisión están sobrevaloradas. Lo esencial de la comunicación radica en el receptor, en el deseo o interés por ser escuchado. No existe poeta ni recitador tan pedestre que no pueda ser salvado por un lector u oyente atento.
Quién iba a pensar que los chinos me fueran a enseñar más que Saussure.
–Una raja de galletas maría fontaneda, por favor.
–Un pote de tomate orlando, el más pequeño por favor.
–Un cabrón de huevos, que sea de docena, por favor.
Probad a hacerlo en vuestro barrio: veréis que siempre lo entienden todo y te sirven sin fallo los productos que has pedido. Si sois más rasputines aún, de esos que no tienen llave de vuelta, podéis permitiros audacias mayores:
–Seis fragatas de cerveza mahou, una jirafa de galletas fontaneda y un paquebote de tomate orlando, por favor.
Aunque para que salga bien esta audacia debéis decir muy rápido “fragata”, "jirafa", "paquebote" y muy despacio y nítido todo lo demás, os aviso.
La conclusión que extraigo de estas travesuras neorrabiosas es la siguiente: la poesía y su hija la precisión están sobrevaloradas. Lo esencial de la comunicación radica en el receptor, en el deseo o interés por ser escuchado. No existe poeta ni recitador tan pedestre que no pueda ser salvado por un lector u oyente atento.
Quién iba a pensar que los chinos me fueran a enseñar más que Saussure.
domingo, 13 de mayo de 2018
Póngame ocho o diez chiquitos mientras van llegando los amigos
Mi padre era alcohólico, xenófobo y machista.
Nunca se acordó de mi cumpleaños. Me llevaba a cortar lechugas y a coger pimientos en los invernaderos de Lezama o Larrabetzu y a la vuelta, con el coche cargado con la verdura que luego revendíamos en el Mercado de la Ribera, entraba en cualquier bar y le decía al camarero:
–Póngame ocho o diez chiquitos mientras van llegando los amigos. Y un kas de limón para el crío.
Nunca me hizo un solo regalo. Cuando en la televisión emitían los documentales de Rodríguez de la Fuente o los de fauna salvaje adquiridos a la BBC, se quedaba mirándolos con un interés desusado, como si fueran personas los animales que aparecían en la pantalla, y de pronto me decía medio en broma y medio en serio mira, esa leona se comporta igual que tu madre, lo que ha hecho esa cierva es lo mismo que hace tu prima la de Erandio, y como yo me reía al escuchar estas cosas sobre mi madre o mi prima, de pronto cambiaba el semblante y me decía muy firme:
–¿Te ríes? ¿Qué crees tú que son las mujeres salvo animales? Tú intenta entrar en razones con las mujeres, a ver adónde llegas.
Y como era pasmosamente detallista en algunas cosas y hasta divertido, de pronto volvía a desenfadarse y, con una sonrisa de medio lado, me matizaba alguna imagen:
–Mira ese leopardo, el mal genio que tiene, cómo se parece a tu hermana Nekane, hasta de cara se parece un poco.
Nunca me preguntó por mis estudios, si aprobaba o suspendía, si pasaba o no de curso y con qué calificaciones. Me llevaba con él a la feria de ganado de Mungia y me hablaba de la longitud de las patas de las vacas, la leche que podía dar cada una de las razas vacunas, de qué forma adivinar la envergadura y peso que podía alcanzar un novillo de dos meses cuando llegara a su edad adulta. De vuelta parábamos en algún bar y decía al camarero:
–A ver, ocho o diez chiquitos mientras van llegando los amigos y un kas de limón para el crío.
–No tenemos kas.
–Pues una fanta.
Nunca me llevó al cine o al fútbol. Tampoco al circo o al teatro. Consideraba a los negros, los moros, los gitanos y cualquier persona de piel mestiza como seres inferiores, aunque simpatizaba con ellos porque, como decía, “bastante tienen los pobres con llevar esa desgracia”. A los españoles los veía totalmente incapaces de levantar piedras o jugar a pelota mano:
–No pueden. Ponle a un español a levantar una piedra y verás que no puede.
–Qué tontería, aita.
–¿Tontería? ¿Por qué crees que los españoles no levantan piedras? ¡Porque no pueden! ¡Se fatigan!
La sola perspectiva de imaginarse a un español levantando piedras le hacía revolcarse de la risa y, aunque a mí me ponían enfermo esos arranques de racismo y me multiplicaba en su contra cada vez que se los escuchaba, él no se arredraba sino que se crecía:
–¿Un español levantando piedras? ¿Te das cuenta de la sinsorgada que estás diciendo? ¡Cómo va a levantar piedras un español, si es inútil total para eso! No vayas diciendo esas cosas por ahí, te lo pido por favor, porque te van a tomar por tonto completo.
Nunca me preguntó por mi relación con Iratxe, de dónde era, cuántos años tenía, nada. Con los que él llamaba “españoles” no guardaba ninguna animadversión sino al contrario, sobre todo con los andaluces. Su pasión por Andalucía era muy grande; cada vez que aparecían en la televisión Rocío Jurado o Fran Rivera o Jesulín de Ubrique o Carmina Ordóñez o Lola Flores o Antonio Gala o Isabel Pantoja u Ortega Cano, se quedaba pasmado ante sus palabras o ante su arte, sobre todo ante lo que llamaba su “mucho corazón”, y, comoquiera que incurría en el tópico de relacionar a España con lo andaluz, a veces solía decir:
–No cabe duda de que ser español es cosa grande. Ya me hubiera gustado a mí ser español...
–¿Y por qué no eres español? –le preguntaba yo.
–Porque soy vasco.
–¿Y por qué eres vasco?
–¡Porque soy vasco!
No había manera de sacarle de esa concepción racial: él era vasco y sólo vasco por la única razón de que era vasco. Pero de los vascos, con todo, no guardaba muy buena opinión: le parecían torpes, cobardes y salvajes. Solía repetir muchas veces, ya en el colmo de la resignación, que los vascos siempre votarían al Partido porque “el vasco no da para más”. Cómo sería la desconfianza que guardaba con ellos que, admirado ante la estructura de Astobieta, se pasaba los minutos estudiando la disposición de sus vigas y me decía:
–Este caserío..., ¡el talento con el que está levantado este caserío! Imposible que lo hayan hecho vascos.
–Ya estás diciendo tonterías, aita –le respondía yo–. Lo habrán levantado los chinos, no te jode.
–¡Vascos imposible! ¡El vasco no tiene tanto talento!
Nunca se interesó por los resultados o los goles que había marcado en mis partidos de fútbol, tampoco me preguntó si quería ir a la universidad o qué carrera quería escoger. Así era mi padre. Recuerdo la primera vez que pidió al camarero que le pusiera ocho o diez chiquitos mientras iban llegando sus amigos, con qué expectación esperé a que fueran llegando esos amigos. Cómo después fuimos a otro bar donde volvió a repetirse la escena y tampoco aparecieron sus amigos. Cómo empecé a comprender con los días y las semanas que mi padre, sus ojos siempre perdidos en un punto, se iba destruyendo mientras bebía uno detrás de otro los vasos de vino destinados a sus amigos, aquellos a los que no había llamado y que nunca iban a llegar.
sábado, 12 de mayo de 2018
Prefiero Natalia a la revolución
La prefiero a la defensa de la infancia, al cuidado del ozono.
La prefiero al final de las fronteras.
La prefiero a la Amazonia.
Más que alejar el hambre y la tormenta, el volcán y el terremoto.
Más que ahuyentar la crisis.
Más que parar la guerra.
Antes que salvar al tigre y al leopardo.
Antes que proteger al inmigrante.
Antes que el feminismo y la filantropía.
Por encima de la paz en Jerusalén.
Por encima de la paz en Kabul. De la paz en Trípoli.
Por encima de curar el cáncer o atajar el sida.
Mejor que el rescate de Grecia, la salvación de África, la sanidad, la lectura.
Mejor que la ayuda a Haití. Que la ayuda a Somalia.
Mejor que parar el racismo, la ignorancia, la policía.
Prefiero Natalia a los derechos humanos.
Prefiero Natalia a las libertades.
Prefiero Natalia a la democracia.
Prefiero Natalia a la concordia.
Prefiero Natalia a la justicia.
Prefiero Natalia a la revolución.
viernes, 11 de mayo de 2018
La lucidez de los godos
Esa técnica que usaban los godos a la hora de tomar una decisión importante, la de discutirla ora sobrios ora borrachos y solo actuar cuando las dos eran coincidentes, me parece un ejemplo formidable de sabiduría. Precisamente porque creemos que las decisiones hay que tomarlas en calma y en frío, de la forma más objetiva posible, el mundo en que vivimos es tan mediocre, tan aburrido y tan cobarde. Pero si diéramos las mismas oportunidades al alcohol, esto es, al entusiasmo sin el cual las acciones grandes son imposibles, el mundo sería mucho más loco, variado y digno de vivirse. Si los godos hubieran tomado todas sus decisiones cuando se hallaban sobrios, no habrían pasado a la posteridad: solo a unas tribus de borrachos se les pudo ocurrir que podían conquistar el Imperio Romano.
jueves, 10 de mayo de 2018
Los negros no saben andar en bicicleta
Comencé a dominar las discusiones con mi verbo fácil y estadístico, cuajado de vocablos técnicos y frases subordinadas, y en muy poco tiempo me forjé una reputación de dialéctico terrible y chico superdotado. Los aldeanos empezaron a temerme y ya no se atrevían a publicar con tanta alegría sus historias de astronautas resbalándose por la luna o franceses lanzando jabalíes desde los helicópteros, porque cada vez que abrían la boca sentían una mirada inquisitiva, la mía, que no estaba dispuesta a dar crédito a semejantes fabulaciones. Creo que me cegué, creo que mi vanidad se pasó de vueltas y no calculé el rencor secreto que mi abuso argumentativo estaba incubando entre aquellos aldeanos. Fue cuando perdí, ay, la discusión sobre los negros en el caserío de mi tío Bernabé.
En aquel tiempo, finales de los ochenta, la Real Sociedad de fútbol decidió acabar con una tradición por la que se nutría tan solo de jugadores vascos y comenzó a contratar extranjeros. Las últimas fugas de jugadores al Barcelona y al Athletic de Bilbao estaban en el centro de la medida. Los aldeanos consintieron el fichaje de Aldridge y más tarde el de Richardson, pero quedaron conmocionados cuando la Real anunció la compra de Dalian Atkinson. El caso es que Atkinson era negro.
En la comida anual a la que nos invitaba mi tío Bernabé en la erandiotarra Goiherri con motivo de la matanza del cerdo, no se habló ni de americanos ni de rusos ni de Fidel Castro. Aquel año los negros fueron el tema monográfico. Creo que nunca escuché más barbaridades juntas en una mesa.
–El negro –comenzó mi tío Bernabé– no quiere ni oír hablar de zapatos. El negro va descalzo. Tú le compras al negro las mejores zapatillas y es en balde. Ni drogado se deja poner las zapatillas. Antes te mata.
–El negro de América –decía mi tío Txomin, el americanófilo, que siempre conseguía arrimar el ascua a su sardina– es cosa grande, pero el negro de África no tiene más que ignorancia. No sabe ni las cuatro reglas. Según tengo oídas, Toshack le tiene que decir a Atkinson cinco veces por partido dónde está la portería contraria, porque se le olvida.
–El negro es salvaje –decía mi padre–. El negro es una mezcla de hombre y de mono. Eso está escrito. Así nos decía la maestra en la escuela.
Yo me multiplicaba ante aquellos ataques. A mi padre le dije que las tonterías que contaba en los años cuarenta una maestra franquista no tenían mayor credibilidad; a mi tío Txomin le recordé que el negro americano procede de África y que los estudios científicos serios niegan que ninguna raza sea genéticamente más inteligente que otra, y a mi tío Fermín también le di lo suyo:
–Tío, por favor, no creas que todos los negros viven en tribus como en las películas de Tarzán o corren descalzos como Abebe Bikila. La mayoría de los negros africanos son pobres, pero viven en ciudades y van calzados.
Pero era en vano, y para colmo las vías de agua se me multiplicaban. Ahora era el turno de mi primo José Antonio, que sólo tenía cuarenta años pero ya apuntaba las maneras de sus padres. Mi primo sostenía que el Real Madrid, el Barcelona, el Liverpool y la Juventus tenían cientos de ojeadores en África con el solo propósito de reclutar nuevas estrellas mundiales:
–Según se ve –aseguraba–, están allí como si fueran turistas y se esconden con un cronómetro detrás de los matorrales. Cuando ven a los negros correr detrás de los búfalos, ¡zas!, ponen en marcha el cronómetro y les miden la velocidad. A los más rápidos los contratan y se los traen aquí. Esto es cierto.
–Pero… –decía mi tía Carmen–, ¿el negro tiene ganas de venir aquí, con el frío que hace?
–¿El negro? Al negro le enseñas un poco de chorizo o un plato de porrusalda y se viene contigo al acto. Se pone tan nervioso que ni se despide de la madre. ¿No ves que allí no hay más que hambre?
Yo me desesperaba, pero no por ello abandoné mi vía argumentativa. Negué que los mejores futbolistas negros procedieran sólo de África, sino del Surinam, la Guayana francesa o los barrios pobres de Amsterdam, donde el Ajax había formado la mejor cantera del mundo. También negué que los negros corrieran detrás de los búfalos, al menos en África, y que todos ellos fueran obligatoriamente veloces.
–¡Cómo que el negro no es rápido! –me respondía mi tío Dámaso, hasta entonces en silencio–. ¡El negro es como la electricidad! El negro, fíjate lo que te digo, es capaz de sacar un córner y rematarlo. ¡Mecagüen sos! ¡Saca el córner y lo remata él!
Comencé a sentirme desbordado, pero lo peor estaba por llegar. Fue cuando mi tío Bernabé, el anfitrión, recuperó la palabra y dijo con mucha seguridad:
–El negro no sabe andar en bicicleta. Eso está demostrado.
Nada más escuchar tamaña estupidez me dispuse a contestar, pero mi tío Bernabé advirtió mi ademán y se adelantó:
–¡Alberto! Responde a esta pregunta: ¿has visto algún negro en bicicleta?
Se hizo el silencio y todas las miradas se posaron sobre mí. Yo intenté recordar los negros que había visto por televisión, pero por más vueltas que le daba no me venía ningún negro en bicicleta. Recordaba a los colombianos Lucho Herrera, a Fabio Parra, a Farfán, que eran algo mestizos, pero no recordaba ningún negro-negro. A todo esto, los segundos pasaban y los rostros de los comensales comenzaban a perder su confianza en mí. Estaba perdiendo el debate.
–Bernabé tiene razón –exclamó al fin mi tío José–. Yo tampoco he visto nunca un negro en bicicleta.
–Yo tampoco lo he visto –dijo mi padre–. Eso es cierto.
–Yo tampoco –dijo el tío Dámaso–.
–¿Negro en bicicleta? –se preguntaba mi prima Maite–. Yo no.
–Yo tampoco –decía José Antonio.
Hasta mi madre se puso de su parte y dijo que ella tampoco había visto nunca un negro en bicicleta. Yo seguía en mi asiento, impotente, estrujándome la cabeza, y en la mirada satisfecha de Bernabé y en la de los otros pude advertir mi derrota. Se desató la algarabía. Me habían ganado.
Aquel fracaso me hizo pensar mucho. ¿Cómo no había sido capaz de defender con éxito una causa tan obvia? ¿Cómo me había dejado derrotar por aquellos racistas galopantes? Sí, es cierto que no había visto un negro en bicicleta, igual que no había visto un negro a caballo o a un negro bebiendo coca-cola: creo que fue a los dieciséis o diecisiete años cuando vi con mis propios ojos, en la calle San Francisco de Bilbao, los primeros negros de mi vida. El problema no era ese: el problema era que yo me empeñaba en imponerme a aquellos aldeanos por la vía demostrativa, llenando todas mis intervenciones de frases, nombres, estadísticas y otros fárragos, mientras que ellos se dedicaban solamente a fabular. Eran mucho más eficaces y sugerentes sus historias de negros descalzos y ojeadores del Real Madrid escondidos con el cronómetro detrás de los matorrales, aunque no fueran ciertas, que todas mis estadísticas somníferas sobre el número de jugadores negros que sacaba anualmente la cantera del Ajax de Amsterdam, aunque fueran ciertas.
Concluí que las discusiones no se ganan con argumentos sino con fascinaciones. El Lauros viejo se había cobrado una victoria aquel día sobre el Lauros incipiente, pero había tomado nota.
No me iban a ganar más.
En la comida anual a la que nos invitaba mi tío Bernabé en la erandiotarra Goiherri con motivo de la matanza del cerdo, no se habló ni de americanos ni de rusos ni de Fidel Castro. Aquel año los negros fueron el tema monográfico. Creo que nunca escuché más barbaridades juntas en una mesa.
–El negro –comenzó mi tío Bernabé– no quiere ni oír hablar de zapatos. El negro va descalzo. Tú le compras al negro las mejores zapatillas y es en balde. Ni drogado se deja poner las zapatillas. Antes te mata.
–El negro de América –decía mi tío Txomin, el americanófilo, que siempre conseguía arrimar el ascua a su sardina– es cosa grande, pero el negro de África no tiene más que ignorancia. No sabe ni las cuatro reglas. Según tengo oídas, Toshack le tiene que decir a Atkinson cinco veces por partido dónde está la portería contraria, porque se le olvida.
–El negro es salvaje –decía mi padre–. El negro es una mezcla de hombre y de mono. Eso está escrito. Así nos decía la maestra en la escuela.
Yo me multiplicaba ante aquellos ataques. A mi padre le dije que las tonterías que contaba en los años cuarenta una maestra franquista no tenían mayor credibilidad; a mi tío Txomin le recordé que el negro americano procede de África y que los estudios científicos serios niegan que ninguna raza sea genéticamente más inteligente que otra, y a mi tío Fermín también le di lo suyo:
–Tío, por favor, no creas que todos los negros viven en tribus como en las películas de Tarzán o corren descalzos como Abebe Bikila. La mayoría de los negros africanos son pobres, pero viven en ciudades y van calzados.
Pero era en vano, y para colmo las vías de agua se me multiplicaban. Ahora era el turno de mi primo José Antonio, que sólo tenía cuarenta años pero ya apuntaba las maneras de sus padres. Mi primo sostenía que el Real Madrid, el Barcelona, el Liverpool y la Juventus tenían cientos de ojeadores en África con el solo propósito de reclutar nuevas estrellas mundiales:
–Según se ve –aseguraba–, están allí como si fueran turistas y se esconden con un cronómetro detrás de los matorrales. Cuando ven a los negros correr detrás de los búfalos, ¡zas!, ponen en marcha el cronómetro y les miden la velocidad. A los más rápidos los contratan y se los traen aquí. Esto es cierto.
–Pero… –decía mi tía Carmen–, ¿el negro tiene ganas de venir aquí, con el frío que hace?
–¿El negro? Al negro le enseñas un poco de chorizo o un plato de porrusalda y se viene contigo al acto. Se pone tan nervioso que ni se despide de la madre. ¿No ves que allí no hay más que hambre?
Yo me desesperaba, pero no por ello abandoné mi vía argumentativa. Negué que los mejores futbolistas negros procedieran sólo de África, sino del Surinam, la Guayana francesa o los barrios pobres de Amsterdam, donde el Ajax había formado la mejor cantera del mundo. También negué que los negros corrieran detrás de los búfalos, al menos en África, y que todos ellos fueran obligatoriamente veloces.
–¡Cómo que el negro no es rápido! –me respondía mi tío Dámaso, hasta entonces en silencio–. ¡El negro es como la electricidad! El negro, fíjate lo que te digo, es capaz de sacar un córner y rematarlo. ¡Mecagüen sos! ¡Saca el córner y lo remata él!
Comencé a sentirme desbordado, pero lo peor estaba por llegar. Fue cuando mi tío Bernabé, el anfitrión, recuperó la palabra y dijo con mucha seguridad:
–El negro no sabe andar en bicicleta. Eso está demostrado.
Nada más escuchar tamaña estupidez me dispuse a contestar, pero mi tío Bernabé advirtió mi ademán y se adelantó:
–¡Alberto! Responde a esta pregunta: ¿has visto algún negro en bicicleta?
Se hizo el silencio y todas las miradas se posaron sobre mí. Yo intenté recordar los negros que había visto por televisión, pero por más vueltas que le daba no me venía ningún negro en bicicleta. Recordaba a los colombianos Lucho Herrera, a Fabio Parra, a Farfán, que eran algo mestizos, pero no recordaba ningún negro-negro. A todo esto, los segundos pasaban y los rostros de los comensales comenzaban a perder su confianza en mí. Estaba perdiendo el debate.
–Bernabé tiene razón –exclamó al fin mi tío José–. Yo tampoco he visto nunca un negro en bicicleta.
–Yo tampoco lo he visto –dijo mi padre–. Eso es cierto.
–Yo tampoco –dijo el tío Dámaso–.
–¿Negro en bicicleta? –se preguntaba mi prima Maite–. Yo no.
–Yo tampoco –decía José Antonio.
Hasta mi madre se puso de su parte y dijo que ella tampoco había visto nunca un negro en bicicleta. Yo seguía en mi asiento, impotente, estrujándome la cabeza, y en la mirada satisfecha de Bernabé y en la de los otros pude advertir mi derrota. Se desató la algarabía. Me habían ganado.
Aquel fracaso me hizo pensar mucho. ¿Cómo no había sido capaz de defender con éxito una causa tan obvia? ¿Cómo me había dejado derrotar por aquellos racistas galopantes? Sí, es cierto que no había visto un negro en bicicleta, igual que no había visto un negro a caballo o a un negro bebiendo coca-cola: creo que fue a los dieciséis o diecisiete años cuando vi con mis propios ojos, en la calle San Francisco de Bilbao, los primeros negros de mi vida. El problema no era ese: el problema era que yo me empeñaba en imponerme a aquellos aldeanos por la vía demostrativa, llenando todas mis intervenciones de frases, nombres, estadísticas y otros fárragos, mientras que ellos se dedicaban solamente a fabular. Eran mucho más eficaces y sugerentes sus historias de negros descalzos y ojeadores del Real Madrid escondidos con el cronómetro detrás de los matorrales, aunque no fueran ciertas, que todas mis estadísticas somníferas sobre el número de jugadores negros que sacaba anualmente la cantera del Ajax de Amsterdam, aunque fueran ciertas.
Concluí que las discusiones no se ganan con argumentos sino con fascinaciones. El Lauros viejo se había cobrado una victoria aquel día sobre el Lauros incipiente, pero había tomado nota.
No me iban a ganar más.
domingo, 6 de mayo de 2018
El semen
Frecuente y triste historia
la del poeta elegido,
afable y partenonio,
nacido entre cornalinas
y el ocho de la abundancia,
humilde con aeroplano,
matrícula en la solapa,
mezclado en polietileno
y clases particulares,
laborioso, aplicado,
brillante, con facultades,
de familia democracia
y viajes alejandrinos,
erasmus, griego, piano,
biblioteca centenaria,
a salvo de taras físicas
o relámpagos sexuales,
un muchacho inmaculado,
un muchacho ejemplar,
un orgullo y un modelo
que,
sin
embargo,
todavía no ha firmado
una sola línea propia,
un solo verso distinto,
una púa de talento,
y sus trivios y cuadrivios
solamente le han servido
para nada que decir,
su gramática exacta
para nada que decir,
nada sabe del sufriendo,
nada sabe del llorando,
no tiene resentimientos,
nunca hambres ni violencias,
ningún afán de venganza,
qué cosa sea el miedo,
le falta semen, el semen...
sábado, 5 de mayo de 2018
Convocatoria
Ya me he cansado de ser el pletórico de mí mismo. Ya no quiero ser Juan Increíble. Me creía tan diferente, ay, tan diferente, que dormía rodeado de pomelos sobre un espejo centillizo.
Estaba pintando los gatos de verde y Simón Peres ordenó el ataque. Cuando entraron los tanques, me sorprendieron tecleando la palabra jacinto. No me digas de nuevo que mi bulbo se llama cobarde: ¿No ves que soy un mes de enero, que soy un sábado, un día 31?
Ya no quiero ser poeta de luna sino de tierra. Ya no quiero guitarras ni violetas. Quisiera tener un poco de agua para saciar las bocas de los muertos, un pentagrama que arregle los mapas, una vela de paz, una justicia. Quisiera dar a luz a una niña y llamarla Gaza.
Hoy. Sábado. En Xixon. En Sevilla. En Fuenlabrada. En Lleida. En Rivas. En Granada. En Getafe. En Córdoba. En Leganés. En Salamanca. En Madrid. En Valencia. Recital simultáneo contra la ocupación de Gaza.
La poesía ha vuelto y yo no tengo la culpa.
viernes, 4 de mayo de 2018
La envidia nacional, ese narcisismo inverso
Te puedes encontrar a gente que reconoce o hasta presume de ser rencorosa o vengativa, pero muy difícilmente te encontrarás con alguien que reconozca ser envidioso. Si sales a la calle y preguntas "¿es usted envidioso?", la inmensa mayoría te responderá que no, pero si la pregunta es "¿son los españoles envidiosos?", la mayoría responderá que sí. La envidia, por tanto, es eso que decimos que tienen los demás y que casualmente está muy concentrada sobre todo en nuestro país, que es casi siempre el único país que conocemos. Ya Unamuno sostenía que la envidia era española, pero Balzac, que no debía saberlo, escribe en La Comedia Humana que “como todo el mundo sabe, la envidia es francesa”. A su vez Octavio Paz, ignorante de que la envidia sea española o francesa, declaró que la envidia era mexicana, mientras que Isabel Allende, ignorante de que la envidia sea española o francesa o mexicana, ha declarado en muchas ocasiones que Chile es el país de la envidia, mientras que el sociólogo Francesco Alberoni, que tampoco sabe que la envidia sea española o francesa o mexicana o chilena, ha proclamado hace poco que el problema constitutivo de Italia es la envidia, de tal modo que estoy por convocar unos Juegos Olímpicos de la Envidia con el fin de dirimir qué nación es la más envidiosa, cuyo vencedor supongo que ganará la medalla de oro por un micropelo de ventaja, tras arduas visualizaciones de la foto finish, una vez comprobado que aquellos, pocos, que sostenemos la opinión de que la envidia está muy bien repartida en el mundo, sobre todo en los que niegan padecerla, y que atribuírsela a un solo país es narcisismo inverso, no solo no somos escuchados sino que a veces hasta somos acusados precisamente de lo mismo: de proclamarla universal solo por envidia antipatriota de que la envidia sea nuestra.
jueves, 3 de mayo de 2018
Paloma
Paloma,
dijo el primer poeta del mundo.
Paloma blanca,
dijo el segundo poeta del mundo.
Paloma blanca que sueña,
dijo el tercer poeta.
Paloma blanca que sueña un puma,
dijo el cuarto poeta.
Paloma blanca que sueña un puma azul,
dijo el quinto.
(De los cinco poetas,
solo quiero ser como el primero).
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