lunes, 15 de noviembre de 2021

EL HIJO DE PUSKAS - Cap. 16: Argi


–¿Cómo se llama?
–Argi.
–¡Qué blanco!

Cuando mi cuñado nos trajo de Mondragón un cachorro de perro blanco y rizado, casi semejante a una oveja, raza pastor vasco, de cuatro meses de edad y con pelo, mucho pelo, de ese pelo que se desprende fácilmente, mi padre lo ató de inmediato a un árbol como había hecho con todos los perros que habíamos tenido anteriormente, Clay, Barrabás, Buck, Tor o Seti, pues la única función que ejercían los perros en Astobieta era la de centinelas. Pero Argi tenía otros planes.

–Ama, ven, mira lo que sabe hacer este perro.
–A ver, qué sabe.
–Argi! Etorri ona! Ea, eman eskue..., ongi, ea, orain bestea..., ederki!!!!

No solo aprendió enseguida a darme la pata, sino que pronto comenzó a saltar por un aro o a traer pelotas de tenis que se perdían, o se quedaba quieto cuando le decía geldi hor!, o se las arreglaba para pisar por los senderos de la huerta sin tocar jamás un sembrado. Hasta comencé a organizarle circuitos en los alrededores del caserío para que superara obstáculos, saltara cajas, se metiera por tubos muy pequeños o caminara por una línea muy fina que le había pintado. Ese era Argi. Era la órdiga.

–¿Habéis visto el perro que tienen en Astobieta?
–¿Cuál?
–El blanco. Solo le falta hablar.

Sabía hacer tantas cosas y era tan pacífico que poco a poco comenzamos a soltarlo tomando cada vez menos precauciones, porque justo al lado de Astobieta hay una carretera que comenzó a llenarse de tráfico a partir de mediados de los ochenta, y la calidad de vida de un perro laurotarra consistía precisamente en aprender a cruzar esa carretera. El enemigo principal de su felicidad no era el frío ni las garrapatas ni el moquillo ni la sarna ni los otros perros: el enemigo eran las ruedas de los coches, que no se cansan de girar. 

Pero Argi aprendió enseguida y se salvó del candado. Comprendió el sonido de los coches; supo distinguir el ruido que indica lejanía y el que dice ten cuidado. Si venía conmigo, se limitaba a seguirme de cerca. Cuando llegaron los coches modernos casi silenciosos también se adaptó, lo mismo en Madrid: jamás tuvo un error. Mientras la mayoría de los perros de Lauros vivían sujetos a la cadena, Argi me acompañaba a recoger tomates, a sembrar patatas, a cuidar las vacas o a jugar a pelota mano, donde se convirtió en aquel perro sensacional que encontraba todas las pelotas que se nos iban por encima del frontis, tantas que comenzamos a hacernos populares por él:

–Oye, ¿conocéis al grupo de pelotaris que juegan en el frontón de Lauros?
–¿Los que tienen un perro blanco que les coge las pelotas?
–Sí, esos.

También me acompañaba cuando me iba de botellón con mis amigos de Sondika, o a rellenar los papeles del paro, o hacer la matrícula de la universidad: le encantaba subirse al coche, le gustaban los viajes largos. Él me acompañó a rellenar las instancias para negarme a cumplir el servicio militar. Él me acompañó a recoger la condena. Se sabía de memoria el camino de ida y vuelta de muchos supermercados y tiendas de chinos de Madrid. Hasta se hizo con un público propio como si fuera una estrella de rock:

–Basterrechea, ¿no has traído a tu perro?
–No, lo he dejado en Lauros.
–Joder, que he traído a mi sobrina desde Sopelana solo para que lo vea.

El veterinario me dijo que si lo cuidaba bien podría vivir más de quince años, pero pasó por dos trances en su primer año de edad que casi lo desgracian, el primero y más grave cuando estaba dormido y se le tumbó encima mi vaca Faustina, y el segundo cuando se le cayeron encima una docena de fardos de paja y tuve que ir quitándolos uno a uno como los alpinistas quitan la nieve que se ha desprendido en un alud. Pero a partir de ahí ya no tuvo más percances y se convirtió en un perro digno del Circo Mundial, tan mágico que me hacían ofertas:

–Por este perro te pago el dinero que quieras.
–Te lo vendería ahora mismo, pero él no se vende.

Recuerdo su muerte como el fin de una época y una misma respiración. A la entrada del otoño comenzó a renquear, y dos meses después ya no alcanzaba a subir las escaleras. Lo sacaba al parque en brazos, como si lo llevara a la enfermería, y los otros dueños de perros se me quedaban mirando:

–¿Qué le pasa a tu perro?
–Nada.
–¿Cómo que nada?
–Años. Diecisiete.
–¡Ostras!

Diecisiete años. Y qué bello fue toda su vida. Hasta sabía posar para las fotografías. Aún lleno de tumores y cataratas estuve a punto, perdón, de hacerle una foto con su manta roja de condenado, una hora antes de llevarle a que le dieran la eutanasia. La belleza le perseguía: ni con la muerte cosida a su cara dejó de ser una golosina blanca. 

Todavía hoy me sorprendo de no tropezarme con él cuando voy al baño, y tengo que pasar corriendo los estantes de los supermercados donde hay Dog-Chow. Y lo más increíble de todo es que fue el otro miembro de la familia que aún seguía yendo al lugar de la cuadra donde solía situarse mi padre, sin duda con la intención de encontrarle, negándose a admitir que mi padre hubiera muerto. Hasta en eso aquel perro se parecía a mí.



 

miércoles, 10 de noviembre de 2021

El sudor de los libros


Sobre la biblioteca ideal. Me disgusta que mis libros deban compartir sitio con otros, por muy Hugos o Dantes o Shakespeares que sean, y creo que a los demás les sucede lo mismo: siendo el libro el resultado de la máxima individualidad = peculiaridad de quienes lo escribieron, el sistema de apilarlos/uniformarlos como latas de sardinas es una aberración de la ética y la estética. ¡Contemplar una biblioteca de miles de ejemplares en un minuto, qué asesinato fordista, qué chapucería en serie de la mirada a granel! Me gustaría disponer del Capitolio de Washington, por ejemplo, un lugar lo bastante grande para que los 12.000 libros de mi biblioteca cupieran como deben caber: uno a uno, colocado cada ejemplar en un atril, con al menos cinco metros de espacio entre ellos, para que cada libro se sienta feliz y orgulloso y único, como procede por su origen singular, sin tener que aguantar el sudor de los otros, los microbios de los otros, la tontería de los demás.


 

martes, 5 de octubre de 2021

Una mujer kilimanjara


Sé muy bien que mi historia es la historia
……….del niño que miraba tanto al cielo
……….que al final se le puso cara de nube,
y que la mujer que me ame
……….deberá martillar mil veces en el vacío
……….para acertar una sola vez en mi clavo,
pero dejadme pedir este mi quiero,
perdón por la tontería,
una mujer es mi requiero, mujer con grapa o tridente
……….o blanco mogadiscio.

Una mujer con faros antiniebla. Quiero.
Una mujer que me sonría cuando descubra vacío el cofre
……….de mi tesoro.
Una mujer soleada y sin airbag para besarla transparente
……….en los extrarradios.
Una mujer con el alma impura y la piel impura y la cabeza
……….llena de calcetines sucios.
Una mujer para decirte, Sofía (si te llamaras Sofía),
solo soy una nuez, pero si te atreves a partir esta nuez
hallarás dentro galeones y grúas y muchos elefantes. 

Juntos crearemos una nueva versión de lluvia.
Patentaremos las pilas eternas para los Amores
……….Descomunales.
Tendremos un hijo lunático y ajedrecista que fabricará bolas
……….de palabras y destruirá el Bank of America.
Seremos como tenistas comiendo melón en el cine,
……….y la gente nos señalará indignada:
“Mirad a esos, no hay derecho, ¡se están amando
……….en pleno miércoles!”.

Perdón por la tontería,
pero no quiero mujeres que me nieguen el chocolate
……….de estrellas,
o mujeres que minen el suelo con bolas de cicuta
……….para que los koalas alegres de Lucifer
……….no puedan revolcarse.
No quiero mujeres que respeten la apertura de sonrisa
……….fijada por el gobierno,
o mujeres con paraguas que parezcan paraguas
……….que llevan mujeres.

Una mujer con pulgones. Quiero.
Una mujer con erratas de luna para amarla en picado a pesar
……….de sus virtudes.
Una mujer para plancharle las mejillas sobre latas de cerveza
……….y llenárselas de colas de lagarto.
Una mujer cuyas pisadas no dejen huellas en la nieve,
……….solo en los tétanos de mi corazón silvestre.
Una mujer para decirte, Paula (si te llamaras Paula),
los fracasos que conoces son meras uñas de ratones:
los que yo te enseñaré serán leones enteros. 

Juntos robaremos a mano desarmada una violeta salvaje
……….y la llevaremos en la boca con la divisa
……….AMARNOS SIN DEBERNOS.
Criaremos caballos musicales cuyo galope sincronizado
……….será el nuevo rock de Occidente.
Escribiremos del viento la primera traducción Viento-Español y
……….Español-Viento.
Cocinaremos una nueva receta de beso con más de veinte
……….ingredientes distintos, y la gente dirá:
“¿Una receta mágica de beso? ¿Pero qué
……….sentido…?”.

Perdón por la tontería,
pero no quiero mujeres tan rectas que pongan comida
……….matadelfines en los desagües,
o tan serias que necesite comprarme una pértiga para saltar
……….la valla de sus cejas.
No quiero mujeres que no coman aceitunas por si el cáncer
……….de mama,
o no vean baloncesto por si la prórroga, o no beban cerveza
……….por si el embarazo.

Una mujer con algo de anaconda. Quiero.
Una mujer como un descampado para manosearla sobre
……….paisajes de Chagall tigreados.
Una mujer que no sea túnel sino puente, que no sea cebolla
……….sino naranja, que no sea triste y versitriste
……….sino alegrista y en parapente.
Una mujer tan kilimanjara que necesite dos sherpas y un
……….vaso de whisky para llegar del bajo de su carne
……….a la cima con puma de su alma.
Una mujer para decirte, Raquel (si te llamaras Raquel),
si escribo versos es porque no sé escribir aviones:
mis poemas son mi pequeña forma de acariciarte.

Solo he vivido en dos lugares de este mundo
y fue en las bocas de las dos mujeres que amé.
A las dos las quise por su exceso de cilindrada
y las dos me quisieron por mi falta de simetría.
Una mujer. Quiero.
Color de viento. Quiero.
Que suene a limones.

En las sábanas del futuro.


(Perdón por la tontería).


 


martes, 28 de septiembre de 2021

Te-leos


A los que me dicen que son mis fans, cómo me gustaría asesinarlos con un machete, un bazooka o un revólver ruso. A ofender a otro sitio, por favor. Yo mismo soy fan de Muhammad Ali, Jonah Lomu, Amy Winehouse o Freddie Mercury, pero qué bien les sienta la fanmanía a los cantantes y deportistas y qué mal a los escritores. Un Leo Messi o un Badr Hari o una Rihanna no me hacen pensar o apenas lo hacen: lo que logran es emocionarme, extasiarme, hacerme vibrar, ponerme la carne de gallina. No afirmo que un escritor no pueda arrebatarte, ojo, pero muy mal escritor será si ese arrebato no te hace saltar a la esfera de la reflexión o el conocimiento; si no remueve tu conciencia o espolea tu fantasía; si no consigue que alces la vista de la página y te quedes un momento, con la mirada perdida, masticando o rumiando lo leído. En ocasiones me he acusado de ser un lector-hooligan y eterno adolescente, de esos que siempre dicen "mi escritor favorito", pero jamás en la vida se me ha ocurrido proclamarme fan de Shakespeare o Victor Hugo, por poner dos ejemplos, porque esa palabra aplicada a los escritores tiene para mí una connotación negativa que no corresponde con la admiración que me merecen. Por eso me molesta tanto que os confeséis mis fans, por lo crueles que sois en vuestra sinceridad: con esa denominación, sin pretenderlo, me estáis diciendo que solo consigo un efecto mecánico y epidérmico en vosotros. Qué bonito, en cambio, cuando alguien se acerca y me dice te leo, qué cara de biberón se me pone, cómo me hincho, qué ganas de comerme una papaya cada vez que escucho esas sencillas y respetuosas palabras, te-leo, y qué ganas me vienen de seguir trabajando para ser mejor escritor, que solo puede consistir en tener cada día menos fans y más lectores. Porque en este abejerío no hay más opciones: o eres mal escritor y solo tienes fans, o eres bueno y tienes te-leos.



miércoles, 22 de septiembre de 2021

Poesía o cero


Yo el dormido. Navegando sin ojos
en el bote de las luxaciones. Treinta años,
tantos huesos y cuánto humo.

Cuánto amor
en falso, cuánto estuario baldío,
cuántos bueyes, cuánto sinpájaro.

Tenía que. Me vine a Madrid a
probarme la ciudad. Buscando a mi padre
en destierra firme. Para frotarme contra
la muerte. Para morder a la poesía.

La poesía.

Poesía o nada
(hace un tiempo espléndido para otra Bastilla)
Poesía o nadie
(estamos en vísperas de las manzanas)


Poesía o cero.


 

viernes, 17 de septiembre de 2021

Las poco exploradas posibilidades eróticas de los poemas malos


A veces creo que estoy entrando en la madurez, me refiero en la cobardía, pero otras no tanto. Ayer, por ejemplo, me planté en el día uno del mes sin un euro, como suelo, y la nómina todavía sin cobrar. Esto no suele ser para mí un problema, porque suelo hacer a pie los ocho kilómetros que me separan del trabajo y, por otra parte, en Maracaná tengo comida de sobra como para resistir un mes, lo mismo para mí que para mis tres gatos, pero ayer me visitó un imprevisto.

Sucedió que me vi inmerso en una tormenta de frío, lluvia y viento por la mañana, al salir del trabajo. Lo ideal hubiera sido coger el metro, pero ya os digo que me quedaban cero euros, cuando digo cero me refiero a cero. Así que me comí la borrasca enterita al menos hasta Paseo de Pontones, cuando remitió bastante y pude llegar a Maracaná oyendo el plof plof plof que hacían mis zapatillas llenas de agua.

Sin embargo, no hay momento estoico que no conlleve algo hedónico. Yo soy un ser erótico; a cualquier hora del día estoy erotizado; de las cien capas de mi cebolla 99 pertenecen a mis neurosis sexuales. Tengo, sin embargo, diversas intensidades: la intensidad máxima la alcanzo cuando llueve y me mojo. No me ha pasado nunca, cuando cojo una gran chupa, que no me ponga al segundo a pensar en mis doscientas o trescientas chicas favoritas (tampoco os hagáis una imagen mujeriega de mí, soy la mínima cantidad de hombre que puede haber en un hombre, me enamoro de todas pero solo de lejos).

Y ayer, mientras pensaba en una de la cual no voy a decir el nombre, porque no es famosa, y rodaba en mi imaginación una pequeña película con ella, se me ocurrió la anti-Sherezade: esta chica me pedía que le leyera un poema mío, pero todos le parecían malos. Sin embargo, no me permitía que los guardara: siempre me pedía otro.

—No, ese también ha sido muy malo, léeme otro.

Así conseguía ligármela de una de las maneras más bonitas que pueden existir, pues a ella le gustaba yo, no mis poemas, pero deseaba que siguiera leyendo uno tras otro porque así me retenía. Creo que de mis pelis eróticas (a veces creo que el 80% de mi escritor procede de las pelis eróticas que me monto desde los diez años con las chicas que me gustan) esta es una de mis mejores, porque además a mí me sucede lo mismo que a la chica protagonista: si te gusta alguien, ya puede hablarte de la alimentación del murciélago común que no te aburres nunca, lo de que la inteligencia y “el interior” son importantes en el amor es una pantontería que se han inventado los seres coñazo de mi estilo.

De este modo hice los tres últimos kilómetros hasta Maracaná, emocionadísimo de mi película, deseando llegar para masturbarme, con la chica riéndose y poniéndose cada vez más cachonda con cada nuevo poema malo que le leía, que hasta lo hubiera arruinado todo si le hubiera leído como mío uno bueno de Plath o Neruda. Así que ya sabéis la moraleja de este sueño erótico propiciado por la lluvia a su vez propiciada por no tener un euro para entrar en el metro: ¡No huyáis de la lluvia, no tengáis dinero y, sobre todo, no tiréis nunca los poemas malos, pues tienen unas posibilidades eróticas que no han sido exploradas!!

martes, 14 de septiembre de 2021

El semen


Frecuente y triste historia
la del poeta elegido,
afable y partenonio,
nacido entre cornalinas
y el ocho de la abundancia,
humilde con aeroplano,
matrícula en la solapa,
mezclado en polietileno
y clases particulares,
laborioso, aplicado,
brillante, con facultades,
de familia democracia
y viajes alejandrinos,
erasmus, griego, piano,
biblioteca centenaria,
a salvo de taras físicas
o relámpagos sexuales,
un muchacho inmaculado,
un muchacho ejemplar,
un orgullo y un modelo
que,
sin
embargo,
todavía no ha firmado
una sola línea propia,
un solo verso distinto,
una púa de talento,
y sus trivios y cuadrivios
solamente le han servido
para nada que decir,
su gramática exacta
para nada que decir,
nada sabe del sufriendo,
nada sabe del llorando,
no tiene resentimientos,
nunca hambres ni violencias,
ningún afán de venganza,
qué cosa sea el miedo,
le falta semen, el semen...


 

domingo, 12 de septiembre de 2021

La verdadera basura

Yo que de adolescente quería escribir la Eneida de los vascos, y más tarde la Eneida contra los vascos, y aún después la Eneida contra todas las Eneidas, pasando de troyano a aqueo y luego a luftmensch hasta exiliarme a mi Santa Helena particular, siempre cegado por los relatos grandes y los gestos miguelangescos, poco a poco voy resignándome a ser un pequeño grafitero en los cubos de basura, un esqueje-bonsái de moralista francés en Madrid. Y aunque algunos piensen que el cubo de basura no es un soporte lo bastante noble para escribir, tengo que confesar algo: aunque he pintado ya 1800, en ninguno encontré tanta basura como encuentro a veces dentro de mí.

 

viernes, 10 de septiembre de 2021

EL HIJO DE PUSKAS - Cap. 15 - Alfabeto total


Decía que el futbolista Julen Guerrero iba a tener una carrera meteorológica, que mi irascible hermana Raquel se ponía enseguida como un obelisco, que las millonarias de Neguri llevaban abrigos de bisonte, que los pobres dormían a la interperie o que le acercáramos la botella de aceite, pues la necesitaba para enderezar la ensalada. Su castellano era tan deficiente como el de los demás aldeanos, que en su mayoría solo asistieron a la escuela entre dos y cinco años, pero en mi padre el defecto se acrecía porque era de natural vanidoso y se arriesgaba a decir palabras difíciles que muchas veces lo dejaban en ridículo. Fue él quien me dio con la nebulosidad de los primeros momentos la noticia de la muerte de Lady Di:

–¡Cuidado! La tele ha dicho que Lady Di ha tenido un accidente y está en coma irresistible.

No era ninguno de estos, sin embargo, el trabucamiento suyo que mejor recuerdo, sino uno más garrafal que no habría pasado a mayores si no fuera porque lo repetía con una frecuencia inconveniente para sus intereses. Sucedía cada vez que veía algún asiático o africano famélico en los noticiarios televisivos, en una de las habituales hambrunas en Etiopía o la India. Entonces ponía cara de preocupación y siempre decía lo mismo, no fallaba:

–Son alfabetos totales. Pobres y alfabetos totales.

Alfabetos totales también eran los gitanos o los moros, o cualquier deportista extranjero que no fuera rubio o anglosajón, y en algunos casos hasta yo mismo. Cada vez que nos poníamos a discutir sobre política, en aquellas polémicas baldías donde intentaba convencerle de que la democracia actual era diferente a la dictadura franquista o de que los dirigentes de Herri Batasuna eran enemigos irreconciliables del Partido Popular, mientras él sostenía que todo era comedia y que en realidad franquistas y demócratas o batasunos y populares cenaban juntos y brindaban con champán en secreto, sucedía de pronto que cortaba la conversación y se abandonaba a uno de sus largos silencios, para después dirigirse a mí con mirada condescendiente, como si me estuviera perdonando la vida, y decirme:

–Te crees muy inteligente, pero en algunas cosas eres alfabeto total.

Tampoco tuve nunca posibilidad de corregirle y recalcarle que se dice analfabeto total, igual que se dice irreversible, aderezar, intemperie, visón, basilisco o meteórico, porque la autoridad de un padre en Lauros no se cuestionaba y menos en asuntos que podían resultar hirientes. Nunca fui su amigo y tampoco conocí en Lauros a ningún otro adolescente que mantuviera una relación de amistad con sus padres, como solía suceder a veces en Sondika o Derio o Mungia o Bilbao. Esa relación vertical y separadísima entre progenitores y vástagos había sido aún más firme en el pasado y daba lugar a vacíos e ignorancias imposibles de creer. Ni mi padre ni ninguno de sus seis hermanos y hermanas conocían, por ejemplo, el nombre de uno de sus abuelos muertos, ignorancia esta que no se corrigió hasta muy tarde, cuando mi tía Avelina fue al ayuntamiento y pidió las partidas de nacimiento.

–Pero aita, ¿cómo es que no sabéis el nombre de vuestro abuelo?
–Pues que no sabemos.
–¿No se lo preguntasteis alguna vez a vuestros padres?
–¡A los padres le íbamos a preguntar! ¡A los padres hay que tenerles respeto, no como vosotros!

Era de ver la cara de boniato que se nos quedaba a mis hermanas y a mí ante aquellas respuestas, lo mismo de mi padre que de nuestros tíos y tías, porque una cosa es preguntar a tu padre si se ha ido de putas o se ha masturbado alguna vez, y otra muy diferente pedirle serenamente y por la sola curiosidad o afán de conocimiento el nombre de uno de sus abuelos, pero ellos reaccionaban con igual furia de ménades, cómo se te ocurre, menudo genio tenían los difuntos padres, por menos de nada te arreaban un sopapo, vosotros sois unos niños mimados, etc. Con este detalle y otros como éste comencé a darme cuenta de que uno de los principales errores de aquellos aldeanos era la falta de curiosidad o el temor a preguntar a los demás, pues muchas de las ignorancias que padecían y de las que no tenían ninguna culpa se habrían podido remediar de haber sido más atrevidos.

Mi tío Hilario, por ejemplo, que me solía llevar en verano con mis hermanas a la playa de Gorliz, no nos permitía bañarnos después del desayuno hasta que hubieran transcurrido dos horas y media. Eran en vano las súplicas y las quejas:

–Los ténicos dicen que hay que esperar dos horas y media. Eso está escrito.

Digo ténicos porque mi tío y los laurotarras que yo conocí decían ténico en lugar de técnicos, como decían helicótero en vez de helicóptero, esato en vez de exacto, en el ato en vez de en el acto, o perfetamente en vez de perfectamente. A mí me daban igual sus deslices con el idioma, pues yo mismo cometo algunos y qué le vas a pedir a unos aldeanos que aprendieron el castellano tarde y poco y a golpes, pero me fastidiaba que otros niños llegaran a la playa más tarde y se metieran al agua de inmediato o después de transcurrida una sola hora, por el mero hecho de que los ténicos a los que habían leído o escuchado sus padres eran distintos o más flexibles que los de mi tío.

Tampoco estaban más enterados en otras cuestiones. Cuando comencé a interesarme por el pasado de Loiu, descubrí que mi pueblo tenía como mínimo más de cuatrocientos años de historia, al punto de que había disfrutado hasta de fiel con asiento y voto, el número 43, en las Juntas de Guernica, y que mi propio caserío Astobieta aparecía como un monumento artístico con entramado que databa del siglo XVII. La misma iglesia de San Pedro partía de una edificación medieval del siglo XII, y eso eran palabras mayores. Cuando me sentí obligado a comunicar estos descubrimientos, me encontré con que mi padre y muchos de mis familiares o aldeanos de Lauros se resistían a reconocerlo.

–¿Ochocientos años la iglesia de Loiu? Imposible.
–Que sí, ochocientos o más, viene en la página web del ayuntamiento de Loiu.
–¿En la página qué?
–Da igual, aita.

No sabían los años aproximados de cada caserío y no albergaban ni la menor idea de lo que había sucedido antes de la Guerra Civil; no sabían nada del año 98, o de las carlistadas, y mucho menos de la invasión francesa: su memoria se remitía a la segunda mitad del siglo XX y se ceñía sobre todo a Lauros, un poco de Loiu y otro poco del Txorierri. De ellos aprendí la gran mentira de los grandes relatos y de ellos me viene el odio y náusea contra la historia, náusea que no me ha remitido. Comprendí por aquellos aldeanos y por los del pueblo burgalés de Tobes y Rahedo que lo peor de la Historia de España o la Historia de Euskadi o cualquier otra historia no es que estén concebidas para justificar y calafatear la hora y el ordenamiento presentes: lo peor es que solo son la historia de las élites contada por las propias élites e impuesta al resto de la población por el mero interés de esas élites. Lo que ocurre en las zonas rurales del mundo, allí donde ha vivido el 90% de la humanidad, es que nunca pasa nada: nadie va a las guerras, nadie jura ante el árbol de Guernika, nadie pasa su cabeza por la guillotina, nadie participa en Farsalia, nadie navega con la Armada Invencible, nadie ve incendiarse la biblioteca de Alejandría y nadie está bajo el mando de Zumalacarregui. Hasta puede ocurrir que ni siquiera sepan los nombres de alguno de sus abuelos. Son las élites de la ciudad y los individuos mejor situados de cada pueblo los que dan velocidad y depredación al mundo, pero fuera de esa fina película de hazañas, libros y monumentos existen grandes masas anónimas que tratan simplemente de sobrevivir, que no conocen la historia e incluso la rechazan, como mi padre:

–Imposible porque los vascos vivían en cuevas hasta hace doscientos años. Así me lo dejaron dicho.

Ya les podías tirar a la cabeza los libros de Barandiaran o Caro Baroja o la página web del ayuntamiento de Loiu, que era inútil: ni mi padre ni aquellos aldeanos estaban dispuestos a admitir una historia tan recorrida y compleja. Los vascos venían de muy lejos, en eso estaban de acuerdo, pero habían vivido siempre durmiendo sobre piedra y cazando jabalíes. Ante cualquier idea contraria experimentaban rechazo, y me refiero a rechazo físico: eso lo pude comprobar cuando le enseñé a mi padre noticias de los diarios sobre yacimientos romanos en Vizcaya, y noté que no solo lo negaba sino que experimentaba un añadido de incomodidad y hasta de furia. No había manera: su esquema mental no estaba preparado para creerse la existencia de una civilización sofisticada con dos mil años de historia. Eso podía haber pasado en otros lugares, decía, pero no en Vizcaya.

Lo curioso es que tanto mi padre como aquellos aldeanos, que gustaban de no reconocer sus ignorancias, eran en cambio muy conscientes de las carencias de otros, en especial las de sus padres y abuelos. Cuando nos referían los escasísimos recuerdos sobre sus ancestros, que solían transmitirnos en tono de respeto reverencial, a veces se les solía escapar la misma frase:

–Los difuntos padres eran ignorantes terribles, pero...

“Ignorantes terribles”. Y eso lo decían ellos, que pensaban mayoritariamente que ETA y el Rey eran socios, o negaban que el hombre hubiera llegado a la luna, o sostenían contra todas las evidencias que los vascos habían pasado de Santimamiñe al Guggenheim en solo doscientos años. Se creían unos licurgos sensacionales por el mero hecho de contar con radio, coche o televisión, haber ido a la escuela unos años y saber castellano, elementos todos que sus padres y abuelos desconocieron. No había modo de hacerle cambiar de opinión a ninguno de ellos y menos a mi padre, sobre todo a mi padre:

–Mucho libro y mucha escuela –me insistía, erre que erre–, pero dices cosas de alfabeto total.



martes, 7 de septiembre de 2021

Es hora de cambiar de callejón sin salida


LAS ÚNICAS veces que crucé un puente fue para cambiar de túnel; soy como un sol negro que de tan cansado ya solo irradia sombras; mi manera de brillar es revolcarme en mis cien variedades de barro. He huido, he viajado, dejé a mi familia y dejé a mis amigos, pero todo fue en vano porque siempre me llevaba conmigo, soy el traidor que se paró para siempre en la misma historia y la misma página y el mismo libro. Disfruto de un descanso, sin embargo, que llega durante los solsticios; entonces me brota una alegría maligna y me lleno de una esperanza negra: ¡Es hora de conocer otros sótanos! ¡Tengo que mudar de buitres! ¡Es tiempo de cambiar de monstruos! ¡Necesito un nuevo callejón sin salida!