lunes, 2 de agosto de 2021

Con el reloj parado en la eterna juventud


Si ya es triste y a la vez divertido que todavía haya poetas que piensen que las palabras pueden doblar el mango de las sartenes o partir los troncos de las secuoyas, eso no es lo más triste y divertido de mí. Lo de verdad desternillante en mí es que, por más que mis músculos se ablanden, mis rodillas flaqueen, mis muelas crujan, mi vista languidezca o mi estómago parpadee, sigo conservando todos los sueños de los quince años, con el mismo fuego primero, y planeo nuevos sueños y montañas de confeti para el futuro. Parece que mi cerebro no quiere darse por enterado de mi decadencia continua, minuciosa, o, si se da por enterado, solo es para escribir líneas como estas, migajas de falsa sinceridad para volver enseguida a usar toda su lucidez en prolongar mi locura. Mi vida es insostenible, yo mismo soy un ser insostenible que ha hecho pasión de cerrarse las puertas: en lo social soy una persona concluida, incapaz ya de relacionarme; en lo amoroso no me he recuperado de Iratxe y huyo de las mujeres; en lo político he encallado en un antipatriotismo obsesivo; y en lo físico no soy ni la sombra de aquel muchacho veloz que era apodado “el africano” o “el keniata” en los frontones de Vizcaya. Es difícil estar más acabado que yo, y sin embargo, he aquí lo divertido, mi mente es una engañadora tan genial que me lanza todos los días al ataque. Da igual que no disponga de victorias en las que apoyarme: nunca he necesitado de ellas para sentirme un triunfador. Por más que avance mi soledad y decaiga mi cuerpo, mi cerebro sigue prometiéndome una juventud sin fin.


domingo, 1 de agosto de 2021

Todavía escribo mal, pero pronto lo haré peor


HUBO UN tiempo en que me creía el mejor poeta del mundo, pero comencé a leer. Lo primero que descubrí con desilusión es que los poetas clásicos utilizan docenas de miles de palabras que yo no utilizaba, lo que me hizo sentir por primera vez una gran inferioridad. Pero seguí leyendo: descubrí que la prosodia de los grandes poetas era mucho mejor que la mía, porque ellos no solo se fijan en las palabras o los versos o las estrofas, ¡se fijan también en los acentos, los fonemas y las sílabas! Con la autoestima ya muy tocada, masoquista de mí, seguí leyendo: ¿os queréis creer que descubrí que los poetísimos, cuando escriben "rosa", no quieren decir siempre rosa, sino que la usan como símbolo de dios sabe qué selvas o laberintos? ¿Os queréis creer que averigüé que muchos poemas de los maestros ocultan una cosmovisión para cuyo discernimiento puede ser necesario conocer tal corriente filosófica o tal libro de Wittgenstein o Heidegger? Como podéis imaginar, para esas alturas ya había pasado de creerme el mejor poeta del mundo a creerme un poeta solo malo. Sí, habéis oído bien: de momento "solo" soy un poeta malo. Porque sigo leyendo, lo que significa que pronto seré peor.


sábado, 31 de julio de 2021

Una mujer


Una mujer sin arpa y sin abrazos,
amazona frutal y demasiada,
una mujer como Iratxe sin Iratxe.

A esa mujer le cambiaría cada tarde
los gladiolos y jazmines de su cuarto
y nunca le pondría veneno en su tetera.
Le contaría mis grandes mentiras enormes
con un pomelo prendido en el pecho,
y cada poco le haría un poema de amor
dejando a sabiendas algunos errores.
Con esa mujer bebería vino y cerveza
hasta agotar las fuentes y las barricas
y ponernos rojas las puntas de las narices,
y hasta le enseñaría a asustarse de los cisnes.
La besaría muy fuerte sin acabarme de saliva
y le mostraría la doble torre de mi tristeza
(aquí me duele aita, aquí me duele Iratxe)
a grandes carcajadas, mientras le explico
los rodeos de las moscas sobre las bombillas.
Con esa mujer saldría a la calle pintado de novio
y vestido con hojas de parra transparentes,
y hablaría con ella con la misma seriedad
de las monjas cuando hablan en camisones.

Pero que sea sin arpa y sin abrazos,
amazona frutal y demasiada.
Que sea como Iratxe sin Iratxe.

 
Publicada en Instagram por @pikatoust

viernes, 30 de julio de 2021

Nuestra cultura


Deseando que vengan de una vez esos cincuenta millones de africanos que se anuncia todos los años que van a venir a España y que, por una razón o por otra, nunca terminan de llegar. Quiero que vengan sobre todo para que hagan eso que dicen que van a hacer, "acabar con nuestra cultura", de forma que me quede claro de una vez qué cultura era esa, pues yo, en los 30 años que pasé en Vizcaya y los 17 años que llevo en Madrid, no he visto ciudadanos con cultura por ninguna parte, pero quizá sea porque la llevan guardada muy adentro, en secreto, por la cosa de que es feo presumir, y están esperando a la llegada de los africanos para enseñarla en todo su esplendor.


jueves, 29 de julio de 2021

O poeta en serio o payaso de feria


Me sucedió en 2008 sobre el mes de septiembre. En aquel tiempo todavía creía en la superstición del libro y no imaginaba que mi blog pudiera llegar adonde ha llegado, suponiendo que haya llegado a algún sitio. Daba un recital en Diablos Azules y un catedrático de la Complutense vino a verme. Su tarjeta la tendré por ahí; la historia la conté al detalle en el primer blog neorrabioso, pero como destruí sus setecientas entradas en uno de mis habituales arranques de ira, aprovecho para contarla a la luz del tiempo transcurrido.

Aquel catedrático había ido una noche a Diablos Azules y se llevó un ejemplar de mis cuadernillos. Al parecer se lo leyó, encontró mi blog y, enterado de que iba a dar un recital en el mismo local, acudió a verme. Al término del recitado me abordó: era representante de una editorial alicantina y deseaba publicarme. El catedrático me habló de mis poemas y me sorprendió la meticulosidad con que se los había leído y aún más las precisiones / objeciones que me hizo, porque son las mismas que me ha hecho otra gente en estos tres años.

Según el catedrático mi poesía padecía de dos defectos principales: era arrítmica y era panfletaria, pero contenía dos virtudes, la intensidad y la autenticidad, que superaban con creces las dos taras. De ahí que quisiera publicarme un poemario que, en su opinión, “jamás te van a publicar en ninguna parte”. Yo estaba entusiasmado; ya he dicho que mi blog no era ni la luna de lo que es ahora y todavía pensaba que lo impreso era la única manera de acercarme al lector. Pero en esto, en medio de mi gozo, el catedrático me salta:

–Eso sí, tienes que olvidarte de seguir haciendo esas pintadas, lo mismo que esos catálogos de gilipoetas y boberías en que pierdes el tiempo para que un público fácil te ría las gracias.
–¿Cómo? –pregunté.
–Tú decides: yo me arriesgo y te publico un libro que es casi imposible que te publiquen en otro sitio, pero antes debes decidir si quieres ser un poeta en serio o un payaso de feria.

Aquella fue la última vez que vi a aquel catedrático: aunque me dio su tarjeta para que le llamara, nunca me sentí tentado de utilizarla. Tres años después de aquello, y sin que yo haya hecho ningún movimiento, hasta nueve editores se han ofrecido para publicar mis poemas y cuatro de ellos también han mostrado interés por El hijo de Puskas. No se me escapa que este inusitado interés por mis engendros procede más de la notoriedad que he conseguido que de la calidad intrínseca de mi cuestionada poesía, pero me sigue haciendo gracia aquel salvapoetas que no me veía ningún futuro lejos de su férula. Que no entendió que me son igual de importantes las pintadas que los poemas, los artículos festivos que los poemas, las portadas neorrabiosas que los poemas, mis muñecos de nieve que los poemas. Que puestos a elegir entre un poeta en serio y un payaso de feria, yo lo iba a tener muy claro.



miércoles, 28 de julio de 2021

Prefiero Natalia a la revolución


La prefiero a la defensa de la infancia, al cuidado del ozono.
La prefiero al final de las fronteras.
La prefiero a la Amazonia.

Más que alejar el hambre y la tormenta, el volcán y el terremoto.
Más que ahuyentar la crisis.
Más que parar la guerra.

Antes que salvar al tigre y al leopardo.
Antes que proteger al inmigrante.
Antes que el feminismo y la filantropía.

Por encima de la paz en Jerusalén.
Por encima de la paz en Kabul. De la paz en Trípoli.
Por encima de curar el cáncer o atajar el sida.

Mejor que el rescate de Grecia, la salvación de África, la sanidad, la lectura.
Mejor que la ayuda a Haití. Que la ayuda a Somalia.
Mejor que parar el racismo, la ignorancia, la policía.

Prefiero Natalia a los derechos humanos.
Prefiero Natalia a las libertades.
Prefiero Natalia a la democracia.
Prefiero Natalia a la concordia.
Prefiero Natalia a la justicia.
Prefiero Natalia a la revolución.



martes, 27 de julio de 2021

EL HIJO DE PUSKAS - Cap. 10: Bujumbura


De los primeros años infantiles en el colegio de Larrondo guardo el recuerdo mitad engreído y mitad vergonzoso de que yo era un verdadero malandrín que solo acataba una ley, la Ley de Mi Santa Voluntad, que consistía en pegar, insultar y tratar de imponerme a los demás niños de la forma que fuera. El único inconveniente de esta ley es que también la seguían otros niños:

–No te tengo miedo, payaso.

La que me hablaba así era Izaro, una chica altísima de Zamudio que rivalizaba conmigo en malas energías. Izaro se había hecho muy popular en tercero de EGB, cuando retó al profe Goyo en una de las exhibiciones de magia con la que nos deleitaba cada año. Consistía uno de los números de magia de este profesor en meterse la ceniza del cigarro en la boca sin quemarse, pero a Izaro esa demostración no le impresionaba:

–Bah, qué tontería, a mí tampoco me quema la ceniza.

Entonces el profe Goyo, herido en su orgullo y con el fin de darle un escarmiento, retó a Izaro a poner su dedo índice sobre la punta de su cigarrillo cargado de ceniza ardiente, sin imaginarse que iba a suceder lo increíble: a pesar de que colocó el cigarro en su dedo hasta en tres ocasiones, Izaro aguantó sin rechistar las posibles quemaduras, riéndose incluso, y el pobre profe Goyo, humillado ante la primera demostración de magia real de su vida, metió todos sus cachivaches en su maleta y nos dijo:

–Se acabó la magia por hoy.

Al terminar la clase, cuando el profesor se había ido, descubrimos que a Izaro le empezaban a aparecer en la yema del dedo las marcas de las quemaduras. No había hecho ninguna magia; sencillamente, como luego nos dijo, había apretado los dientes y se había aguantado las ganas de llorar. ¡Aquella chica estaba totalmente loca! Recuerdo que yo le tenía un miedo tremendo y cuando me retaba no me atrevía a pegarla no porque fuera chica, pues en aquel tiempo yo no me arredraba ante eso, sino por el puro temor a perder contra ella, pues era más alta que yo y no me tenía miedo. Pero nuestra enemistad verdadera comenzó por otros motivos, el día mensual de competición de la clase de geografía, en cuarto de EGB, cuando la hermana Cecilia hizo una pregunta sobre los mares al equipo del que ella formaba parte:

–Decidme tres mares que tengan nombre de color –preguntó la hermana Cecilia.
–El mar Blanco, el mar Negro y el mar Amarillo –respondió de inmediato ella, sin consultar con sus demás compañeras.
–Ah, jajajaja –interrumpí yo–, ¡mar Amarillo! ¡Tú eres más tonta que Abundio!

Abundio era el tipo imaginario al que solíamos recurrir para referirnos a la estupidez absoluta: se decía que Abundio vendió el coche para comprar la gasolina, vendió su oreja porque la tenía repetida, etc. Cuando grité aquello, toda la clase rompió a reír y el equipo de Izaro fue eliminado. Pero al día siguiente, para sorpresa mía, Izaro se presentó en clase con una vieja bola del mundo donde, en el lado asiático, justo entre China y Corea del Sur, ¡aparecía el mar Amarillo! Entonces la hermana Cecilia me castigó de rodillas con los brazos en cruz durante toda la clase, castigo totalmente injusto, porque yo no tenía la culpa de que tampoco ella, siendo nuestra profesora, supiera de la existencia del mar Amarillo. Izaro se mostró aquel día exultante, paladeando su triunfo, y, cuando estaba de rodillas cumpliendo mi castigo, pasó cerca de mí y me dijo al oído:

–Disfruta.

Así empezó una guerra entre nosotros: si ella decía algo en voz alta, yo la contestaba en medio de toda la clase; si lo hacía yo, me contestaba ella. Cuando comencé a jugar a campo-quemado, los dos nos teníamos en el punto de mira:

–¡Desgraciado! ¡Tiras a dar a la cara!
–¿Algún problema?

Cuando cumplí diez años sucedió algo que suavizó la imagen que tenía de Izaro, y es que vi a su madre pegándola. Su madre la recogía todas las tardes y se la llevaba en coche hasta Zamudio, donde vivían, pero una tarde bajó del coche muy enfadada y ¡plas!, le dio un tortazo en toda la cara:

–¡Una blusa nueva, recién comprada, y mira cómo la traes!

Aquella fue la primera vez que tuve un barrunto de solidaridad en favor de ella. Verla llorando por el cristal trasero del coche me hizo sentir raro. Al día siguiente, aunque seguí mofándome de ella, me di cuenta de que ya no era lo mismo. Ya no la odiaba. Poco a poco dejó de existir esa agresividad física entre nosotros y fue sustituyéndose por una competitividad extrema: parecía como si cada uno quisiera demostrarle al otro que era más inteligente, más creativo o más audaz. Un día Izaro vino a mí con cara de mucho secreto y me preguntó:

–¿Capital de Burundi?
–Bujumbura.
–¡Ostras! ¡Te la sabes!

Sí, claro que me la sabía. Izaro desconocía que yo era un niño muy solitario, sin ninguna persona de mi misma edad en Lauros, que mataba el tiempo copiando las matrículas de los coches que pasaban por la carretera, o aprendiéndome todas las capitales y banderas del mundo, o todos los estadios de fútbol de clubes europeos que participaban en la Copa de la Uefa, Recopa o Copa de Europa. De esa respuesta que le di y que la dejó anonadada saqué tanto provecho que empecé a llamarla Bujumbura:

–Como me sigas llamando Bujumbura te voy a empezar a llamar Anacleto, te lo advierto.
–Vale, Bujumbura. No te lo llamo más, Bujumbura. Lo siento, Bujumbura.
–¡Anacleto! ¡Anacleto! ¡Anacleto!

A partir de entonces reanudamos nuestra competición con las capitales, pero como ella también se sabía todas, lo que me hace pensar ahora que Izaro era también una colgada como yo (¿qué niños se saben la capital de Burundi con once años?), y era muy aburrido acertar todo el rato, pronto se nos ocurrió una idea genial: se trataba de unir las primeras letras de un país con las últimas del otro, de modo que sus capitales también serían híbridas.

–¿Capital de Italpaña?
–Romadrid.
–¿Capital de Argenusia?
–Buenoscú.
–¿Capital de Libiguay?
–Tripovideo.

Ella inventó también el cesto-quemado o mezcla de baloncesto con campo-quemado, que consistía, a la hora de jugar a menos-veintiuna, en que el tirador podía elegir entre lanzar a canasta o arrojar el balón contra su compañero. El problema del cesto-quemado es que te llevabas unos balonazos terribles con el balón de baloncesto, y comoquiera que el juego se popularizó y algunos niños de cursos inferiores terminaban llorosos y golpeados, las monjas lo prohibieron de inmediato y la superiora nos dijo:

–Mira que cuando os veo juntos empiezo a temblar. ¡Empiezo a temblar!

Por aquel entonces yo ya tenía trece o catorce años y ya me empezaba a dar cuenta de que me pasaba algo raro con esa chica, pero era demasiado burro para reconocerlo. Justo por aquel tiempo se presentó en clase con un vestido rojo de volantes, ella que siempre vestía casi como un chico, y me quedé desconcertado. Me pasé todo el día pensando en su vestido rojo y cuando llegué a casa seguía pensando en su vestido rojo, y me lavé las manos y el agua salía roja y las manos las tenía rojas y miré el reloj y eran las siete en rojo de la tarde… ¿Qué me estaba pasando?

Entonces llegó el viaje de fin de curso, que aquel año era la despedida definitiva, pues terminábamos la EGB. Fuimos a Calella, en Barcelona, y ocurrió que los responsables del hotel, aunque habían sido advertidos por las monjas de nuestro colegio de que en cada habitación debían inscribir aleatoriamente, con el propósito de evitar amiguismos y posibles embarazos, a dos chicos o dos chicas sin ninguna mixtura, se hicieron un lío con algunos nombres euskéricos de los alumnos, porque desconocían que algunos nombres vascos como Izaro o Itsaso, que terminan en –o, son en realidad nombres de chica, mientras que nombres como Jagoba o Aketza, que terminan en –a, son nombres de chico, e inscribieron en algunas habitaciones a un chico con una chica. Eso no lo iban a permitir las monjas de nuestro colegio, claro está, pero en la hora y media que duró el desarreglo, Izaro y yo estuvimos en la misma habitación porque, por azares del destino, la habían puesto a ella conmigo.

Recuerdo que ella llevaba un pantalón vaquero superceñido y yo estaba muy nervioso, pues seguía obligándome a pensar que solo era una chica y no una mujer. De pronto se me ocurrió decir algo gracioso y ella se rió y me dijo:

–¿Sabes? ¡Hay que ver lo que has cambiado! De pequeña te tenía un miedo tremendo.
–¿Miedo? No parecía que me lo tuvieras.
–Calla. Eras un demonio. Nos tratabas a todos como a trapos.
–¿Y ahora también me tienes miedo?
–¡Qué va! Ahora eres supermajo.
–Ah, menos mal.
–Oye, te puedo pedir una cosa.
–Dime.
–No me llames más Bujumbura, por favor.
–Vale.

Aquella fue la última conversación que tuve con ella, porque tanto durante aquel viaje como durante la última semana de clase traté de evitarla debido a que ya no podía seguir negándome que estaba enamorado de ella. Y eso, en el muchacho que era por aquel tiempo, constituía un error imperdonable, una debilidad vergonzosa que no me debía permitir y que me ponía en riesgo, pues estaba seguro de que si ella se enteraba se iba a reír de mí.

Ya no la vi más, pero se ha conservado fresca en mi recuerdo porque, desde entonces, casi todas las chicas con las que he estado han sido Izaro pero con otro nombre. Sí. La misma chica masculina, de esas que antes muerta que ponerse unos tacones, la misma chica de yo-te-paro-los-pies, la misma con la que amar se convierte en un pelear infantil por demostrar que yo-soy-más-que-tú:


–¿Capital de Suipal?
–Bermandú.
–¿Capital de Indogipto?
–Yacarairo.
–¿Capital de Polomalia?
–Varsodiscio.


lunes, 26 de julio de 2021

La piel fina


Sobre la piel fina. Todos hemos oído decir de alguien o a nosotros mismos nos han dicho, cuando nos hemos pasado de susceptibles o sin haberlo hecho:

–¡Jesús! Qué piel más fina tienes.

Pero gracias a esa piel fina puedes sentir cuatro notas en vez de una. Gracias a esa piel fina uno abandona la lupa gorda por el microscopio de las miles de posibilidades. Uno se hace más amplio. Aprende a escuchar el sufrimiento. Y ya no quiere volver a tener la piel ruda.

Porque son los de la piel ruda los que ponen vallas a los inmigrantes, vallas al sexo, vallas a la mente, y luego tienen que venir los de la piel fina a quitarlas.

Son los de la piel ruda los que hacen leyes para la competencia salvaje, gobierno de los fuertes, policía en las calles, y luego tienen que venir los de la piel fina a derogarlas.

La piel ruda sabe; la piel fina duda. La piel ruda impone; la piel fina sugiere. La piel ruda es la línea recta que no se detiene ante el llanto de los leopardos; la piel fina prefiere tomar un millón de curvas antes de lastimarte.

La historia del humanismo es la historia de las victorias conseguidas por los que tienen la piel fina.



domingo, 25 de julio de 2021

Vicocéana


NI LA ley ni el chacal ni el cuerno podrán hoy ni mañana ni mañanunca con esta mujer plurimujer esculpida en seda y acero: de Victoria Tenamoras porque tiene la ternura del rocío y la dureza del trueno, es como una muñeca de fantasía que llevara perfectamente doblado en el bolso un kalashnikov. Ponle un escollo que lo supera, dale una orden que la muerde, acúsala y serás tú el acusado, dile que se calle y rociará toda tu avenida con sus decibelios. Yo también pensaba que era un hermoso pez de acuario pero no: ella es una mujer de océano, y su alma es de tiburona.

 

sábado, 24 de julio de 2021

Una historia surrealista


Eso que hice hace cinco años con uno de mis gatos, lo de cambiarle el nombre original de Breton por Broma, quizá no fuera muy adecuado, pero la culpa del cambio la tuvo la analfabetada de Madrid, de por sí ingente, que comenzó a mirarme como si yo fuera la peor persona del mundo:

—¿Cómo le has podido poner ese nombre a un gato? ¡Si serás malo!

Parece que existe un tipo en España con apellido Bretón (con tilde), que debió de ser un asesino en serie o un violador de niñas, ya no recuerdo bien. Yo no tenía ni idea, porque tras el tiberio catalán dejé de leer diarios españoles y desde hace diecisiete años no tengo televisión, por lo que no me suelo enterar de las truculencias tipo niñas de Alcasser de las que antes me enteraba. El caso es que me influyó tanto que varias personas me miraran con cara de "este no debe ser muy buena persona si llama así a su pobre gato", que al final le cambié el nombre y le puse Broma, un nombre por cierto del que no me arrepiento, porque mi gato es una broma infinita.

Sobra decir a los que leéis este blog que le puse ese primer nombre en honor a André Breton, jefazo surrealista y gran admiración neorrabiosa, pero tú vete por Madrid preguntando a la gente quién es Breton y ya veréis el susto que os lleváis. Como para andar pensando en la gloria literaria, cuando cualquier violador o asesino se hace más famoso que uno de los autores más importantes del siglo XX.