jueves, 12 de julio de 2018

La medalla de plata


De todos los familiares que acudieron al hospital de Cruces ninguno fue tan feliz como mi padre la tarde en que vine al mundo, allá por las seis y media de un seis de marzo, en medio de un aguacero y una tronada que la fantasía y las habituales lentes de aumento de los basterrecheas aún rememoraban veinte años más tarde:

–¿Recuerdas el día en que nació Alberto?
–Cómo no me voy a acordar. Eso no se olvida nunca.
–¡Aquellos eran truenos! ¡Ra-ta-ta-ta-ta-ta!

La noticia de mi nacimiento se recibió con un alborozo e intensidad muy por encima de la que supuso la venida de mis dos hermanas mayores, pues al fin llegaba el varón deseado que aportaría iniciativa, orden y solidez al linaje. Aquellos aldeanos eran de un machismo elemental, lo mismo los hombres que las mujeres, y de hecho eran mis tías las que siempre acudían a mí con la misma historia:

–Alberto, ven aquí.
–Dime, tía.
–¿Cuál es tu apellido?
–Basterrechea Martínez.
–No, tú eres Basterrechea.
–Bueno.
–¿Sabes lo que es ser Basterrechea?
–No.
–¿Cómo que no sabes?
–No sé. 
–Que tus hermanas no lo sepan, vaya, pero que tú no lo sepas...
–¿Por qué tengo que saberlo yo y mis hermanas no?
–¡Hola! Porque los hijos de tus hermanas no van a ser Basterrechea.
–¿Por qué?
–¡Mira qué pregunta! ¡Porque llevarán el apellido de sus maridos!
–Ah.
–¿Quieres que te diga lo que es ser Basterrechea?
–Bueno.
–Ser Basterrechea es lo más grande del mundo.
–¿Por qué?
–Porque es lo más grande del mundo.

A mi padre le daba igual la supuesta grandeza del “Basterrechea”, pero participaba de la superstición de la varonía, y de ahí que mi nacimiento le produjera un júbilo desbordante que se iba a incrementar cuando comencé a parecerme de forma clínica a él. No es que me pareciera sólo físicamente, sino que me parecía en los andares o hasta en la manera de hablar o mover la cabeza. Cada vez que mis familiares de Burgos venían a Lauros o mi padre me llevaba a alguna feria de ganado, en el momento en que los hasta entonces desconocidos se encontraban conmigo siempre se repetía la misma escena:

–¡Hostias! ¿Será posible?
–Eres igual a tu padre.
–El puro retrato.
–Igualito.
–Fotocopia.
–Habráse visto.

El parecido saltaba tanto a la vista que mis tías hicieron fuerza para que me llamara como él, Nicasio, nombre que también habían llevado mi abuelo y mi bisabuelo, pero mi padre se opuso:

–He buscado un nombre por ahí, lo tengo apuntado en una caja de cerillas.

El nombre que había apuntado era Unai; en aquellos años, hablo del 74, las autoridades franquistas estaban abriendo un poco la mano y comenzaban a permitir los nombres vascos, pero cuando acudieron a registrarlo sucedió un imprevisto:

–Vaya, no me acuerdo del nombre –dijo mi padre.
–¿No lo tenías apuntado en una caja de cerillas? –respondió mi madre.
–Sí, pero no encuentro la caja.

Comoquiera que la caja no apareció, mi padre pidió al señor del registro que le dijera algunos nombres, y mientras se los iba desgranando en voz alta y por orden alfabético, Aarón, Abel, Abelardo, Adolfo, Adrián, Agustín, Alberto, Alejandro..., mi padre intervino:

–Ése.
–¿Alejandro?
–No, Alberto.

Por lo que terminé llamándome Alberto a cuenta de que a mi padre se le olvidó la caja de cerillas en Astobieta. Con Alberto comencé a dar mis primeros pasos y a disfrutar del trato de privilegio que me otorgaba ser varón. Mi madre no me permitía hacer los trabajos de casa, lo mismo limpiar que hacerme la cama; mi hermana mayor me vestía; mis tías me mimaban, mis tíos me daban consejos mirando al horizonte; y sólo mi padre se quedaba en un segundo plano, haciendo como que no intervenía, y quizá por eso se convirtió desde el principio en el maestro y en el gran impacto de mi infancia.

En efecto, nadie consiguió nada conmigo por la fuerza. Aquellos que trataron de educarme desde la imposición y la matraca, sistema que empleaban mi madre o las monjas de Larrondo, nunca obtuvieron resultados, pero mi padre, con esa mezcla suya de largos silencios y frases aisladas, conseguía concitar mi atención al instante. Era un hombre que decía una frase como sin darse importancia y mucho más tarde, como seis u ocho horas después, me sorprendía con alguna pregunta:

–¿Qué te he dicho esta mañana?
–Que debo ser el número uno, aita.

Apenas pude mantener con él más que algunas y contadas conversaciones fluidas en toda mi vida, salvo aquellas que mantuve con alcohol de por medio en los últimos diez años antes de su muerte. Su manera de conversar era lanzar preguntas y volver sobre ellas al de horas, a veces al de días:

–¿Y por qué te he dicho que debes ser el número uno?
–Porque así no tendré que pedir nada a nadie, aita. Serán los demás los que acudan a mí.

Él fue quien me enseñó a competir. Todavía no sé si aquello fue algo bueno o malo. Quería que fuera el mejor en todo. Apenas acabábamos un trabajo, bien la siembra de patatas, o la recogida de vainas, o habíamos sacado la basura de la cuadra, señalaba algún objetivo y me decía:

–Hasta ese cerezo. A que te gano.

Y echaba a correr como un poseso, sacándome gran ventaja en los primeros metros, pero dejándose ir en la última parte, o cayéndose, o fingiendo una lesión, de forma que siempre ganaba yo. Luego me decía, aparentando estar muy enfadado:

–Has tenido suerte esta vez. No me ganas más.

Con este tipo de prácticas me fue inoculando tal veneno por la competición que desde muy pequeño nada lograba apasionarme si no había de por medio un desafío. Me acostumbré a retar a mis compañeros del colegio a coger grillos, a cazar moscas, a comer mayor número de naranjas, a lanzar el lapo más largo, a hacer los deberes, a todo. Mi afán competidor era tan exagerado que se convirtió en el reproche habitual de casi todos mis profesores, que me acusaban de rendir tan sólo en los exámenes o en las finales de las competiciones deportivas.

–Alberto –me dijo una vez el profe Goyo, mi profesor de mates en octavo–, en el examen has sacado sobresaliente pero te voy a poner un notable porque en clase no haces nada.
–Vuelvo a advertir que no soy una profesora que pone un examen y ya está –dijo una vez la hermana Irene–. Yo valoro mucho el trabajo día a día. Lo digo por ti, Basterrechea.

Pero era inútil, y hoy puedo decir que soy una de las pocas personas que no guardo mal recuerdo de los exámenes sino al contrario: si no fuera por ellos yo no habría abierto un libro en mi vida. Esa pasión por el examen y la prueba deportiva la sentía con tal intensidad que superaba incluso la que me había enseñado mi padre, porque mi padre consentía la posibilidad de la derrota.

–Se puede perder, claro que se puede perder –me decía–. Pero debes saber por qué has perdido. Buenos estamos si no sabes por qué has perdido.

Pero yo no aceptaba la derrota y daba por supuesto que mi padre tampoco me la aceptaría. Mi falta de tolerancia a ella llegó a su culmen en 7º de EGB, cuando por primera vez se repartían durante el Día de la familia unas medallas que imitaban el oro, la plata y el bronce. Participé en cinco competiciones y gané el oro en redacción, salto de longitud, fútbol y cross, pero sólo pude conseguir la plata en Dibujo, disciplina en la que ganó Ana Elvira García, nombre y apellido que no olvidaré nunca solamente por eso: por ser el de la chica que me derrotó.

Aquella tarde, cuando mi padre estaba a punto de llegar como cada día para llevarme en coche de Larrondo a Lauros, me hallaba en una de esas situaciones embarazosas que son fáciles de resolver si eres adulto pero son imposibles cuando eres niño: la mía era la de llevar en el pecho cinco medallas que en realidad eran nada más que una, porque yo sólo pensaba en la maldita medalla de plata.

Al final, mientras esperaba la llegada de mi padre y lamentaba la mala hora en que había decidido presentarme al concurso de Dibujo, decidí cortar a lo bruto. Era tal el miedo que sentía a decepcionar a mi padre que preferí enseñarle las cuatro medallas de oro y no le dije nada de la medalla de plata que había conseguido en Dibujo, medalla que arrojé por el pequeño barranco de La Peña, el que había entre el colegio Urdaneta y la ikastola de Lauros. Mi padre abrió mucho los ojos ante las cuatro medallas y puso al principio cara de contrariedad, pero luego comenzó a reírse un poco y al final dijo:

–Abusas demasiado.

Pero estaba encantado, como prueba el hecho de que se pasara todo el verano enseñando mis medallas a los familiares o vecinos que nos visitaban, y subrayando que había ganado “cuatro de cuatro”, todo ello ante mi vergüenza poco disimulada, pues yo era entonces un católico acérrimo y sobresaliente obligatorio en religión, cuyo ídolo máximo, muy por encima de Tyson o Maradona, era Jesucristo, y ya me veía condenado al fuego eterno y a cosas peores. Cómo sería mi preocupación y martirio de la conciencia, que después del verano, en la primera ocasión de confesarme con el cura don Julián, el primer pecado que conté fue el de la medalla de plata, pero el cura se rió de forma tan estentórea al terminar mi relato, que me di cuenta enseguida de que la mentira no era tan grave y que por esa vez me salvaba del infierno.

Más tarde, muchos años después, fui perdiendo esa necesidad de ganar, y sólo porque las derrotas comenzaron a ser tan numerosas y dañinas que me fui acostumbrando a ellas. Cómo de hondas y sangrantes habrán sido mis derrotas, que hoy en día me encuentro viviendo en Madrid, yo que fui diseñado para no alejarme dos kilómetros de Lauros, y hago pintadas en las paredes, que en Vizcaya nunca hice, y escribo poemas, que tampoco. Sin embargo, aunque ganar o perder ya no me es tan importante como entonces, sigo manteniendo la pasión por competir, aquella que me fundó mi padre. Cuando un día, dentro de unos treinta años, vuelva como tengo previsto a su tumba en el cementerio de Loiu, volveré a tirar con antelación las medallas de plata que haya ganado. Puedo volver sin nada, qué me importa, pero sigo prefiriendo una sola nada de oro a cualquier todo de plata.