jueves, 19 de julio de 2018

El Athletic de Bilbao en las urnas


Los aldeanos de Lauros esperaban con emoción la jornada de las elecciones, porque para ellos era un día especial donde dejaban el caserío por unas horas, vestían como para ir a una boda y comían pinchos gratis en el Batzoki. El Partido montaba entonces un circuito de coches para captar el voto de los ancianos y la oficina electoral en Loiu se convertía en un desfile donde, con algunas excepciones de personas mayores capacitadas, abundaban los impedidos, las personas en estado casi vegetal o aquéllas cuyo conocimiento de la política no pasaba de los nombres de Fraga o Arzalluz. El Partido se alimentaba de la ignorancia de los ancianos, pero siempre había algún aldeano más difícil de convencer que otro. Era el caso de Marcelino.

Marcelino era un ochentón casi analfabeto que vivía aislado en Goikoane desde que había perdido la movilidad de sus piernas. Todos sus hermanos eran del Partido y también sus hijos, pero él no parecía muy interesado.

–Astobieta –me preguntaba–. ¿Tú qué opinas de ETA?
–Mal –decía yo, horrorizado–. Muy mal.
–Estoy contigo –contestaba–. ¿No les dará vergüenza matar a guardias civiles? Pero…

Los “peros” de Marcelino eran famosos. A cada uno de ellos le sucedían siete u ocho segundos de silencio escrupuloso para después, palo de avellano en alto y como haciendo esfuerzos por salir de la silla de ruedas, continuar con más fuerza:

–Pero una ETA como Dios manda, eso sería cosa grande.
–¿Una ETA que dejara de matar? –me atrevía a sugerir yo.
–¡Qué dejar de matar! ¡Hay que matar mejor! ¡Tres tiros en la barriga a Arzalluz, tres tiros en la barriga a Reagan y tres tiros en la barriga al Papa! ¡Verás entonces cómo se acaba el hambre, la guerra y la órdiga!

Eso decía, y su voz de trueno, el palo en alto, su larga barba y el rostro congestionado componían una estampa que me impresionaba por lo épica. Más tarde, cuando vi Los diez mandamientos por primera vez en el colegio, se me quedó grabada la escena en que Moisés abre el Mar Rojo con su báculo; aquella escena ya la había presenciado antes; siempre pensé que Cecil B. DeMille me había “plagiado” a Marcelino. Pero Marcelino continuaba:

–Y el primero al que hay que ventilar es a Arzalluz. Garrote a Arzalluz. Menuda culebra es Arzalluz.

Con aquellos pensamientos contra el presidente, a mí me parecía imposible que Marcelino pudiera votar al Partido. ¿A quién votaría? Nunca me atreví a preguntarle nada, porque yo tenía ocho o nueve años y, al menos en Lauros, una persona mayor era alguien al que había que respetar mucho. Pero cuando ya tenía doce o trece y era un poco más bandido me atreví a hacerlo:

–Marcelino…, ¿a quién votas tú?
–¿Yo? Al Athletic de Bilbao.
–¿Al Athletic de Bilbao? No se puede.
–¡No se va a poder!

Seguí repitiéndole a Marcelino que no, que no se permite votar a un club de fútbol, con una insistencia tal que Marcelino, al final, pegó una voz:

–¡Félix! ¡Ven aquí!

Félix era hijo de Marcelino y uno de los cabecillas visibles del Partido. Rondaba los cincuenta años y llevaba los diez últimos viviendo en viejo. En Lauros era muy común el envejecimiento prematuro; a partir de los cuarenta años muchas personas dejaban de salir del caserío. Félix bajó las escaleras exteriores de Goikoane y se acercó a nosotros sonriendo. Marcelino le dijo:

–Félix, dile a Astobieta a quién voto yo.

A Félix le cambió la cara de pronto y me miró fijamente. Muy fijamente. Con una de esas miradas que ponen los mayores cuando quieren darte un sopapo. Al final dijo:

–Al Athletic de Bilbao, a quién va a ser.

Me marché de inmediato, y sólo pude oír a lo lejos la voz de Marcelino llamando cabrón a Arzalluz y diciendo que todos los partidos salvo el Athletic eran cucarachas. Preferí marcharme porque aquella mirada de Félix no mentía, y en Lauros cualquier persona mayor te podía pegar un bofetón con la aprobación de tu propia madre y sin pedirle permiso. Aún recuerdo cómo bajaba por Erletxes con la respiración entrecortada y sintiéndome dueño de algo muy grave y muy malo. Aquel secreto me pesaba en el pecho: Marcelino estaba votando al Partido sin saberlo y sus hijos le hacían creer que votaba al Athletic de Bilbao. Cuando estaba a suficiente distancia me paré en la escuela vieja a comer moras, pero no pude: apenas podía respirar. Creo que nunca como entonces sentí tanta desconfianza hacia el mundo de los mayores.