miércoles, 27 de junio de 2018

La verdadera razón de las urnas


Mi tío Hilario era un soltero sesentón y aparentemente sensato que vivía con nosotros en Astobieta y cuyo trabajo consistía en cerrar las ventanas, ahuyentar la alegría, contar el número de cubiertos y piezas de vajilla, apagar las luces o cerrar por la noche la puerta del caserío. Como siempre vestía el mismo pantalón y se bastaba con dos jerseys de lana, uno rojo y otro verde bastante agujereados por los codos, era común que mi madre se ganara los reproches de mis tías:

–Pero Piedad, mira a Hilario, va como un gitano.
–A mí no me digáis –respondía mi madre–. ¡Le he comprado tres jerseys y dos pantalones nuevos este año y nunca se los pone!

Mi tío no profería más que tres o cuatro frases por semana y quizá por eso tenía tanto ascendiente en las reuniones familiares, quizá incluso por encima de mi tío Dámaso, el rusófilo, que intervenía mucho y era considerado el cicerón de la familia. Hilario, en cambio, intervenía muy puntualmente y sólo espoleado por los efectos que le causaba el Faustino Rivero Ulecia, vino tinto que compraba en Erandio y bebía con preferencia, pero cada uno de sus pequeños parlamentos impresionaba como los del sordomudo que rompe a hablar:

–Franco fue cosa mala, qué duda cabe, ¡pero con Franco no teníamos que votar!

Cada vez que hablaba se hacía el silencio. Acostumbraba a pronunciar este tipo de frases escandalosas y después callaba durante diez o quince segundos, tiempo que pasaba mirándonos uno a uno para comprobar los efectos que habían causado sus palabras. Luego continuaba muy abrupto:

–¿Para qué nos hacen votar? ¡Nos hacen votar para tenernos controlados! ¡Para tomarnos el carnet de identidad y mirarnos los datos, saber dónde vivimos, la edad que tenemos, y luego dárselos a Hacienda, al Banco y a la Guardia Civil!

Sostenía mi tío que los laurotarras fueron completamente libres durante el franquismo y en épocas anteriores, porque los caseríos estaban tan apartados de la ciudad que se saltaban todo tipo de controles, pero las autoridades y los “accionistas de Neguri”, al darse cuenta, habían inventado las elecciones para “tenernos fichados”:

–Vosotros no sabéis porque sois jóvenes –nos decía dirigiéndose a mis hermanas y a mí–, pero antiguamente, cada vez que venía la Guardia Civil a buscarte para cumplir el servicio militar, los difuntos abuelos te escondían en un arcón y les decían a los guardias que te habías muerto de tuberculosis. Pero ahora, desde que han inventado las elecciones, adiós.
–Pero tío –nos atrevíamos a decir mis hermanas o yo–, tampoco es obligatorio votar.
–¡Ah, mira por dónde salen estos! –contestaba–. ¡No vayáis a votar, y veréis lo que os pasa! ¡No encontráis trabajo en vuestra vida!

Aquellas opiniones de mi tío disfrutaban de gran prestigio entre los miembros de mi familia, pues ya he dicho que en Lauros las personas que hablaban poco eran las que congregaban más predicamento, e Hilario era el que menos hablaba de todos. A Hilario sólo le reprochaban su indumentaria, siempre la misma, y para paliarlo mis tías le regalaban todo tipo de ropa que nunca se ponía:

–Pero Hilario, mira qué jersey llevas.
–Peor están en África.

La capacidad de hacerse con una visión radical e insólita de la realidad era común en la mayor parte de los aldeanos, creyentes casi todos ellos en teorías conspiracionales, pero en ninguno vi aquellas creencias tan asentadas como en Hilario. Cuando a principios de los noventa pusimos teléfono en Astobieta y logramos implantarnos un poco más en la modernidad, él se enfrentó sin éxito a la instalación con el argumento machacón de que “ellos” nos escuchaban y, cuando por la misma época el ayuntamiento nos puso contenedores municipales para tirar la basura, mi tío arreció en su “ellos” ya famoso:

–¿Adónde vas con esa bolsa?
–A tirarla al contenedor.
–¿Qué llevas dentro?
–Apuntes y fotocopias de la universidad.
–¿Estás loco? ¿No te das cuenta de que te leen?
–¿Quién me va a leer?
–¡Quién va a ser! ¡Ellos!

Y me arrancaba la bolsa de las manos y se iba doscientos o trescientos metros huerta abajo, donde, con una diligencia y cara de susto propias de quien está haciendo algo muy peligroso, se daba a quemar uno a uno todos mis apuntes y fotocopias de Teoría General de la Información, Sociología General, Historia del Pensamiento Político, Redacción Periodística u otros mamotretos semejantes, por mucho que le alertaba de que, en el caso de que fueran reales los “ellos” de que hablaba, aquella suerte de espías o políticos o banqueros o policías o vete tú a saber, pues nunca me concretó a qué personas se refería, la lectura de aquellos apuntes no les iban a servir más que de formidable pérdida de tiempo. Pero mi tío no sólo no se detenía ante mis advertencias sino que más tarde, cuando en alguna comida familiar escuchaba algún elogio hacia mi persona o mis palabras o mis notas en la universidad, intervenía de inmediato:

–Alberto nada. No vale para nada.
–¿Cómo que no vale para nada?
–Alberto... si no es por mí, ni siquiera estaría vivo. Ya le habrían limpiado el forro.

Y pasaba a contar la historia de mis apuntes de Durkheim, Barthes, Saussure y otros cráneos parecidos, apuntes que podían haber caído en manos de “ellos” si no hubiera sido por su intervención providencial, y lo curioso del caso es que los comensales, en lugar de reírse o quitarle la razón, se la daban completamente y arremetían contra mí, sobre todo mis tías:

–Pero tías –trataba de defenderme yo–, ¡si son apuntes inservibles de asignaturas que he aprobado y que ya no valen para nada!
–¡Cuidado, Alberto, mejor haz caso a tu tío! ¡Tu tío sabe mucho y nunca se sabe lo que puede pasar!

Yo me oponía a mi tío en casi todo y también en su parquedad, pues yo, frente a lo que opina casi todo el mundo, desconfío de las personas que hablan poco porque mi experiencia me ha demostrado que son tendentes a la violencia y, precisamente porque están muy poco entrenadas en la palabra, cada vez que dicen algo no sueltan más que rebuznos. Pero en mi familia opinaban lo contrario:

–Qué grande es tu tío, Alberto. Habla poco, pero cuando habla nos deja borrados.

Mi tío Hilario murió al poco de que yo me viniera a Madrid. Nunca consiguió convencerme para que fuera a votar, mucho menos para que me afiliara al Partido. Días después de su muerte abrieron su armario y encontraron docenas de pantalones nuevos sin usar, jerseys en perfecto estado de conservación, mudas sin salir del plástico, camisas nuevas de hace cincuenta años, zapatos perfectos, calcetines, etc.