domingo, 1 de julio de 2018

Los milagros de la Hermana Esperanza


Aunque en esos primeros cinco años de escuela me comporté como un niño agresivo y dictador, de esos que no disimulan su inmoderado afán depredatorio, también fui uno de los niños más religiosos y que leía con más fervor la biblia, sin que me pareciera entonces ninguna paradoja. La asignatura de religión era casi la única en la que no me aburría ni me comportaba como un revientaclases, porque en ella existía un personaje que se convirtió en el verdadero Capitán Trueno de mi infancia, un hombre al que yo leía como si fuera un héroe de cómic. Ese hombre era Jesucristo.

Sin embargo, ya desde el primer momento las monjas de Larrondo advirtieron que yo no me leía la biblia como un texto sagrado y por tanto infalible, sino que le hallaba contradicciones o puntos poco claros. Recuerdo, a propósito del milagro de los panes y los peces, y acordándome de la insistencia de las monjas para que termináramos los platos a la hora de comer, la cara de pastaflora que se le quedó a la hermana Jacinta cuando levanté mi mano de niño redicho y sabiondo y le pregunté:

–¿Por qué sobran doce cestas de panes y peces?
–¿Cómo?
–Que no entiendo por qué la muchedumbre no se comió todos los panes y los peces que multiplicó Jesucristo. ¿En aquella época no había que terminar toda la comida?

Pero no acababan ahí mis dudas sobre los textos bíblicos. Ya desde la primera lectura, me indignaba la falta de fe de los hebreos ante un Dios que había realizado tantos prodigios por ellos. ¿Cómo era posible que Yahvé hiciera esos milagros tremendos de parar el sol, arrojar las diez plagas contra Egipto o abrir las aguas del Mar Rojo, y los hebreos, en lugar de postrarse y jurarle eterno agradecimiento, estuvieran siempre quejándose, blasfemando o adorando a otros ídolos? ¿Cómo era posible que Jesucristo hiciera a la luz del día nada menos que 39 milagros, algunos de ellos presenciados por miles de personas, y los judíos y los romanos, en lugar de darle las llaves de Judea y las del mismo Imperio Romano, se dedicaran a estorbar, murmurar contra él, perseguirlo y hasta crucificarlo?

Me hallaba yo en pleno fervor religioso cuando en 5º de EGB, con diez años, la hermana Irene nos encomendó realizar una redacción sobre la hermana Esperanza, que había fallecido unos meses antes. Esperanza Alhama era una monja murciana que había fundado la orden Esclavas del Amor Misericordioso, a la que pertenecían las monjas de mi colegio, y se había hecho muy célebre sobre todo en Italia, donde había fundado un santuario que socorría a los enfermos y necesitados. 

–Quiero que vayáis a vuestra casa o adonde vuestros amigos o conocidos –nos dijo la hermana Irene– y preguntéis lo que saben sobre la hermana Esperanza.

Yo fui a casa, pregunté y descubrí que mi madre se acordaba de algunas cosas, pero la que sabía muchísimo era sobre todo Raquel, mi hermana mayor, que había estado de interna en mi colegio y hasta había hecho la comunión vestida de monja. Raquel me contó hechos asombrosos: la hermana Esperanza tenía el don de leer las almas y estar físicamente en dos lugares a la vez. Hablaba todos los días con Jesucristo por línea directa y como si fuera un amigo de toda la vida. Aparte de eso, resucitó a un hombre, curó a varios enfermos terminales y, en las postrimerías de la Segunda Guerra Mundial, se dedicó a multiplicar los alimentos de tal forma que con una sola olla de legumbres y hortalizas conseguía alimentar cada día a 3000 italianos. Su gran adversario era el demonio, que la había declarado su enemiga número uno, porque desde que la hermana Esperanza se hallaba en la tierra ya no entraba tanta clientela en el infierno. El demonio la atacaba de continuo arrojándole piedras, poniéndole zancadillas o dándole puñetazos a traición, todo esto de forma invisible, pero la hermana Esperanza no solo no se arredraba sino que trataba a Satanás como simple gentucilla.

–Ah –añadió– y tenía tres estigmas en el cuerpo que le avisaban de grandes catástrofes o asesinatos.
–¿Qué es un estigma? –pregunté yo.
–Son marcas que la hermana Esperanza llevaba en el cuerpo de nacimiento. Horas antes de que sucediera algo malo, como las bombas atómicas o la muerte de Kennedy o el atentado contra el Papa, ella se ponía a sangrar por esas tres marcas.

Con toda esta información que me dio mi hermana, titulé mi redacción “Milagros de la hermana Esperanza” y me presenté en el colegio más contento que un kilo de mandarinas, pensando que iba a arrasar con todo aquel tipo de revelaciones, aunque lo cierto es que me era incómodo pensar que los poderes de aquella monja mágica podían rivalizar con los del mismo Jesucristo. Sin embargo, al día siguiente de entregar esta redacción, la hermana Irene me llamó al despacho. Que te llamaran al despacho nunca era una buena noticia, y cuando me presenté la monja me esperaba con mi redacción encima de la mesa.

–Vamos a ver, Alberto –comenzó la hermana Irene–, sé que tienes mucha fantasía, pero no me puedo creer que te hayas podido inventar todo lo de esta redacción.
–No –le dije yo–. Me lo contó mi hermana mayor. Alguna que otra cosa me la dijo mi madre, pero la mayoría mi hermana Raquel.

Entonces la hermana Irene me dio una charla. Que estaba harta. Que no sabía de dónde salían todas esas historias. Que ella había conocido en persona a la hermana Esperanza y que no había hecho ninguno de los milagros que le atribuía mi redacción. Que todos esos supuestos milagros perjudicaban a la iglesia porque la gente daba por hecho que ser bueno y hacer el bien estaba solo al alcance de las monjas, los curas y los santos. Que no era así. Que hiciera el favor de decirle a mi madre y a mi hermana mayor que todo aquello era mentira, porque lo malo de esas falsas historias era que no había manera de pararlas una vez empezadas. Y terminó así:

–Los únicos milagros que hizo la hermana Esperanza fueron los de su abnegación y caridad sostenida en favor de los enfermos y necesitados. Y tú también puedes hacer ese tipo de milagros cuando quieras.

Salí del despacho planchado y a partir de ahí empecé a darle muchas vueltas al asunto de los milagros. Recordé que en la ermita de San Miguel en Lauros dio misa un cura muy querido al que yo no conocí, Mikel Zarate Lejarraga, del que a su muerte en 1979 comenzaron a circular los rumores más diversos: que si lo habían visto subiendo al monte, que si había ordeñado las vacas de un aldeano, que si le habían visto rezando en un pajar… Y recordé que cuando llegó a Lauros el escritor J. J. Benítez para entrevistar a Juana, que sostenía haber visto un ovni, hubo otros laurotarras que protestaron y empezaron a decir que ellos también habían visto ovnis pero no habían dicho nada “para no llamar la atención”, asunto este que llegó a tanto que a mi padre le dio por la chacota:

–A ver si el único que se ha quedado sin ver un ovni en Lauros he sido yo.

Asediado por las dudas, decidí hacer un experimento con la biblia y leerla sin los milagros. Descubrí que sin ellos la biblia empezaba a clarificarse. De pronto comencé a solidarizarme con los hebreos, a quienes de benjamín tanto detestaba: ¡cómo no iban a murmurar contra Dios y Moisés, que los sacaron de Egipto, donde al menos tenían comida, si los habían llevado a una “tierra prometida” que no era más que un desierto ocupado además por otros pueblos! ¡Cómo no iba Jesucristo a encontrar opositores y desatar el miedo entre las autoridades, si se presentó con toda la idea en Jerusalén montado en un burro, cumpliendo las profecías y dando a entender a las autoridades judías y romanas que era el mesías! Y ya tirando del hilo, resolví la que me parecía la trampa fundamental de la biblia, en cuyos textos los contemporáneos de cada época siempre están quejándose de que “ahora no suceden milagros”, lo que achacan siempre a la “falta de fe”. ¡Claro que ahora no suceden milagros, lo mismo que en todos los tiempos! ¡Los milagros suceden muchos años después de que hayan muerto las personas que supuestamente los cometieron, y escritos por personas que nunca las conocieron!

Sin embargo, treinta años después de aquella redacción que me valió la reprimenda de la hermana Irene, en 2014, el Vaticano beatificaba a la hermana Esperanza, ahora llamada “Madre Esperanza de Jesús”, al dar crédito a uno de sus milagros, el de una niña que se había curado bebiendo agua de su manantial italiano de Collevalenza. Y dos años después, como confirmación de que las historias que me contaron mi madre y mi hermana Raquel estaban mucho más extendidas de lo que pensaba la hermana Irene, en el programa de casos paranormales Cuarto Milenio, Iker Jiménez entrevistó a un tipo que, sin haber conocido de nada a la hermana Esperanza, había escrito ¡un libro entero! con todos los milagros de la monja murciana, aportando documentos y dándoles crédito a todos ellos.

Pero yo no les doy crédito. Me parecen una tomadura de pelo. Solo pensar que el mismísimo Satanás es un hombrecillo de tan poco poder que, en lugar de lanzarle un rayo a la hermana Esperanza para que dejara de “quitarle la clientela”, tenía que recurrir a ponerle zancadillas, tirarle piedras o darle puñetazos a escondidas, causándole tan pocos estragos que la monja murió en la cama a la edad de 89 años, me mueve a la risa. Pensar además que la mayoría de los testigos presenciales de estos milagros proceden de zonas rurales como Lauros, que por propia experiencia sé que están dispuestos a jurar que han visto todos los ovnis que hagan falta, consigue cerrarme el círculo. Esos supuestos milagros fueron uno de los motivos por el que a los catorce años dejé de acudir a las misas de la ermita de San Miguel y dejé de ser cristiano. A Jesucristo lo he seguido leyendo igual que a Buda o a Sócrates: a veces estoy de acuerdo con lo que dice, a veces no. Sigo pensando que tanto Jesucristo como la hermana Esperanza como Mikel Zarate, cada uno en su nivel, debieron ser unas personalidades impresionantes, tan impresionantes que la gente no pudo resistir su ausencia sin entregarse a exagerar y falsear el pasado de la manera más eficaz de todas, que es la de no ser consciente de que lo estás falseando.

Todavía volví en una ocasión a mi colegio de Larrondo, cuando tenía unos 25 años, para pedir los planos en marquetería de la Torre Eiffel que construí una vez en la asignatura de manualidades. Entonces pregunté por la hermana Irene y me dijeron que se había ido a ayudar a las favelas de Río de Janeiro. Cuando pregunté por la razón de su marcha, me respondieron con un escueto “allí hacía más falta”. No pude menos que sentirme más pequeño que nunca, mientras volvía a casa, cuando pensé en aquella monja honrada que no se había apartado de su línea de seguir haciendo milagros que estuvieran al alcance de todo el mundo. Milagros tan al alcance de todos, recordé, que "hasta los podrías hacer tú".