jueves, 5 de julio de 2018

Marsia


Tendría yo unos doce o trece años cuando llegó a Astobieta un camión de ganado cuyo conductor preguntó por mi tío Hilario. Cuál fue mi sorpresa cuando mi tío y el conductor bajaron del camión con una cabra chiva de color blanco.

—Mira —me dice mi tío—, aquí tienes, esta cabra es para ti.

¡Una cabra para mí! Era una cabra genial, toda blanca y sin cuernos, como a mí me gustaban, y tan mansa que sabía comer de tu propia mano sin morderte, detalle este muy importante, porque un mordisco de cabra no es precisamente agradable.

—Tú te encargas de ella —continuó mi tío—, yo no te voy a decir nada. ¿No dices que ya eres un hombre mayor? Pues demuestra que ya eres un hombre mayor.

Agradecí a mi tío el regalo y decidí aplicarme para demostrarle que se podía confiar en mí. Comencé pensando en un nombre para mi cabra, aunque de inmediato recordé que en Lauros solo se ponía nombre a los perros, los gatos y casi siempre a las vacas y los caballos, pero nunca se le ponía nombre a los conejos, las gallinas, las ovejas o las cabras. Pero una cosa eran las cabras de Lauros y otra muy diferente mi cabra. Tras no pocas cavilaciones, decidí llamarla Marsia en honor de Silvia Marsó, que fue la primera presentadora de televisión de la que me enamoré.

—¿Te gusta Marsia? —le decía para que aprendiera pronto su nombre—. ¿A que Marsia es un nombre bonito? ¿Marsia? ¡Marsia!

Más tarde recordé que un compañero mío del colegio, Juanrra, contaba que en Bilbao había mendigos que ganaban dinero haciendo en la calle espectáculos con cabras, y que él mismo había visto en la Plaza Nueva a gitanos tocando sus flautas mientras las cabras bailaban. Con la flauta yo no sabía tocar más que el Arde Londres, que me habían enseñado en Larrondo, pero tenía el radiocasette de mi hermana mayor. ¿Y si le pongo el radiocassette, pensé, y le enseño a danzar?

—¿Qué estás haciendo con la cabra y el radiocassette? —me preguntó de pronto mi madre, que se asomó a la puerta.

—¡Ama, déjame en paz! ¡Me la ha regalado el tío y dice que puedo hacer con ella lo que quiera! ¡Y además no se llama cabra, se llama Marsia!

—¿Marsia? ¡Valiente ocurrencia ponerle nombre a una cabra!

Marsia se mostró indiferente a mi experimento con el radiocasette, aunque también es verdad que por aquel entonces solo tenía los casettes de mi hermana mayor, que solía escuchar a Dyango, Camilo Sexto, Rocío Jurado, El Fary o Isabel Pantoja. Igual es que a Marsia lo que le gustaba era el rock, ¡lástima! ¿Y si tiene frío?, pensé. De pronto se me ocurrió hacerle dos agujeros a un jersey viejo y ponérselo a Marsia. ¿Y si le pongo las gafas de sol de mi hermana?, me pregunté otra vez, muy emocionado de mí mismo, pues ya de niño disfrutaba mucho de mis propias ocurrencias.

—¿Adónde vas con ese jersey y esas gafas de sol? —volvió a preguntar mi madre, siempre con su obsesión policial conmigo.
—¡Ama, te he dicho que me dejes en paz!

El jersey le quedaba bien pero las gafas no, porque el ancho de la cabeza de una cabra es más pequeño que el de una persona y, aunque se las pegué con celo y se las até alrededor del cuello, las gafas se movían mucho y uno de los cristales le quedaba más bajo que el otro. Pero no importaba: ¡me lo estaba pasado genial con Marsia, ahora convertida en una estrella de cine en versión cabra! Pero de pronto me toqué la frente: ¿cómo es que no le he hecho ninguna marca para que la gente sepa que Marsia es mía? En las películas del oeste, todas las vacas llevan una marca en el lomo para que cada vaquero sepa a quién pertenece. Como no tenía ninguna máquina de marcar ganado, comencé a buscar un cuchillo.

—¿Para qué necesitas un cuchillo? —me preguntó mi madre.
—Para nada —contesté yo.

Ya con el cuchillo en mis manos, traté de hacerle una marca a Marsia, pero ¿os podéis creer que no le parecía buena idea? Al primer contacto con el cuchillo trató de huir; y ni siquiera me dejó ponerle una M, una vez que me di cuenta que escribir Marsia entero iba a ser imposible. Y no solo eso: a partir de ahí se mostró muy tensa conmigo, incluso cuando la acariciaba y le llamaba con susurros. Pensé que igual era mejor dejarla en paz un poco y dejarla descansar.

Y ahí es donde vino la catástrofe: cuando la até a la rama de una higuera, no me di cuenta de que la rama era muy flexible y que una cabra, aunque parezca mentira, es capaz de una fuerza descomunal, sobre todo cuando está nerviosa. Una hora después volví al lugar donde la había dejado y ya solo quedaba una rama tronchada: ¡Marsia se había escapado! De inmediato me eché a llorar, como hacía siempre que se avecinaba tormenta.

—¿Por qué lloras ahora? —me preguntó mi madre.
—¡Marsia se ha escapado! ¡Ha roto la rama de la higuera y se ha escapado!
—Pero, ¿quién es Marsia?
—¡La cabra!

De inmediato se divulgó la noticia. Mi madre se reía, mis hermanas se reían y los aldeanos de los caseríos adyacentes daban señales confusas, ¿una cabra que iba vestida con un jersey?, creo que se ha escapado por allí, creo que se ha escapado por allá, etc. Mi tío Hilario guardaba un perfil sombrío mientras tratábamos de buscarla; pero cuando la dimos por perdida me miró fijamente y me dijo:

—No vales para nada.

Así fue como perdí la única cabra de mi vida, pues en mi caserío, aunque hubo vacas, terneros, conejos, gallinas y hasta un burro cuando yo era muy pequeño, nunca hubo más cabra que Marsia, al menos desde que yo nací. Un mes más tarde el alguacil de Loiu visitó Astobieta y nos dijo que había aparecido una cabra blanca en un caserío de Lezama, por lo que mi tío y yo acudimos al lugar y allí estaba Marsia, que nos fue devuelta solo cuando mi tío ofreció mil pesetas al aldeano que la había encontrado. Pero una vez que tuvo a Marsia en su poder, a mi tío no se le ocurrió devolvérmela, e incluso cuando hice un ademán de cogerla, me la apartó de mis manos:

—Quita, calamidad.

Mi tío acudió de nuevo a la feria de Mungia y devolvió la cabra, por la que ya no le pagaron sino un precio a la baja. En Astobieta ya no me habló más del asunto, pero no desaprovechó las sucesivas reuniones familiares para contar la historia. Mi tío Hilario hablaba menos que nada, pero era un gran orador y se tomaba todo el tiempo del mundo en contar sus historias. Comenzaba muy sereno, trasladando a la concurrencia que, como yo había dejado de ser un niño, había decidido hacerme un regalo para “templarme el carácter” y enseñarme que la vida es constancia y trabajo duro, algo que una persona debe aprender “cuanto antes”. Por eso había elegido una cabra de regalo, porque era un animal al que basta con cambiarle de zarzal dos o tres veces por semana: pensaba que con un animal así yo iba aprender disciplina por mí mismo. Pero después de esta introducción serena, ilustrativa, mi tío iba aumentando de emoción el relato hasta que estallaba:

—¡Y no te mata que de pronto le veo poniéndole un jersey y unas gafas de sol a la pobre cabra! ¡Y no me viene dos horas después llorando y diciendo que la cabra se le ha escapado! ¡Cómo no se te va a escapar la cabra, le dije yo, lo raro es que no se te haya suicidado!

Eso del suicidio no me lo dijo cuando sucedió, pero mi tío, como otros grandes oradores de Lauros, acostumbraba a meter elementos nuevos para hacer más viva la historia. Para ese momento todo el mundo se estaba riendo, ora mirando a tío, ora mirándome a mí, y las risas llegaban al culmen cuando mi primo Enrique preguntaba:

—Pero tío Hilario, ¿la cabra se escapó con las gafas de sol puestas o sin ellas?

Aquel episodio de Marsia contribuyó a aumentar la ya creciente decepción que existía sobre mí. Aunque algunos familiares y aldeanos se pasmaban ante mis dibujos, mi viveza o mi capacidad discursiva, otros empezaron a opinar que yo solo era “palabrería” detrás de la cual no había nada. Ya desde muy adolescente dejé constancia de que me cansaba enseguida a la hora de ordeñar vacas, o al cortar la hierba, o cualquier trabajo que supusiera esfuerzo y disciplina, y tampoco se veía bien que, con doce años de edad, siguiera diciendo que de mayor quería ser futbolista. Mientras mi tío Hilario decía que me faltaba “temple”, mi madre decía que yo era un “insustancial”, pero había una definición que, aplicada también a otros, era la mayoritaria a la hora de referirse a mí. Mi problema, se empezó a decir de forma general, es que yo era una persona “sin fuste”.

Pero, ¿qué es una persona con fuste?