viernes, 27 de julio de 2018

El Partido


El Partido dominaba también en Sondika, en Mungia o en Bilbao, pero allí sólo era un partido en minúscula que se ceñía a lo político. En Lauros, en cambio, el Partido extendía su férula hasta convertirse en la única sociedad posible. El cura era del Partido, los monaguillos eran del Partido, el veterinario era del Partido, el alguacil era del Partido, el entrenador de fútbol era del Partido, los desafíos deportivos los regulaba el Partido, las chocolatadas y las fiestas las organizaba el Partido, los homenajes los montaba el Partido y para el Partido. Si querías abrir un negocio debías preguntar al Partido y también para cerrarlo, para hacer una obra y para no hacerla, para vender un terreno y para no venderlo. Mi tío Hilario me instaba a afiliarme:

–¿Ya te has afiliado al Partido?
–¿A qué partido, tío?
–A qué partido va a ser. Al único que hay.
–Todavía no.
–Sigue así. Luego no te quejes si te quedas en el paro.

Cuando llegó la democracia, el Partido se movilizó para ganar las elecciones. Esperaba arrasar y lo hizo. Pero entonces sucedió algo imprevisto y extraordinario que iba a recordar toda mi vida: mi padre decidió votar a UCD. No se conformó solamente con votarlo, sino que lo fue extendiendo por los caseríos de Lauros:

–Pues yo voy a votar a Suárez.

Aquello era un escándalo. En esos tiempos, antes de que Lauros comenzara a poblarse de chalets, todos votaban al Partido. Siempre salía algún hijo descarriado que votaba a Herri Batasuna o a Euskadiko Ezkerra, pero esa era la travesura máxima que se podía tolerar. A nadie se le pasaba por la cabeza votar español.

Pronto comenzamos a recibir visitas en Astobieta. Todos querían convencerle.

–Pero Nicasín, ¿sabes bien lo que estás haciendo?
–Pero Nicasín, ¿te has vuelto mal de la cabeza?
–Pero Nicasín, ¡así no se levanta Euskadi!
–Pero Nicasín, ¿te pones a favor del maqueto?
–Pero Nicasín, ¿el de fuera vale más que el de aquí?

Mi padre había cruzado la raya. No era la primera vez. En el año 1964 se había plantado delante de mis abuelos para decirles muy firme que se casaba con una burgalesa. O ésta o ninguna, debió decir, y aquello fue Stalingrado. ¡Casarse con una española! ¡Un Basterrechea! Varios de sus hermanos dejaron de hablarle y mi tía Avelina, que vivía en Las Arenas y había llegado a dieciocho en el conteo pormenorizado de apellidos vascos, tomó el coche y se vino hasta la misma Astobieta:

–Nicasín, te lo pido por favor, mira que vas a cortar el árbol genealógico.
–¿El árbol qué?
–El árbol genealógico.
–Bah. Mientras no corte algún pino…

Con mi padre no valían ruegos y avisos, lo mismo para casarse que para votar: se crecía cada vez que le llevaban la contraria. Suárez les daba mil vueltas a todos, gritaba, los demás líderes sólo eran txoriburus y ganorabakos. Ni siquiera atendió a mi madre, la burgalesa, que naturalmente votó al Partido.

Las elecciones se celebraron finalmente, el Partido ganó con gran diferencia y mi padre votó a UCD. Durante algunos años, al menos hasta que Adolfo Suárez dimitió como presidente del gobierno, en Lauros se obtenían más o menos los siguientes y asombrosos resultados: 150 votos para el Partido, 12 para Herri Batasuna, 6 para Euskadiko Ezkerra y 1 para UCD.

De aquel detalle de rebeldía pronto comenzamos a notar los efectos. En las misas de la ermita de San Miguel, mi hermana y yo nos sentábamos solos. Nadie nos hablaba. Nunca me ofrecieron ser monaguillo; debo ser el único de Lauros que nunca lo fue. Tampoco nos invitaban a participar en las fiestas. Ni a las chocolatadas. No existíamos. Éramos los apestados. El Partido nos aislaba.

El Partido.

El PNV.