miércoles, 2 de mayo de 2018

El último padre que me queda


Pero mi padre vuelve, mi padre acude con su boca de muerto y sus manos de muerto y me salva de la caída con un chasquido, un truco de magia, una palabra. Me lo encuentro en el trabajo, o caminando por el Manzanares, o escribiendo en el portátil, muriéndose. También él fue víctima de la superstición Iratxe, él adoraba a Iratxe: una mujer sin temperamento, decía, vale menos que una vaca. Por eso me dejó ordenado:

–Cásate con Iratxe.

Mi padre. Para resolver las dudas sobre nuestra veracidad, Iratxe y yo recurríamos al artificio infantil de los juramentos. Cuando el problema era leve me bastaba jurar por mi perro Argi y cuando era importante debía jurarlo por ella, pero había otro juramento más fuerte aún, el último:

–Júralo por tu padre.
–Lo juro.

Lo juro por aita. Porque soy muy capaz de jurar en vano por Argi y por ella, pero nunca lo he hecho por mi padre. Ahora que estoy de tristeza obligatoria (pero hacia arriba, cada vez mejor), utilizo un truco muy fácil que siempre me da resultado: me pregunto quién me gustaría que volviera, mi padre o Iratxe. Así resuelvo de un golpe la tristeza, pues ni cien millones de Iratxes me serán nunca la uña de mi padre, y de pronto su abandono se me presenta como un simple disgusto, un traspié, un contratiempo.

Nada mejor que solucionar una tragedia comparándola con la tragedia madre, la tragedia capitana. Porque no es el amor el motivo de mi vida sino la lucha contra la muerte. Y nunca seré el hombre que amó a Iratxe sino el hijo de Puskas. A veces escucho ruidos de trenes en mi cabeza y lo comprendo todo: lo que me pasa es que estoy loco, lo que pasa es que soy el último padre que me queda. Debería ir a un psiquiatra, claro, pero no creo en los psiquiatras. Debo resolverme solo.

Es lo que hago. Me automedico. Escribo.