miércoles, 2 de mayo de 2018

No es un amor standard


Hace quince días recibí un mensaje histérico y matinal de un menda que se mueve por círculos policiales; en él se me alertaba de que la policía municipal de Madrid está repartiendo una circular para meterme la multa del siglo. Parece que mi última aparición en el telediario nocturno de TVE1, donde salgo sacando pecho delante de la pintada Liberqué, igualiquién, fraternicuándo que hice en un Bankia de la calle Embajadores, ha colmado la paciencia de algunos que, como no consiguen sorprenderme ni atraparme in situ, han decidido ahora actuar de oficio contra mí. Esa es la historia uno. Ese mismo día, por la noche, comencé a leer el primer libro de Natalia, La intermitencia de los faros, y cuando lo terminé volví a estar enamorado hasta las ingles de ella: esa es la historia dos. 

Ahora la tercera historia: una vez que terminé el libro de Natalia y publiqué en el blog las impresiones que me había causado, y viendo que eran las seis de la madrugada y seguía totalmente enamorado de ella, con esa ansiedad añadida de saber que nunca me voy a encontrar una mujer tan luchadora y viboreante y talentosa, decidí llamarla por el móvil desde el trabajo, imaginando que a esas horas andaría torcida y sobrada de whisky por algún bar de Madrid. La llamada la hice sin demasiada esperanza, porque hacía diez días que Natalia me había dejado “para siempre” por última vez.

Pero hubo suerte y me cogió la llamada. Es más: no solo me la cogió sino que vino a verme, no tan cargada de whisky como otras veces. Cuando llegó le enseñé lo que había publicado de su poemario, lo que la dispuso a mi favor, y pasé a contarle mi historia con la policía, de la que ella solo sabía lo que publiqué esa misma tarde en Facebook. Por supuesto, además de enseñarle la circular, que viene firmada con nombres y apellidos, donde se ordena NO borrar a partir de ahora las pintadas neorrabiosas y hasta se da la dirección de mi blog (en los últimos veinte días mis lectores más frecuentes son miembros de la policía y las brigadas de limpieza) para que las encuentren y hagan una valoración económica de cada una, pasé a detallarle el caso con unas exageraciones que ni Tartarín de Tarasçon o el Barón de Münchhausen. No solo le dije que me pueden meter medio millón de euros de multa, que es lo que correspondería a las 456 pintadas que ya he realizado, o que podría acabar en la cárcel (no sé de dónde me he sacado esa hipótesis, pero es de mucho efecto), sino que además le aderecé todo con baladronadas de valiente de butaca y mando distancia en el plan de “ahora se van a enterar de quién es neorrabioso” o “se acabó la paz: si ellos vienen a por mí, yo voy a por ellos” o “pienso hacerle una pintada en el culo a Obama, otra al Papa, otra al Rey, otra a Rajoy y otra a Ana Botella”, frase esta última que no tiene mayor sentido, pues el tamaño de mis pintadas es tan grande que en el culo de una persona no me entraría ni el rabito de la o.

Pues bien: al de cinco minutos de contarle la historia ya nos estábamos comiendo la boca, al de una hora decidió volver conmigo, al de dos horas me dijo que quiere estar toda la vida a mi lado, y se ha pasado domingo, lunes y martes en mi casa Creta, pasándolo en grande y otras cosas más húmedas.

Es increíble. Luego me quejo y ando montando unos in hoc lacrimarun valle por la sola cosa de que se escribe mejor hacia abajo, pues todo poeta sabe que las manzanas más líricas del manzano son las que están en el suelo, pero no sé de nadie que tenga tanta suerte con las mujeres como yo. Seguramente Natalia me deje de nuevo el jueves que viene, porque está demostrado que nuestra relación es una catástrofe donde los picos de felicidad no construyen ni nos llevan a ninguna parte, pero no hay duda de que nos sostiene el puto amor, el amor más hijoputa, egocéntrico y caprichoso que existe, pero amor verdadero desde el hueso hasta la cola.

Le cuentas que la policía te va a meter un puro que te vas a quedar tieso hasta el próximo milenio y, en lugar de decir “buff, menos mal que te dejé hace diez días”, decide volver contigo. El asunto es tan raro que ahora, cada vez que me levanto de la cama, voy de inmediato al buzón para ver si me ha llegado el multazo, esperando que sea de la cuantía que le vengo advirtiendo con mucha vanidad, no sea que Natalia, en el caso de que la policía no me juzgue tan peligroso como le he contado o me multe simplemente como a un grafitero standard, decida dejarme de nuevo por eso mismo: porque ella no sale con nadie standard.