miércoles, 2 de mayo de 2018

Historia de la primera pintada neorrabiosa


Lo peor es cuando terminas un capítulo y la máquina de escribir no aplaude.
ORSON WELLES

Ni los libros ni los bares ni las pantallas interneteras llevan la poesía a la gente, me dije mientras le daba vueltas al segundo hemisferio de mi peonza, no sopesando las ideas sino empujándolas hasta la nuez del fondo, hasta el núcleo: lo que sucede realmente es que todo el mundo hace versos para gente que hace versos y ahora, socializadas las nuevas pistas de aterrizaje, desde el más poetísimo al poeta más cariado puede llegar a los otros poetas, fijaos bien en lo que digo, los poetas forman tal plaga de langostas que hacen la ilusión de público pero no hay tales carneros, seguimos sin llegar al ciudadano, la palabra gente sigue siendo un megaterio. ¿Quiénes acuden a las secciones de poesía de las bibliotecas o librerías salvo nosotros? ¿Quiénes abren blogs y quiénes los leen salvo nosotros? ¿Quiénes van a los bares de poetas salvo tú y tú, joder, si ya os vi el otro martes, si es siempre la misma flecha y la misma diana, siempre los mismos?

Llegado a este punto quise hacerme las preguntas definitivas. ¿Existe una manera de llegar con poesía a la gente que no acude a la poesía, que es casi todo el mundo? ¿Se puede llegar a Jaime el del cuarto, a Rafaela la del ático, al carnicero y a la abogada, incluso a los gatos y a los mirlos, aunque para ello no deba convocarles sino acudir hacia ellos, no citándoles sino saliéndoles al paso, casi agrediéndoles? Puestos en esta tesitura pensé, ya con el colmillo alegre, ¿existe una modalidad de poesía donde cada error del poeta merezca un castigo, una modalidad que evite el blablabeo / logorrea versimotora y se recuperen las ventajas y desventajas de la censura? ¿Donde cada acierto no signifique nada y cada fallo 3000 euros de multa de la policía? Y ya en el colmo de la masturbación: ¿sería posible que a la sola vista de mis versos la gente no solo aprobara sino dijera algo más fuerte, un “ESTE TÍO ES EL PUTO AMO” o, puestos a desaprobarlos, no se quedara en una mera negación sino en algo más agresivo, un “QUÉ HIJODEPUTA EL QUE HA ESCRITO ESTO, QUE PINTE EN SU PUTA CASA”?

Serían las tres de la madrugada cuando me vinieron los deseos de correr: yo solo quiero eso, me basta con ser un segundo más joven que ellos. Había comprado tres aerosoles Pinty Plus de color negro mate en una tienda de chinos, dos euros cada uno, y me fui a la calle Los Pajaritos, donde había visto una pared a la que caía bien (pero no: no es cierto que me guiñara un ojo). Mientras le hacía esta pintada, No quieres hacer la vida que te toca, no paré de mirar histérico a todos los lados, pues solo empecé a disfrutar del miedo veinte grafitos más tarde, y con los nervios ni siquiera advertí que había escrito la Q sin el rabito, igual que la O, y parece que digo “ouieres” en vez de “quieres”. Era la primera de mis 491 pintadas, fea como todas y grande como siempre, como pensada para personas con la prueba del oculista sin superar. Recuerdo que volví a casa muy contento, como si hubiera matado un cíclope o hubiera rendido Cartago. Ya he dicho que solo quiero correr: yo solo pararé cuando vea a mi padre. Era el 25 de agosto de 2008.