miércoles, 2 de mayo de 2018

La casa sola


Entonces,
una noche de nunca es tarde,
al ver a mi muerto muerto,
a mi único muerto,
muerto,
comencé a hacer la maleta
y les dije a los míos
que Vizcaya era una palabra, que Euskadi
una palabra,
que eran solo palabras y no las mejores,
les dije,
las palabras.

Todavía hoy,
a la tercera cerveza y sin que nadie me pregunte,
levanto la voz y digo
que yo solo,
con todas mis espinas y linternas de sombras,
soy mucho más
que Euskadi entera
(aunque quizá sea menos
que un gato sin paraguas);
que yo solo,
con mis camisas curvas y faltas de grafía,
soy mucho más
que toda España
(aunque quizá no tanto
como un lirio con leucemia);
sin poder detenerme,
como caminando con la cintura
de un pájaro, me alzo y pregunto
qué máscara es Noruega o Argentina,
qué diccionario Brasil o Mozambique
(pero sí conozco las nóminas de 815 euros,
tus ojos azules cuando me miran decisivos,
un plato de arroz, o las colas de los hospitales).

Qué miedo tiene
el que olvidó el mañana de sus raíces; el que
dejó el cuadrado perfecto para ser innumerable; el que
sólo aspira octubres rotos y gladiolos de impureza.

Qué miedo tiene
el que busca la derrota con la miel en los dientes; el que
sueña con prados de alazanes sin alambradas; el que
cuenta las horas que le faltan para matar a Clitemnestra.

Qué miedo aquel
que una noche llegó a casa
y la casa estaba sola,
y la puerta cerrada,
y su padre muerto,
y de pronto
quiso ser simple y perfecto
como una piedra arrojada
contra la policía.