miércoles, 12 de septiembre de 2018

La misión


No recuerdo la fecha exacta en que mi padre me habló por primera vez de la misión, quizá fuera un lunes o viernes de pelota o boxeo en la Euskal Telebista, o quizá un sábado de liga o un miércoles de partido europeo de Champions League, pero recuerdo muy bien la insistencia y solemnidad con que me lo repitió en los tres últimos años de su vida, cuando sintió que la muerte se acercaba a pesar de la opinión contraria que sostenía su médico de cabecera, Nicasio, antes me voy a morir yo, respiras como un búfalo, tú nos entierras a todos, etc. Cuando nos quedábamos solos viendo el fútbol o los combates de Boxeo Izarrak o los partidos de pelota a mano que duraban hasta la madrugada, a mi padre le bastaba la mínima calentura del alcohol para volverse a mí y comenzar con su habitual cantinela de lo importante que era para mi futuro evitar a los amigos. Su oposición a la amistad era uno de los pocos consejos que me repetía desde pequeño: para ser bueno y honrado, me recalcaba, no se puede tener amigos. Fue por aquellas fechas, comienzos de 2001, en aquellas charlas forjadoras y cruciales en que imitábamos a Ulises y a Telémaco, cuando dejó de lado sus diatribas contra la amistad y pronunció por primera vez la palabra que acabaría cambiando mi vida:

–Cuando yo muera, recuerda que tienes una misión.
–¿Qué misión?
–Una misión.
–¿Pero qué misión?
–Una misión.

Nunca me explicó el contenido ni los detalles de aquella misión. Durante los tres años siguientes, apenas bebía un vaso de vino o sorbía un poco del whisky que le gustaba echar en una tacita blanca de café, ponía los ojos duros y volvía con gravedad sobre la misión que estaba obligado a cumplir. Por más que le instaba a las precisiones, mi padre se callaba y fingía beber de la copa de whisky o, acorralado y hastiado ante mi insistencia, perdía los nervios y gritaba:

–¡Una misión! ¿No sabes lo que es una misión? ¡Qué cojones te han enseñado en la Universidad! ¡Una misión!

Todavía en el hospital de Cruces, pocos días antes de morir a causa del cáncer de pulmón que lo venía destruyendo desde años antes, mi padre me abundó sobre lo equivocado de tener amigos y volvió sobre la misión que debía desarrollar en Madrid, pues entonces ya le había confesado que deseaba venirme a la capital. Aquella fue la única vez que mi padre añadió algo nuevo:

–Yo no voy a salir de esta cama, pero recuerda que tienes una misión.
–Ya lo sé, aita.
–Y recuerda que en Madrid también manda el PNV.
–¿Cómo?
–En Madrid también manda el PNV. Acuérdate bien de esto.

Mi padre murió el 22 de enero de 2004 y a su muerte me comporté con la habitual frialdad que suelo mostrar en los momentos tristes o luctuosos, en los que nunca logro llorar y me comporto con asombrosa indiferencia ante las personas que aún consiguen hacerlo. Aquella misma noche, sin embargo, a la vuelta a casa, me ocurrió algo extraordinario que no me ha cesado de suceder hasta hoy: en lugar de sentarme en la cama como acostumbraba, me dio por sentarme en el suelo y me puse a escuchar durante horas el sonido de mi respiración. Es un sonido increíble, especial, muy distinto al que escuchaba antes de morir mi padre. Es una respiración extraña.

Es una respiración entrecortada, ansiosa, arrítmica.

Es una respiración como de alguna inminencia.

Es una respiración como de un hombre salido de sus quicios.

Es una respiración como si mi interior ocultara una verdad terrible que no consigo descifrar.

Con esa respiración alquilé una Fiat Iveco en la empresa National Atesa y partí un lunes de octubre hacia Madrid llevando mil euros en el bolsillo, sólo diez meses después de la muerte de mi padre. En el camino paré en el cementerio de Loiu, al que no había vuelto desde el entierro, y, comoquiera que estaba cerrado, salté la verja para llegar al nicho que estaba decorado con un ramo de rosas lacias. Allí estaba. Mi padre.

Nicasio Basterretxea Etxebarria (1936-2004)

Aquella fue la primera de las tres veces que he llorado en los últimos siete años, todas por mi padre, pero nunca lloré tanto y tan largo como en aquella ocasión, arrodillado en la grava del cementerio. Camino de Madrid seguía llorando ante la mirada estupefacta de mi perro Argi, el perro pastor vasco que me acompañaba en el asiento delantero y con el que viajaba solo. La noche anterior había discutido con Iratxe:

–¡Te he dicho que no te acompaño a Madrid! ¡Estás loco!
–Iratxe...
–¡Alberto! ¡La gente se muere! ¡Es ley de vida! ¡Los que se quedan sufren pero lo acaban superando! ¡Te has vuelto loco con la muerte de tu padre y no pienso ayudarte en tu locura!

El 18 de octubre de 2004 entré en Madrid por la autopista A-1 y me puse a vivir en el número 16 de la calle Mira el Sol, un piso de 17 metros cuadrados por el que pagaba 390 euros mensuales de alquiler. Nada más llegar me senté en el suelo y lo primero que hice fue escuchar de nuevo y con el mismo placer del principio el sonido brutal de mi respiración. Es una respiración inexplicable.

Es la respiración de alguien que tiene miedo y está orgulloso de tenerlo.

Es la respiración de alguien que se siente incapaz de nada y capaz de todo.

Es la respiración de un hombre en trance.

Es la respiración de alguien superado por los acontecimientos.

Es una respiración que me empuja a sacrificarme, que me llena de violencia y fantasía, que me dice: “Haz”, “Entrégate”, “No te rindas”, “Adelante”.

Iratxe cambió de opinión al de dos meses y se vino a Madrid para unirse a mis desquiciamientos, pero en los años siguientes comenzó a contemplar con tristeza que sus temores se iban cumpliendo y que yo había emprendido una operación de aniquilamiento del pasado. Cuando en 2008 me llegó la comunicación de que mi tío Hilario había muerto y me correspondían 9000 euros de herencia, no lo dudé: me trasladé con Iratxe a una notaría y rechacé no solo esa herencia, sino también las otras más grandes que me correspondían en el futuro. Me sentía obligado a cortar todos los lazos. A cerrarme todas las salidas. En la notaría, los impresos para rechazar herencias no aparecían y un empleado se creyó obligado a presentarnos excusas:

–Miren, a esta notaría viene mucha gente a reclamar herencias, pero que venga alguien a rechazarlas es algo que no nos había ocurrido desde hace año y medio.

A la hora en que comienzo a escribir estos recuerdos, Argi está muerto e Iratxe, después de aguantar mi cara de túnel con paciencia digna de encomio, acabó abandonándome después de diecisiete años. Tampoco tengo ni un solo amigo y no porque haya querido seguir a rajatabla los consejos de mi padre, sino porque tomarme en serio a una persona de ciudad es algo de lo que hasta ahora no he logrado persuadirme. Por otra parte, no sé nada de mi madre y mis hermanas, las cuales no conocen desde hace quince años ni la dirección de mi domicilio ni mi número de teléfono, y yo mismo no sé ni quiero saber nada de ellas, si están vivas o están muertas, qué más me da. Hasta mi propio nombre, Alberto, ha sido destrozado y sustituido por otro, Batania, que he creado e interiorizado de tal manera que hoy en día, lo mismo cuando sueño dormido o despierto, nunca me dirijo a mí como Alberto sino como vamos, Batania, adelante, Batania, no tengas miedo, Batania.

A veces siento que mis comportamientos de estos años son monstruosos y tengo algún amago de sentirme culpable, pero me basta para superar la tristeza con entrar en mi habitación, apagar la luz y volver a sentarme en el suelo, como hago desde hace siete años, para pasarme tres o cuatro horas a oscuras totalmente absorto en mí mismo, escuchando con pasión mi forma de respirar.

Es la respiración de un loco que cambió el pasado por el futuro.

Es la respiración de un hombre que aún no se ha resuelto.

Es la respiración de alguien que no se pertenece.

Es la respiración de un hombre aplastado por el recuerdo de un muerto.

No hago responsable a nadie. Soy yo el que ha elegido con precisión y frialdad mi manera de destruirme. Ni siquiera soy consciente de ser feliz o ser desgraciado y me da igual: ¿qué me importa ya la felicidad a estas alturas de muerte? Lo único importante es que mi padre ha desaparecido y todo lo que soy, el hombre susto en que me he convertido, se lo adeudo a él. Debo hacerle un homenaje.


Debo cumplir la misión.