jueves, 3 de mayo de 2018

O poeta en serio o payaso de feria


Me sucedió en 2008 sobre el mes de septiembre. En aquel tiempo todavía creía en la superstición del libro y no imaginaba que mi blog pudiera llegar adonde ha llegado, suponiendo que haya llegado a algún sitio. Daba un recital en Diablos Azules y un catedrático de la Complutense vino a verme. Su tarjeta la tendré por ahí; la historia la conté al detalle en el primer blog neorrabioso, pero como destruí sus setecientas entradas en uno de mis habituales arranques de ira, aprovecho para contarla a la luz del tiempo transcurrido.

Aquel catedrático había ido una noche a Diablos Azules y se llevó un ejemplar de mis cuadernillos. Al parecer se lo leyó, encontró mi blog y, enterado de que iba a dar un recital en el mismo local, acudió a verme. Al término del recitado me abordó: era representante de una editorial alicantina y deseaba publicarme. El catedrático me habló de mis poemas y me sorprendió la meticulosidad con que se los había leído y aún más las precisiones / objeciones que me hizo, porque son las mismas que me ha hecho otra gente en estos tres años.

Según el catedrático mi poesía padecía de dos defectos principales: era arrítmica y era panfletaria, pero contenía dos virtudes, la intensidad y la autenticidad, que superaban con creces las dos taras. De ahí que quisiera publicarme un poemario que, en su opinión, “jamás te van a publicar en ninguna parte”. Yo estaba entusiasmado; ya he dicho que mi blog no era ni la luna de lo que es ahora y todavía pensaba que lo impreso era la única manera de acercarme al lector. Pero en esto, en medio de mi gozo, el catedrático me salta:

–Eso sí, tienes que olvidarte de seguir haciendo esas pintadas, lo mismo que esos catálogos de gilipoetas y boberías en que pierdes el tiempo para que un público fácil te ría las gracias.
–¿Cómo? –pregunté.
–Tú decides: yo me arriesgo y te publico un libro que es casi imposible que te publiquen en otro sitio, pero antes debes decidir si quieres ser un poeta en serio o un payaso de feria.

Aquella fue la última vez que vi a aquel catedrático: aunque me dio su tarjeta para que le llamara, nunca me sentí tentado de utilizarla. Tres años después de aquello, y sin que yo haya hecho ningún movimiento, hasta nueve editores se han ofrecido para publicar mis poemas y cuatro de ellos también han mostrado interés por El hijo de Puskas. No se me escapa que este inusitado interés por mis engendros procede más de la notoriedad que he conseguido que de la calidad intrínseca de mi cuestionada poesía, pero me sigue haciendo gracia aquel salvapoetas que no me veía ningún futuro lejos de su férula. Que no entendió que me son igual de importantes las pintadas que los poemas, los artículos festivos que los poemas, las portadas neorrabiosas que los poemas, mis muñecos de nieve que los poemas. Que puestos a elegir entre un poeta en serio y un payaso de feria, yo lo iba a tener muy claro.