martes, 12 de junio de 2018

Argi


–¿Cómo se llama?
–Argi.
–¡Qué blanco!

Cuando mi cuñado nos trajo de Mondragón un cachorro de perro blanco y rizado, casi semejante a una oveja, raza pastor vasco, de cuatro meses de edad y con pelo, mucho pelo, de ese pelo que se desprende fácilmente, mi padre lo ató de inmediato a un árbol como había hecho con todos los perros que habíamos tenido anteriormente, Clay, Barrabás, Buck, Tor o Seti, pues la única función que ejercían los perros en Astobieta era la de centinelas. Pero Argi tenía otros planes.

–Ama, ven, mira lo que sabe hacer este perro.
–A ver, qué sabe.
–Argi! Etorri ona! Ea, eman eskue..., ongi, ea, orain bestea..., ederki!!!!

No sólo aprendió enseguida a darme la pata, sino que pronto comenzó a saltar por un aro o a traer pelotas de tenis que se perdían, o se quedaba quieto cuando le decía geldi hor!, o se las arreglaba para pisar por los senderos de la huerta sin tocar jamás un sembrado. Hasta comencé a organizarle circuitos en los alrededores del caserío para que superara obstáculos, saltara cajas, se metiera por tubos muy pequeños o caminara por una línea muy fina que le había pintado. Ese era Argi. Era la órdiga.

–¿Habéis visto el perro que tienen en Astobieta?
–¿Cuál?
–El blanco. Sólo le falta hablar.

Sabía hacer tantas cosas y era tan pacífico que poco a poco comenzamos a soltarlo tomando cada vez menos precauciones, porque justo al lado de Astobieta hay una carretera que comenzó a llenarse de tráfico a partir de mediados de los ochenta, y la calidad de vida de un perro laurotarra consistía precisamente en aprender a cruzar esa carretera. El enemigo principal de su felicidad no era el frío ni las garrapatas ni el moquillo ni la sarna ni los otros perros: el enemigo eran las ruedas de los coches, que no se cansan de girar. 

Pero Argi aprendió enseguida y se salvó del candado. Comprendió el sonido de los coches; supo distinguir el ruido que indica lejanía y el que dice ten cuidado. Si venía conmigo, se limitaba a seguirme de cerca. Cuando llegaron los coches modernos casi silenciosos también se adaptó, lo mismo en Madrid: jamás tuvo un error. Mientras la mayoría de los perros de Lauros vivían sujetos a la cadena, Argi me acompañaba a recoger tomates, a sembrar patatas, a cuidar las vacas o a jugar a pelota mano, donde se convirtió en aquel perro sensacional que encontraba todas las pelotas que se nos iban por encima del frontis, tantas que comenzamos a hacernos populares por él:

–Oye, ¿conocéis al grupo de pelotaris que juegan en el frontón de Lauros?
–¿Los que tienen un perro blanco que les coge las pelotas?
–Sí, esos.

También me acompañaba cuando me iba de botellón con mis amigos de Sondika, o a rellenar los papeles del paro, o hacer la matrícula de la universidad: le encantaba subirse al coche, le gustaban los viajes largos. Él me acompañó a rellenar las instancias para negarme a cumplir el servicio militar. Él me acompañó a recoger la condena. Se sabía de memoria el camino de ida y vuelta de muchos supermercados y tiendas de chinos de Madrid. Hasta se hizo con un público propio como si fuera una estrella de rock:

–Basterrechea, ¿no has traído a tu perro?
–No, lo he dejado en Lauros.
–Joder, que he traído a mi sobrina desde Sopelana sólo para que lo vea.

El veterinario me dijo que si lo cuidaba bien podría vivir más de quince años, pero pasó por dos trances en su primer año de edad que casi lo desgracian, el primero y más grave cuando estaba dormido y se le tumbó encima mi vaca Faustina, y el segundo cuando se le cayeron encima una docena de fardos de paja y tuve que ir quitándolos uno a uno como los alpinistas quitan la nieve que se ha desprendido en un alud. Pero a partir de ahí ya no tuvo más percances y se convirtió en un perro digno del Circo Mundial, tan mágico que me hacían ofertas:

–Por este perro te pago el dinero que quieras.
–Te lo vendería ahora mismo, pero él no se vende.

Recuerdo su muerte como el fin de una época y una misma respiración. A la entrada del otoño comenzó a renquear, y dos meses después ya no alcanzaba a subir las escaleras. Lo sacaba al parque en brazos, como si lo llevara a la enfermería, y los otros dueños de perros se me quedaban mirando:

–¿Qué le pasa a tu perro?
–Nada.
–¿Cómo que nada?
–Años. Diecisiete.
–¡Ostras!

Diecisiete años. Y qué bello fue toda su vida. Hasta sabía posar para las fotografías. Aún lleno de tumores y cataratas estuve a punto, perdón, de hacerle una foto con su manta roja de condenado, una hora antes de llevarle a que le dieran la eutanasia. La belleza le perseguía: ni con la muerte cosida a su cara dejó de ser una golosina blanca. 

Todavía hoy me sorprendo de no tropezarme con él cuando voy al baño, y tengo que pasar corriendo los estantes de los supermercados donde hay Dog-Chow. Y lo más increíble de todo es que fue el otro miembro de la familia que aún seguía yendo al lugar de la cuadra donde solía situarse mi padre, sin duda con la intención de encontrarle, negándose a admitir que mi padre hubiera muerto. Hasta en eso aquel perro se parecía a mí.