jueves, 28 de junio de 2018

John Wayne al rescate


Mi madre llegó a los dieciséis años a Vizcaya procedente de Tobes y Rahedo, pueblo campesino de ochenta habitantes situado a unos treinta kilómetros de Burgos capital. A Tobes acudí cinco o seis veces antes de los catorce años, y como en las últimas me comporté como el niño redicho y sabiondo que ya era, con la querencia cada vez más vanidosa por imponerme verbalmente a los demás, mi madre empezó a preocuparse y a cubrirme de advertencias:

–Alberto, no te lo voy a repetir dos veces: como vuelvas a hablar de política con Remigio te mediomato.
–¿Qué culpa tengo yo? –replicaba–. ¡Es él quien me pregunta primero!
–¡Pues le dices que eres pequeño y no sabes nada de política!

Remigio era un lugareño burgalés muy parecido a los aldeanos de Lauros en su pasión por arreglar los asuntos del mundo, pero sus ideas eran justo las contrarias: donde los otros ponían Euskadi él ponía España, y donde los otros justificaban o eran tibios con ETA Remigio pedía la vuelta de Franco:

–Con Franco esto se arregla en veinticuatro horas. Franco pone horcas en todas las farolas de Madrid a Bilbao y los cuelga a todos. ¡A todos! ¡Lo mismo a la ETA que al PNV! ¡Garrote!

En Tobes eran tan aficionados a la política y a la lectura de diarios como en Lauros, aunque allí nunca vi El Correo Español, el DEIA o el Egin: allí se leía sobre todo el ABC y el Diario de Burgos. Remigio leía los dos y escuchaba la Cope, por lo que conseguía dominar fácilmente en las conversaciones después del postre:

–El único hombre de estado es Fraga. O viene Fraga o aquí se arma otro tejerazo.

Mi familia vizcaína era del PNV a lo bruto y la de Tobes era diversa, pero en las sobremesas siempre dominaban los más radicales. También existían moderados en los dos grupos, como el tío Marcos, que votaba al PSOE, o el primo Víctor, de quien se rumoreaba que era de Euskadiko Ezkerra, pero ninguno participaba en las charlas y hasta solían abandonar la mesa a su comienzo, sobre todo el tío Marcos:

–Ahí os quedáis. A mí la política no me da de comer.

La orientación ideológica opuesta de las dos familias nunca provocó enfrentamientos en las sobremesas, salvo los que que estuvo a punto de causar mi abuelo Basilio con los chocheos de la edad. Los parientes de Lauros hablaban con libertad en Lauros y callaban cuando viajaban a Tobes, y los de Tobes se comportaban de igual manera:

–Lo que deben hacer Felipe y el Rey –decía el tío Dámaso en mi caserío– es jurar de rodillas bajo el árbol de Guernica. El que manda aquí es el lehendakari.
–Como aquí no se vive en ningún sitio –seguía mi primo Aitor–, en ninguno. De Balmaseda para abajo no hay más que hambre, roña y gitanos.
–El vasco manda en América –decía ahora mi tío Hilario– tanto como el judío. A Reagan lo pusieron de presidente entre vascos y judíos, eso es cierto. Cuando el vasco y el judío se unen... ¡mecagüen sos! ¡Ni americanos ni rusos ni nadie!

Eran de contemplar las caras de bellota que se les quedaban a mi abuelo, que había sido cabo en el bando nacional, o Remigio, alcalde de AP, o Cristóbal, otro del mismo palo, cuando visitaban Lauros y escuchaban estas perlas. Recuerdo cómo se limitaban a meter la cabeza en el plato y hablaban sólo para hacer comentarios de circunstancias:

–¿Y cómo se llama este plato?
–Bacalao a la vizcaína, abuelo.
–Muy rico.

Lo mismo pero al contrario ocurría en las comidas que se celebraban en Tobes y Rahedo. Allí mis parientes burgaleses se empleaban a fondo:

–Hemos tenido cuarenta años de paz –comenzaba mi abuelo–, pero con este invento de la democracia vamos derechos a otra guerra. Se está perdiendo el respeto por todo.
–Si queremos acabar con ETA –decía con seguridad Remigio–, hay que mandar la Guardia Civil a vigilar las iglesias, porque allí se esconde la cabeza de la serpiente.
–Eso es cierto –le secundaba mi primo Cristóbal–. El jefe de ETA es el obispo Setién.

Aquí eran Hilario o Txomin, los únicos familiares de Lauros que solían acudir a Tobes, los que callaban y sólo participaban para elogiar la comida:

–Este chorizo es de categoría, sí señor.

La diplomacia de aquellas sobremesas me decepcionó. Comprendí que la hipocresía es el principal rasgo de los mayores y que cumplir años no es más que ir aprendiendo las diferentes formas de conformarse. Mis familiares me ofendían: si hablaban o callaban dependiendo de los doscientos kilómetros que separaban Tobes de Lauros, ¿cómo iba a atender luego sus consejos para ser decente, honrado y sincero?

Hubo una excepción, sin embargo, a este comportamiento oportunista y cobarde. Cuando mi abuelo Basilio entró en la ochentena y le dio por chochear, comenzó a volverse peligroso. De pronto dijo que se le había aparecido la virgen. Más tarde aseguró que el mismo Franco se había dirigido a él en la guerra y lo había llamado por su nombre. El problema se complicó cuando se puso a decir la verdad en las sobremesas. No solo en Tobes, donde siempre la decía, sino también en Lauros, donde hasta entonces callaba.

–La Guerra Civil –soltó una vez– comenzó porque Franco quería acabar con la ignorancia en España. Cuando yo hice la mili, los vascos y los navarros con los que coincidí eran tan ignorantes que era imposible enseñarles el funcionamiento de un fusil. ¡Vascos y navarros, los más tontos con diferencia!
–¿Por qué en las iglesias vascongadas se da la misa en dialecto? –preguntó en otra ocasión–. Entiendo que utilicéis el dialecto con las vacas o con los perros, pero en la calle y en las iglesias se debe hablar en cristiano.
–Franco engañó a Hitler y levantó España –dijo en otra–. De eso no hay duda.

Imaginaos la escena. Lauros. Comunión de mi hermana. Treinta comensales, cinco de ellos burgaleses y veinticinco vizcaínos. Se llega a los postres y se comienza a hablar de política. De pronto, en medio del dominio abrumador de los vizcaínos, mi abuelo irrumpe con una bomba dialéctica de las suyas. Recuerdo el bochorno de mi madre y de los pocos parientes de Tobes, la tensión que se apoderaba de la mesa, los ocho o nueve segundos de silencio absoluto que transcurrían hasta que mi padre, no fallaba, se dirigía distraídamente hacia mí o mi hermana:

–Alberto, Naroa..., poned la tele a ver si por casualidad hay una película de John Wayne.

El recurso a John Wayne era absurdo, porque entonces solo existían TVE1, la UHF y la recién estrenada ETB, por lo que era casi imposible que estuvieran emitiendo una película de ese actor en el preciso momento en que mi abuelo se ponía sincero, pero era un recurso típico de mi padre que siempre funcionaba, porque la mayoría de aquellos aldeanos, lo mismo los de Lauros que los de Tobes, consideraban al actor como el mito máximo, a tal punto que algunos confundían su trabajo como algo real, como les ocurría al tío Hilario y a Cristóbal:

–El mejor de todos –decía Hilario–. John Wayne..., ¡mecagüen riau! ¡Le tiran ocho botellas al aire y acierta todas! ¡Con un solo revólver! ¡Ocho botellas sin fallo, a ver quién mejora eso!
–Si os fijáis bien –decía ahora Cristóbal–, Paul Newman sale borracho en muchas películas, pero John Wayne..., ¿alguien ha visto a John Wayne borracho?
–Yo no –respondía alguno.
–¡Porque sabe beber! John Wayne bebe whiskis como para tumbar a un caballo, pero ni los siente. Ahí tenéis un hombre con cojones.

Cada vez que salía el nombre de este actor la política se dejaba de lado y afloraba la alegría. Ayudaba en esta admiración, supongo, la cercanía que existe entre las películas de vaqueros y las zonas rurales de cualquier parte del mundo: en los dos sitios los protagonistas son simples, secos, de pocas palabras, y las condiciones de vida son duras. Incluso las mujeres temperamentales que aparecen en las películas de vaqueros, las únicas que se atreven a pararle los pies a John Wayne (pues todo el mundo teme a John Wayne, pero a su vez él teme a las mujeres), son asombrosamente parecidas a las mujeres que conocí en Lauros, si bien mucho más guapas. La pasión por este actor era tal que muchos comensales le atribuían películas que en realidad no había hecho:

–A mí la que más me gusta es esa en que dice "Me llamo Iñigo Montoya, tú mataste a mi padre: prepárate a morir" –decía mi primo Ignacio.
–No, primo, que esa escena es de "La princesa prometida", que ya no recuerdo el actor.
–A mí esa que va por un descampado perseguido por una avioneta.
–Que no, tío, que ese es Cary Grant en "Con la muerte en los talones".

De aquellas reuniones aprendí algo muy importante, y es que allí, en el pueblo de Tobes y Rahedo, a solo 180 kilómetros de distancia de Lauros, existía otra versión. Mientras en Lauros se me subrayaba lo importante que era sentirse vasco, ser Basterrechea y aprender euskera, en Tobes se me decía que el sentimiento vasco, siendo algo simpático, no debía estorbar un sentimiento que debía tener, este mucho más importante, que era el de ser español, y por otra parte sostenían que el euskera era un "dialecto" que estaba bien que hablara con los animales o como mucho dentro de casa, pero que mi idioma de cultura debía ser el castellano, el único que debía hablar en la calle. Y era muy curioso que ninguna de las dos partes, ni vizcainos ni burgaleses, me transmitieran estas posiciones casi antagónicas como meras opiniones, no, sino como cosas archisabidas que formaban parte del sentido común.

También me di cuenta de algo muy importante, y es que por mucho que los grupos humanos se empeñen en buscarse diferencias, las semejanzas afloran con igual facilidad. Aquel truco de John Wayne, que entonces me parecía una mera ocurrencia, con los años me pareció una muestra más de la sensibilidad e inteligencia de mi padre. Cuando el tren de los muy vascos parecía que iba a chocar contra el tren de los muy españoles, era hermoso contemplar cómo, a la sola mención del nombre de este actor, los rostros se distendían y se operaba el milagro: de pronto aparecían las risas y, por unos minutos, confundidos los unos con los otros, ya no se sabía quiénes eran los muy vascos y quiénes los muy españoles, quiénes eran de Burgos y quiénes de Vizcaya, quiénes de Lauros y quiénes de Tobes y Rahedo.