lunes, 23 de diciembre de 2019

El búfalo que consiguió salir de la avellana


No es que sea un hombre negativo o un cascarrabias, lo único que me sucede es que siempre me he sentido como un búfalo viviendo dentro de una avellana: siempre me he notado maneras de búfalo, galopares de búfalo y querencia por los cielos azules, los prados gigantes y los horizontes abiertos, pero, por desgracia, he vivido casi toda mi vida dentro de una avellana y aún me noto andares de avellana, deseos de avellana e ideas de avellana.

Recuerdo cuando vivía en la avellana Euskadi. Allí me querían enseñar a hablar poco y respetar a Dios, a ser laborioso y discreto, a amar la cultura y las costumbres y los símbolos de la avellana. Yo me esforzaba por seguir las reglas de esa avellana y hacerme avellanista, deseaba amar la bandera avellanista y las leyes avellanistas, pero mi búfalo sufría, porque mi búfalo deseaba justo lo contrario: mi búfalo quiere tener docenas de dioses, hablar mucho, gritar y pasar de las reglas, además de tumbarse en medio del prado, sin hacer nada, y pacer cada pocos días en un nuevo prado lleno de hierba nueva.

Recuerdo cuando vivía en la avellana España. Esta era una avellana más grande y allí me enseñaron muchas cosas, por ejemplo los ríos y la historia y también me enseñaron a leer, pero casi todos los ríos eran ríos de España y la historia de España y las lecturas de España. Y claro. Yo, como búfalo que aún no había corregido mis deseos de búfalo, sufría también en esa avellana: yo quería vadear todos los ríos, cruzar todos los puentes, conocer todas las historias y tenderme en el prado a leer a cualquier escritor del mundo, de esos tan grandes que no entran en una avellana.

Me sentía muy confundido. Hasta empecé a renegar de mis andares e ideas de búfalo, con el fin de evitarme problemas con otros compañeros de la manada. Llegué a dudar de mí: ¿era yo un verdadero búfalo o me lo estaba inventando? Lo que más me confundía era que otros compañeros míos, no solo búfalos sino jirafas y hasta elefantes, se sentían muy cómodos viviendo dentro de una avellana y hasta me decían que les sobraba espacio.

Yo no. Yo estaba harto. No creo que las avellanas sean buenos lugares para que vivan los búfalos. Porque de tanto vivir dentro de una avellana acabas pensando solo en lo que ocurre dentro de la avellana. Y si se te ocurre pensar en un baobab o un iceberg, por ejemplo, los tienes que reducir para que te entren en la avellana. Pero retrasaba de continuo mi huida porque tenía miedo… ¿Y si era cierto, como decían los avellanistas, que dentro de la avellana está lo más importante y además lo único? ¿Que fuera no existe nada?

Pero un día me decidí. Sabía que era difícil romper la avellana, porque los avellanistas refuerzan cada día la cáscara para que no puedas salir, pero lo hice. Ya no sé cómo. Solo recuerdo que antes de echar a correr por el prado, ya para siempre búfalo, di dos pasos hacia atrás para tomar impulso y me dije:

—Ahora veréis.