martes, 20 de abril de 2021

Que no se me muera la muerte


Lo callado que la gente se tiene a la muerte. Al morir mi padre lo que más me sulfuraba era ver a los transeúntes caminando como si nada, el butanero con la bombona, la panadera con el pan, el chófer acelerando como cualquier día, la hipocresía cotidiana de unos seres llenos de muerte que sin embargo fingían o callaban o no se detenían. Seres que por edad ya contaban con abuelos o padres fallecidos pero que lo llevaban en secreto, sin reflejarlo en el plomo cotidiano, porque lo habían superado con el olvido o habían domesticado a sus muertos con una fecha o aniversario, reduciéndolos a ese ramo de crisantemos que se les pone para que estén bien callados. La sociedad está montada para rematar a los muertos, para humillarlos después del deceso, y pobre de ti si no participas en ese holocausto: cuántas veces me han dicho que ya basta, que aburro, que ya es hora de superar lo de mi padre después de quince años, o lo de Iratxe (mi otro muerto) después de diez, que tengo que despejarme y mirar hacia adelante. Pero, vamos a ver, ¿pensáis de verdad que no consigo superar la muerte de mi padre o de Iratxe, siendo tan fácil hacerlo como me demostráis vosotros todos los días? ¡He sido yo quien ha decidido no superar esas muertes, quien ha incorporado mis muertos a mi obra y mi vida diaria, para salvarlos y que no se me mueran nunca, como homenaje perenne a lo que me dieron y me siguen dando, pues no soy nada sin ellos! No soy yo el equivocado sino vosotros. Vosotros sois cómplices de la muerte y yo no; vosotros cometéis con vuestros muertos un segundo asesinato y yo no; vosotros banalizáis la existencia y os conformáis con ella y yo en cambio la agredo y la neurotizo y la lleno de los monstruos más hermosos.