lunes, 2 de agosto de 2021

Con el reloj parado en la eterna juventud


Si ya es triste y a la vez divertido que todavía haya poetas que piensen que las palabras pueden doblar el mango de las sartenes o partir los troncos de las secuoyas, eso no es lo más triste y divertido de mí. Lo de verdad desternillante en mí es que, por más que mis músculos se ablanden, mis rodillas flaqueen, mis muelas crujan, mi vista languidezca o mi estómago parpadee, sigo conservando todos los sueños de los quince años, con el mismo fuego primero, y planeo nuevos sueños y montañas de confeti para el futuro. Parece que mi cerebro no quiere darse por enterado de mi decadencia continua, minuciosa, o, si se da por enterado, solo es para escribir líneas como estas, migajas de falsa sinceridad para volver enseguida a usar toda su lucidez en prolongar mi locura. Mi vida es insostenible, yo mismo soy un ser insostenible que ha hecho pasión de cerrarse las puertas: en lo social soy una persona concluida, incapaz ya de relacionarme; en lo amoroso no me he recuperado de Iratxe y huyo de las mujeres; en lo político he encallado en un antipatriotismo obsesivo; y en lo físico no soy ni la sombra de aquel muchacho veloz que era apodado “el africano” o “el keniata” en los frontones de Vizcaya. Es difícil estar más acabado que yo, y sin embargo, he aquí lo divertido, mi mente es una engañadora tan genial que me lanza todos los días al ataque. Da igual que no disponga de victorias en las que apoyarme: nunca he necesitado de ellas para sentirme un triunfador. Por más que avance mi soledad y decaiga mi cuerpo, mi cerebro sigue prometiéndome una juventud sin fin.